Capítulo 20 de 35
La fotografía que no borraste
Bruno dobló la fotografía.
Lo hizo con tanta rapidez que Nicolás apenas alcanzó a ver el rostro dormido de Valeria antes de que desapareciera entre sus dedos.
—Dámela —dijo Mateo.
—Es mía.
La respuesta quedó suspendida en el comedor.
Bruno miró el papel que acababa de arrugar.
Nicolás se acercó.
—Eso mismo debiste pensar cuando la tomaste.
—No sabes nada.
—Entonces explica.
Bruno guardó la fotografía en el bolsillo.
En la repisa seguían los nombres de los muertos. Cinco tarjetas, alineadas con una pulcritud insoportable.
Gabriel.
Tomás.
Adrián.
Samuel.
Esteban.
Mateo dejó el plano sobre la mesa.
—Podemos discutir esto después. Hay alguien detrás de las paredes.
—Pues busquemos —dijo Bruno.
Se dirigió a la cocina antes de que alguien pudiera detenerlo. Nicolás lo siguió con la mirada. Había visto aquella prisa en los otros.
El momento en que aparecía algo del pasado y necesitaban convertir cualquier movimiento en una salida.
Elías se sentó lejos del aparador.
Nadie se sentó junto a él.
Bruno había conocido a Valeria en una lavandería. Ella llegó con una bolsa demasiado grande y descubrió, al vaciarla, que había mezclado un suéter rojo con toda la ropa blanca.
Cuando sacó la primera camiseta rosada, se quedó mirándola en silencio.
Bruno estaba sentado sobre una secadora, esperando sus sábanas.
—Si te preguntan, es una colección —dijo.
Valeria lo miró.
Él señaló el resto de la ropa.
—Rosa accidental. Edición limitada.
Ella se rio.
No una sonrisa cortés.
Una carcajada que la obligó a apoyarse en la máquina.
Bruno recordó haber pensado que quería escucharla otra vez.
La ayudó a doblar las prendas. Encontró un calcetín dentro de una funda y levantó la mano como si hubiera descubierto una prueba decisiva.
—Tenemos un sobreviviente.
Al salir, cargó la bolsa hasta su coche.
No pidió su número enseguida.
Le preguntó primero si quería tomar un café mientras decidía qué hacer con su nueva colección.
Valeria aceptó. Durante las semanas siguientes, Bruno consiguió que los días parecieran menos pesados.
Inventaba voces para los anuncios del supermercado. Dibujaba caras en las servilletas. Cuando ella estaba nerviosa por enviar un cuento a una revista, le preparó un pequeño sobre que decía:
PARA CUANDO TE PUBLIQUEN Y FINJAS QUE NO NOS CONOCES.
Dentro había una moneda y una nota.
Mi primera inversión en una escritora famosa.
Valeria la guardó.
Le gustaba que él pudiera hacerla reír sin obligarla a explicar primero por qué había estado triste.
Una noche, tumbados en el sofá, ella le confesó algo que no había dicho en mucho tiempo.
—Contigo no me da vergüenza ser torpe.
Bruno le apartó un mechón de la frente.
—Qué bueno. Porque yo pienso empeorar con los años.
Ella lo besó riéndose.
Todavía no sabía que, más adelante, él iba a contar aquella conversación delante de otras personas.
Ni que iba a cambiar las palabras.
La despensa seguía cerrada.
Bruno tiró de la manija hasta que se le marcaron los tendones del cuello.
Mateo llegó detrás.
—No se abre así.
—Ya lo sé.
—Entonces para.
Bruno soltó la puerta y golpeó la pared con la palma.
—¿Qué quieres que haga? ¿Sentarme a esperar mi turno?
Nicolás señaló el plano.
—El pasillo pasa por aquí. Podemos buscar dónde termina.
Revisaron la cocina durante casi una hora.
Elías sostuvo una lámpara que habían retirado de la sala mientras los demás examinaban muebles y zócalos. Nicolás procuró no perderlo de vista.
No encontraron un acceso.
Encontraron tornillos pintados, junturas falsas y dos puertas de alacena que ocultaban una pared lisa.
A las nueve y veinte, el monitor de la cocina se encendió.
No apareció Valeria.
Apareció Bruno.
Estaba en una terraza, rodeado de personas que no cabían completas en el encuadre. Sostenía una copa y sonreía.
—No, en serio —decía—. Se pone a llorar por cualquier cosa.
Una risa fuera de cámara.
Bruno se volvió hacia alguien que estaba grabando.
—Una vez lloró porque se le murió una planta. Una planta de las que casi no necesitan agua.
Otra risa.
La imagen se congeló.
Mateo miró a Bruno.
Él había dejado de tocar la pared.
—Era una broma.
Nicolás bajó los ojos.
Había escuchado la misma defensa demasiadas veces desde que despertaron en aquella casa.
En el monitor apareció una frase.
ESTA VEZ, MIRA A QUIÉN LE DIO RISA.
El video retrocedió.
Volvió a empezar con un encuadre más amplio. Valeria estaba sentada en el extremo de la mesa. Tenía una sonrisa pequeña, rígida.
La sostuvo incluso cuando todos se volvieron a mirarla.
Bruno la señaló con la copa.
—¿Ves? Ya se está poniendo sensible.
La grabación terminó.
La planta se la había regalado su madre.
Valeria la llevó consigo cuando se mudó. La cuidó durante años, junto a una ventana donde había aprendido a calcular la luz de la tarde.
Cuando se secó, llevaba meses trabajando demasiado y durmiendo poco.
No lloró únicamente por la planta.
Bruno lo sabía.
Había estado con ella aquella noche.
La encontró sentada en el suelo, recogiendo las hojas que habían caído de la maceta. Se arrodilló a su lado, le quitó una de las hojas de la mano y la abrazó.
Valeria le habló de su madre.
De una visita que había pospuesto.
De cuánto le dolía sentir que siempre estaba llegando tarde a algo importante.
Él la escuchó.
Después le hizo un té.
Por eso, cuando lo oyó contar la historia en la terraza, tardó unos segundos en comprender que estaba hablando de ella.
La ternura de aquella noche seguía demasiado cerca del recuerdo.
No encajaba con su voz entre las risas.
Al volver a casa, se lo dijo.
—Eso te lo conté porque confiaba en ti.
Bruno dejó las llaves sobre la mesa.
—No dije nada malo.
—Te burlaste de mí.
—Me burlé de la situación.
Ella permaneció de pie junto a la puerta. Él se acercó y le tocó la nariz con un dedo, un gesto que antes la hacía reír.
—Anda. No puedes tomarte todo tan en serio.
Valeria apartó la cara.
Bruno suspiró.
La discusión acabó cuando ella pidió disculpas por haber arruinado la noche.
La pantalla de la cocina se apagó.
En el comedor sonó una campanilla.
La bandeja del aparador había salido otra vez.
Mateo corrió hasta ella.
Llegó antes de que se retirara, pero detrás solo encontró la abertura oscura. La placa cerró el paso con un golpe que lo obligó a apartar los dedos. Sobre la bandeja había un teléfono.
Bruno lo reconoció.
Tenía una grieta en la esquina inferior y una funda transparente amarillenta.
Su antiguo teléfono.
Nicolás lo recogió.
No había señal.
La pantalla estaba encendida en una conversación.
El nombre del grupo era LOS DE SIEMPRE.
Bruno extendió la mano.
—Dámelo.
Nicolás retrocedió. En la conversación se veía la fotografía del sofá.
Valeria dormida.
Bruno a su lado, mirando a la cámara. Debajo aparecía un mensaje enviado desde su cuenta.
Después de dos horas de escuchar sus tragedias.
Las respuestas eran breves.
Carcajadas escritas.
Un comentario sobre cuánto tenía que soportar.
Otro sugiriendo que la próxima vez grabara los llantos.
Mateo leyó por encima del hombro de Nicolás.
—¿Ella sabía que habías enviado esto?
Bruno miró hacia la cámara del comedor.
—Lo supo después.
Nicolás deslizó el dedo.
Había más fotografías.
En ninguna había desnudez. Bruno había fotografiado cosas que ella dejaba ver porque confiaba en él: la boca entreabierta al dormir, el pañuelo mojado después de llorar, el ensayo de una lectura frente al espejo. La traición estaba en convertir esa confianza en material para los demás.
En una de las grabaciones, Bruno imitaba su voz.
Nicolás apagó el sonido antes de que terminara.
—Te pidió que lo borraras.
No era una pregunta.
Bruno se frotó la cara.
—Sí.
—¿Y lo borraste?
La pantalla del comedor se encendió.
Valeria apareció mirando directamente a la cámara.
—Eso vamos a comprobar.
Aquella fotografía se había tomado después de una noche difícil.
Valeria había recibido el rechazo de una editorial.
No era el primero, pero había puesto muchas esperanzas en aquel envío. Había corregido el manuscrito durante meses, renunciado a salidas, releído cada página hasta que dejó de reconocer sus propias frases.
Bruno fue a su casa con comida.
Al principio hizo bromas.
Cuando vio que no funcionaban, se sentó junto a ella y la dejó hablar.
Valeria lloró.
No con elegancia.
Lloró como lloran las personas cansadas, sin terminar las frases, con rabia por sentirse ridículas incluso mientras les duele algo.
Él la abrazó.
Ella acabó durmiéndose sobre su pecho.
Bruno esperó unos minutos antes de sacar el teléfono.
Tomó la fotografía.
La envió.
Al día siguiente, Valeria recibió una captura de pantalla de una mujer que conocía a uno de los miembros del grupo.
No se la mandó para herirla.
Escribió:
Creo que deberías saberlo.
Valeria leyó los mensajes sentada en la cama.
Lo que más le costó recordar después fue la sensación de seguir queriendo a Bruno mientras miraba aquello.
Todavía deseaba que hubiera una explicación.
Algo pequeño. Una equivocación que pudiera corregirse sin perder todo lo demás.
Cuando él llegó, ella le mostró el teléfono.
Bruno reconoció primero la traición del amigo que había dejado salir la captura.
Después vio su cara.
—Perdón —dijo.
Valeria le pidió que borrara la fotografía.
Los videos.
Las bromas.
Todo lo que había tomado sin preguntarle. Él lo hizo delante de ella.
O eso le permitió creer.
La puerta del salón de juegos se abrió a las diez.
Hasta entonces había permanecido cerrada. Dentro había ocho pantallas colocadas alrededor de una silla.
Cada una mostraba el mismo rostro dormido.
En el centro esperaba un atril con el teléfono de Bruno conectado a una base.
Nicolás no había visto cuándo se lo habían retirado de la mano: lo había dejado sobre la mesa para ayudar a Mateo a mover el aparador, y minutos después la bandeja ya lo había llevado al otro lado.
Ahora estaba allí.
A la vista.
Una línea apareció en la pantalla principal.
ELIGE QUÉ CONSERVAR.
Bruno se quedó en el umbral.
—No pienso sentarme.
Las pantallas cambiaron. Mostraron conversaciones distintas.
Una con Valeria.
Otra con sus amigos.
Otra con una mujer que le había escrito después de la ruptura.
En esa, Bruno decía:
Era agotadora. Hasta para hacer un chiste había que pedirle permiso.
Mateo miró las pantallas.
—Puedes decir la verdad aquí.
Bruno soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Y eso le devolvió la vida a Esteban?
Nadie respondió.
Valeria apareció en la pantalla central.
—No tienes que sentarte para empezar.
La puerta permanecía abierta.
Bruno entró de pie.
Los demás se quedaron en el umbral.
En el teléfono había dos carpetas.
BORRADOS.
CONSERVADOS.
Bruno abrió la primera.
Estaba vacía.
La segunda contenía cuarenta y tres archivos.
Nicolás vio que Mateo apretaba los labios.
—¿Cuarenta y tres? —preguntó.
Bruno no levantó la cabeza.
En la pantalla central surgió una instrucción. BUSCA LA FOTOGRAFÍA QUE PROMETISTE BORRAR.
No tardó en encontrarla.
No tuvo que buscar demasiado. Había una copia en una carpeta de respaldo.
Otra dentro de la conversación.
Otra guardada entre sus favoritas.
Valeria lo perdonó aquella primera vez.
No inmediatamente.
Bruno pasó días llevándole café, escribiéndole mensajes largos, esperándola a la salida del trabajo.
Le dijo que había sido un imbécil.
Le dijo que se había dejado llevar.
Le dijo que ella era mucho más importante que la opinión de sus amigos.
Una tarde apareció con una libreta de tapas amarillas.
En la primera página había escrito:
Para las historias que sí merecen ser compartidas.
Valeria lloró al leerlo.
Bruno la abrazó.
Ese gesto terminó de convencerla.
Volvió a hablarle de sus miedos.
Volvió a dormirse junto a él.
Pero empezó a vigilar dónde estaba el teléfono.
Si lo veía levantarse frente a su cara, dejaba de sonreír hasta entender qué estaba haciendo.
Bruno se molestaba.
—Ya te pedí perdón. Ella asentía.
Y se sentía culpable por no haber recuperado la confianza con la misma rapidez con la que él había pedido recuperarla.
—La conservé —dijo Bruno.
La frase salió casi sin voz.
Las pantallas dejaron de cambiar.
—No pensé volver a enviarla.
Nicolás se apoyó en el marco.
—Pero la volviste a enviar.
Bruno cerró los ojos.
Una nueva conversación ocupó la pantalla central.
La fecha era posterior al perdón.
La fotografía estaba ahí.
Debajo, un mensaje suyo.
No hagan capturas, que luego me toca pedir disculpas otra vez.
Mateo se apartó.
Bruno dejó el teléfono en la base.
Por primera vez desde que había aparecido la fotografía, no buscó una explicación.
—Sí —dijo—. La volví a mandar.
La silla se iluminó.
En su respaldo había una pequeña placa.
PÚBLICO.
Las ocho pantallas mostraron ahora el rostro de Bruno.
Una cámara frente a él transmitía cada movimiento con una claridad desagradable.
En la imagen, parecía más viejo que cuando había despertado en la casa.
La voz de Valeria llenó la habitación.
—Siéntate.
Bruno miró hacia el umbral.
La puerta seguía abierta.
Nicolás le hizo una seña.
Que saliera.
Que todavía podía salir.
Entonces, desde detrás de las pantallas, llegaron unas risas.
No las risas de la terraza.
Estas eran más recientes.
Bruno oyó su propio nombre.
Después, una voz que reconoció.
La de uno de sus amigos.
—No le digan que estamos grabando.
Bruno dio un paso hacia el sonido.
Las pantallas cambiaron de imagen.
Ahora él estaba dormido sobre una mesa, rodeado de las mismas personas a las que había enviado las fotografías de Valeria.
Uno de sus amigos le levantaba la cabeza por el cabello para que la cámara pudiera verlo mejor.
Los demás se reían.
Bruno se quedó inmóvil.
Valeria habló otra vez.
—Hay algo que nunca te contaron.
La puerta del salón comenzó a cerrarse.
