Capítulo 16 de 35

Quédate en la línea

Al cuarto tono, Samuel se sentó.

Fue un movimiento pequeño, pero todos lo vieron.

Apartó la silla de la mesa y se dejó caer sobre ella. El teléfono antiguo permanecía frente a su plato. El otro seguía sonando detrás de la puerta iluminada.

—No voy a entrar —dijo.

Mateo se quedó a su lado.

Nicolás miró hacia la cámara, esperando la amenaza.

No llegó.

El teléfono sonó una vez más.

Luego se detuvo.

Samuel apoyó las manos sobre las rodillas.

Bruno dejó escapar el aire.

—Bien.

Bruno la dijo antes de mirar la pantalla. Cuando vio la cuenta, se mordió el labio, como si el alivio hubiera sido otra torpeza que los demás podían cobrarle.

En la pantalla apareció una cuenta.

00:59

Debajo:

LA LLAMADA VOLVERÁ A INTENTARSE.

Esteban recogió el teléfono de la mesa y lo llevó hasta el corredor. Marcó varios números, pero el aparato solo emitió un tono breve.

—No llama a nada.

Lo dejó sobre una consola.

Samuel no se movió.

Cuando la cuenta terminó, el teléfono detrás de la puerta volvió a sonar.

Durante una hora, la casa repitió el mismo ciclo.

Cinco tonos.

Un minuto de silencio.

Cinco tonos.

Samuel siguió sentado al principio. Después se levantó y caminó hacia la cocina. Mateo fue con él.

Nicolás permaneció junto a la mesa, con la libreta verde cerrada.

Esteban examinó la puerta desde fuera.

La habitación estaba abierta.

Podía ver un teléfono fijo sobre una mesa estrecha.

Nada más.

Bruno se acercó.

—Si no entra, ¿qué?

Esteban miró la cámara.

—Eso quiere que preguntemos.

Nicolás levantó la cabeza.

Aquella vez Esteban parecía haber entendido algo.

La casa había aprendido a hacer que cualquier espera se sintiera como una obligación.

Una luz.

Una cuenta.

Una puerta abierta.

Ellos completaban el resto con miedo.

Samuel sostenía un vaso de agua cuando el sonido cambió.

Ya no eran llamadas separadas.

El teléfono empezó a sonar sin pausas.

La campana del aparato se oía en todas las habitaciones.

Samuel cerró los ojos.

Mateo se acercó.

—Podemos quedarnos aquí.

Samuel negó.

—No va a parar.

—No lo sabemos.

—Llevamos una hora.

Mateo miró hacia el corredor.

El sonido continuaba.

Valeria habló por los altavoces.

—Samuel, puedes responder desde la entrada.

Nicolás salió del comedor.

—No. Valeria continuó:

—No necesitas cerrar la puerta.

Samuel miró a Mateo.

La posibilidad de hacer algo sin desaparecer detrás de un muro le produjo un alivio visible.

Nicolás no lo compartió.

—Adrián también había salido.

Samuel bajó los ojos.

—Lo sé.

El teléfono siguió sonando.

Llegaron juntos al umbral.

Samuel no entró de inmediato.

Miró el marco.

El techo.

Las paredes.

Esteban había puesto una silla junto a la entrada, pero no la había atravesado con ella.

Nicolás observó la mesa del teléfono. Estaba a menos de dos metros.

La distancia parecía escogida para que resultara ridículo tener miedo.

Samuel dio un paso.

Después otro.

Tomó el auricular.

La llamada cesó.

El silencio dejó a todos inmóviles.

—¿Hola?

Una voz respondió:

—Quédate en la línea.

Era Valeria.

Samuel se volvió hacia los demás.

Seguían allí.

La puerta permanecía abierta.

—Estoy aquí —dijo.

El auricular emitió un ruido tenue.

Después se escuchó una calle.

Un vehículo pasando.

Pasos rápidos.

Una respiración.

Samuel apretó el teléfono contra la oreja.

Nicolás vio cambiar su rostro.

Aquella grabación pertenecía a otra noche.

No a las siete llamadas que había escuchado.

Era anterior.

Samuel y Valeria todavía estaban juntos. Ella había salido tarde de una clase y el último autobús ya había pasado. Había empezado a caminar hacia una avenida más transitada para encontrar transporte.

Lo llamó.

Samuel estaba en casa.

Contestó con el televisor encendido.

—¿Qué pasó?

Valeria intentó hablar de manera casual.

—Estoy caminando. ¿Puedes quedarte conmigo hasta que llegue a la avenida?

Samuel bajó un poco el volumen.

—¿Por qué no pediste un coche?

—No aceptaron el viaje.

Él miró la hora.

Valeria respiraba rápido.

No había visto a nadie seguirla. No podía afirmar que estuviera en peligro. Pero la calle se encontraba casi vacía y un vehículo había pasado dos veces muy despacio.

Quería escuchar una voz conocida.

Samuel le preguntó cuánto faltaba.

—Diez minutos. A lo mejor menos.

Él se acomodó en el sofá.

—Bueno.

Valeria agradeció.

Después comenzó a contarle algo de la clase para no caminar en silencio.

Samuel contestaba con palabras breves.

Al cabo de unos minutos, subió otra vez el volumen.

Ella dejó de hablar.

—¿Sigues ahí?

—Sí.

Un minuto después volvió a preguntar.

Samuel suspiró.

—Valeria, no te está pasando nada.

Ella escuchó una risa en el televisor.

—Solo te pedí que te quedaras.

Él miró la pantalla.

Había llegado la escena que esperaba.

—Me marcas cuando estés en casa.

Colgó. En la habitación, Samuel apoyó la mano libre sobre la mesa.

La grabación continuó unos segundos después del corte.

Pasos.

Una respiración temblorosa.

El ruido lejano de un automóvil.

Luego silencio.

Samuel no recordaba haber escuchado esa parte.

No podía haberla escuchado.

Él ya había colgado.

La voz de Valeria regresó al auricular.

—Esa noche llegué a casa.

Samuel cerró los ojos.

—Lo sé.

—No lo supiste hasta la mañana siguiente.

Él no respondió.

Nicolás permanecía a un paso del umbral.

Veía al hombre de espaldas, sosteniendo el teléfono como si pudiera devolver aquella llamada al lugar correcto.

Valeria habló:

—Hoy no necesitas escuchar todos mis recuerdos. Solo necesito que no cortes este.

Samuel se volvió.

—¿Qué va a pasar?

La puerta seguía abierta.

Mateo extendió una mano.

—Sal con el teléfono.

Samuel intentó levantar el aparato completo. La base estaba fija a la mesa.

El cable apenas permitía moverse.

Nicolás dio un paso hacia él.

Entonces se oyó un golpe bajo el suelo.

La silla de Esteban cayó de lado.

Una puerta opaca descendió desde el marco.

Nicolás alcanzó a retirarse porque Mateo lo sujetó de la camisa.

Samuel quedó dentro.

Con el auricular en la mano.

Esteban se lanzó contra el cierre.

Bruno lo ayudó.

Mateo gritó el nombre de Samuel. El hombre respondió por los altavoces:

—¡Estoy aquí!

Las pantallas de la sala se encendieron.

Mostraron una habitación distinta de la que acababan de ver.

El teléfono era el mismo.

Samuel seguía junto a la mesa.

Pero detrás de él había un corredor largo y oscuro.

Nicolás miró la puerta cerrada.

No entendía cuánto espacio podía ocultar aquella casa.

En la pantalla surgió una instrucción:

QUÉDATE EN LA LÍNEA.

Samuel volvió a llevarse el auricular al oído.

La voz de Valeria sonó también en la sala.

—La conversación termina cuando yo deje de hablar.

La primera vez que Samuel dijo que la amaba, estaban lavando una sábana.

Se había derramado café sobre la cama.

Valeria la sostenía bajo el agua mientras él buscaba jabón.

Los dos discutían, riéndose, sobre cuál de ellos había dejado la taza en un lugar absurdo.

Samuel la miró.

Ella tenía una manga mojada y el cabello cayéndole sobre la cara.

Lo dijo sin prepararlo.

—Te amo.

Valeria dejó de frotar la tela.

El agua continuó corriendo entre sus manos.

—¿Qué?

Samuel sonrió, nervioso ahora.

—Eso.

Ella cerró el grifo.

Se acercó y lo besó con las manos todavía húmedas.

Después apoyó la frente contra la suya.

—Yo también.

A Samuel le había gustado la facilidad de aquel momento.

No tuvo que escoger las palabras.

No hubo nadie delante de quien pudiera avergonzarse.

Durante mucho tiempo, Valeria volvió a ese recuerdo para explicarse las cosas que ocurrieron después.

Pensaba que ese hombre seguía allí, debajo del cansancio, de los comentarios, de los silencios.

Samuel también lo recordaba. Solo que nunca lo había usado para preguntarse cómo debía tratarla.

En la habitación del teléfono, la lámpara sobre la mesa comenzó a moverse.

Samuel miró hacia arriba.

No pendía de un cable suelto.

El techo estaba descendiendo.

Muy despacio.

Al principio necesitó mirar la puerta del corredor para confirmarlo.

La parte superior del marco quedaba cada vez más cerca de la lámpara.

Samuel se apartó de la mesa.

El cable del auricular se tensó.

—Valeria.

La voz continuó hablando.

Leía un mensaje antiguo.

Uno que él había recibido y contestado con un pulgar levantado.

Samuel levantó la cara hacia la cámara.

—El techo se está moviendo.

Valeria no interrumpió la lectura.

En la sala, Esteban dejó de golpear.

Miraba la transmisión.

Bruno se acercó tanto a la pantalla que Nicolás tuvo que apartarlo para poder ver.

Mateo seguía junto a la puerta.

—¡Samuel, suelta eso!

El hombre miró hacia el corredor oscuro.

No había ninguna luz al fondo.

La voz de Valeria dijo:

—No cuelgues mientras hablo.

Samuel apretó el auricular.

Nicolás corrió a la cocina.

Buscó algo que aún no hubieran roto intentando abrir puertas.

Encontró una barra pequeña que Esteban había dejado junto a la despensa.

Regresó.

Elías estaba en el pasillo.

Al verlo con la barra, se apartó.

Nicolás lo miró un segundo.

Tenía ambas manos visibles.

No parecía estar haciendo nada.

Aquello ya no conseguía tranquilizarlo.

Se arrodilló frente a la puerta e intentó introducir el extremo en la unión con el suelo.

Mateo lo ayudó.

Esteban empujó desde arriba.

Samuel llamó desde el altavoz.

—No va a parar, ¿verdad?

Nadie le respondió.

El techo había bajado lo suficiente para obligarlo a inclinarse.

Samuel dejó el auricular sobre la mesa sin colgarlo.

La voz siguió saliendo de la pequeña bocina.

Se dirigió al corredor del fondo.

Encontró una puerta.

Tiró del picaporte. Cerrada.

Regresó al teléfono.

Sobre la base había aparecido una línea de luz.

Debajo se leía:

CONVERSACIÓN EN CURSO.

Samuel buscó un botón.

No había ninguno.

La voz de Valeria seguía leyendo.

Ahora reproducía palabras que él había dicho.

No puedo estar disponible para todo.

No era para tanto.

Me marcas cuando llegues.

Samuel miró hacia la cámara.

—No se trata de que me necesitaras para todo.

Su respiración se quebró.

—Esa noche solo me necesitabas diez minutos.

La voz se detuvo.

Durante un instante se oyó únicamente el movimiento del techo.

Samuel levantó la cabeza con esperanza.

—Yo podía quedarme.

Hubo una pausa.

Después, desde el auricular:

—Sí.

El techo siguió bajando.

Mateo tiró de la barra. No consiguió levantar el cierre.

Esteban golpeó con el puño la pared.

La piel de sus nudillos volvió a abrirse.

Bruno se quedó mirando el corredor.

Samuel había regresado a la mesa.

En la pantalla parecía mucho más pequeño.

Nicolás soltó la barra y se acercó a la cámara.

—Ya lo entendió.

No recibió respuesta.

—¡Ya te escuchó!

Las pantallas mostraron el rostro de Valeria.

Sonreía suavemente.

Era una grabación.

Nicolás reconoció el pequeño movimiento con que acomodaba las manos.

Ya lo habían visto.

Se volvió hacia los demás.

—Está usando el mismo video.

Samuel escuchaba desde dentro.

Su voz llegó por el altavoz.

—Entonces no estoy hablando con ella.

Nicolás miró a Elías.

El hombre estaba detrás de Esteban.

Los ojos ocultos por el reflejo de las gafas.

Nicolás volvió a la puerta.

—Samuel, busca cualquier hueco. Samuel tuvo que arrodillarse.

La lámpara se rompió contra la mesa.

El teléfono quedó iluminado por su propia pantalla.

El corredor del fondo también se había reducido.

No podía ponerse de pie en ningún lugar.

Se arrastró hasta la puerta.

Palpó el suelo.

El marco.

Las esquinas.

No encontró nada que pudiera abrir.

Volvió a escuchar su nombre.

Mateo.

Después Nicolás.

Esteban gritaba que no se rindiera.

Samuel apoyó una mano contra la pared.

Pensó en Julia.

En la fotografía que había dejado sobre la mesa.

En Valeria levantando la sábana mojada entre los dos.

No pensó que aquellos recuerdos lo volvieran inocente.

Solo quiso estar otra vez en cualquiera de ellos y hacer algo distinto.

—Mateo —dijo.

La respuesta llegó de inmediato.

—Aquí.

Samuel bajó la frente hasta el brazo.

—Cuando salgamos…

No terminó. No quería hacerle otra promesa que no pudiera cumplir.

El techo rozó su espalda.

Samuel se acostó de lado.

A unos metros, el auricular seguía fuera de la base.

La voz de Valeria comenzó a reproducir el primer mensaje de aquella noche.

—¿Puedes quedarte conmigo hasta que llegue a la avenida?

Samuel cerró los ojos.

—Sí.

La imagen se apagó antes de que el techo terminara de bajar.

El sonido permaneció unos segundos.

Mateo dejó la barra.

Nicolás seguía arrodillado.

Esteban golpeó una vez más.

Después no hubo nada que escuchar.

En la pantalla apareció el registro de una llamada.

DURACIÓN: 10:00

Debajo:

LLAMADA FINALIZADA.

Bruno retrocedió hasta la sala.

Mateo apoyó ambas manos sobre la puerta.

Esperó.

No sabía qué estaba esperando.

Nicolás intentó ponerse de pie y las piernas no le respondieron al principio.

Elías se acercó para ayudarlo.

Él retiró el brazo.

—No me toques.

El hombre se detuvo.

La campana sonó.

Cuatro nombres aparecieron en las pantallas.

Nicolás.

Bruno.

Mateo.

Esteban.

Samuel ya no estaba entre ellos.

Mateo recogió el teléfono antiguo de la consola.

Lo llevó al comedor.

Junto a la fotografía de Julia y Valeria encontró la hoja del confesionario.

La acomodó debajo del aparato.

No dijo nada.

Nicolás puso la tarjeta con el nombre de Samuel en la repisa.

La cuarta.

La casa había empezado a parecer demasiado grande para los que quedaban.

Esteban fue hasta Elías.

Lo sujetó de la sudadera y lo empujó contra la pared.

—Vas a decirnos por qué sigues vivo.

Mateo se volvió.

Bruno no intervino.

Nicolás permaneció frente a la repisa.

Elías sostuvo las manos abiertas.

—No entré en la habitación.

Esteban acercó el rostro.

—Ninguna te toca. Ningún voto te toca. Ninguna lista tiene tu nombre.

El hombre no respondió.

Esteban le agarró la gorra.

Elías le sujetó la muñeca.

El movimiento fue rápido.

Demasiado rápido para alguien que llevaba días fingiendo no poder defenderse.

Mateo se interpuso.

—Suéltalo.

—Que se quite la gorra.

—Esteban.

La voz de Valeria salió del techo.

Todos se quedaron quietos.

—Si quieres hablar de las manos que usas cuando alguien no te da lo que pides, podemos empezar contigo.

Esteban soltó la sudadera.

No porque estuviera tranquilo.

Porque había reconocido la frase.

Elías se apartó.

Se acomodó el cuello sin mirar a nadie.

Nicolás esperó hasta que la pantalla volvió a apagarse.

Luego se acercó a Mateo. Tenía el plano de Adrián doblado bajo el brazo.

—Necesito que mires algo conmigo.

Mateo alzó los ojos.

—¿Ahora?

Nicolás miró hacia Elías.

El hombre había recogido un vaso caído cerca de la pared.

—Antes de que nos separen otra vez.

Mateo siguió su mirada.

Nicolás habló apenas por encima del ruido del aire acondicionado.

—No vamos a mirar las cámaras.

—¿Entonces qué?

Elías se incorporó.

Llevaba el vaso en una mano.

La otra se había deslizado dentro del bolsillo de la sudadera.

Nicolás recordó la llamada interrumpida.

Los golpes detrás de la pared.

Las respuestas que llegaban sin que el rostro de la pantalla se moviera.

Miró a Mateo.

—Sus manos.