Capítulo 24 de 35
El noveno lugar
Nicolás no se apartó de la pared. Tenía las uñas clavadas en una juntura que ya no admitía ni el borde de una hoja.
—Entró aquí —dijo.
Mateo dejó el manuscrito sobre el suelo y se acercó.
Pasó la mano por la madera. La superficie parecía continua, salvo por una línea vertical junto al zócalo.
—¿Lo viste abrirla?
—Lo vi desaparecer detrás.
—¿Y antes?
Nicolás giró hacia él.
—¿Qué más necesitas?
Mateo no respondió enseguida.
Miró la cámara del corredor.
Luego la pared.
—Necesito saber cómo volver a encontrarlo.
Aquella respuesta hizo que Nicolás retirara la mano.
No estaban discutiendo sobre si había ocurrido.
Eso, en aquella casa, empezaba a ser una forma de compañía.
Regresaron por la madera que Bruno había usado para golpear las puertas.
Mateo probó la juntura.
Nicolás examinó los extremos del panel, buscando un tirador oculto, una marca, algo que explicara por qué Elías había podido cruzarlo.
La casa guardó silencio.
Ninguna pantalla se encendió.
No recibieron una advertencia.
A Nicolás le pareció que, por primera vez, el silencio podía significar que alguien estaba ocupado.
Mateo dejó de hacer presión.
—Se mueve hacia dentro.
Apoyó el hombro.
El panel cedió lo suficiente para producir un pequeño chasquido.
Los dos se quedaron quietos. Detrás escucharon un roce.
Nicolás golpeó con la palma sana.
—Sabemos que estás ahí.
El roce se detuvo.
—Abre.
Nada.
Mateo miró hacia la cocina.
—La despensa llega al mismo pasillo. Uno por aquí y otro por allá.
Nicolás negó de inmediato.
—Juntos.
Mateo iba a discutir.
Después recogió el manuscrito.
—Juntos.
La despensa estaba abierta.
La mesa que habían arrastrado para bloquearla permanecía a un lado, donde la dejaron antes de buscar a Bruno.
Entraron con la lámpara.
Nicolás llevaba el plano de Adrián. Mateo sostenía el trozo de madera.
El corredor parecía más estrecho de lo que recordaban.
O ellos caminaban ahora con otra atención. Había marcas en el suelo: ruedas, polvo barrido, una raya oscura donde algo pesado había rozado la pared.
Nicolás se detuvo frente a una bifurcación que no aparecía completa en el plano.
A la derecha estaba el panel que había cerrado el paso al salón de las pantallas.
A la izquierda, una puerta gris.
No llevaba ningún nombre. Mateo probó la manija.
Cerrada.
Nicolás sacó la llave oscura del bolsillo.
La del archivo de Adrián. Había conservado aquel objeto después de ver que no podía salvar a su dueño.
La introdujo sin esperanza.
Esta vez giró.
Dentro había una mesa, una silla y tres monitores.
En uno se veía el comedor.
En otro, el corredor donde acababan de estar.
El tercero mostraba la habitación de los dos sillones.
El reloj seguía avanzando sobre el asiento vacío.
Nicolás se acercó a la pantalla del corredor.
Allí estaban ellos.
Seguían golpeando la pared.
Mateo miró su propia figura.
—Hace unos minutos.
Nicolás levantó la lámpara.
En la pantalla no levantó nada.
Era una repetición.
A un lado del teclado había una taza con una mancha seca de café en el borde.
Detrás, una chaqueta colgada en el respaldo.
No era la de Bruno.
Era oscura, grande, parecida a las que usaba Elías.
Mateo la tomó. Estaba vacía.
Nicolás abrió un cajón.
Encontró pilas, carpetas y un manojo de llaves sin etiquetas.
También una hoja donde alguien había escrito los nombres de los ocho exnovios. Había una línea junto a cada uno.
Seis estaban tachadas.
Las dos últimas permanecían intactas.
NICOLÁS.
MATEO.
Debajo no aparecía Elías.
Aparecía otra palabra.
INTERIOR.
Valeria había tardado semanas en dejar que Mateo conociera su casa.
Salían a caminar, tomaban café, pasaban tardes enteras hablando de libros. Pero cuando él la acompañaba al edificio, ella se despedía en la entrada.
Mateo no insistía.
Aquello la tranquilizaba y, al mismo tiempo, le daba miedo. Estaba tan acostumbrada a defender sus límites que la ausencia de una discusión le parecía provisional.
Una noche lo invitó.
Antes de llegar, ordenó cosas que ya estaban ordenadas.
Guardó papeles.
Cambió una toalla.
Se quedó mirando el cepillo de dientes de repuesto que había comprado sin pensar demasiado.
Le dio vergüenza haberlo comprado.
Lo escondió. Mateo entró con una bolsa de pan.
Miró los libros junto a la ventana, la maceta vacía, una fotografía de Valeria con Andrea.
—Me gusta aquí —dijo.
Ella se disculpó por lo pequeño del apartamento.
Mateo dejó la bolsa sobre la mesa.
—No tienes que presentármelo como si estuvieras intentando venderlo.
Valeria se rio.
Más tarde, mientras ella preparaba té, él encontró una hoja caída junto al sofá.
No la leyó.
Se la entregó boca abajo.
—Creo que esto es tuyo.
Valeria recordó ese gesto durante mucho tiempo.
La mano que devolvía una página sin apropiarse de ella.
Pensó que con Mateo también podría dejar partes de su vida fuera de un cajón cerrado.
En la mesa de vigilancia encontraron una carpeta con fotografías de la casa antes de que llegaran.
Los muebles estaban cubiertos.
Las ventanas todavía dejaban ver árboles.
En algunas imágenes aparecían herramientas y cajas.
No había personas.
Mateo pasó las hojas deprisa, buscando un rostro entre los reflejos.
Nicolás observó una fotografía del comedor.
Nueve sillas.
Ocho sobres negros.
Y una chaqueta oscura sobre el noveno asiento.
Pasó a la siguiente. La chaqueta seguía allí. Debajo de la imagen había una anotación:
COMPROBAR ENCUADRE DESDE LA CABECERA.
Nicolás sintió que la respiración se le volvía corta.
—Nunca fue uno de nosotros.
Mateo dejó la carpeta.
—Eso ya lo sospechábamos.
—No. Ahora lo sabemos.
Señaló la fotografía.
—Antes de traernos, ya tenía su lugar preparado.
Del corredor llegó un golpe.
Ambos se volvieron.
La puerta gris permanecía abierta.
Al otro lado, una sombra cruzó el fondo del pasillo.
Mateo salió primero.
—¡Elías!
Nicolás lo siguió con la lámpara.
La figura dobló una esquina.
No corría.
Caminaba deprisa, con la cabeza baja.
La gorra seguía en su sitio.
Lo alcanzaron junto a una puerta blanca.
Elías se volvió al escuchar sus pasos.
Nicolás le cerró el camino.
Mateo se colocó a un lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Elías miró la lámpara.
Después, el manojo de llaves que Nicolás llevaba en la mano.
—Lo mismo que ustedes.
Nicolás soltó una risa sin alegría.
—¿Desde cuándo?
—Desde que encontré la entrada.
—Te vimos meterte por la pared.
Elías asintió lentamente.
—Sí.
La sencillez de aquella respuesta desconcertó a Mateo.
—¿Por qué no nos avisaste?
—Porque no sabía adónde llevaba.
Nicolás se acercó.
—Había una chaqueta tuya en la habitación de vigilancia.
Elías miró hacia atrás.
—No era mía.
Nicolás levantó las llaves.
—Y ocho nombres. No nueve.
Elías tardó en responder.
—Nunca fui uno de sus novios.
Mateo apretó la madera entre los dedos.
—Eso también lo has dicho antes.
—Entonces dejen de esperar que esté en esa lista.
Nicolás miró la puerta blanca junto a ellos.
Una ráfaga de aire frío salía por debajo. La reconoció antes de recordar dónde la había visto.
El corredor de las placas vacías.
El lugar donde habían dejado las cosas de Gabriel.
Elías vio hacia dónde miraba.
—No abras eso.
Nicolás volvió la cara.
—¿Por qué?
—Porque no hay una salida.
—¿Cómo lo sabes?
Elías no respondió.
Mateo conocía la diferencia entre una pregunta y una forma de detener a alguien.
La había utilizado.
Cuando Valeria preguntó por qué ya no la invitaba a ciertas reuniones, él quiso saber primero si estaba intentando controlar sus amistades.
Cuando ella le dijo que se sentía sola junto a él, preguntó si esperaba que resolviera todos sus problemas.
Eran frases limpias.
Bien formuladas.
A veces hasta parecían sensatas.
Le permitían llegar al final de una conversación sin contestar lo que ella había preguntado.
Ahora escuchaba a Elías y reconocía el movimiento.
No exactamente las palabras.
La manera de desplazar el peso hacia quien estaba exigiendo una respuesta.
Dio un paso.
—Te preguntó cómo lo sabes.
Elías se volvió hacia él. Por un instante, Mateo tuvo la sensación de que aquella mirada contenía algo distinto del miedo.
Una atención demasiado precisa.
Luego Elías bajó los ojos.
—Entré antes.
Nicolás introdujo una de las llaves en la cerradura.
Elías levantó la mano.
—Nicolás.
Él probó otra.
La tercera abrió.
El frío los alcanzó antes de que encendieran la luz. Dentro había una cámara amplia.
Filas de compartimentos metálicos.
El suelo conservaba la misma guía de transporte que habían visto junto al cuarto de máquinas. Sobre una pared quedaban las letras despintadas de un almacén de catering. Valeria había cambiado el destino de aquel lugar; no lo había hecho aparecer de la nada. Mateo observó una plataforma detenida junto al último cierre y comprendió por dónde retiraban lo que ellos no conseguían salvar.
Nombres colocados en pequeñas placas.
Gabriel.
Tomás.
Adrián.
Samuel.
Esteban.
Bruno.
Mateo se quedó en el umbral.
No necesitó que abrieran ninguno.
En una mesa lateral estaban las pertenencias que la casa había ido recogiendo.
La cartera de Gabriel.
Una prenda de Tomás.
El teléfono de Samuel. El llavero de Esteban.
La libreta amarilla de Bruno.
Nicolás se acercó a esta última.
Las tapas estaban raspadas.
La tomó con cuidado.
Bruno la había sostenido al final.
Ese objeto había estado en la habitación donde ninguno pudo llegar.
Elías permaneció fuera.
Mateo lo miró.
—¿Has visto esto y no dijiste nada?
—¿Qué habrían hecho?
Nicolás se volvió desde la mesa.
—Nos habríamos enterado por alguien que decía estar intentando salir con nosotros.
Elías apretó los labios.
Mateo recorrió las placas.
Al fondo quedaban dos espacios vacíos.
En uno estaba escrito su nombre.
En el otro, el de Nicolás.
No había un tercer lugar.
El frío le hizo doler los dientes.
—Vamos —dijo.
Nicolás seguía mirando los compartimentos.
—Están aquí.
Mateo le tocó el hombro sano.
—Ya lo sé.
Nicolás abrió la boca. No encontró ninguna frase que cambiara lo que acababan de ver.
Salieron.
Cerró la puerta y guardó las llaves.
En el corredor, Elías empezó a caminar hacia la cocina.
Nicolás lo sujetó de la manga.
—Tú vienes entre nosotros.
Elías miró su mano.
—Suéltame.
—No.
Mateo se interpuso lo suficiente para que pudieran verse los tres.
—Vamos juntos —dijo—. Y en la sala vas a explicar qué haces aquí.
Elías se quitó la mano de Nicolás con un movimiento corto.
La tela se estiró sobre su muñeca.
Nicolás vio una tira oscura bajo la manga.
Un dispositivo pequeño.
Duró apenas un instante.
Elías volvió a cubrirlo.
—¿Qué llevas ahí?
—Nada.
Nicolás avanzó.
Elías retrocedió.
Las luces del corredor se apagaron.
La oscuridad los dejó inmóviles.
Mateo levantó la lámpara que Nicolás había apoyado en el suelo.
El haz alumbró la cara de Elías desde abajo. Los lentes.
La barba.
Una gota de sudor junto a la sien.
Elías mantenía una mano cerrada contra el pecho.
Nicolás no podía ver qué había dentro.
Entonces el altavoz del corredor se encendió.
—Dejen de tocarlo.
La voz de Valeria.
Elías no abrió la boca.
Nicolás miró hacia el techo.
Después volvió a mirarlo.
—¿Tú la llamaste?
Elías respiró por la nariz.
—Nos está viendo.
Mateo alzó la lámpara hacia las esquinas. Había una cámara junto a la puerta de la cámara fría.
La voz volvió.
—Regresen a la sala.
Nicolás no se movió.
—¿Qué es él para ti?
Un silencio.
Luego:
—Alguien a quien todavía no le toca responder.
Valeria había pronunciado una frase parecida frente a Nicolás muchos años antes.
No exactamente la misma. Estaban sentados en el suelo de su apartamento, rodeados de libros que ella acababa de sacar de una caja. Él encontró uno con una dedicatoria.
Quiso saber quién la había escrito.
Valeria respondió que era un amigo.
Nicolás siguió preguntando.
No porque temiera perderla.
Porque le gustaba comprobar que había cosas que podía hacerla explicar. Ella le quitó el libro con una sonrisa incómoda.
—No todo me toca contártelo hoy.
Él la besó.
Después la hizo reír.
No recordó aquella conversación durante años.
Ahora, en el corredor helado, la frase volvió con una claridad absurda.
La memoria podía recuperar una tarde entera y dejarlo sin ninguna herramienta para sobrevivir a la noche.
Regresaron a la sala.
Elías caminó entre ellos.
Nicolás llevaba la libreta de Bruno y las llaves.
Mateo conservaba el manuscrito de Valeria.
Colocaron los objetos sobre la mesa.
El espejo seguía boca abajo.
La pantalla del comedor estaba apagada.
Nicolás señaló una silla.
—Siéntate.
Elías permaneció de pie.
—No voy a darte respuestas que puedas creer.
—Prueba.
Mateo cerró la puerta del corredor.
No con llave.
Solo para escuchar si alguien volvía a cruzarla.
Se sentó frente a Elías.
—¿La ayudaste a traernos?
Elías miró a Nicolás.
—No los recogí.
La respuesta hizo que Nicolás dejara de moverse.
No había dicho que no.
Mateo apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Sabías que íbamos a morir?
Elías bajó la cabeza.
La pantalla se encendió antes de que respondiera.
Mostró la primera noche.
Los nueve alrededor de la mesa.
Las tarjetas.
Los sobres negros.
En la imagen, Nicolás estaba sentado cerca de la cabecera.
Valeria acababa de anunciar que solo el verdadero amor podría salir.
El video se detuvo.
Una línea blanca rodeó el noveno asiento.
El de Elías.
Debajo apareció una frase.
NUNCA PROMETÍ QUE TODOS ESTUVIERAN JUGANDO AL MISMO JUEGO. Nicolás se volvió hacia él.
Elías ya no miraba el suelo.
Miraba la pantalla.
Su respiración se había calmado.
Mateo vio entonces algo que no había visto antes.
Mientras ellos se quedaban sin fuerzas, Elías parecía recuperar las suyas.
Nicolás apoyó la mano sana sobre las llaves.
—La próxima vez que te vayas detrás de una pared —dijo—, voy contigo.
Elías lo miró.
Tardó un momento en contestar.
—Eso puede ser lo que ella quiere.
Sobre la pantalla apareció una hora.
00:00.
Después, el nombre de Nicolás.
Y una fotografía de Valeria sentada en una escalera, junto a un recipiente de comida caído.
Él conocía aquella noche.
Ya la había visto.
Debajo había una pregunta nueva.
CUANDO TE FUISTE, ¿QUÉ ESPERABAS QUE HICIERA ELLA CON TODO ESE AMOR?
