Capítulo 27 de 35

La mano que abre

Nicolás mantuvo los dedos cerrados alrededor de la muñeca.

El dispositivo seguía encendido.

REGRESO.

Mateo se acercó hasta poder leerlo.

Elías tiró del brazo una vez. Nicolás lo sujetó con más fuerza y sintió el dolor subir desde el antebrazo lastimado.

—Quítaselo —dijo.

Mateo buscó el cierre de la correa.

Elías abrió la boca.

—Si lo retiran…

—¿Qué? —preguntó Nicolás—. ¿Se muere alguien más?

No terminó la frase.

Mateo soltó el cierre.

El dispositivo quedó en su mano.

Durante unos segundos esperaron una alarma.

Un golpe detrás de las paredes.

La voz de Valeria.

No ocurrió nada. Nicolás soltó la muñeca. Sobre la piel había quedado una marca rojiza.

Elías bajó la manga.

—No abre todo —dijo.

Mateo sostuvo el aparato lejos de él.

—Vamos a averiguarlo.

Lo colocaron sobre la mesa.

Nicolás apartó el espejo de Bruno para hacer espacio.

Tres símbolos ocupaban la pequeña pantalla: una puerta, un ojo y un círculo incompleto.

Mateo tocó el dibujo de la puerta.

Aparecieron dos palabras.

REGRESO.

SERVICIO.

Nicolás miró a Elías.

—Eso es lo que usabas.

Elías no respondió.

Mateo seleccionó SERVICIO.

Desde el corredor llegó el sonido de un cerrojo.

La pared por la que Elías había desaparecido se abrió unos centímetros.

Nicolás se levantó.

Fue hasta allí y empujó.

El paso al corredor oculto estaba libre.

No una imagen.

No una promesa.

Una puerta abierta. Se volvió hacia Mateo.

—Funciona.

Mateo miró el dispositivo con una atención distinta. Había tantas cosas que habían intentado romper.

Tantas cerraduras en las que habían introducido llaves inútiles.

Y aquel objeto había estado debajo de una manga durante todo ese tiempo.

Nicolás regresó a la mesa.

—Desde Gabriel —dijo.

Elías levantó los ojos.

—¿Qué?

—Lo tenías cuando murió Gabriel.

La pantalla del comedor se encendió.

Valeria apareció sentada en el sillón.

Antes de que hablara, Mateo tocó el símbolo del ojo.

La imagen se apagó.

El silencio que quedó detrás fue tan completo que los tres lo escucharon.

Una tarde, al principio de su relación, Nicolás perdió las llaves del apartamento.

Las buscó en los bolsillos, en el coche y debajo de la mesa de una cafetería.

Valeria regresó con él.

Se arrodilló junto a una silla y alumbró el suelo con el teléfono.

Nicolás estaba de mal humor.

Hablaba poco.

Ella no intentó arreglarlo con una broma.

Solo siguió buscando.

Encontraron las llaves en la banqueta, junto a la puerta del coche. Valeria las levantó como si hubiera recuperado algo importante. Él la abrazó allí mismo.

—¿Por qué eres tan buena conmigo?

Ella apoyó la cara en su cuello.

—Porque quiero estar contigo.

La respuesta le pareció sencilla entonces.

Años después recordaría aquella búsqueda como una de las muchas cosas que Valeria hacía.

Una facilidad de su vida.

Algo disponible.

Frente al dispositivo, Nicolás recordó las rodillas de Valeria sobre la banqueta mientras buscaban sus llaves. Había terminado por esperar esos cuidados sin prestar atención a la persona que se los daba.

Mateo volvió a tocar el ojo.

La pantalla se encendió.

Valeria seguía en la misma posición.

—Antes de decidir qué hacer con él…

Mateo lo pulsó otra vez.

La voz se cortó.

Nicolás miró hacia los altavoces.

—También controla el sonido.

Elías se apoyó en el respaldo de una silla.

—Esa pantalla. Esa grabación.

Mateo pasó al círculo incompleto.

Apareció una lista.

BIENVENIDA.

ADVERTENCIA. REGRESO.

Debajo había más líneas, pero al intentar desplazarlas surgió un mensaje.

ACCESO RESTRINGIDO.

Nicolás acercó la cara.

—¿Dónde está el resto?

—No está ahí —dijo Elías.

—¿Dónde?

Elías miró la abertura del corredor.

Mateo cerró los dedos alrededor del dispositivo.

—Nos vas a llevar.

No lo ataron.

Lo colocaron delante y caminaron lo bastante cerca para impedir que cerrara una puerta entre ellos.

Mateo llevaba el dispositivo.

Nicolás, la lámpara y las llaves.

Al llegar al corredor de servicio, Elías se detuvo.

—La habitación gris.

Nicolás lo empujó apenas con la mano sana.

—Sigue.

La llave del archivo continuaba sin abrir aquella cerradura.

Mateo buscó la opción SERVICIO.

El aparato mostró un dibujo simple de una puerta y una línea de texto.

PUNTO NO DISPONIBLE.

Lo acercó al marco.

No cambió.

Elías negó con la cabeza.

—Aquí no sirve.

Nicolás levantó el manojo.

Probó dos llaves.

La tercera giró.

La puerta gris se abrió.

Mateo miró a Elías.

—También sabías cuál era.

—No.

Entraron.

Las pantallas mostraban habitaciones vacías.

En una se veía el comedor desde arriba. El espejo de Bruno brillaba sobre la mesa.

Nicolás recorrió los cajones.

Mateo examinó el escritorio.

Elías permaneció junto a la entrada.

En una esquina había una caja transparente con correas parecidas a la del dispositivo.

Dos estaban vacías.

La tercera contenía un aparato apagado.

Nicolás lo tomó.

La pantalla no respondió.

Debajo encontró una tarjeta.

UNIDAD DE INTERIOR.

No había ningún nombre.

Mateo abrió una carpeta en el ordenador.

No intentó entender todos los programas.

Buscó palabras que reconociera. Encontró nombres de grabaciones.

Los de sus compañeros.

Los suyos.

Una carpeta llevaba la fecha del día en que los encerraron. Dentro había un archivo llamado:

ENTRADA_09.

Nicolás se acercó.

Mateo lo abrió.

La imagen mostró la sala de la casa antes de que ellos despertaran.

Elías caminaba entre los sofás.

Se detuvo junto a Nicolás.

Le acomodó un brazo que colgaba hacia el suelo.

Después recogió algo de la mesa.

No se veía bien qué.

Mateo adelantó unos segundos.

Elías estaba junto a la cámara de la sala. Extendió una mano hacia el objetivo.

La imagen desapareció.

Nicolás se volvió.

Elías seguía en la puerta.

—¿También vas a decir que estabas buscando una salida?

No hubo respuesta.

Nicolás sintió que la rabia le daba fuerza y le quitaba precisión al mismo tiempo.

Avanzó hacia él.

Mateo lo agarró del hombro.

—Lo necesitamos.

Nicolás se detuvo a pocos centímetros. Elías sostenía la mirada.

Sin disculparse.

Sin el temblor de quien acaba de ser descubierto por accidente.

Eso fue lo que más miedo le dio a Mateo.

Nicolás recordaba la última vez que Valeria le sostuvo la mirada de aquella manera.

No durante una discusión.

Fue después.

Habían pasado semanas sin verse. Ella había venido por una caja que seguía en su armario. Él abrió la puerta y quiso besarla en la mejilla.

Valeria se apartó.

No de forma brusca.

Solo lo suficiente.

Nicolás la dejó entrar.

Mientras ella recogía la caja, él dijo que podía quedarse a tomar algo.

—No.

La ayudó a levantarla.

Pesaba más de lo que esperaba. Dentro había cuadernos, una bufanda y una pequeña lámpara de escritorio.

Cosas que habían vivido con él sin que notara cuánto espacio ocupaban.

—No tienes que actuar como si fuéramos extraños —dijo.

Valeria sostuvo la caja contra el cuerpo.

—Estoy intentando dejar de actuar como si todavía fueras alguien que me cuida.

Nicolás se molestó.

Quiso responder.

Ella lo miró sin esperar la respuesta. Aquella había sido la parte que no soportó.

Ya no podía cambiar el final de la conversación.

En el ordenador encontraron una carpeta llamada EXTERIOR.

Mateo la abrió.

Había cuatro imágenes en directo.

La terraza.

Un recinto cercado.

Un sendero.

Una puerta pequeña en la parte posterior de la casa.

El sendero estaba vacío.

No se veía carretera.

La puerta posterior tenía una luz sobre el marco y una verja unos metros más allá.

Nicolás señaló la pantalla.

—Esa no es la de la terraza.

Mateo acercó el plano.

Adrián no había llegado a dibujar aquella parte.

Del corredor inferior, cerca de la cámara fría, salía una línea incompleta.

—Tiene que estar por aquí.

En la pantalla del ordenador apareció una ventana.

INTERRUPCIÓN DEL PROGRAMA.

Mateo retiró la mano del ratón.

Otra línea ocupó el centro.

LOS PARTICIPANTES HAN ABANDONADO LA ZONA ASIGNADA.

Nicolás miró a Elías.

Tenía ambas manos a la vista. La cámara encima del escritorio apuntaba hacia ellos.

No había hecho falta que pulsara nada.

Elías habló despacio.

—No todo espera una orden.

Una cuenta apareció en los cuatro monitores.

05:00.

Mateo recogió el dispositivo.

—Vamos por la puerta posterior.

Nicolás asintió.

Salieron con Elías entre ellos.

La luz del corredor empezó a apagarse detrás.

Una sección.

Luego otra.

No corrieron de inmediato.

Buscaron la bifurcación junto a la cámara fría.

Nicolás se negó a entrar otra vez en el lugar de los compartimentos.

Siguieron por el tramo que el plano dejaba incompleto. Al fondo encontraron una escalera corta.

Subía hacia una puerta metálica.

Encima había una lámpara.

La misma de la imagen.

Mateo levantó el aparato.

PUNTO NO DISPONIBLE.

—Las llaves —dijo.

Nicolás probó una. Otra.

Desde abajo llegó el golpe de un panel cerrándose.

Elías volvió la cabeza.

Mateo miró el reloj del dispositivo.

La cuenta seguía avanzando.

03:41.

Nicolás introdujo otra llave.

La cerradura giró.

Tiró de la puerta.

Se abrió hacia ellos.

Del otro lado había una segunda hoja de cristal grueso. Detrás se distinguían el sendero y la verja.

Mateo exhaló.

Nicolás apoyó la mano sobre el cristal. Había humedad del otro lado.

El bosque estaba cerca.

Otra vez.

—Esto abre desde dentro —dijo Mateo.

Había una palanca junto al marco.

La bajó.

No se movió.

Nicolás buscó otra cerradura.

Encontró una pequeña tapa con un teclado debajo.

El dispositivo mostró una palabra.

EVACUACIÓN. Mateo la pulsó.

Un tono breve respondió.

AUTORIZACIÓN PENDIENTE.

Elías retrocedió un escalón.

Nicolás lo sujetó de la chamarra.

—Tú sabes.

Elías miró el cristal.

—No puedo abrirla desde ese aparato.

—Entonces usa el teclado.

—No tengo el código.

Nicolás golpeó la pared.

El dolor del brazo lo hizo doblarse.

Mateo se arrodilló junto a la tapa, buscando alguna indicación.

La cuenta llegó a dos minutos. Detrás de ellos se encendió una pantalla que hasta entonces había parecido un rectángulo oscuro en la pared.

Mostró a Valeria junto a la ventana del antiguo apartamento de Nicolás.

Él reconoció el lugar.

La planta.

La pared gris del edificio de enfrente.

La grabación era antigua.

Valeria hablaba hacia el teléfono.

—Hoy he vuelto a escribirle.

Nicolás dejó de buscar llaves.

En el video, ella se secaba una mejilla con la manga.

—No sé por qué sigo haciendo esto. Miró hacia la ventana.

Había entrado para recoger sus cosas.

Nicolás no estaba.

Le había dejado una llave con el portero. Ella iba a devolverla al salir.

—Creo que todavía espero que un día me conteste como antes.

Mateo se incorporó.

—No la mires.

Nicolás permaneció inmóvil.

La Valeria de la pantalla bajó los ojos.

—Me da vergüenza seguir queriéndolo.

El sonido era íntimo.

Un recuerdo que no había sido hecho para él.

Nicolás se preguntó cuántas veces había pasado por aquella ventana sin saber que ella había llorado allí después de despedirse.

Mateo le tomó el hombro.

—Nicolás. La puerta.

Él reaccionó.

La cuenta marcaba un minuto y diez segundos.

Volvió a probar las llaves.

Ninguna abrió el cristal.

Elías señaló abajo.

—Todavía podemos regresar a la cocina.

Mateo miró el corredor.

La luz seguía encendida en el primer tramo.

Nicolás no se movió.

—Siempre regresas tú.

Elías bajó un escalón.

—La escalera se va a cerrar.

Mateo guardó el dispositivo en el bolsillo.

—Entonces nos vamos ahora.

Tiró de Nicolás.

Esta vez él lo siguió.

Bajaron.

Al llegar a la bifurcación, una puerta lateral se abrió. Dentro se veía un corredor corto y, al final, la sala.

Nicolás reconoció la mesa.

La repisa.

El espejo.

Mateo dio un paso hacia ella.

Se detuvo.

La imagen no tenía profundidad suficiente.

Era otra pantalla, colocada al fondo.

La casa les estaba mostrando un regreso.

El verdadero acceso quedaba a la izquierda.

—Por aquí —dijo.

Elías ya había tomado ese camino.

Nicolás lo siguió.

Mateo fue detrás.

Entonces una división comenzó a bajar entre los dos corredores.

Elías cruzó primero.

Nicolás estaba a un paso. Desde el altavoz sonó la voz de Valeria.

—Nicolás.

Él volvió la cabeza.

Solo un instante.

La división golpeó el suelo frente a él.

Mateo se quedó de su lado.

Elías, del otro.

Nicolás apoyó la palma contra el metal.

Una ventanilla estrecha permitía ver parte del corredor.

Elías apareció detrás.

Mateo golpeó.

—¡Ábrela!

Levantó el dispositivo.

Buscó SERVICIO.

La pantalla mostró un mensaje nuevo.

UNIDAD DESCONECTADA.

Lo pulsó otra vez.

El mismo mensaje.

Nicolás miró a Elías.

—La quitó.

Elías no respondió.

En el corredor donde estaban Nicolás y Mateo, las luces se encendieron una por una. Al fondo se abrió la puerta de una habitación.

No parecía un dormitorio.

Era un espacio estrecho, con dos entradas y una pared de cristal entre ambas. Sobre la entrada izquierda estaba escrito:

EL QUE SE VA.

Sobre la derecha:

EL QUE SE QUEDA.

Mateo dejó de golpear.

Nicolás cerró los ojos un segundo.

Habían tomado un control.

Habían encontrado una puerta.

Habían visto el camino por el que podían huir.

Y, aun así, la casa acababa de colocarlos frente a otra elección.

El altavoz crujió.

—Última prueba antes de la final.

Mateo se volvió hacia la ventanilla.

Elías seguía allí.

La voz de Valeria continuó:

—Esta vez no pueden quedarse juntos.

Nicolás miró las dos entradas.

Después, a Mateo.

Había pasado años marchándose de lugares donde alguien todavía lo esperaba.

Ahora tenía delante una puerta con aquellas mismas palabras.

Y ya no podía fingir que no entendía lo que significaban.