Capítulo 19 de 35
Nadie abre al amanecer
Esteban colocó el bolso de Valeria sobre una silla y se sentó frente a él.
No volvió a tocar la nota. La había dejado dentro, entre la blusa doblada y el cargador, como si guardar el papel pudiera impedir que siguiera leyéndolo en su cabeza.
Si mañana te digo que exageré, recuérdame que hoy tuve miedo.
En la pantalla, los segundos descendían.
05:58:12.
Nicolás y Mateo estaban arrodillados junto al aparador.
Habían retirado los cajones y examinado la madera del fondo. Donde había aparecido la bandeja encontraron una abertura rectangular, cerrada por una placa metálica. Nicolás acercó el oído.
No escuchó pasos.
Solo el zumbido que parecía recorrer toda la casa.
—El pasillo está detrás —dijo.
Mateo consultó el plano de Adrián.
—Tiene que llegar hasta la cocina.
Bruno se aproximó con una espátula que había encontrado entre los utensilios.
—Entonces lo abrimos.
Introdujo el borde en la juntura. La placa apenas se movió.
Elías los observaba desde el sofá.
Se había quitado los lentes para limpiarlos. Sin ellos, mantenía los ojos bajos.
Esteban miró sus propias manos.
Horas antes habían estado sobre dos botones.
Conceder.
Denegar.
Era absurdo pensar que alguna vez había creído tener ese derecho sobre otra persona.
Y, sin embargo, lo había ejercido sin botones, sin cámaras, sin una casa preparada para recordárselo.
Le había bastado ponerse delante de una puerta. Al principio, Esteban no soportaba que Valeria pasara frío.
Una tarde de diciembre habían ido a una feria de libros instalada en una plaza. Ella insistió en recorrer todos los puestos, aunque la luz se estaba acabando y el viento levantaba las esquinas de los manteles.
Se detenía a leer las contraportadas con las manos metidas en las mangas.
Esteban compró dos cafés.
Le puso uno entre los dedos.
—Para que puedas seguir buscando sin congelarte.
Valeria lo miró por encima del vaso.
—¿Y tú no te aburres?
Él negó con la cabeza.
No había leído ninguno de los autores que ella mencionaba, pero le gustaba escucharla. Le gustaba cómo pronunciaba ciertas palabras, cómo se le iluminaba la cara al reconocer una edición.
Cuando empezó a temblar, Esteban le puso su bufanda. Ella olió la tela antes de acomodársela.
—Huele a ti.
Él sonrió.
Más tarde, mientras volvían al coche, Valeria se sujetó de su brazo.
—Hoy fui muy feliz —dijo.
Esteban recordaba con precisión aquella frase.
Durante mucho tiempo la había utilizado para discutir con recuerdos posteriores.
Si ella había sido feliz con él, pensaba, no podía haber sido tan malo.
Ahora, sentado frente al bolso, comprendía que ambas cosas habían ocurrido.
La había hecho feliz.
Después había convertido el miedo en una costumbre.
A las dos y media, la espátula se partió. Bruno lanzó el mango al suelo.
La pantalla no cambió. Ninguna voz les ordenó detenerse.
Eso inquietaba más a Nicolás que una amenaza.
—Nos está dejando gastar fuerzas —dijo.
Mateo retiró la mano de la placa.
Tenía los nudillos hinchados.
—Hay otra manera de entrar. Tiene que haberla.
—La encontramos una vez —respondió Nicolás—. Y nos sacó de allí antes de que pudiéramos verla.
Elías se puso de pie.
—Deberíamos descansar.
Bruno giró hacia él.
—¿Para estar frescos cuando nos mate?
Elías no contestó.
Esteban se levantó por primera vez desde que había terminado la prueba.
Caminó hasta la pantalla.
03:27:41.
—Valeria.
Su propia voz le pareció demasiado débil.
Se aclaró la garganta.
—Sé que estás escuchando.
Nicolás dejó de mirar el aparador.
—No le prometas nada —dijo.
Esteban negó lentamente.
—No iba a hacerlo.
Esperó frente a la cámara.
—No te voy a pedir que me perdones. Tampoco voy a decirte que esto me hizo entenderlo todo.
La pantalla continuó contando.
—Pero si todavía hay alguna decisión que puedas cambiar… cámbiala.
Nadie se movió.
Pasaron diez segundos.
Veinte.
Esteban volvió a la silla.
En cuanto se sentó, apareció una línea debajo del reloj.
LA PETICIÓN HA SIDO RECIBIDA.
No hubo nada más.
A las cinco y cincuenta y nueve, todos estaban despiertos.
La casa había encendido las lámparas de la escalera.
El resto seguía en penumbra.
En el piso superior se abrió la puerta que habían escuchado durante la noche.
Nicolás se colocó junto a Esteban.
—Subimos todos.
Bruno tomó el pedazo de pata de silla que habían conservado después de los intentos de romper el cristal.
Mateo llevaba el plano.
Elías fue detrás.
La habitación abierta estaba al final del corredor.
Antes había parecido un dormitorio corriente. Ahora los muebles habían desaparecido. En su lugar había una puerta semejante a la entrada del antiguo apartamento de Esteban: pintura crema, mirilla redonda y una pequeña marca oscura junto a la cerradura.
En el suelo, frente a ella, esperaba el llavero.
Las mismas llaves que Esteban había dejado abajo. Nicolás miró a Elías. Él estaba a su lado.
Después volvió la vista hacia la escalera.
No sabía cuándo habían retirado el llavero de la mesa.
Habían pasado demasiadas horas mirando una placa metálica, una pantalla, un bolso.
La casa no necesitaba que se durmieran.
Le bastaba con que miraran hacia otro lugar. Sobre la puerta había un letrero.
06:00.
Un altavoz emitió la voz de Valeria.
—Esteban. Puedes entrar acompañado.
—No —dijo Mateo de inmediato—. Eso ya lo hizo con Samuel.
La voz continuó:
—La puerta permanecerá abierta mientras los demás ocupan sus lugares.
A la derecha se iluminó otra entrada.
Conducía a una habitación con cuatro asientos y una ventana interior. A través de ella se veía el espacio frente a la puerta crema.
Era un corredor estrecho, semejante al descanso de un edificio.
En una pared había un número.
4B.
Esteban lo reconoció.
Su piso.
Su puerta.
Su casa.
—No entres —dijo Nicolás.
Esteban recogió las llaves.
—Si espera que venga arrastrándome, no le voy a dar eso.
—No tiene que importarte lo que espere.
Por un instante, pareció que Esteban iba a escucharlo.
Luego miró la puerta crema.
—Desde ahí podrán verme.
Nicolás quiso sujetarlo del brazo.
Se detuvo antes de hacerlo.
Esteban cruzó el umbral.
La última vez que Valeria fue a buscar sus cosas, llegó con Andrea.
Esteban las vio en la pantalla del portero.
Dos mujeres bajo la luz amarillenta de la entrada.
Valeria llevaba el cabello recogido. Andrea tenía una bolsa grande colgada al hombro. Él había imaginado ese momento de otra manera.
Pensó que Valeria subiría sola.
Que hablarían.
Que, cuando viera la planta junto a la ventana y su taza en el escurridor, recordaría cuánto podía perder.
En cambio, ahí estaba Andrea.
Una testigo.
Esteban abrió el acceso al edificio.
Pero no la puerta del apartamento.
Las escuchó subir.
Después sonó el timbre.
—Soy yo —dijo Valeria.
Él permaneció al otro lado.
—Podrías haber avisado que venías con alguien.
Hubo una pausa.
—Te avisé ayer. Vengo por mis cosas.
—Podemos hablar sin que ella esté escuchando.
Andrea respondió:
—Abre, Esteban.
Aquello lo enfureció más de lo que quiso admitir.
No el tono.
La seguridad.
Andrea hablaba como si abrir no fuera una decisión que le correspondiera tomar.
Valeria volvió a llamar.
Él miró la bolsa con sus libros, ya preparada junto al sofá.
Podía entregársela.
Podía terminar.
Pero todavía tenía algo que ella necesitaba.
Y lo utilizó.
Cuando los cuatro ocuparon la habitación de los asientos, la puerta de Esteban se cerró a su espalda.
Mateo corrió hacia el acceso.
Demasiado tarde.
La división bajó antes de que llegara.
Bruno golpeó con la madera.
Del otro lado, Esteban se volvió.
La ventana les permitía verse, pero el cristal apagaba sus voces.
Un micrófono se encendió frente a Nicolás.
—¡No te acerques a la puerta! —dijo.
Esteban lo oyó.
Lo supieron porque levantó la cabeza. Entonces sonó el timbre. Dentro del apartamento simulado se encendió una luz.
Una silueta se proyectó bajo la puerta.
—Soy yo.
La voz de Valeria.
La misma grabación.
Esteban cerró los ojos.
En la habitación de los observadores se iluminaron cuatro interruptores. Sobre ellos apareció un mensaje.
PARA ABRIR, LOS CUATRO DEBEN MANTENER SU DECISIÓN.
Nicolás pulsó el suyo.
Mateo lo hizo al mismo tiempo.
Bruno apoyó la palma con fuerza.
Elías ocupó el último lugar.
Cuatro luces verdes.
La cerradura de la puerta crema hizo clic.
Esteban giró el picaporte.
Se abrió.
Detrás había otro corredor.
Y, al fondo, una segunda puerta idéntica.
En el suelo descansaba una bolsa llena de libros.
Esteban la tomó.
Debajo encontró un papel.
PRIMERO MIS LIBROS.
Valeria había esperado cuarenta minutos antes de que él sacara la primera bolsa. No la dejó entrar.
Abrió apenas el espacio necesario para depositarla en el suelo. Ella se inclinó a recogerla.
—Falta mi computadora.
—No sé dónde la pusiste.
—Sobre tu escritorio.
—Pues déjame buscar.
Cerró otra vez.
Andrea soltó aire por la nariz.
Valeria sostuvo la bolsa contra sus piernas.
Ya no intentaba convencerlo.
Esa quietud debería haberle advertido algo.
Pero Esteban la interpretó como una victoria.
Todavía podía obligarla a esperar.
Todavía podía hacer que su salida dependiera de él.
Esteban llegó a la segunda puerta.
Las luces verdes continuaban encendidas.
En el monitor de los observadores apareció otra instrucción.
NO SUELTEN.
Bruno cambió de mano.
La luz de su puesto se apagó una fracción de segundo.
La puerta frente a Esteban se cerró de golpe. Él retrocedió, golpeándose el hombro contra la pared.
—¡No cambies! —gritó Mateo.
Bruno volvió a apoyar la palma.
—Se me está durmiendo la mano.
Nicolás miró el reloj de la pantalla.
00:08:36.
Apenas llevaban ocho minutos.
Había una hora de finalización.
07:43:26.
La comprendió antes que los demás.
Una hora, cuarenta y tres minutos, veintiséis segundos.
El tiempo que Valeria había pasado fuera del apartamento aquella otra noche.
—Nos va a hacer mantenerlos todo ese tiempo —dijo.
Elías miró su interruptor.
Bruno soltó una risa seca.
—Que lo intente.
Esteban pasó la segunda puerta.
Encontró la computadora cerrada sobre un taburete.
Detrás, otra puerta.
Y otra espera.
A las seis y cuarenta, a Mateo le temblaba el brazo.
Nicolás tenía la palma entumecida.
Bruno había dejado de insultar.
Elías miraba a Esteban a través de la ventana con la mandíbula inmóvil.
El corredor se había vuelto frío.
Lo veían en el aliento de Esteban.
En la manera en que se frotaba los brazos entre una puerta y la siguiente. Había recuperado los libros, la computadora, una caja de fotografías. Cada objeto lo llevaba más lejos de la ventana.
Cada puerta lo separaba un poco más de ellos.
—Esto no termina cuando recoja todo —dijo Nicolás.
Mateo no respondió.
Estaba mirando el plano doblado junto a su pie.
—La pared de atrás —murmuró.
Nicolás siguió sus ojos.
En la habitación había una rejilla baja.
No una salida.
Pero al otro lado se veía oscuridad.
El espacio de servicio.
Nicolás inclinó el cuerpo sin retirar la mano.
Estiró la pierna y arrastró con el zapato la madera que Bruno había soltado.
La acercó a la rejilla.
—¿Qué haces? —preguntó Elías.
—Buscar otra puerta.
Golpeó.
Una vez.
Dos.
La rejilla se dobló hacia dentro.
Y todos escucharon pasos.
El sonido recorrió el espacio detrás de la rejilla con una nitidez extraña. Nicolás no vio moverse ninguna sombra entre las ranuras, pero no tenía manos libres para acercarse. Los golpes de unas suelas bastaron para que imaginara a alguien huyendo.
Breves.
Rápidos.
Alguien alejándose.
Bruno miró a Elías.
Elías seguía frente a su interruptor. Nicolás sintió que una de sus sospechas se deshacía y dejaba debajo algo peor.
No estaban solos.
Esteban se detuvo ante la última puerta.
No había objetos frente a ella.
Solo la llave con la cubierta roja.
La que Valeria había llevado durante meses.
Se agachó para recogerla.
Del otro lado sonó su propia voz.
—Si sales ahora, no vuelvas.
La grabación lo alcanzó mientras se incorporaba.
Recordó la cara de Valeria.
La bolsa al hombro.
Andrea esperando junto al ascensor. Él había abierto finalmente para darle la computadora.
Y Valeria había pasado junto a él para recoger el resto.
Cuando la vio cruzar la puerta, dijo aquella frase.
Si sales ahora, no vuelvas.
Esperó que se detuviera.
Esperó que el miedo a perderlo pesara más que cualquier otra cosa.
Valeria lo miró por última vez.
—Eso es lo que estoy intentando hacer —respondió.
La llave entró en la cerradura.
Esteban giró.
Nada. En la pantalla de los observadores quedaban nueve minutos.
Las cuatro luces seguían verdes.
—¡La tenemos abierta! —gritó Nicolás al micrófono—. ¡No estamos soltando!
Esteban probó otra vez.
La llave se rompió.
La mitad quedó dentro.
Él miró el trozo que tenía entre los dedos.
Después apoyó la frente contra la puerta.
—No depende de ustedes —dijo.
Su voz llegó clara por los altavoces.
Mateo alzó la cabeza.
—Tiene que haber otra salida.
Esteban recorrió con las manos el marco.
El corredor detrás de él comenzó a cerrarse por tramos.
Las puertas anteriores se sellaron una tras otra.
El frío aumentó.
Nicolás volvió a golpear la rejilla.
La abertura era demasiado pequeña. Detrás había una pared cercana, cables, un espacio al que ninguno podía entrar.
Gritó hasta quedarse sin aire.
No regresaron los pasos.
En la pantalla apareció una grabación de Valeria bajo la lluvia.
Esteban la reconoció.
La primera noche.
Cuando había llegado por ella.
Sonreía al verlo.
La imagen duró apenas unos segundos. Después regresó el corredor.
Esteban se había sentado en el suelo.
—¿Siguen ahí?
—Sí —respondió Mateo—. Aquí estamos.
—No apaguen la voz.
Nicolás acercó la boca al micrófono.
—No vamos a apagarla.
Bruno tenía los ojos llenos de lágrimas. Seguía presionando el interruptor con todo el peso del cuerpo.
Elías bajó la cabeza.
Durante los últimos minutos, Mateo habló.
Le contó a Esteban lo que veía: las cuatro luces, Nicolás junto a la rejilla, Bruno sosteniendo el botón.
Cosas pequeñas.
Presentes.
Esteban dejó de responder antes de que terminara la cuenta.
Nicolás dijo su nombre.
Una vez.
Otra.
La cámara continuó mostrando la puerta cerrada y el cuerpo inmóvil a sus pies.
A las siete y cuarenta y tres, los interruptores se apagaron.
La puerta de los observadores se abrió.
Ninguno salió inmediatamente.
Bruno retiró la mano con dificultad.
Mateo fue el primero en moverse. Corrió al corredor de Esteban, pero encontró una pared metálica donde antes había estado el acceso.
La golpeó. No obtuvo respuesta.
En la pantalla del piso inferior apareció el nombre.
ESTEBAN.
Debajo:
ELIMINADO.
Nicolás se quedó junto a la escalera.
Le ardía la palma.
Habían hecho lo que les pedían.
Habían mantenido los cuatro interruptores.
Habían elegido abrir.
La casa les había permitido sentir que podían salvarlo durante una hora y cuarenta y tres minutos.
Luego les había quitado esa posibilidad sin cambiar ninguna de las reglas visibles.
Elías salió detrás de Bruno.
Seguía vivo.
Los pasos del otro lado de la rejilla seguían sin explicación.
Mateo volvió del corredor con el plano apretado en el puño.
—Hay alguien detrás de esas paredes —dijo—. La próxima vez vamos por él.
Desde el comedor llegó un golpe seco.
La pequeña bandeja había vuelto a salir del aparador. Sobre ella había una fotografía.
Bruno la recogió.
En la imagen, Valeria estaba dormida sobre un sofá. Él aparecía a su lado, mirando a la cámara con una sonrisa.
Bruno dejó de respirar durante un instante.
Nicolás vio lo que había escrito al reverso.
ELLA ESTABA DORMIDA. TÚ SABÍAS LO QUE HACÍAS.
