Capítulo 18 de 35
Permiso para salir
A las diez y cincuenta y ocho, Esteban dejó de probar las llaves.
Las había introducido en todas las cerraduras visibles de la planta baja. Algunas ni siquiera entraban. Otras giraban hasta la mitad y se detenían con una resistencia que le subía por los dedos.
Sobre la mesa permanecía la tarjeta.
ESTA NOCHE, EL QUE QUIERA IRSE TENDRÁ QUE PEDIR PERMISO.
Nicolás observaba la puerta del vestíbulo. Mateo había colocado una silla junto a ella, aunque todos sabían que una silla no había servido para detener ninguna de las puertas anteriores.
Bruno caminaba de un extremo al otro de la sala.
Elías permanecía cerca de la escalera, con las manos a la vista.
—No vayas —dijo Mateo.
Esteban soltó el llavero sobre la mesa.
—Si no voy, vendrá por mí aquí.
Nadie pudo decirle que estaba equivocado.
A las once en punto, la pantalla se encendió.
Valeria aparecía sentada en un sillón que ninguno había visto dentro de la casa. Llevaba el cabello recogido y sostenía una taza blanca entre las manos.
Esteban recordó aquella taza.
Había roto el asa durante una discusión. Después, cuando ella la encontró en el bote de basura, él dijo que se le había caído mientras lavaba los platos.
En la imagen, el asa estaba intacta.
Otra grabación.
—Esta noche habrá dos lugares disponibles —dijo Valeria—. Uno para quien pide permiso. Otro para quien decide si lo concede.
El cerrojo del vestíbulo retrocedió. Detrás de la puerta ya no estaba el banco de aquella mañana. Había un pasillo corto, dividido por una pared de cristal. A la izquierda, un escritorio, una silla y un pequeño micrófono. A la derecha, una puerta blanca con una ventanilla estrecha.
Sobre el escritorio descansaban cinco sobres.
Los nombres estaban escritos con tinta negra.
NICOLÁS. BRUNO. MATEO. ESTEBAN. ELÍAS.
Elías alzó la cabeza.
Bruno dejó de caminar.
—Ahí estás —le dijo—. Por fin.
Esteban lo miró con una atención nueva.
La voz de Valeria continuó:
—El primero elegirá a quién quiere al otro lado de la puerta. Hasta que ambos ocupen sus lugares, la prueba no comenzará.
—No elijas a nadie —dijo Nicolás. Esteban se acercó al umbral.
—Ella ya eligió por nosotros desde que nos trajo.
Entró.
Esta vez la puerta permaneció abierta.
La primera vez que Valeria le pidió permiso a Esteban, lo hizo riéndose.
Habían pasado la tarde cocinando en su apartamento. Él cortaba cebolla con una concentración solemne que a ella le parecía adorable. Cada vez que se le llenaban los ojos de lágrimas, culpaba al cuchillo.
Valeria había puesto música en el teléfono.
—¿Puedo subirle?
Él se volvió, fingiendo indignación.
—Te he dado una llave y todavía preguntas eso.
Ella sonrió.
Esteban dejó el cuchillo, la tomó por la cintura y la hizo girar entre el refrigerador y la mesa. No sabía bailar. Ella tampoco. Durante unos segundos, la cocina fue demasiado pequeña para el movimiento torpe de sus pies y suficientemente grande para todo lo que Valeria empezaba a imaginar.
Él la besó en la frente.
—Quiero que aquí te sientas en tu casa.
Valeria guardó aquella frase como se guardan las cosas que uno ha necesitado escuchar durante mucho tiempo.
Semanas después llevó una planta.
Luego dejó dos libros.
Después, un suéter gris que Esteban terminó usando las mañanas frías, aunque le quedaba corto de mangas. Ella se enamoró de esas pequeñas ocupaciones del espacio: su cepillo junto al de él, una taza favorita en el escurridor, su nombre escrito en una lista de compras.
Durante un tiempo, Esteban parecía contento con todo eso. Le preguntaba qué quería cenar. Le calentaba los pies bajo las cobijas. Si ella se quedaba dormida leyendo, marcaba la página antes de apagar la lámpara.
Por eso tardó tanto en reconocer el cambio.
Primero fueron preguntas.
¿A qué hora volvía?
¿Quién la acompañaba?
¿Por qué necesitaba ir sola?
Luego las preguntas empezaron a exigir respuestas concretas, fotografías, llamadas.
Una noche, mientras Valeria buscaba unos aretes frente al espejo, él dijo:
—Con ese vestido van a pensar que estás buscando algo.
Ella se volvió.
—Voy al cumpleaños de Andrea.
—Ya sé a dónde vas. Estoy hablando de cómo vas.
Valeria se quitó el vestido.
Esteban le dio un beso en el hombro mientras ella sacaba otro del armario.
—Este me gusta más —dijo.
Aquella noche, Valeria confundió el alivio de evitar una discusión con la tranquilidad de estar enamorada.
Esteban recogió el sobre de Elías.
—Tú.
Mateo se incorporó.
—¿Por qué él?
—Porque estoy cansado de que siempre mire.
Elías tardó un instante en responder.
—Esteban…
—¿Qué? ¿Ahora sí tienes miedo? El hombre de la gorra miró la puerta blanca. Después, la pantalla.
Nicolás siguió ese movimiento.
Elías no parecía saber dónde colocar los ojos.
Eso debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
—No le hagas el trabajo —dijo Nicolás.
Esteban abrió el sobre.
Dentro había una fotografía.
Valeria llevaba el vestido que él le había hecho cambiar. La imagen estaba tomada frente al espejo de su dormitorio.
Al reverso, una frase:
ANTES DE SALIR, ELLA TENÍA QUE CONVENCERTE DE QUE NO ESTABA HACIENDO NADA MALO.
Esteban bajó la foto.
Elías entró en el pasillo.
La puerta blanca se abrió apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar ver una habitación estrecha. Había un abrigo colgado en la pared y, bajo él, un bolso de mujer.
Elías cruzó.
La puerta se cerró a su espalda.
Entonces cayó la división que aislaba el escritorio del vestíbulo.
Nicolás golpeó el cristal.
—¡Esteban!
Él se volvió, sobresaltado.
Había esperado que se cerrara la puerta de Elías.
No la suya.
Un monitor pequeño se encendió sobre el escritorio.
SOLICITUD NÚMERO UNO.
Debajo apareció una pregunta. ¿ADÓNDE QUIERES IR?
El micrófono produjo un chasquido.
—¿Elías? —preguntó Esteban.
Al otro lado de la ventanilla se movió una sombra.
—Estoy aquí.
Su voz sonaba más áspera a través del altavoz.
Esteban acercó la boca al micrófono.
—Di adónde quieres ir.
Hubo una pausa.
—Quiero salir de esta habitación.
Sobre el escritorio se iluminaron dos botones.
CONCEDER.
DENEGAR.
Esteban pulsó el primero.
Se oyó un cerrojo.
La puerta blanca permaneció cerrada.
En el monitor apareció otra línea.
LA SOLICITUD ESTÁ INCOMPLETA.
Bruno soltó una maldición.
—Claro. Siempre falta algo.
La pregunta cambió.
¿CON QUIÉN?
Andrea había cumplido treinta años en un bar con terraza.
Valeria llegó con el vestido que a Esteban le gustaba más.
A las once, él empezó a enviar mensajes. A las once y diez quiso saber por qué había tardado ocho minutos en responder.
A las once y veinte llamó.
Valeria se apartó de la mesa para contestar.
—Hay mucho ruido —dijo.
—Pues sal.
Ella bajó las escaleras hasta la calle.
Esteban no estaba enojado todavía. Esa era la parte que más la confundía después: el tono sereno, casi razonable, con el que empezaban aquellas conversaciones.
—¿Quién está ahí?
Valeria enumeró nombres.
Al llegar a un compañero de Andrea, él la interrumpió.
—¿Y por qué no me dijiste que iban hombres?
—Porque es un cumpleaños.
—Te estoy haciendo una pregunta.
Valeria miró hacia la puerta del bar. Arriba, sus amigas cantaban. Habían llegado los pasteles.
—No pensé que tuviera que darte una lista.
Esteban guardó silencio.
Ella conocía ya el significado de aquel silencio.
—No lo dije así —añadió—. Solo quería decir que…
—Haz lo que quieras, Valeria.
Después colgó.
Ella volvió a la terraza con el teléfono en la mano.
Andrea la llamó para la fotografía.
Valeria sonrió junto al pastel.
Cinco minutos después pidió un taxi.
—¿Con quién? —repitió Esteban.
Elías permaneció detrás de la puerta.
—Con los demás.
La pantalla pidió los nombres.
Esteban apretó la mandíbula.
—Nicolás, Bruno, Mateo y conmigo.
Faltaba uno.
Se dio cuenta antes de que el monitor lo señalara.
—Y tú —añadió.
Otro cerrojo retrocedió.
Nicolás contó dos.
La puerta seguía inmóvil.
La siguiente pregunta apareció sin demora.
¿A QUÉ HORA VOLVERÁS?
Esteban levantó la vista hacia la cámara.
—No va a volver. Quiere salir.
No hubo respuesta.
El reloj del monitor comenzó a avanzar.
00:01.
00:02.
Desde la habitación llegó un golpecito.
Luego otro.
Elías estaba probando el picaporte.
—No puedo abrir.
Esteban pulsó otra vez CONCEDER.
Un timbre breve indicó el error. LA SOLICITUD ESTÁ INCOMPLETA.
—No lo estás entendiendo —dijo Mateo desde el cristal—. Quiere que repitas lo que le hacías.
Esteban lo miró.
—Ya lo entendí.
—Entonces deja de preguntarle cosas.
—¡No soy yo quien está poniendo las preguntas!
El grito se quedó vibrando en el pasillo.
En el monitor apareció una ventana de video.
Valeria, años atrás, estaba sentada en el borde de una cama. El encuadre mostraba apenas su rostro y parte del armario abierto.
Nicolás reconoció la posición de la imagen.
Un teléfono apoyado en algún mueble.
—Voy a quedarme con Andrea esta noche —decía ella.
La voz de Esteban llegaba desde fuera del cuadro.
—¿Para qué?
—Necesito pensar.
—Puedes pensar aquí.
—No quiero seguir discutiendo.
Él entró en la imagen.
Se sentó junto a ella, demasiado cerca.
—Entonces no discutamos.
Valeria se levantó.
Esteban tomó el bolso antes de que ella alcanzara a recogerlo.
La grabación terminó.
Aquella fue la primera noche que Valeria intentó irse sin prometer que volvería. No llevaba una maleta.
Solo había puesto dentro del bolso su cartera, el cargador y un cambio de ropa.
Después le dolió recordar lo poco que había pedido: dormir una noche sin dar explicaciones. Todavía no se atrevía a terminar la relación. Necesitaba cerrar una puerta y saber que Esteban no la abriría para seguir preguntando.
Él sostuvo el bolso sobre sus rodillas.
—Me estás castigando.
—No.
—Sabes que me pongo mal cuando haces esto.
Valeria extendió la mano.
—Dámelo.
Esteban bajó los ojos hacia la tela, como si no hubiera oído.
—Yo te cuidé cuando no tenías a nadie.
Ella sintió el golpe de aquella frase.
Recordó la tormenta. La toalla limpia. El asiento caliente del coche.
Recordó cuánto había significado que alguien llegara por ella.
—Eso no significa que tenga que quedarme siempre —dijo.
Él dejó el bolso en el suelo.
Por un instante, Valeria pensó que podría recogerlo y salir.
Entonces Esteban se puso a llorar.
Nunca lo había visto llorar así.
Se cubrió la cara. Dijo que todos lo abandonaban, que ella era la única persona con la que había imaginado una casa de verdad.
Valeria se arrodilló frente a él.
Quería que dejara de sufrir.
Quería irse.
No supo cómo sostener ambas cosas al mismo tiempo.
A medianoche seguía allí. El bolso quedó junto a la puerta hasta la mañana siguiente.
Elías golpeó la ventanilla.
Esta vez con fuerza.
—Esteban.
La luz de su habitación había cambiado. El blanco se volvió amarillo y después un rojo apagado.
En algún lugar detrás de él empezó a arrastrarse algo.
Nicolás se acercó al cristal lateral, intentando encontrar un ángulo que le permitiera ver el interior.
Solo alcanzó a distinguir el abrigo moviéndose en la pared.
Y a Elías, pegado a la puerta.
—¿Qué hay ahí? —preguntó.
—La habitación… —Elías hizo una pausa—. La pared se está acercando.
Mateo tiró de la división que los separaba del escritorio.
No cedió.
Esteban volvió al micrófono.
—No tienes que regresar.
El reloj se detuvo.
La pregunta desapareció.
Durante un segundo, nadie respiró.
Luego surgió una nueva.
¿POR QUÉ QUIERES IRTE?
Esteban cerró los ojos.
—Porque está encerrado.
LA SOLICITUD DEBE HACERLA QUIEN DESEA SALIR.
Desde el otro lado llegó un sonido metálico. Algo cayó al suelo.
—Porque tengo miedo —dijo Elías.
La voz había perdido parte de su aspereza.
Nicolás volvió la cabeza.
El micrófono crujió, distorsionando el final de la frase.
El botón CONCEDER se iluminó.
Esteban lo pulsó.
Un tercer cerrojo retrocedió.
Pero aún quedaba uno.
En el monitor apareció una grabación diferente.
Valeria estaba de pie junto a la puerta del apartamento.
No lloraba.
Eso impresionó a Esteban más que cualquiera de las imágenes anteriores.
Había olvidado aquella expresión.
O había decidido recordarla de otra manera.
—Me das miedo cuando te pones así —decía ella.
Él, fuera de cuadro, respondió:
—Nunca te he pegado.
La pantalla se quedó inmóvil sobre el rostro de Valeria. Debajo apareció la última pregunta.
¿ES SUFICIENTE?
Esteban apoyó ambas manos en el escritorio. Dentro de la habitación, Elías respiraba con dificultad.
Bruno golpeaba el cristal con la silla. Cada impacto producía un ruido seco, inútil.
—¡Contesta! —gritó Mateo.
Esteban miró a Valeria.
Durante años se había defendido con aquella frase. La había usado ante ella, ante Andrea, ante sí mismo.
Nunca le había pegado.
Como si todo lo demás no dejara marcas.
—Sí —dijo.
El monitor no cambió.
Esteban levantó la voz.
—Que tenga miedo es suficiente para que quiera irse.
El último cerrojo retrocedió.
La puerta blanca se abrió.
Elías salió de lado, tropezó con el umbral y cayó de rodillas.
El abrigo quedó atrapado entre la pared y el marco.
La habitación había perdido casi todo su espacio.
Mateo ayudó a Elías a levantarse en cuanto la división del vestíbulo subió.
Bruno dejó caer la silla.
Esteban seguía frente al escritorio.
En el monitor apareció una frase.
EL PERMISO HA SIDO CONCEDIDO.
Después otra.
NADIE HA SALIDO DE LA CASA.
—Hija de puta —susurró Bruno.
Elías se apoyó en la pared, con la gorra torcida y una mano sobre el pecho.
Nicolás observó sus dedos.
Temblaban.
Podía ser miedo.
Podía ser esfuerzo. Se sintió enfermo por no poder mirar a alguien recién salido de una trampa sin preguntarse si estaba actuando.
—¿Estás bien? —le preguntó Mateo.
Elías asintió sin levantar la cabeza.
Esteban salió del cubículo.
Pasó junto a él y se detuvo.
—Te elegí porque pensé que ella no te haría nada.
Elías acomodó la gorra.
—Pues te equivocaste.
La voz áspera había regresado.
Nicolás miró la puerta blanca. Detrás había espacio para una sola persona. Habían visto a Elías entrar, lo habían escuchado durante la prueba y lo habían visto salir.
Mientras tanto, Valeria había seguido apareciendo en el monitor.
Grabaciones, se recordó.
Todas podían ser grabaciones.
La prueba no demostraba nada.
Tampoco entendía por qué una mujer capaz de matar a cuatro hombres pondría en peligro a alguien que la ayudaba.
Esa duda se instaló junto a las demás.
Encontraron el bolso sobre la mesa del comedor.
No había aparecido solo.
Mateo lo vio deslizarse desde una pequeña abertura junto al aparador, empujado por una bandeja que se retiró antes de que pudiera acercarse.
Corrió hasta el mueble.
La abertura ya estaba cerrada.
—Aquí —dijo. Nicolás apoyó la mano sobre la madera.
Recordó el espacio vacío en el plano de Adrián.
El pasillo de servicio.
Alguien podía llegar hasta allí desde detrás de las paredes.
Bruno miró a Elías, todavía apoyado junto a la puerta del vestíbulo.
Después miró la pantalla apagada.
—Hay alguien más.
Esteban no prestó atención.
Había reconocido el bolso.
El mismo de la grabación.
Lo abrió.
Dentro estaban el cargador, una blusa doblada y una cartera vacía.
También había un papel de libreta.
La letra de Valeria era pequeña y se inclinaba ligeramente hacia la derecha.
Andrea: si mañana te digo que exageré, recuérdame que hoy tuve miedo.
Esteban lo leyó dos veces.
Al final encontró una fecha.
La mañana después de aquella noche.
Se sentó.
Nicolás dejó de examinar el aparador.
Durante unos segundos, la casa no necesitó luces rojas, voces grabadas ni puertas que se movieran.
Esteban sostenía un papel que Valeria había escrito para protegerse de su propia facilidad para perdonarlo.
—No sabía que había escrito esto —dijo.
Bruno se apoyó en el respaldo de una silla.
—Había muchas cosas que no sabíamos. La pantalla del comedor se encendió.
Valeria ya no sostenía la taza.
Esteban levantó los ojos.
—La dejaste ir —dijo ella.
Él no respondió.
—Aquella noche también pudiste hacerlo.
La imagen permaneció fija unos segundos.
Luego desapareció.
El reloj de la casa, que durante la prueba había seguido marcando las once, avanzó de golpe.
23:47.
Debajo apareció una nueva cuenta.
06:13:00.
Seis horas y trece minutos hasta las seis de la mañana.
El sonido de un cerrojo llegó desde el piso superior.
Esteban cerró el bolso.
—No voy a pedirle permiso —dijo.
Nadie contestó.
En la pantalla apareció el último mensaje de la noche.
NO TENDRÁS QUE PEDIRLO.
MAÑANA TE TOCARÁ ESPERAR A QUE ALGUIEN QUIERA ABRIRTE.

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