Capítulo 17 de 35

La llave que dejó de ser suya

Mateo no miró de inmediato.

Se quedó junto a Nicolás, con el cuerpo orientado hacia la repisa donde habían colocado las tarjetas de los muertos.

Cuatro nombres.

Gabriel.

Tomás.

Adrián. Samuel.

Más allá, Elías enjuagaba el vaso que había recogido del suelo.

—¿Qué buscas? —preguntó Mateo en voz baja.

—Algo que saque del bolsillo.

—Puede ser cualquier cosa.

—Sí.

Nicolás observaba la cocina sin volver a señalarlo. Quería una prueba que Mateo pudiera ver, no otra discusión sostenida por su miedo.

Elías dejó el vaso boca abajo sobre un paño. Después se secó los dedos, uno por uno, antes de volver a guardar la mano derecha dentro de la sudadera.

En ese instante se encendió la pantalla principal.

Mateo vio el movimiento.

Luego la luz.

No dijo nada.

Valeria apareció sentada junto a una ventana.

—Esta noche pueden quedarse en la sala.

Esteban, que permanecía cerca del corredor del teléfono, levantó la cabeza.

—Qué generosa.

La imagen de Valeria no cambió.

Su voz continuó:

—Mañana vamos a hablar de las cosas que algunos hombres llaman cuidado.

Esteban soltó una risa breve.

Nicolás lo miró.

Había oído aquella risa antes, dirigida a las pantallas, a Samuel, a cualquiera que dijera algo que él pudiera considerar una debilidad.

La cámara giró hacia Esteban.

—Tu habitación está preparada —añadió Valeria.

Él dejó de reír. Durmieron en la sala.

O hicieron el intento.

Bruno colocó su colchón lejos de los demás. Esteban se quedó en el sofá con los zapatos puestos. Mateo se acostó junto al lugar que había ocupado Samuel.

Nicolás escogió una posición desde la que pudiera ver a Elías. El hombre se tumbó de espaldas, con la gorra sobre el rostro.

Las manos quedaron fuera de los bolsillos.

Visibles.

Aquello no tranquilizó a Nicolás.

Al contrario.

Le pareció que Elías sabía que lo estaban observando.

Durante mucho tiempo permaneció despierto, esperando un movimiento.

Un brazo bajo la manta.

Una salida hacia la cocina.

Una visita al pasillo.

No vio nada.

Cuando finalmente cerró los ojos, soñó con Adrián al otro lado de una puerta que no tenía cerradura por dentro.

Valeria conoció a Esteban durante una tormenta. Había salido de una clase y esperaba transporte bajo el techo de una farmacia. El agua caía tan fuerte que apenas distinguía las luces de la avenida.

Un automóvil se detuvo junto a la banqueta.

Ella retrocedió.

La ventanilla bajó.

—¿Valeria?

Reconoció a Esteban después de unos segundos. Lo había visto en una comida de una compañera. Recordaba que llevaba una camisa azul y que había ayudado a recoger sin que nadie se lo pidiera.

—Soy Esteban. Estábamos con Andrea el domingo.

Valeria se acercó un poco.

—Sí. Ya te reconocí.

Él señaló el asiento del acompañante.

—Te llevo.

Ella dudó.

Esteban levantó el teléfono.

—Si quieres, llámale a Andrea. Le dices que vas conmigo.

La propuesta la hizo sentirse menos incómoda.

No le había exigido confianza.

Le había dado una forma de comprobarla.

Valeria llamó.

Su amiga se rio al escucharla.

—Sí, es él. Ve tranquila.

Cuando subió al automóvil, Esteban encendió la calefacción y le ofreció una toalla que llevaba en el asiento trasero.

—Está limpia.

Valeria se secó el cabello. Él no preguntó por qué salía tan tarde.

No le dijo que tendría que haber llevado paraguas.

La acompañó hasta su edificio.

Al bajar, ella volvió para darle las gracias.

Esteban sonrió.

—Cuando llueva otra vez, ya sabes.

La llamó al día siguiente. No había llovido.

Por la mañana, Esteban encontró un manojo de llaves en su plato.

Se quedó de pie frente a la mesa.

Nicolás lo vio reconocerlas.

Una llave tenía una funda roja. Otra estaba ligeramente doblada. En el aro había un llavero de cuero gastado.

Esteban las levantó.

—Esto es mío.

Bruno se acercó.

—¿De tu casa?

Esteban no respondió.

La pantalla se encendió.

Valeria apareció detrás de una mesa vacía.

—Se las diste a alguien una vez.

Esteban apretó las llaves.

—¿Y?

—Hoy vas a recordar por qué.

Él miró la cámara.

—¿Ahora también fue malo darle acceso a mi departamento?

Valeria habló por los altavoces.

—No. Lo que hiciste después.

Mateo permanecía junto a Nicolás.

Elías estaba sentado.

Tenía las manos alrededor de una taza.

Nicolás buscó el movimiento que había visto la noche anterior.

No lo encontró. La pantalla cambió.

Mostró la fotografía de una puerta.

Dos cerraduras.

Una marca junto al marco.

Debajo apareció una frase:

ENTRAR NO SIEMPRE SIGNIFICA PODER SALIR.

Esteban había sido atento de una manera visible.

Llegaba cuando decía que llegaría.

Se ofrecía a acompañar a Valeria.

Le preguntaba si había comido.

Durante los primeros meses, esas preguntas eran cálidas.

Una tarde ella perdió el último autobús. Esteban fue a buscarla sin reproches y la llevó a cenar.

Valeria se quedó dormida en el automóvil durante el regreso. Él estacionó frente a su edificio y esperó antes de despertarla.

—Ya llegamos.

Ella abrió los ojos.

—Perdón.

—¿Por qué?

Valeria sonrió, todavía adormilada.

Esteban le acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Conmigo puedes bajar la guardia.

La frase encontró un lugar profundo dentro de ella. Había pasado demasiado tiempo tratando de adivinar lo que ocurriría si preguntaba algo, si pedía compañía, si hablaba de sus planes.

Esteban parecía sencillo. Firme.

Un hombre que llegaba.

Cuando le dio las llaves de su departamento, Valeria las sostuvo como una invitación.

—Para que no tengas que esperar afuera —dijo él.

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

Esteban la besó.

Meses después, usaría aquellas mismas llaves para preguntarle por qué no estaba donde él esperaba encontrarla.

La actividad comenzó después del desayuno.

La casa no le pidió a Esteban que eligiera compañía.

Abrió una puerta junto al confesionario.

Desde fuera parecía un vestíbulo. Había un perchero, un banco y dos pares de zapatos.

Nicolás se acercó al umbral.

En la pared del fondo vio una puerta idéntica a la de la fotografía.

Esteban reconoció los zapatos de inmediato.

Los suyos.

Y los de Valeria.

Unos botines negros que ella había dejado en su departamento.

—No voy a entrar —dijo.

Valeria respondió sin aparecer en pantalla.

—Entonces espera.

Esteban miró hacia el techo.

—¿Qué?

Una pequeña pantalla sobre el perchero se iluminó.

TIEMPO ESTIMADO: DESCONOCIDO. Bruno frunció el ceño.

Mateo se puso al lado de Nicolás. Dentro del vestíbulo sonó un teléfono.

Esteban se quedó quieto.

El aparato estaba sobre el banco.

La pantalla mostraba:

VALERIA

Dejó que sonara.

Nadie lo presionó.

Cuando la llamada terminó, apareció un mensaje.

Estoy afuera.

La primera vez que Esteban le pidió su ubicación, Valeria no se molestó.

Era tarde.

Ella volvía de una reunión.

Él escribió:

Avísame cuando llegues.

Después:

¿Por dónde vas?

Valeria respondió con un mapa.

Esteban le mandó un corazón.

Cuando llegó, él la llamó.

—Ya vi que estás en casa.

Ella se rio.

—¿Te quedaste mirando?

—Quería saber que estabas bien. Valeria lo encontró tierno.

La segunda vez envió la ubicación sin que él la pidiera.

La tercera, Esteban se enojó porque ella la había apagado al quedarse sin batería.

Le preguntó dónde había estado.

Con quién.

Por qué tardó tanto en cargar el teléfono.

Valeria intentó explicarlo.

Él dejó de responder hasta la mañana siguiente.

Al verla, le dijo:

—Me preocupo por ti. ¿Tan difícil es entenderlo?

Ella terminó disculpándose por haberlo preocupado.

Después comenzó a salir con el cargador dentro de la bolsa.

El teléfono del vestíbulo volvió a iluminarse.

Abre, por favor.

Esteban miró las llaves.

Nicolás lo observaba.

—¿Qué pasó esa noche?

Esteban apretó el aro.

—Discutimos.

Bruno se apartó.

Ya habían escuchado esa palabra demasiadas veces.

La voz de Valeria llegó al pasillo.

—No empieces por la discusión. Empieza por la cena a la que fui.

Esteban levantó la cara.

—No me pediste permiso. El silencio fue inmediato.

Mateo lo miró.

Nicolás sintió que Esteban había dicho más de lo que pretendía.

El hombre rectificó:

—No me avisaste bien.

La pantalla del vestíbulo mostró una conversación.

Valeria había escrito la dirección.

Los nombres de dos compañeras.

La hora aproximada en que volvería.

Esteban la leyó.

Después miró hacia otro lado.

Valeria había ido a cenar con personas de la escuela.

Esteban lo sabía desde dos días antes.

Al principio dijo que le parecía bien.

Después empezó a preguntar.

Quiénes iban.

Si habría hombres.

Por qué no podían hacerlo al terminar las clases.

Valeria respondió hasta que las preguntas dejaron de parecer interés.

—Ya te conté.

Esteban guardó silencio.

Al día siguiente no la llamó.

Ella intentó no preocuparse.

Durante la cena, el teléfono vibró varias veces.

¿Sigues ahí? ¿Quién está sentado junto a ti?

¿Por qué no respondes?

Valeria contestó con una fotografía de la mesa.

Esteban amplió la imagen.

Había un brazo de hombre cerca del borde.

No necesitó más.

La llamó.

Valeria salió a la entrada del restaurante.

—Estoy cenando.

—Ya veo.

—Te dije quiénes venían.

—Entonces no te cuesta decirme quién está a tu lado.

Ella cerró los ojos.

Desde dentro llegaban risas.

Una compañera apareció junto a la puerta y preguntó si todo estaba bien.

Valeria asintió.

No quería tener que explicar que había empezado a sentirse vigilada por el hombre que prometió cuidarla.

En el pasillo de la casa, Esteban miró la puerta abierta.

El teléfono seguía sobre el banco.

Otro mensaje apareció.

Dijiste que podía quedarme aquí.

Esteban dio un paso.

Nicolás levantó una mano.

—No tienes que recogerlo.

El hombre se volvió hacia él.

—No me digas qué hacer.

Nicolás retiró la mano.

Esteban entró.

La puerta del vestíbulo no se cerró.

Mateo avanzó hasta el marco.

Podían verlo tocar el teléfono.

La pantalla del fondo mostró una instrucción.

REPRODUCIR.

Esteban pulsó el botón.

Su propia voz llenó la habitación.

—Si prefieres estar con ellos, quédate con ellos.

Valeria respondía:

—Solo fui a cenar.

—Entonces vuelve a tu casa.

—Mis cosas están aquí.

Hubo un ruido de llaves.

Después el sonido de una puerta cerrándose.

Valeria volvió a hablar.

Ahora su voz llegaba amortiguada.

—Esteban, abre.

Él no respondió.

La grabación continuó.

Pasos.

Una llamada.

El teléfono vibrando dentro del departamento.

Esteban se había quedado al otro lado de la puerta, viendo entrar el nombre de Valeria en la pantalla. Samuel no había contestado por vergüenza ante sus amigos.

Esteban no contestó porque quería que ella aprendiera.

Valeria tenía las llaves.

Pero él había dejado puesto el cierre interior.

No podía entrar.

Había ido al departamento porque su bolsa, su computadora y parte de su ropa estaban allí. Esteban insistió durante semanas en que podía quedarse cuando quisiera.

Esa noche convirtió la invitación en un castigo.

Valeria permaneció en el pasillo con el teléfono en la mano. Llevaba la blusa de la cena.

No tenía abrigo.

Al principio llamó.

Después golpeó.

Luego se sentó en el suelo.

Esteban escuchó todo desde el sofá.

Esperaba que ella pidiera perdón de una forma que lo dejara satisfecho.

La oyó decir:

—No hice nada malo.

Eso prolongó la espera.

En el vestíbulo reproducido, Esteban dejó el teléfono sobre el banco.

Tenía el rostro enrojecido.

—No la dejé toda la noche.

Valeria respondió:

—¿Cuánto tiempo te parece suficiente?

Él levantó la cabeza. La pantalla mostró la duración.

01:43:26

Nicolás miró el número.

Una hora.

Cuarenta y tres minutos.

Valeria sentada frente a una puerta con unas llaves que no le servían.

Mateo apoyó una mano sobre el marco.

Esteban se pasó los dedos por el cabello.

—Después abrí.

La voz de Valeria volvió a escucharse.

—Sí.

La grabación retomó.

El cerrojo.

La puerta.

Una respiración cercana.

Esteban decía:

—¿Ya estás más tranquila?

Nicolás cerró los ojos.

Valeria entró sin contestar.

Recogió su computadora.

La bolsa.

Una muda de ropa.

Esteban la siguió hasta el dormitorio.

—No hagas más grande esto.

Ella metió el cargador en la bolsa.

—Me dejaste afuera.

—Porque no podíamos hablar así.

Valeria lo miró.

Había dejado de llorar.

Eso le molestó.

Esteban extendió una mano hacia ella.

Valeria retrocedió.

Él le sujetó la muñeca.

No recordaría después haber apretado tanto.

Pero ella sí.

—Suéltame.

Esteban miró su propia mano.

La soltó.

Al día siguiente apareció con flores.

Dijo que estaba preocupado.

Que había reaccionado mal porque la quería.

Valeria recibió el ramo.

No porque lo hubiera perdonado.

Porque no supo qué hacer con un hombre que llegaba sonriendo después de asustarla.

Una pequeña caja se abrió sobre el banco del vestíbulo.

Dentro había una pulsera.

Sencilla.

De hilo verde.

Valeria la llevaba aquella noche.

Esteban la había encontrado en el suelo después de que ella se fuera. Nicolás vio que la reconocía.

La voz de Valeria preguntó:

—¿Por qué me sujetaste?

Esteban apretó las llaves.

—Porque no querías escuchar.

Mateo alzó la cabeza.

Elías permanecía detrás de Bruno, fuera del vestíbulo.

Nicolás miró sus manos.

Las tenía juntas.

A la vista.

La pantalla mostró una fotografía de la muñeca de Valeria.

Una marca tenue sobre la piel.

Esteban bajó los ojos.

La voz repitió la pregunta.

—¿Por qué me sujetaste?

Esta vez tardó más.

—Porque querías irte.

La puerta del fondo emitió un clic.

Esteban la miró.

Las dos cerraduras se habían abierto.

Una luz apareció encima.

TU CASA. TUS REGLAS.

La frase le devolvió otra discusión.

Una en la que él había hablado con orgullo.

Nicolás vio abrirse la puerta unos centímetros.

—No sigas —dijo. Esteban sostuvo la pulsera.

No avanzó.

Desde dentro llegó un golpe.

Después otro.

Alguien parecía estar al otro lado de una segunda puerta.

Valeria habló:

—Hoy no vas a decidir cuándo termina una conversación.

Esteban retrocedió hasta el banco.

La salida al pasillo seguía abierta.

Nicolás extendió una mano.

—Ven.

Esta vez el hombre lo miró.

No había rabia suficiente para ocultar el miedo.

Esteban guardó la pulsera junto a las llaves.

Salió.

Nicolás se apartó para dejarlo cruzar.

Mateo retrocedió también.

La puerta del vestíbulo se cerró detrás de él.

Habían recuperado a un hombre que llevaba toda la mañana diciendo que no iba a entrar.

Nadie habló de eso.

Bruno fue a buscar agua.

Esteban se sentó frente a la mesa y dejó las llaves sobre el mantel.

Su mano temblaba.

Nicolás miró a Mateo. Elías se había quedado cerca de la escalera.

Durante toda la prueba mantuvo las manos fuera de los bolsillos.

La sospecha no se había convertido en nada que pudieran usar.

Solo en una vigilancia más.

Nicolás sintió cansancio al reconocerlo.

Ahora él también estaba esperando que otro hombre hiciera algo para poder demostrar lo que creía.

Esteban levantó la cabeza hacia la cámara.

—No tenías derecho a encerrarnos.

No sonó ninguna campana.

La pantalla permaneció apagada.

Él continuó:

—Pude ser una porquería contigo. Eso no te da derecho.

Nicolás sostuvo su mirada.

Era la primera vez que alguien expresaba ambas cosas sin utilizar una para borrar la otra.

La voz de Valeria tardó en llegar.

—No estoy pidiendo que me lo des.

Esteban miró la puerta principal.

Después las llaves que seguían sobre la mesa.

Las tomó.

Fue hasta el cierre de madera bajo la escalera.

Nicolás lo observó probar la primera.

Luego la segunda.

Ninguna entró.

Esteban soltó una risa sin alegría.

Volvió al comedor. Sobre su lugar había una tarjeta.

Nicolás no había visto a nadie ponerla.

Esteban la levantó.

En el frente aparecía una hora.

23:00

La volteó.

Leyó en silencio.

Mateo se acercó.

—¿Qué dice?

Esteban dejó el papel sobre la mesa.

La frase estaba escrita con la letra de Valeria.

ESTA NOCHE, EL QUE QUIERA IRSE TENDRÁ QUE PEDIR PERMISO.

Desde el vestíbulo cerrado sonó un cerrojo.

Y las luces de la casa comenzaron a apagarse, una habitación a la vez.

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María Magdalena. La Diosa Prohibida Del Cristianismo, De Picknett, Lynn. Editorial Maeva, Tapa Pasta Blanda, Edición 1 En Español, 2005

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