Capítulo 22 de 35

Sin público

El ruido venía de debajo de la mesa.

Mateo la apartó.

En el suelo había una juntura que antes parecía parte del dibujo de las baldosas. Ahora se había abierto unos centímetros.

Nicolás agarró a Bruno del hombro.

—Levántate.

Bruno obedeció con torpeza. Todavía sostenía el espejo.

Los cuatro retrocedieron hasta el comedor. La abertura continuó ensanchándose. Una sección del suelo descendió lentamente y dejó al descubierto una escalera estrecha.

Abajo había luz.

No una luz roja ni el resplandor intermitente de las pantallas.

Una bombilla corriente.

La bombilla iluminaba peldaños comunes, sin una pantalla que anunciara las reglas. Mateo se detuvo a mirarla; la falta de un espectáculo reconocible lo dejó sin nada que anticipar.

En el monitor apareció una instrucción.

BRUNO DEBE BAJAR SOLO.

Mateo sacudió la cabeza.

—No.

La voz de Valeria respondió:

—Los demás pueden quedarse donde están.

Nicolás se acercó a la cámara.

—Ya lo sacamos.

—Lo vi.

—Entonces acabó.

Hubo una pausa.

Por un instante, creyó que alguien estaba escogiendo la respuesta entre las grabaciones que habían descubierto en el archivo.

Después sonó la voz:

—Nunca dije que salir de una habitación fuera salir del juego.

Bruno dejó el espejo sobre la mesa.

Lo colocó boca abajo.

Una mañana, mucho antes de la ruptura, Valeria había despertado en el apartamento de Bruno y lo encontró sentado junto a la ventana. Tenía una hoja entre las manos.

Su cuento. Ella lo había dejado sobre el escritorio la noche anterior.

—¿Lo leíste?

Bruno levantó la cabeza.

—Sí.

Valeria se sentó en el borde de la cama.

No sabía qué hacer con las manos.

Esperar una opinión de alguien amado era una forma particular de quedarse desnuda, aunque siguiera cubierta por las sábanas. Él dobló las hojas con cuidado.

—Me gustó la parte del final.

—¿De verdad?

Bruno asintió.

Entonces dijo una frase del cuento.

No la más vistosa.

Una pequeña, escondida entre dos párrafos.

Valeria sonrió.

Él había leído de verdad.

Eso era lo que iba a recordar después, durante los días en que intentó comprender cómo la misma persona había podido grabarla llorando.

Bruno se acercó a la cama.

—Quiero estar cuando publiques algo.

Ella lo abrazó por la cintura. Él apoyó la barbilla sobre su cabeza.

Por un momento no hubo chistes.

Ni otras personas.

Solo una habitación donde Valeria se permitió creer que su voz podía ser importante para alguien. Nicolás quiso bajar primero.

Mateo le cerró el paso.

—Tienes el brazo así. Déjame ver.

Descendió tres escalones.

Se inclinó.

Desde allí alcanzaba a distinguir una puerta abierta y una parte del suelo de una habitación.

En la pared había un letrero.

NO HAY CÁMARAS.

Mateo volvió la cabeza hacia los demás.

—No veo a nadie.

—Eso no significa nada —dijo Nicolás.

Elías se había quedado junto al marco de la cocina.

Miraba la abertura con el rostro casi oculto por la visera.

Mateo bajó un escalón más.

La luz de abajo se apagó.

Él retrocedió de inmediato.

En el monitor apareció una segunda instrucción.

BRUNO. SOLO.

Bruno caminó hasta la escalera.

Nicolás le sujetó la manga.

—No tienes que obedecer.

—¿Y qué hacemos?

—Lo intentamos otra vez.

Bruno miró su antebrazo vendado.

Luego miró a Mateo, la puerta de la despensa bloqueada con la mesa, el plano inútil sobre el comedor.

No había cansancio únicamente en sus caras. Había una esperanza que se estaba volviendo dolorosa de sostener.

—Voy a mirar —dijo.

—Eso dijeron los otros.

Bruno no respondió.

Se soltó con suavidad.

Bajó dos escalones.

La bombilla volvió a encenderse.

La habitación era pequeña.

Un escritorio.

Dos sillas.

Una puerta al otro lado.

Bruno buscó las cámaras antes de entrar.

Revisó las esquinas, la bombilla, el marco.

No vio ninguna.

Sobre el escritorio había una libreta amarilla.

La reconoció enseguida.

En la primera página seguía su dedicatoria.

Para las historias que sí merecen ser compartidas.

Al lado descansaba un sobre.

En él, Valeria había escrito:

LEE SIN GRABAR.

Bruno miró hacia arriba.

Nicolás estaba en el borde de la escalera.

Mateo detrás de él.

Elías más lejos.

—Hay una puerta —les dijo.

Nicolás se agachó.

—No la cruces.

Bruno tomó el sobre.

Estaba abierto.

Dentro encontró tres hojas.

La letra de Valeria llenaba ambas caras.

Empezó a leer.

No sé si alguna vez vas a entender por qué me fui.

Cuando me preguntas qué hiciste, encuentro tantas respuestas que termino diciendo una sola. Entonces discutimos esa respuesta y todo lo demás desaparece.

Si digo que me grabaste llorando, me explicas que solo querías recordar la conversación.

Si digo que lo enviaste, me explicas que tus amigos te preguntaron.

Si digo que se burlaron, me explicas que yo no conozco su humor.

Siempre hay otra explicación. Al final tengo que demostrarte que me dolió, como si eso también pudiera estar equivocado.

Bruno se apoyó en el escritorio.

Las hojas temblaron ligeramente.

Yo sí recuerdo lo bueno.

Recuerdo la lavandería. La moneda. El café cuando estaba corrigiendo hasta tarde. Recuerdo que leíste mi cuento y que supiste repetir una frase que nadie había mencionado.

No me quedé contigo porque fuera tonta.

Me quedé porque esperaba que volvieras a ser alguien con quien podía dormirme sin miedo a despertar convertida en una broma.

Bruno dejó de leer.

Desde arriba, Nicolás dijo su nombre. Él levantó una mano. Solo un momento.

Necesitaba terminar.

Valeria escribió aquella carta después de devolverle la chamarra.

La escribió primero en el teléfono.

Luego borró el mensaje antes de enviarlo.

Temía recibir otra respuesta donde cada frase suya acabara utilizada en su contra.

Pasó las palabras a la libreta.

Mientras escribía, recordó una tarde en que Bruno la acompañó a comprar zapatos para una entrevista. Ella había entrado en tres tiendas y en ninguna encontró algo que le gustara.

Al salir de la cuarta, se disculpó.

Bruno negó con la cabeza.

—No estamos apagando un incendio. Podemos tardarnos.

Valeria se rio.

Aquella paciencia había sido real.

También lo había sido la impaciencia con la que él, meses después, la apuraba a dejar de llorar porque quería llegar a una cena.

Le resultaba difícil escribir sobre ambas cosas. Tenía miedo de que reconocer la primera le quitara derecho a nombrar la segunda.

Siguió hasta que amaneció.

No envió la carta.

La guardó en la libreta amarilla.

Era la primera vez que escribía para él sin esperar que su respuesta la hiciera cambiar de opinión.

Bruno leyó la última página.

No quiero que me extrañes solo porque ya no hay nadie que te escuche al final del día.

Quiero que entiendas que yo estaba ahí. Mientras te reías.

Mientras volvías a enviar lo que prometiste borrar.

Mientras me llamabas sensible delante de personas a las que yo había tratado bien.

Yo estaba ahí.

Al pie había una frase más.

No parecía escrita el mismo día.

La tinta era más oscura.

AHORA ESTOY AQUÍ.

Bruno levantó la cabeza.

La puerta del fondo tenía una ventanilla estrecha.

Detrás estaba oscuro.

Se acercó.

—¿Valeria?

Arriba, Nicolás se incorporó.

—Bruno. Sube.

Bruno apoyó una mano en la puerta.

No había picaporte de su lado.

Desde dentro llegó un ruido suave.

Una silla moviéndose.

—Está aquí —dijo.

Mateo empezó a bajar.

La luz de la escalera parpadeó.

—¡No te acerques! —gritó Nicolás.

Pero Bruno ya tenía el rostro junto a la ventanilla.

—No sé qué quieres que diga —murmuró. Su voz sonó distinta sin un micrófono delante.

Más pequeña.

—He dicho que lo hice. He dicho que te mentí.

Esperó.

No llegó ninguna respuesta.

Se oyó una respiración.

Podía ser una persona.

Podía ser otro altavoz.

Bruno miró a su alrededor.

—Si estás ahí, háblame.

Detrás de la ventanilla se encendió una luz.

Vio un sillón.

Una mesa pequeña.

La taza blanca con el asa intacta.

No había nadie sentado.

En el respaldo descansaba la chamarra del cumpleaños.

Bruno retrocedió.

Comprendió demasiado tarde cuánto había querido encontrarla allí.

No para salvarse únicamente.

También para oír una voz real, una respuesta que no tuviera que buscar en una pantalla.

La puerta del fondo hizo clic.

Se abrió hacia dentro.

Nicolás bajó los primeros escalones.

Mateo estaba a mitad de la escalera.

Bruno se volvió hacia ellos.

—No entren. El suelo de la habitación vibró.

Una división metálica descendió entre el escritorio y la escalera.

Mateo llegó a ella justo cuando terminó de cerrar.

Golpeó con ambos puños.

Bruno quedó al otro lado.

No había monitor.

No había un reloj visible.

No había instrucciones nuevas.

Solo la puerta abierta y el sillón vacío.

Bruno golpeó la división.

Nicolás y Mateo respondieron desde fuera.

Los escuchaba apenas.

Como si estuvieran muy lejos.

Probó el marco.

La pared.

La ventanilla.

Todo seguía inmóvil.

En la habitación contigua, algo empezó a moverse detrás del sillón.

Bruno retrocedió hasta el escritorio.

Entonces oyó a Valeria.

No parecía venir de un lugar concreto.

—Aquí no puedes pedir que apaguen la cámara.

Bruno levantó los ojos.

—Has dicho que no había cámaras.

—No las hay. La bombilla perdió intensidad.

Él buscó la salida con las manos.

Desde la escalera, Mateo seguía golpeando.

Bruno gritó su nombre.

El ruido de la maquinaria creció hasta cubrir las respuestas.

Nicolás subió de nuevo a la cocina.

Elías seguía cerca de la abertura.

—Ayúdame —le dijo.

Entre los dos retiraron la mesa de la despensa.

Nicolás entró en el corredor de servicio.

La luz estaba apagada.

No avanzó a ciegas.

Volvió por la lámpara y regresó con Elías detrás.

Buscó un acceso hacia abajo.

Una escalera.

Una puerta.

Cualquier abertura que no los devolviera al salón de las pantallas.

Encontró una pared nueva.

Un panel había cerrado el paso por el que habían llegado antes a Bruno.

Lo golpeó con el hombro.

El dolor del brazo le hizo perder el equilibrio.

Elías lo sostuvo.

—Por aquí no.

Nicolás se apartó.

—Entonces dime por dónde. Elías no contestó.

Del otro lado del panel sonó una risa. La misma risa del video del cumpleaños.

Volvió a empezar.

Exactamente igual.

Nicolás dejó de golpear.

Ya no sabía qué había detrás de ninguna pared.

Bruno encontró la libreta a tientas.

La luz era apenas suficiente para distinguir el amarillo de las tapas. Había caído del escritorio cuando el suelo empezó a vibrar.

La recogió.

Se sentó junto a la división que lo separaba de la escalera.

Mateo seguía allí.

Bruno escuchaba los golpes.

Apoyó la palma contra el metal.

—No fui así desde el principio —dijo.

No sabía si podían oírlo.

Tampoco sabía a quién se lo estaba diciendo.

Abrió la libreta.

La dedicatoria estaba cerca de su pulgar.

Le pareció insoportable haber escrito aquellas palabras y haber hecho después todo lo demás.

La voz de Valeria volvió.

—Lo sé.

Bruno se quedó inmóvil.

Nunca la había oído responder eso. Siempre había esperado una acusación más.

Una prueba.

Otro recuerdo.

Lo sé.

Dos palabras que no le devolvían nada.

—Entonces sabes que hubo algo bueno.

No hubo respuesta.

La maquinaria cambió de ritmo.

Bruno levantó la cabeza.

La habitación estaba desapareciendo en la oscuridad.

El sillón.

La mesa.

La puerta por la que había creído que podía encontrarla.

Apretó la libreta contra el pecho.

Desde la escalera llegó un último golpe.

Después, el ruido cubrió todo.

Mateo escuchó el grito.

Se apartó de la división.

No porque quisiera hacerlo.

El sonido lo obligó a retroceder, como si el cuerpo hubiera decidido antes que él que ya no podía soportar estar tan cerca.

La luz bajo la puerta se apagó.

El mecanismo se detuvo.

Mateo esperó.

—Bruno.

No hubo respuesta. Volvió a acercarse.

Golpeó despacio.

—Bruno, contesta.

Nicolás llegó por la escalera con Elías detrás.

Vio a Mateo apoyado contra el metal.

No preguntó qué había pasado.

La división se elevó unos centímetros.

Del otro lado había un piso limpio y oscuro.

La puerta interior estaba cerrada.

El escritorio seguía en su lugar.

Bruno ya no estaba.

La abertura no era suficiente para cruzar.

Nicolás se tiró al suelo.

Intentó mirar más allá de las patas de la mesa.

Vio la libreta amarilla.

Abierta.

Sola.

Antes de que pudiera alcanzarla, la división volvió a bajar.

El nombre apareció en la pantalla del comedor.

BRUNO.

Debajo:

ELIMINADO.

Mateo no entró en la sala.

Se quedó sentado en el último escalón, mirando sus manos.

Nicolás tomó el espejo que Bruno había dejado boca abajo sobre la mesa. Tenía una pequeña mancha de sus dedos.

Lo sostuvo un momento y luego lo volvió a colocar en el mismo sitio.

Seis muertos.

Solo quedaban dos nombres entre los ocho.

El suyo.

El de Mateo.

Y Elías, que seguía respirando junto a ellos.

Nicolás se volvió hacia él.

—Dime algo verdadero.

Elías levantó la mirada.

—¿Qué?

—Algo tuyo. Una calle. Una persona. El lugar donde conociste a Valeria.

Mateo alzó la cabeza desde la escalera.

Elías miró hacia la pantalla.

Nicolás dio un paso.

—A nosotros nos ha sacado hasta lo que creíamos olvidado. De ti no sabemos nada.

Elías se llevó una mano a la garganta.

—No es el momento.

—Bruno acaba de morir. Esteban murió esta mañana. No va a haber un momento mejor.

La pantalla se apagó.

Durante unos segundos, los tres quedaron reflejados en el cristal negro.

Entonces comenzó una canción.

Mateo se puso de pie.

La reconoció desde las primeras notas.

Nicolás lo vio cambiar de expresión.

No fue sorpresa. Fue algo más íntimo.

Elías apartó la mano de su garganta.

En la pantalla apareció una fotografía de Valeria bajo un árbol, envuelta en una manta.

Mateo estaba junto a ella.

Le sostenía la mano.

Abajo, una frase ocupó el lugar donde había estado el nombre de Bruno.

TÚ DIJISTE QUE CON LOS OTROS ERA DIFERENTE.

Mateo miró la imagen sin acercarse.

La voz de Valeria llegó casi en un susurro.

—Y yo te creí.

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