Capítulo 25 de 35
Lo que dejaste esperando
Nicolás reconoció el recipiente antes de mirar el rostro de Valeria.
La tapa transparente estaba a un lado.
La pasta se había derramado sobre dos escalones. Durante años había recordado aquella noche como una discusión incómoda al final de un día largo. Ahora podía ver los detalles que no había mirado al marcharse: la bolsa de papel junto a sus zapatos, la manga del vestido manchada, el teléfono boca arriba sobre el suelo.
Ella había seguido esperando después de que él cerrara la puerta.
En la pantalla, debajo de la fotografía, permanecía la pregunta.
CUANDO TE FUISTE, ¿QUÉ ESPERABAS QUE HICIERA ELLA CON TODO ESE AMOR?
Mateo se acercó a la mesa.
Elías se había sentado por fin.
Nicolás no apartó los ojos de la imagen.
—Que siguiera teniéndolo —dijo.
Su respuesta salió sin que nadie se la pidiera en voz alta.
Mateo lo miró.
—Aunque tú ya no quisieras estar.
Nicolás asintió.
La pantalla se apagó.
El reloj de la sala volvió a mostrar la hora.
Faltaban tres horas para medianoche.
La primera vez que Nicolás llevó a Valeria a su apartamento, le enseñó una ventana que daba a un edificio gris.
—Es una vista espantosa —dijo—, pero a las seis le pega el sol.
Ella se acercó.
En el alféizar había dos vasos, una moneda y una planta casi seca.
Valeria tocó una hoja.
—Esta todavía se puede salvar.
—Entonces vuelve otro día y la salvas.
Ella volvió. Llevó tierra, una maceta y un pequeño plato para poner debajo.
Nicolás la observó trabajar con las mangas recogidas. Le gustaba la facilidad con que Valeria podía dedicar atención a algo que él había dejado de ver.
Después prepararon café.
Ella se quedó sentada junto a la ventana hasta que llegó el sol.
Nicolás la besó allí.
Fue un beso lento, sin ninguna prisa por convertirse en otra cosa.
Valeria apoyó la taza en el suelo.
Cuando se separaron, él le acarició la cara con el dorso de los dedos.
—Ahora sí vale la pena la vista.
Ella se rio.
Días después, mientras recorrían una librería, Nicolás compró un libro que Valeria había tomado y vuelto a dejar por el precio.
Se lo entregó al salir.
Dentro escribió:
Para que vuelvas a mi ventana. Ella conservó aquel libro incluso después de la ruptura.
La dedicatoria no era una mentira cuando él la escribió.
Eso había hecho más difícil desprenderse de ella.
Nicolás puso las llaves de la casa sobre la mesa.
Mateo las miró.
—¿Qué vas a hacer?
—Revisar el pasillo otra vez.
Elías levantó la cabeza.
—Ya vieron adónde lleva.
—Vimos una parte. Nicolás lo señaló.
—Tú vienes.
Elías no se movió.
Mateo se colocó junto a la mesa.
—Vamos los tres.
Durante unos segundos pareció que Elías iba a negarse.
Después se levantó.
Nicolás guardó las llaves en el bolsillo de la chamarra. Le costó hacerlo con una sola mano.
Mateo se dio cuenta.
—Déjame llevarlas.
Nicolás negó.
No por desconfianza hacia él.
Porque, desde que encontraron los compartimentos con sus nombres, aquellos objetos se habían convertido en la única cosa que podía sentir bajo su control.
Entraron por la despensa.
Elías caminó delante, iluminado por la lámpara que sostenía Mateo.
Nicolás observaba su manga.
No volvió a ver el pequeño dispositivo.
La habitación de vigilancia estaba cerrada.
Nicolás probó la llave oscura.
Ya no giró.
La retiró y volvió a introducirla.
Nada.
Mateo iluminó la cerradura.
El metal parecía más limpio que unas horas antes.
—La cambió —dijo. Nicolás miró a Elías.
—Mientras estabas detrás de la pared.
Elías negó.
—No abrí esa puerta.
—No te he preguntado.
Mateo apoyó la palma en la madera.
—Si alguien estuvo aquí, tuvo que salir por algún lado.
Avanzaron hasta la cámara fría.
La puerta seguía cerrada.
Nicolás no quiso volver a abrirla.
Más allá había una rejilla grande al final del corredor. A través de ella se veía una luz tenue.
Mateo se agachó.
El aire que llegaba por allí olía distinto.
A tierra húmeda.
Los tres se quedaron quietos.
Nicolás fue el primero en decirlo.
—Eso viene de afuera.
Elías miró la rejilla.
Luego la cámara situada sobre sus cabezas.
Nicolás lo vio hacerlo.
Esta vez no discutió.
Se arrodilló junto a Mateo.
La abertura no era suficiente para una persona, pero al otro lado distinguieron un conducto que doblaba hacia arriba.
En la pared contigua había una pequeña puerta metálica.
Una salida de mantenimiento.
Nicolás buscó otra llave. Antes de encontrarla, todas las luces del corredor se encendieron.
La voz de Valeria llegó desde el altavoz.
—La salida permanece cerrada hasta el final.
Nicolás levantó el rostro.
—Entonces sí es una salida.
La voz no respondió.
Mateo tomó la lámpara con más fuerza.
Habían encontrado algo real.
Aunque estuviera cerrado.
Aunque quizá llevara a otro encierro.
Esta vez en días, el aire olía a un lugar donde la casa terminaba.
Cuando Nicolás empezó a alejarse de Valeria, no lo hizo de golpe.
Dejó de llamarla al llegar a casa.
Después dejó de preguntar cómo habían salido ciertas cosas que antes recordaba: una entrega, una lectura, una cita con su madre.
Valeria compensó los silencios.
Enviaba mensajes más breves.
Elegía mejor las horas.
Si él tardaba en responder, se decía que estaba ocupado.
Nicolás veía sus mensajes y pensaba que contestaría después.
A veces lo hacía.
A veces no.
Pero cuando necesitaba compañía, sabía dónde encontrarla.
Una noche, después de discutir con un compañero de trabajo, fue a su apartamento sin avisar.
Valeria abrió con el cabello mojado.
—¿Qué pasó?
Él se sentó en el sofá y empezó a hablar.
Ella le llevó agua.
Luego comida.
Lo escuchó hasta tarde.
Nicolás terminó acostado con la cabeza sobre sus piernas mientras Valeria le acariciaba el pelo.
Antes de dormirse, murmuró:
—No sé qué haría sin ti.
Ella se quedó mirando el techo.
Dos días antes le había propuesto cenar. Él dijo que necesitaba estar solo.
No mencionó aquella contradicción.
Le bastó oír que todavía era necesaria.
Regresaron a la sala con tierra en las rodillas y ninguna puerta abierta.
Nicolás extendió el plano.
Marcó el lugar de la rejilla.
Mateo se sentó a su lado.
Elías eligió una silla frente a ellos.
Ya no tenían fuerzas para fingir que estaban compartiendo una noche corriente.
Nicolás escribió junto al dibujo:
AIRE EXTERIOR.
Mateo miró las llaves.
—Cuando abra algo, no esperamos.
—No nos separamos.
—De acuerdo. Nicolás volvió la cabeza hacia Elías.
—¿Y tú?
Elías miró la anotación.
—Depende de lo que abra.
Nicolás dejó el lápiz.
—Siempre encuentras cómo no responder.
Elías tardó un momento en hablar.
—Y tú sigues esperando que una respuesta cambie dónde estamos.
Nicolás se puso de pie.
Mateo levantó una mano antes de que avanzara.
—No.
La palabra fue suficiente.
Nicolás respiró hondo y volvió a sentarse.
En la pantalla aparecieron dos mensajes antiguos.
Uno enviado por Valeria.
¿Puedes venir? Hoy no quiero estar sola.
Debajo, la respuesta de Nicolás.
Mañana te llamo.
La fecha siguiente ocupó toda la pantalla.
No había ninguna llamada.
A medianoche se encendió la luz de la habitación donde Nicolás había encontrado la cena del cumpleaños.
La puerta se abrió.
Él reconoció el olor antes de llegar.
Pimienta.
Champiñones. La misma comida.
Se detuvo en el umbral.
La mesa estaba puesta para dos.
La caja azul del reloj descansaba junto a uno de los platos.
Nicolás la había dejado en la sala.
Miró detrás de él.
Elías seguía junto a Mateo.
Ya no tenía sentido preguntar cuándo habían movido cada objeto.
Mientras ellos habían buscado aire en el corredor, la casa había trabajado alrededor de sus ausencias. Sobre la mesa había un teléfono.
No el suyo.
El de Valeria.
En la pantalla aparecía una conversación con su nombre.
Mateo se acercó.
—Entramos juntos.
Nicolás negó.
—Quédate en la puerta.
—No voy a…
—Necesito que alguien siga mirando el pasillo.
Mateo comprendió.
Miró a Elías.
Se colocó de manera que pudiera verlos a ambos.
Nicolás entró sin sentarse.
La pantalla de la habitación se encendió.
RETO: NO LA DEJES ESPERANDO.
Debajo apareció una cuenta de veinte minutos. El teléfono vibró.
Estoy abajo.
Nicolás miró hacia la puerta.
Mateo estaba allí.
Elías detrás.
Volvió al teléfono.
Otro mensaje.
Te traje la cena.
Las palabras eran antiguas.
Él las recordaba.
Esa noche había visto la notificación mientras hablaba con otra mujer en la cocina.
Le respondió que subiera.
No porque quisiera verla.
Porque no quería bajar a explicarse.
Valeria llegó con la comida y el regalo.
Él se impacientó.
Dijo que había olvidado que era su cumpleaños.
Después dijo que ella tampoco se lo había recordado.
Como si el olvido fuera una responsabilidad compartida.
El teléfono volvió a vibrar.
¿Estás con alguien?
Nicolás cerró los ojos.
En la pantalla apareció un espacio para escribir.
Esta vez no había opciones.
Escribió: Sí.
Envió.
El teléfono se quedó inmóvil.
Después llegó otra pregunta.
¿Desde cuándo?
Nicolás apoyó la mano sobre la mesa.
La verdad no cabía en una fecha sencilla. Había empezado con conversaciones que no quiso nombrar.
Encuentros que mantuvo separados.
Mentiras pequeñas que se volvieron útiles.
Escribió:
Desde antes de esa noche.
El reloj continuó descendiendo.
Mateo escuchó un ruido en el pasillo.
Se volvió.
La puerta principal de la casa hizo un chasquido.
El cerrojo superior retrocedió.
No se abrió.
Pero el sonido fue inequívoco.
Elías levantó la cabeza.
Mateo miró a Nicolás.
—Sigue hablando —le dijo—. Voy a comprobar una cosa.
Nicolás dio un paso hacia él.
—No te vayas solo.
—Está a seis metros. Me sigues viendo. Mateo caminó hasta la entrada.
Probó la manija.
Seguía bloqueada.
Otro cerrojo hizo clic.
En la habitación, Nicolás había enviado una nueva respuesta.
Porque sabía que ibas a seguir estando cuando te necesitara.
Mateo volvió la cara.
—Cada respuesta mueve algo aquí.
Nicolás miró el teléfono.
La prueba no estaba abriendo únicamente una conversación.
Podía estar abriendo la casa.
O quería que lo creyeran.
La siguiente pregunta tardó en llegar.
¿Me querías cuando me pediste que me quedara?
Nicolás recordaba aquella noche.
Valeria había descubierto una mentira y dijo que necesitaba terminar. Él la siguió hasta la puerta.
Le pidió que no decidiera estando triste.
Le dijo que podían estar bien.
La besó.
Ella lloró contra su cuello.
Nicolás sintió alivio al verla dejar la bolsa sobre el suelo.
No amor.
Alivio.
Ahora escribió esa palabra. Sentí alivio porque no te ibas.
El teléfono vibró enseguida.
No te pregunté qué sentiste.
Nicolás miró la cuenta.
Quedaban once minutos.
Borró una respuesta antes de enviarla.
Luego otra.
Por fin escribió:
No como tú necesitabas. Y lo sabía.
Desde la entrada llegó otro golpe metálico.
Mateo puso la mano sobre el último cerrojo visible.
Elías se había acercado a él.
Nicolás levantó la voz.
—No lo toquen hasta que termine.
Elías retiró la mano que estaba a punto de apoyar en la puerta.
Mateo lo vio.
No pudo saber si iba a ayudar o a impedirlo.
El teléfono mostró una fotografía.
La ventana de Nicolás.
La planta que Valeria había salvado.
Al pie estaba el último mensaje de la conversación.
¿Qué hago con todo lo que siento por ti?
Nicolás se sentó por primera vez.
Aquella pregunta había llegado semanas después de la ruptura. Él no respondió. Había pensado que cualquier palabra iba a complicarlo.
Dejó que Valeria interpretara el silencio.
Mientras tanto, él siguió viviendo en el apartamento donde la planta todavía crecía.
Miró la caja azul.
El reloj que ella le había llevado la noche de su propio cumpleaños y que él no quiso abrir en su presencia.
Escribió:
No lo sé.
El teléfono permaneció quieto.
Nicolás esperó una señal de error.
No llegó.
Añadió:
Pero no tenías que guardarlo para cuando yo quisiera volver.
Envió.
En la entrada, el último cerrojo retrocedió.
Mateo bajó la manija.
La puerta se abrió apenas un palmo.
Una corriente fría atravesó la sala.
Olía a hojas.
A madera mojada.
A bosque.
Los tres escucharon, por primera vez, un sonido que podía venir del exterior.
Un animal, muy lejos.
Mateo no se movió.
Miró hacia la habitación.
—Nicolás.
Él levantó la cabeza. La cuenta se había detenido en dos minutos y trece segundos.
En la pantalla apareció una frase.
TODAVÍA PUEDES VOLVER A DEJARLA ESPERANDO.
Debajo había dos opciones.
SALIR.
QUEDARTE.
Nicolás miró la abertura de la puerta principal.
Más allá había otro espacio oscuro.
No alcanzaba a ver los árboles.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez el mensaje no pertenecía a la conversación antigua.
Si sales ahora, no sabrás quién está contigo.
Elías permanecía junto a la puerta.
Con una mano en el bolsillo.
Y Nicolás comprendió que la casa acababa de ofrecerle dos cosas que llevaba días deseando.
Aire.
Y una respuesta.
Solo que tendría que escoger cuál de las dos podía costarle menos.