Capítulo 23 de 35

El hombre que sí escuchaba

Mateo conocía aquella fotografía.

La habían tomado casi dos años antes del encierro, cuando Valeria acababa de cumplir treinta y tres. Él conocía los nombres de los hombres anteriores porque ella había intentado explicarle el miedo que llevaba consigo. Había sido el último en entrar en su vida; eso nunca le había dado derecho a disponer de lo que le confió.

Recordaba el árbol, la manta y el frío que había empezado a subir desde la tierra cuando se quedaron sin sol.

También recordaba quién había tomado la imagen.

Una mujer que paseaba a su perro.

Valeria le pidió el favor con una timidez que a él le pareció extraña. Llevaban casi dos meses juntos, pero todavía se disculpaba por querer conservar ciertas cosas. La mujer les entregó el teléfono.

—Salieron muy bien.

Valeria miró la fotografía durante un largo rato.

Mateo se inclinó hacia ella.

—¿Qué?

—Nada.

Pero sonreía. En la pantalla de la casa, aquella sonrisa estaba detenida entre las palabras:

TÚ DIJISTE QUE CON LOS OTROS ERA DIFERENTE.

Mateo miró a Nicolás.

—No entres en ninguna habitación por mí.

—No te he preguntado eso.

—Te lo estoy diciendo ahora.

Elías permanecía junto a la mesa.

Nicolás se volvió hacia él.

—Y tú todavía me debes una respuesta.

La canción terminó.

Antes de que Elías pudiera hablar, la pantalla cambió.

DESCANSO HASTA LAS 18:00.

Debajo apareció una indicación.

LAS HABITACIONES DE LA PLANTA BAJA PERMANECERÁN ABIERTAS.

Nicolás contempló el mensaje.

La casa había aprendido a utilizar incluso la palabra descanso.

Mateo conoció a Valeria una tarde de lluvia.

No llegó a rescatarla.

No le ofreció una chaqueta ni pagó algo que ella no pudiera pagar.

Estaban en una pequeña sala donde un grupo de personas se había reunido para comentar cuentos. Mateo trabajaba corrigiendo textos por encargo y acudía algunas veces, más por gusto que por obligación.

Valeria leyó de pie.

Tenía las hojas numeradas y una marca de lápiz junto a ciertas frases.

Al principio su voz apenas se escuchaba.

A mitad de la segunda página dejó de mirar a los presentes. Entonces encontró el ritmo.

Mateo recordó después que se había enamorado primero de la manera en que ella terminaba una frase: sin apresurarse a explicar lo que había querido decir.

Cuando acabó, hubo unos segundos de silencio.

Valeria los interpretó como un fracaso.

Empezó a ordenar las hojas.

—Perdón, creo que me extendí.

Mateo levantó la mano.

—¿Por qué la protagonista guarda la llave al final?

Ella lo miró.

—Porque todavía no puede tirarla.

—Pero sabe que no va a volver.

Valeria asintió.

Él sonrió.

—Eso me gustó.

No le dijo que el cuento era precioso.

No intentó convertir la conversación en una oportunidad para hablar de sí mismo.

Preguntó por el cuento.

Y escuchó la respuesta.

Después de la reunión, Valeria tardó más de lo necesario en guardar sus cosas.

Mateo también.

Terminaron tomando café en un local donde la lluvia golpeaba una cubierta de plástico.

Hablaron hasta que una empleada comenzó a subir las sillas sobre las mesas.

Al despedirse, él no pidió que le enviara una fotografía al llegar.

Solo dijo:

—Si quieres, la próxima semana me cuentas qué decidiste hacer con el otro final.

Valeria caminó hasta su coche con las hojas apretadas contra el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, quiso volver a una conversación antes de que hubiera terminado el día.

Nicolás cerró la puerta del baño y se sentó sobre la tapa del inodoro.

Mateo estaba junto al lavamanos.

Elías había aceptado quedarse fuera, a pocos pasos del marco abierto de la sala.

No podían hablar sin cámaras.

Pero podían hacerlo sin mirarlo.

—¿Qué le hiciste? —preguntó Nicolás.

Mateo bajó los ojos hacia la venda de su brazo.

—Muchas cosas.

—No necesito una frase.

El agua del grifo caía en un hilo.

Mateo lo cerró.

—Me contaba lo que había pasado con ustedes.

Nicolás no se movió.

—¿Con todos?

—Al principio no daba nombres. Después, algunos.

—¿Sabías quién era yo cuando despertamos?

Mateo tardó en contestar.

—Te reconocí cuando ella mostró lo de su cumpleaños.

Nicolás miró la puerta.

—¿Y no dijiste nada?

—¿Qué iba a decir? ¿Que yo ya había escuchado una parte?

Nicolás sintió una punzada de vergüenza.

No por Mateo. Por la facilidad con que seguía esperando que los recuerdos de Valeria fueran compartimentos separados.

—Sigue.

Mateo se apoyó en el lavamanos.

—Me decía dónde le dolía. Yo creía que con saberlo bastaba para no hacerle daño.

—¿Y luego?

—Luego aprendí a utilizarlo.

La primera vez que Valeria habló de Bruno, lo hizo mientras preparaban la cena.

Mateo estaba cortando pan.

Ella buscaba una olla.

En la radio alguien hizo una broma sobre una mujer que se había puesto a llorar durante una discusión. La risa grabada llenó la cocina.

Valeria apagó el aparato.

Mateo dejó el cuchillo.

—¿Te molestó?

Ella se encogió de hombros.

—No me gusta.

Él no insistió.

Un rato después, mientras comían, Valeria empezó a contarle lo de la fotografía.

No todo.

Lo suficiente para que su voz cambiara.

Mateo la escuchó sin interrumpir.

Cuando ella terminó, él dejó el vaso sobre la mesa.

—No tenías que haber aprendido a dormir pendiente de un teléfono.

Valeria lo miró.

La frase le llegó a un lugar que ella no había sabido explicar.

—A veces todavía lo hago.

Mateo tomó su mano.

—Puedes decirme cuando te pase.

Aquella noche dejaron ambos teléfonos en la cocina.

No como un pacto.

No como una prueba de confianza.

Simplemente porque Valeria pidió una noche sin pantallas cerca de la cama.

Mateo aceptó.

Ella durmió hasta tarde.

Al despertarse, buscó el teléfono por costumbre y recordó dónde estaba.

Se quedó quieta.

Escuchó a Mateo respirar.

Después apoyó una mano en su pecho.

Le pareció que había encontrado algo que llevaba años intentando nombrar.

A las tres, la casa les dio comida.

La dejaron sobre la bandeja del aparador.

Tres platos.

Tres vasos.

Nicolás contó los cubiertos antes de sentarse.

Elías lo vio hacerlo.

—No vas a encontrar una respuesta ahí.

—Entonces dámela tú.

Mateo permaneció de pie.

Elías retiró la gorra apenas lo necesario para acomodársela.

—La conocí por alguien. Nicolás esperó.

—¿Por quién?

—No lo conoces.

—No es lo que te pregunté.

Elías miró su plato.

—Me llamaba para hablar.

Nicolás sintió que la poca paciencia que le quedaba se quebraba.

—Eso puede decirlo cualquiera.

Mateo levantó una mano.

—Déjalo terminar.

Elías tardó unos segundos.

—No siempre hablábamos de parejas.

—¿De qué hablaban?

—De escribir. De cosas que no conseguía terminar.

Nicolás miró a Mateo.

La respuesta encajaba demasiado bien con lo que acababan de oír.

Elías pareció comprenderlo.

—No todo lo que sabes de alguien lo has aprendido escuchando detrás de una puerta.

Nicolás se acercó a su silla.

—Pero tú sabes demasiadas cosas y no dices ninguna que podamos comprobar.

Elías levantó la vista.

—No puedo demostrarte mi vida desde aquí.

Mateo se sentó.

—Nosotros tampoco —dijo.

Nicolás quiso discutir.

Después miró la repisa. Seis nombres.

Un espejo boca abajo sobre la mesa.

Se sentó sin dejar de vigilar a Elías.

Durante los primeros meses, Mateo y Valeria construyeron una intimidad hecha de rutinas pequeñas.

Los jueves comían juntos.

Los domingos caminaban sin decidir antes una ruta. Él aprendió que ella se quedaba callada cuando una idea empezaba a tomar forma. No lo interpretaba como una ofensa. Caminaba a su lado hasta que Valeria encontraba las palabras.

Ella aprendió que Mateo releía los mensajes importantes antes de enviarlos.

Le gustaba aquella pausa.

La confundía con cuidado.

Una tarde, en el parque de la fotografía, Valeria le contó lo de Esteban.

Se detuvo varias veces.

Mateo no la apuró.

Cuando habló de la puerta cerrada y la espera en el frío, él le envolvió los hombros con la manta.

—No vuelvas a decir que exageraste.

Valeria lo miró.

—A veces pienso que pude haberlo hecho de otra manera.

—Eso no cambia lo que él hizo.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

Fue entonces cuando Mateo dijo:

—Conmigo no vas a tener que convencerme de que algo te dolió.

Valeria cerró los ojos.

Él la abrazó. Ahora, dentro de la casa, aquella promesa era más difícil de mirar que cualquier amenaza.

A las cinco y cuarenta y cinco, se abrió una puerta en el corredor de la planta baja.

Nicolás fue a verla.

Hasta entonces había dado a un cuarto vacío, con una cama sin colchón.

Ahora había una mesa, dos sillones y un estante de libros.

El cambio no era completo.

Bajo uno de los sillones todavía se veía la marca donde había estado la cama.

Eso le produjo una sensación extraña.

La casa no era perfecta.

Alguien había tenido que mover aquellos muebles.

Alguien había calculado lo que mirarían.

Nicolás se quedó en el umbral.

En el estante había un libro colocado al revés.

Lo sacó con la mano sana. Dentro encontró varias hojas sujetas con una pinza.

Un cuento de Valeria.

En el margen, junto a una frase, estaba escrito:

ESTO YA LO HAS CONTADO.

Más abajo:

¿OTRA VEZ UNA MUJER HERIDA?

Nicolás pasó la página.

Las anotaciones continuaban.

EL PERSONAJE NO DEBE USAR SU SUFRIMIENTO PARA EXIGIR ATENCIÓN.

Mateo apareció detrás de él.

No preguntó qué había encontrado. Reconoció las hojas.

Nicolás se las entregó.

—¿Esto es tuyo?

Mateo miró la letra.

—Sí.

—¿Se lo escribiste como corrección?

—Eso dije.

Elías se quedó al otro lado del corredor.

La pantalla sobre la mesa se encendió.

18:00.

Valeria había pedido una opinión.

El cuento no era una confesión.

Aunque algunas partes nacieran de cosas que había vivido, ella había trabajado para convertirlas en otra cosa: personajes, escenas, una historia capaz de sostenerse sin explicar su vida.

Mateo leyó la primera versión con atención.

La segunda, deprisa.

Para la tercera ya estaban discutiendo sobre otras cosas. Él había cancelado dos jueves seguidos.

Valeria preguntó si todavía quería que se vieran con la misma frecuencia.

Mateo se sintió examinado.

Dijo que necesitaba espacio.

Ella aceptó.

Pero unos días después le habló de cómo se había sentido durante la espera.

Él suspiró.

—No puedes traer todo lo que te hicieron los demás a cada conversación conmigo. Valeria se quedó callada.

Mateo vio el efecto de la frase.

Y, aun así, la repitió de otras maneras.

Cuando ella preguntaba algo que le incomodaba, hablaba de su inseguridad.

Cuando pedía claridad, hablaba de sus heridas.

Cuando decía que una conducta suya le hacía daño, preguntaba si estaba reaccionando a él o a alguien del pasado.

A veces eran preguntas que podían haber ayudado.

En su boca empezaron a servir para cerrar conversaciones.

Valeria volvió a sentir que debía justificar lo que veía.

Pero esta vez el hombre que dudaba de ella conocía toda la historia de cómo había aprendido a dudar de sí misma.

Mateo entró en la habitación.

Nicolás se quedó junto a él.

—No te voy a dejar solo.

En la pantalla apareció una instrucción.

UNO HABLA. UNO ESCUCHA.

Elías avanzó hasta el marco.

La voz de Valeria sonó en la habitación.

—Esta vez no habrá una pregunta sobre lo que recuerdas.

Los sillones estaban frente a frente. Sobre uno había una libreta. Sobre el otro, un reloj pequeño.

Mateo no se sentó.

—¿Qué quieres que haga?

La pantalla mostró un video. Valeria estaba en aquella misma habitación.

En uno de los sillones. Tenía las hojas del cuento sobre las rodillas.

Nicolás miró los muebles.

La grabación había sido hecha allí.

Después de preparar la casa.

Elías retrocedió un paso en el corredor.

En el video, Valeria levantó el manuscrito.

—Tú me enseñaste que escuchar no siempre significa acompañar.

Hizo una pausa.

—A veces significa reunir información.

Mateo apretó las hojas entre sus manos.

Valeria continuó:

—Cuando te conté que me habían llamado dramática, dejaste de usar esa palabra. Encontraste otras.

La pantalla mostró una frase.

NO ESTÁS EN CONDICIONES DE HABLAR DE ESTO.

Después otra.

ESTÁS REACCIONANDO DESDE TU HERIDA.

Y una última.

YO NO TENGO LA CULPA DE QUE NO SEPAS ESTAR BIEN.

Mateo dejó el manuscrito sobre la mesa.

Nicolás lo miró.

—¿Se lo dijiste?

—Sí.

La respuesta salió sin defensa.

Eso no alivió a ninguno. En el video, Valeria apoyó las manos sobre las rodillas.

—No necesito que me expliques por qué.

Nicolás miró la puerta.

Seguía abierta.

—Entonces, ¿para qué lo trajiste?

La grabación continuó sin responderle.

Valeria miraba un lugar ligeramente a la izquierda de la cámara.

—Quiero que escuches algo que no pudiste corregir.

La pantalla se apagó.

Durante unos segundos no hubo sonido.

Después empezó una grabación de voz.

Valeria hablaba despacio.

No parecía estar dirigiéndose a Mateo.

—Hoy he pasado veinte minutos escribiendo un mensaje para decir que estoy triste.

Se oyó una respiración.

—He cambiado “triste” por “confundida”. Después lo he cambiado por “un poco rara”. Al final he puesto que estoy cansada.

Mateo se sentó.

Nicolás permaneció de pie junto a él.

La grabación siguió.

—No sé en qué momento me empezó a dar miedo usar palabras normales.

El reloj sobre el otro sillón comenzó a funcionar.

No contaba hacia atrás.

Avanzaba.

Un minuto.

Dos. Tres.

Valeria habló de una cena, de una llamada que había evitado hacer, de la manera en que releía las respuestas de Mateo buscando dónde había empezado a molestarlo.

Nicolás reconoció partes de su propia historia en aquella voz.

Se sentó en el borde del segundo sillón.

Desde el corredor, Elías escuchaba sin moverse.

La grabación duró diecisiete minutos.

Nadie habló durante los dos siguientes.

Mateo tenía las manos juntas entre las rodillas.

Miraba el suelo.

Nicolás miraba el reloj.

Entonces volvió a encenderse la pantalla.

Apareció una frase:

¿QUÉ HACES CUANDO ALGUIEN TERMINA DE CONTARTE SU DOLOR?

Mateo levantó la cabeza.

Esperó que aparecieran opciones.

No aparecieron.

—No sé qué responderte —dijo.

El reloj siguió avanzando.

Nicolás observó la puerta abierta.

El pasillo vacío.

Elías ya no estaba en el marco.

Se puso de pie de inmediato.

—Mateo.

Su voz cambió.

Mateo lo miró. Desde el corredor llegó un golpe seco.

La puerta de la sala de confesiones acababa de cerrarse.

Nicolás salió de la habitación.

Al fondo, junto a la cocina, vio la gorra de Elías desaparecer detrás de una pared.

No de una puerta.

De una pared que se estaba cerrando.

Corrió.

Llegó lo bastante pronto para meter los dedos en la juntura.

Pero ya no había espacio.

Al otro lado escuchó una respiración breve.

Y luego el clic de un cerrojo.

Nicolás apoyó la frente contra la madera.

Por primera vez, había visto a alguien entrar en el lugar que la casa llevaba días ocultándoles. Detrás de él, Mateo salió con el manuscrito en la mano.

—¿Qué pasó?

Nicolás no apartó los ojos de la pared.

—Ya sé por dónde se va.


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