Capítulo 21 de 35

Los que se ríen de ti

Nicolás alcanzó a meter el brazo antes de que la puerta terminara de cerrarse.

—¡Bruno, sal!

La hoja se detuvo contra su antebrazo.

Durante un segundo creyó que había conseguido frenarla.

Entonces sintió la presión.

Mateo lo agarró por la cintura y tiró de él. Nicolás retiró el brazo con un grito. La puerta se cerró y el cerrojo cayó al otro lado.

Bruno seguía mirando las pantallas.

No se había vuelto.

En una de ellas, sus amigos le habían colocado unas gafas de cartón mientras dormía sobre la mesa. Uno levantaba una copa frente a la cámara.

—Por el hombre al que nunca le pasa nada.

Los demás brindaban.

Bruno reconoció la camisa que llevaba. Había defendido a esas personas cuando Valeria le pidió que dejara de enviarles fotografías. Ahora buscaba en sus caras al menos una que no se estuviera riendo.

La terraza.

La fecha.

Su cumpleaños.

Valeria había organizado aquella cena.

Reservó una mesa para doce, encargó un pastel y llegó antes que todos para colocar una pequeña bolsa junto a cada plato. Dentro había caramelos de café, los favoritos de Bruno.

Él apareció veinte minutos tarde.

Valeria lo esperaba junto a la entrada.

—Feliz cumpleaños.

Bruno le dio un beso.

—¿Todo esto es por mí?

Ella asintió, satisfecha. Le había comprado una chamarra que él había visto semanas antes en un escaparate. Ahorró para pagarla y consiguió su talla preguntando a uno de sus amigos.

Durante la cena, Bruno estuvo radiante.

Contaba historias, hacía reír a todos, se inclinaba hacia Valeria para robarle papas del plato.

En un momento, ella le limpió una mancha de salsa junto a la boca. Él le besó los dedos.

Fue un gesto breve.

A Valeria le bastó para sentirse parte de algo que duraría.

Más tarde, cuando Bruno abrió el regalo, levantó la chamarra y silbó.

—Esta mujer quiere arruinarme a todos ustedes —dijo a sus amigos—. Ahora van a tener que esforzarse.

La abrazó delante de la mesa.

Ella se puso roja.

Aquella fue la última parte de la noche que recordaría con alegría.

Después llegaron las copas, las bromas que empezaban hablando de otros y terminaban señalándola, la imitación de su manera de corregir palabras.

Valeria le pidió en voz baja que parara.

Bruno levantó las manos.

—Hoy es mi cumpleaños. Dame permiso de ser un idiota.

Todos se rieron.

Ella permaneció hasta que sirvieron el pastel.

Luego se fue sola.

En la pantalla del salón, Bruno seguía dormido.

Uno de sus amigos le palpó los bolsillos.

—A ver qué le compró.

Sacó un sobre.

Valeria había escrito una carta y la había guardado dentro de la chamarra. Bruno no había llegado a leerla.

El hombre la desplegó.

—No, no —dijo otra voz, riéndose—. Eso es privado.

Pero nadie intentó quitársela.

El lector exageró cada palabra.

Me enamoré de ti porque haces que el mundo parezca un lugar menos triste.

Una carcajada interrumpió la frase.

Bruno dio un paso hacia la pantalla.

—Apágalo.

El video continuó.

Ojalá yo también pueda ser eso para ti.

Su amigo hizo una pausa, fingiendo emoción.

Después arrugó la carta y la dejó bajo una botella mojada.

Bruno se volvió hacia la cámara de la habitación.

—¡He dicho que lo apagues!

La voz de Valeria sonó desde los altavoces.

—El teléfono está frente a ti.

Él lo recogió de la base.

En la pantalla había dos opciones.

BORRAR.

CONTINUAR.

Pulsó la primera.

El video desapareció.

Durante unos segundos, las ocho pantallas quedaron negras.

Bruno soltó aire.

Después la misma imagen regresó en la pantalla más lejana. COPIA 2 DE 9.

Nicolás flexionó los dedos.

Podía moverlos, aunque el brazo empezaba a hincharse.

Mateo le envolvió el antebrazo con un paño húmedo.

—No vuelvas a meterlo.

—No iba a dejarlo ahí.

—Lo sé.

Elías se había acercado a la pared contigua al salón. Tocaba la superficie con los nudillos, despacio.

Nicolás levantó la vista.

—¿Qué buscas?

—El pasillo.

Mateo recogió el plano de la mesa.

El salón aparecía marcado como una habitación rectangular. La pared detrás de las pantallas debía limitar con el espacio de servicio que Adrián había señalado.

—Por la despensa —dijo Nicolás—. Tenemos que volver a entrar por ahí.

Un pequeño monitor, colocado sobre la puerta del salón, se encendió.

Mostró a Bruno pulsando una y otra vez la pantalla del teléfono.

El sonido llegó con un leve retraso.

—No se borra —decía.

Después levantó la cabeza y se volvió hacia la puerta.

En el monitor tardó un segundo más en hacerlo.

Nicolás lo advirtió.

Ya no confiaba en ninguna imagen.

—Bruno —llamó, golpeando la puerta con la mano sana—. Si nos oyes, golpea tres veces.

Esperaron. Tres golpes respondieron desde dentro.

En la pantalla, Bruno seguía junto al teléfono.

La grabación iba atrasada.

O alguien había elegido retrasarla.

Mateo miró a Nicolás.

Ambos habían entendido lo mismo.

Si iban a intentar algo, no podían guiarse por los monitores.

Bruno borró la segunda copia.

La tercera empezó a reproducirse en otra pantalla.

En ella ya no estaba dormido.

Era una conversación escrita.

Uno de sus amigos había enviado una fotografía suya con un texto debajo.

Otra vez la trajo. Ya no sabe venir solo.

Más abajo, alguien preguntaba si Valeria había pagado parte de la cena.

La respuesta llegó acompañada de una risa.

Claro. Él pone los chistes.

Bruno leyó el mensaje varias veces.

Recordó las ocasiones en que había presumido de no necesitar a nadie.

Las cenas que Valeria había cubierto cuando él olvidaba la cartera.

El regalo.

Las entradas para un concierto. Había aceptado cada cosa con naturalidad y después había ridiculizado a la persona que se las daba.

Ahora veía que sus amigos también lo habían visto.

Solo que habían esperado a que se fuera para reírse de él.

Pulsó BORRAR. COPIA 4 DE 9.

La siguiente pantalla mostró a Valeria. Estaba sentada en el sofá, con la libreta amarilla sobre las rodillas.

—Me pediste que te creyera —decía.

Bruno reconoció la grabación.

No porque la hubiera recibido.

Porque él la había hecho.

Valeria había descubierto una segunda captura de pantalla. La fotografía dormida volvía a circular.

Fue a verlo.

Él dejó el teléfono apoyado junto a una maceta antes de sentarse frente a ella.

Lo hizo sin pensarlo demasiado.

Ya había aprendido a reunir pruebas de lo difícil que era su novia.

—No puedo hablar contigo si levantas la voz —respondía él en el video.

Valeria no estaba levantando la voz.

—Quiero que lo borres.

—Ya lo borré.

—Lo acabas de volver a enviar.

—Pues alguien guardó una copia.

Ella lo miró.

En la pantalla, Bruno sostuvo aquella mentira con una calma que ahora le resultaba ajena.

Valeria dejó la libreta sobre la mesa.

—No quiero estar con alguien que necesita verme avergonzada para hacer reír a sus amigos.

Él suspiró.

—Qué manera de decir las cosas. Bruno había enviado un fragmento de aquella discusión.

Eligió el momento en que Valeria se levantaba y dejaba caer la libreta sobre la mesa.

Eliminó lo que había ocurrido antes.

Lo que ella había explicado.

Lo que él había negado.

Después escribió:

Imagínense vivir con esto.

Esa vez, la ruptura fue definitiva.

Valeria dejó de contestar.

Él le mandó flores.

Luego mensajes.

Luego una fotografía de la moneda que había puesto en el sobre de la lavandería.

¿De verdad vas a tirar todo por una tontería?

No recibió respuesta.

Una noche fue hasta su edificio.

Valeria bajó, pero no lo dejó entrar. Llevaba la chamarra del cumpleaños doblada sobre los brazos.

—Es tuya —dijo él.

—La compré para alguien con quien quería estar.

Bruno no la tomó.

Ella la dejó sobre el banco de la entrada.

—Yo también confié en ti —dijo él.

Valeria cerró los ojos un instante.

—Nunca me has dicho en qué te traicioné.

Bruno buscó una respuesta.

Ella esperó. Él terminó diciendo:

—Has hablado de mí con Andrea.

Valeria asintió.

—Sí. Necesitaba que alguien me ayudara a entender por qué seguía volviendo.

La despensa se abrió cuando Mateo tiró de la manija.

Sin resistencia.

Sin una advertencia.

Los tres se quedaron quietos.

Al otro lado estaba el corredor de servicio.

La misma luz blanca.

El mismo aire frío.

Nicolás miró hacia la cámara de la cocina.

—Nos está dejando.

—Entonces sabemos que espera que entremos —dijo Elías.

Mateo sostuvo el plano.

—También espera que Bruno se quede solo.

Entraron.

Nicolás iba delante. Mateo lo seguía con una mano sobre su hombro para no separarse en las zonas oscuras. Elías caminaba detrás.

La puerta de la despensa permaneció abierta.

A medio pasillo escucharon pasos.

Venían del fondo.

Rápidos.

Se detuvieron.

Volvieron a empezar.

Nicolás avanzó hasta una esquina. No vio a nadie.

Los pasos sonaron otra vez.

Exactamente iguales.

La misma sucesión.

El mismo pequeño arrastre al final.

Mateo levantó una mano.

—Espera.

Escucharon.

La secuencia se repitió.

Elías señaló un altavoz bajo el techo.

Nicolás lo miró con una rabia que no sabía dónde poner.

Habían pasado horas buscando a alguien que quizá solo existía en una grabación.

Aun así, no podían saber si aquel truco explicaba todos los sonidos que habían oído.

Continuaron.

COPIA 7 DE 9.

Bruno ya no pulsaba deprisa.

Las dos últimas grabaciones habían mostrado cosas que recordaba de otro modo.

En una, Valeria se reía con él mientras trataban de bailar en una cocina.

El video había sido grabado con su permiso.

Al terminar, ella se acercaba al teléfono y decía:

—Ese sí me lo mandas.

Bruno había olvidado esa frase. Había olvidado incluso la diferencia entre un momento compartido y uno robado.

La séptima copia era un mensaje de voz suyo.

Lo envió después de que ella le devolviera la chamarra.

—Te estás poniendo así porque tus amigas te llenaron la cabeza. Antes sabías reírte.

Bruno dejó que terminara.

La habitación se había oscurecido alrededor de las pantallas.

Tras ellas se escuchó un movimiento lento.

Algo rozó el suelo.

Él miró hacia la puerta.

—¿Nicolás?

No hubo respuesta.

Había escuchado tres golpes minutos antes. Después, voces alejándose.

Ahora estaba solo.

En el teléfono apareció una nueva pregunta.

¿QUIERES QUE ESTO DEJE DE VERSE?

Bruno apoyó la espalda contra la puerta cerrada.

—Sí.

Una luz se encendió bajo la silla.

Había un cajón.

Lo abrió.

Dentro encontró un espejo.

Pequeño.

Sin marco.

Y una tarjeta.

PRIMERO, DEJA DE MIRAR A LA CÁMARA.

Nicolás encontró la parte posterior del salón.

No había una puerta visible. Había paneles, cables y dos monitores en una mesa estrecha. Uno mostraba la silla vacía.

El otro, a Bruno sentado en ella.

Mateo se acercó.

—Pero no está sentado.

Nicolás tocó la mesa.

Había polvo en algunos lugares y marcas limpias en otros.

Elías permaneció en la entrada del pequeño espacio.

Una luz roja parpadeó sobre el segundo monitor.

La imagen de Bruno sentado desapareció y volvió a empezar.

Esta vez observaron con atención.

No era Bruno.

Alguien había colocado una chamarra sobre el respaldo, con una forma bajo la tela que, vista desde aquella cámara, podía confundirse con sus hombros.

La casa podía mostrar una persona donde solo había una silla.

Nicolás sintió un mareo breve.

Pensó en la taza de Elías levantándose en una imagen mientras él limpiaba sus lentes en otra parte.

Pensó en Adrián intentando decirles que la sala se repetía.

Mateo apoyó la mano en el panel que tenían delante.

Desde el otro lado llegó la voz de Bruno.

—Valeria, ¿puedes oírme?

Nicolás golpeó.

—¡Estamos detrás de la pared!

Bruno respondió casi enseguida.

—¡Sáquenme!

Mateo buscó una juntura.

Elías retrocedió para darles espacio. Nicolás golpeó otra vez con el hombro sano.

El panel vibró.

Esta vez había cedido un poco.

Bruno miró el espejo.

Tenía los ojos hundidos.

La boca seca.

Había estado hablando a la cámara desde que comenzó la prueba: protestando, explicando, exigiendo que apagaran los videos.

Ahora bajó el teléfono.

—Te grabé para que otros me dieran la razón —dijo.

Las pantallas siguieron encendidas.

—Cuando estabas llorando. Cuando estabas dormida. Cuando ya no querías hablar conmigo.

Tragó saliva.

Desde detrás de la pared llegaban golpes.

Nicolás y Mateo.

Seguían ahí.

Bruno se sostuvo de aquella certeza.

—Y cuando me pediste que lo borrara, pensé que era injusto que me quitaras algo que podía usar.

La última grabación empezó.

COPIA 9 DE 9.

Era Valeria en la lavandería.

La primera tarde.

Bruno había grabado unos segundos de las camisetas rosadas para enviárselos después. Ella levantaba una prenda y se reía.

Al terminar el video, aparecía el mensaje con el que él se lo había mandado. Me gusta hacerte reír.

Bruno se cubrió la boca.

No recordó haber querido engañarla aquel día.

La había querido.

Eso volvía más difícil entender lo que había hecho después.

El panel se soltó de un lado.

Mateo metió los dedos en el hueco y tiró.

Nicolás lo ayudó con la mano sana.

Una de las pantallas del salón se inclinó hacia delante.

Al otro lado apareció Bruno. Tenía el espejo en una mano.

Los tres se quedaron mirándose.

No hubo tiempo para celebrar.

Nicolás señaló la abertura.

—Ven.

Bruno se acercó.

Al rozar la pantalla, esta cayó contra el suelo con un estruendo.

Elías se apartó.

Una alarma breve llenó el pasillo.

Mateo tiró del panel hasta abrir espacio suficiente.

Bruno cruzó.

Nicolás le agarró la manga y lo llevó lejos del hueco. Detrás de ellos, las pantallas se apagaron.

Por primera vez habían sacado a alguien de una prueba antes de que la casa abriera la puerta.

Corrieron hacia la despensa. El paso seguía libre.

No se cerró cuando llegaron.

Nadie los detuvo.

Bruno se sentó en el suelo de la cocina.

Seguía sosteniendo el espejo.

Mateo cerró la despensa y arrastró una mesa pequeña frente a ella, aun sabiendo que no serviría de mucho.

Nicolás esperó el castigo.

Un nombre.

Una cuenta regresiva.

La voz de Valeria.

Durante casi un minuto no ocurrió nada.

Después se encendió el monitor.

Apareció una imagen del salón.

La abertura que habían roto.

Las pantallas caídas.

La silla vacía.

El teléfono permanecía en la base.

Bruno lo había dejado dentro.

Un mensaje ocupó la pantalla.

HAS BORRADO NUEVE ARCHIVOS.

Debajo surgió otra línea.

TODAVÍA QUEDA UNA COPIA.

Bruno miró el espejo.

Su rostro temblaba ligeramente en el cristal.

Nicolás se acercó al monitor.

—Ya salió —dijo—. Se terminó.

La imagen cambió.

Mostró a los cuatro en la cocina.

Nicolás junto a la pantalla.

Mateo delante de la despensa.

Bruno en el suelo.

Elías cerca de la mesa.

Esta vez, los movimientos coincidían.

Era una transmisión en directo.

La voz de Valeria sonó con una serenidad que les heló las manos.

—Sí. Ya salió.

Bruno levantó la cabeza.

En la pantalla apareció una nueva inscripción.

PRUEBA FINAL: SIN PÚBLICO.

Desde debajo de la cocina llegó el ruido de algo que empezaba a abrirse.

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