Capítulo 26 de 35
El aire al otro lado
Nicolás no tocó ninguna de las opciones.
Dejó el teléfono sobre la mesa y caminó hacia la puerta principal.
Mateo seguía sujetando la manija.
Elías permanecía a su lado, con una mano dentro del bolsillo.
—Sácala —dijo Nicolás.
Elías lo miró.
—¿Qué?
—La mano.
La retiró despacio.
Estaba vacía.
Nicolás no sintió alivio.
Se acercó a la abertura. La corriente fría le rozó la cara y, por un instante, tuvo que cerrar los ojos. Había olvidado cómo se sentía el aire cuando no venía de una máquina.
Mateo abrió un poco más. Detrás de la puerta había un vestíbulo de cemento.
Una lámpara amarillenta iluminaba una segunda entrada al fondo. En uno de sus costados se veía una franja de cristal oscuro.
Más allá, entre los reflejos, había ramas.
Árboles.
Nicolás dio un paso.
La voz de Valeria sonó a su espalda.
—Todavía no has elegido.
Él se detuvo.
Miró el altavoz sobre el marco.
—No voy a quedarme para escucharte hablar.
La voz guardó silencio.
Elías observaba la segunda puerta.
Mateo se inclinó hacia Nicolás.
—No cruzamos hasta ver el espacio completo.
Nicolás asintió. Habían aprendido a temer los umbrales.
Cuando Valeria dejó de escribirle, Nicolás tardó cuatro días en notarlo.
No porque hubiera contado.
Lo recordó después.
El lunes recibió una fotografía de un libro.
El martes, una pregunta sobre unas cosas que todavía estaban en su apartamento.
El miércoles, un mensaje breve.
Puedes dejarlas con el portero. Él respondió con un gesto de aprobación.
El jueves no llegó nada.
Tampoco el viernes.
El sábado, mientras esperaba un pedido de comida, abrió la conversación.
La última respuesta seguía siendo suya.
Eso le produjo una incomodidad que no quiso llamar pérdida.
Le escribió:
¿Cómo estás?
Valeria respondió al día siguiente.
Bien.
Nicolás miró aquella palabra durante un largo rato.
Había esperado más.
Una explicación.
Una pregunta de vuelta.
Tal vez una oportunidad de volver a ocupar el lugar del que se había marchado.
Escribió:
Me acordé de ti. Ella no contestó.
Entonces sintió rabia.
No se preguntó por qué necesitaba que Valeria siguiera disponible.
Se dijo que ella estaba intentando castigarlo.
Mateo encontró una piedra pequeña junto a la pared del vestíbulo.
La lanzó hacia la segunda puerta.
Golpeó el cemento y quedó inmóvil.
No ocurrió nada.
Nicolás miró el techo.
Había una cámara encima de la lámpara.
Otra sobre la entrada exterior.
El espacio tenía apenas cuatro metros de largo.
A la derecha se abría un corredor oscuro.
El olor a bosque llegaba de allí también.
—Hay que ver eso —dijo Mateo.
Elías negó con la cabeza.
—No es la salida.
Nicolás giró hacia él.
—¿Has estado aquí?
Elías sostuvo su mirada.
—No.
—Entonces deja de decirme qué es.
En la habitación de la cena, el teléfono empezó a sonar.
Un timbre corto.
Dos pausas. Otra vez.
Nicolás no regresó por él.
La pantalla de la sala se encendió.
SALIR.
QUEDARTE.
Debajo apareció una cuenta nueva.
02:00.
Mateo soltó una maldición.
—Ahora sí nos está apurando.
Nicolás miró la segunda puerta.
—Podemos volver a entrar si no abre.
—Eso no lo sabemos.
Elías se había quedado justo bajo la cámara interior.
Las manos a la vista.
Nicolás buscó el dispositivo bajo su manga.
No alcanzó a distinguirlo.
El reloj avanzó.
01:43.
Una noche, meses después de que terminaran, Nicolás volvió al edificio de Valeria. Llevaba una bolsa con dos libros. Ella había pedido que se los devolviera varias veces. Él siempre encontraba una razón para posponerlo.
Esa noche no avisó.
Tocó el timbre.
Valeria tardó en bajar.
Cuando abrió, no llevaba la expresión que él había imaginado. No estaba enojada.
Parecía cansada.
—Los trajiste —dijo.
Nicolás le entregó la bolsa.
—¿No vas a invitarme a pasar?
Ella miró hacia el interior del edificio.
Después volvió a mirarlo.
—No.
La respuesta fue tan sencilla que lo dejó sin preparación.
—Solo quería hablar.
—Puedes hablar aquí.
Nicolás bajó la vista a los libros.
Uno sobresalía de la bolsa.
El que él había dedicado junto a la ventana.
—Pensé que te gustaría verme.
Valeria lo sostuvo un poco más contra su cuerpo.
—A mí también me habría gustado muchas veces.
Él quiso decir que no era justo comparar.
Que había pasado tiempo.
Que las cosas podían ser distintas.
Pero Valeria ya tenía una mano sobre la puerta.
—Gracias por traerlos.
Entró.
Nicolás se quedó fuera.
Aquella noche entendió lo que era esperar una apertura que alguien no tenía obligación de conceder.
No le gustó. Durante mucho tiempo evitó recordarlo.
—Voy a comprobar la puerta —dijo Nicolás.
Mateo se colocó a su lado.
—Contigo.
Elías retrocedió hacia la sala.
Nicolás le cerró el paso con el brazo sano.
—Tú también.
—Alguien debería quedarse aquí.
—Eso ya lo hiciste demasiadas veces.
Mateo miró la cuenta.
00:58.
—Vamos.
Los tres cruzaron el vestíbulo.
A mitad de camino, el sonido del animal volvió a escucharse.
Más cerca.
Una sucesión de chillidos ásperos que parecía una risa.
Mateo se detuvo.
—¿Lo oyen?
Nicolás miró hacia el corredor de la derecha. Al fondo había una luz muy tenue.
Y una sombra baja.
Elías habló con rapidez.
—La otra puerta.
Nicolás lo miró un instante.
Después siguió. No iba a alejarse de la salida para perseguir otro sonido.
Mateo probó la manija exterior.
No bajó.
Nicolás sacó las llaves.
Ninguna entraba.
Sobre la cerradura había una placa rectangular.
Se iluminó cuando acercó la mano.
SALIR.
Mateo miró detrás de ellos.
La puerta principal seguía abierta.
En la sala, la pantalla mostraba los últimos segundos.
00:19.
Nicolás apoyó el dedo sobre la placa.
Mateo sujetó la manija.
Elías se quedó un paso atrás.
La puerta exterior hizo clic.
Y la interior se cerró de golpe.
Nicolás se volvió.
El ruido retumbó entre las paredes de cemento.
Corrió hasta la puerta por la que habían entrado.
No había manija de su lado.
Mateo permaneció junto a la exterior.
—¡Abrió!
Nicolás regresó.
La segunda puerta se había separado del marco. Una corriente de aire movía las hojas acumuladas en el umbral.
Mateo la empujó.
Afuera había una pequeña terraza cubierta.
Más allá, una reja alta.
Y detrás de la reja, árboles.
Nicolás se quedó inmóvil.
Eran reales.
El tronco más próximo estaba cubierto de humedad. Una rama se movía apenas, rozando otra. Por encima se extendía un cielo negro, sin una ventana ni una luz distante.
Salió hasta la terraza.
El aire le llenó los pulmones con una violencia casi dolorosa.
Mateo cruzó detrás.
Elías se detuvo bajo el marco.
Nicolás caminó hacia la reja. Tenía una puerta estrecha con un candado grande.
Probó las llaves.
Una.
Otra.
El metal frío le resbalaba entre los dedos.
Mateo examinó la parte superior.
La terraza estaba cubierta también por una malla.
Una jaula adosada a la casa.
Habían llegado al exterior.
Seguían encerrados.
En la pared, junto a la entrada, se encendió una pantalla pequeña.
HAS ELEGIDO SALIR. Nicolás levantó las llaves.
—Abre la reja.
La pantalla mostró otra línea.
LA PROMESA ERA SALIR DE LA CASA.
Mateo golpeó el muro con la palma.
—¡No nos prometiste esto!
La voz de Valeria llegó desde una esquina de la terraza.
—Nicolás sabe lo que es dejar que alguien entienda lo que le conviene creer.
Él se volvió hacia el altavoz.
—Eso no te da derecho a hacer esto.
—No estoy esperando que me lo des.
Nicolás cerró los ojos.
Había oído una respuesta parecida a Esteban.
La casa no discutía para convencerlos.
Discutía para mantenerlos dentro de su lenguaje.
Elías se acercó a la puerta exterior.
Probó la manija.
Seguía abierta.
Regresó al vestíbulo y caminó hasta la puerta interior.
La empujó.
Nada.
Mateo miró hacia la reja.
—Estamos fuera del aislamiento. Podemos gritar.
Nicolás levantó la cabeza.
El bosque se extendía sin señales de un camino.
Pero estaba afuera. Esa diferencia bastó.
Gritaron.
Primero sus nombres.
Después:
—¡Ayuda!
Mateo golpeó la reja con la madera.
Nicolás gritó hasta que le ardió la garganta.
Esperaron.
Las ramas siguieron moviéndose.
Un sonido lejano respondió.
No era una voz.
Nicolás pensó en las fotografías que habían encontrado después de la muerte de Tomás.
Los animales detrás de una cerca.
La risa reproducida en la casa.
Miró hacia la oscuridad entre los árboles.
Dos puntos brillaron cerca del suelo.
Después otros dos.
Mateo dejó de golpear.
Algo cruzó detrás de un tronco. Tenía el lomo inclinado y la cabeza demasiado grande para el cuerpo que Nicolás esperaba ver.
Un animal se acercó a la reja.
Olió el aire.
Elías apareció de nuevo bajo el marco.
—Retrocedan.
Esta vez Nicolás no discutió. La hiena llegó hasta las hojas acumuladas al otro lado. Detrás de ella surgió otra.
No estaban corriendo.
Caminaban con la calma de animales que conocían aquel lugar.
Mateo retrocedió hasta la pared.
Nicolás sostuvo las llaves con tanta fuerza que una punta se le clavó en la palma.
La hiena apoyó el hocico entre dos barrotes.
La separación era estrecha.
La reja los protegía.
De momento.
Valeria había tenido miedo de decirle que lo amaba.
Nicolás lo recordó mientras observaba al animal.
Una noche, al principio, estaban juntos junto a la ventana de su apartamento. La planta había echado una hoja nueva. Ella llevaba una camiseta suya.
La taza de café se enfriaba en el suelo.
—Tengo que decirte algo —murmuró.
Nicolás se volvió.
Valeria miró la planta en vez de mirarlo a él.
—Creo que me estoy enamorando mucho de ti.
Él sonrió.
La atrajo hacia su pecho.
Le dijo que no tenía que tener miedo.
Después la besó.
No respondió con las mismas palabras hasta días más tarde.
Pero aquella noche dejó que Valeria se quedara. Dejó que imaginara una vida.
Ahora, al recordar, no quiso esconderse en la idea de que todo había sido falso.
Hubo una época en que la había esperado en aquella ventana.
Una época en que escuchar sus pasos en el pasillo lo hacía levantarse.
Eso era lo que había dejado morir antes de pedirle que siguiera queriéndolo.
Mateo encontró una tira de metal desprendida junto al muro.
Intentó introducirla entre la reja y la puerta.
No alcanzó el cierre.
La hiena siguió el movimiento con los ojos.
Se acercó.
Mateo retiró la mano.
Nicolás miró hacia arriba.
Había una cámara bajo el techo.
Otra junto a la malla.
Se preguntó si Valeria también quería que murieran allí, frente a los árboles.
La pantalla mostró un dibujo de la casa.
La terraza era un pequeño rectángulo adherido a un costado.
Debajo apareció un nombre.
ANTESALA.
Luego:
LA SALIDA SE OTORGA AL FINAL.
Nicolás se acercó al marco exterior.
Elías estaba dentro del vestíbulo.
Había levantado la manga.
Cuando vio a Nicolás, la bajó. No lo bastante rápido.
El pequeño dispositivo tenía una luz encendida.
Nicolás dejó de caminar.
Elías se quedó quieto.
Mateo los miró desde la terraza.
—¿Qué pasa?
Nicolás señaló la muñeca.
—Enséñalo.
Elías no respondió.
—Ahora.
Del corredor lateral llegó un golpe.
Los tres volvieron la cabeza.
Una puerta que no habían visto se abrió hacia la terraza.
Una franja de luz iluminó una segunda verja.
Detrás se movía algo.
Las hienas de afuera levantaron el hocico al mismo tiempo.
Elías miró su muñeca.
Luego a Nicolás.
Fue un gesto breve.
Suficiente.
Nicolás sintió que la sospecha, después de tantos días, dejaba de ser una idea.
Avanzó hacia él.
Mateo se interpuso.
—Mira eso primero.
La segunda verja empezó a subir. Elías retrocedió hasta la puerta interior.
Levantó la mano hacia una pequeña pieza bajo la cámara.
Nicolás vio el movimiento.
No pudo ver lo que tocó.
El cerrojo retrocedió.
La puerta de la casa se abrió.
Mateo agarró a Nicolás por la chamarra.
—¡Vamos!
Cruzaron el vestíbulo.
Detrás de ellos, unas patas golpearon el cemento.
Nicolás se volvió al llegar al umbral.
Una hiena había entrado en la terraza desde el corredor lateral.
No desde el bosque.
Una verja interior seguía oscilando en el pasillo lateral. El animal llevaba una marca clara en una oreja, visible cuando giró hacia la lámpara. Nicolás había visto esa misma marca en la fotografía del jardín. No se trataba de una manada que hubiera encontrado la casa por azar.
La casa también había preparado aquello.
Mateo tiró de él.
Elías cruzó el último.
La puerta se cerró a su espalda.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Del otro lado escucharon el roce de un hocico contra el metal.
Después, un golpe.
Y otro.
Nicolás apoyó la espalda en la pared de la sala.
Había respirado aire exterior.
Había visto árboles.
Había gritado.
Ahora el silencio de la casa volvía a envolverlo. Mateo seguía sujetándolo de la manga.
La soltó lentamente.
Elías se apartó del umbral.
Nicolás lo agarró de la muñeca.
Esta vez no preguntó.
Le subió la manga.
El dispositivo quedó descubierto.
Una pantalla diminuta.
Tres símbolos.
Y una palabra encendida.
REGRESO.
Mateo se acercó.
Elías intentó retirar el brazo.
Nicolás lo sostuvo con la mano sana.
—Tú abriste la puerta.
Elías miró la pantalla del comedor.
Permanecía negra.
No llegó la voz de Valeria.
No hubo una amenaza.
Solo ellos tres.
Nicolás sintió el pulso bajo sus dedos.
Rápido.
Real.
—Tú nos dejaste entrar otra vez.
Elías levantó los ojos.
Y, por primera vez, no pareció buscar una explicación.
—Sí —dijo.
Mateo miró el dispositivo.
Luego miró a Nicolás.
Habían vuelto de la terraza con algo más que miedo.
La casa ya no podía fingir que el noveno ocupaba su lugar por casualidad.