Capítulo 28 de 35

El que se queda

Mateo sostuvo el dispositivo frente a la ventanilla.

—Vuelve a conectarlo. Elías miró la pequeña pantalla.

UNIDAD DESCONECTADA.

—No puedo hacerlo desde aquí.

Nicolás se acercó al cristal.

La gorra ocultaba parte del rostro de Elías. Sus lentes reflejaban la luz del corredor.

—Entonces ve adonde tengas que ir.

Elías no se movió.

Detrás de Nicolás y Mateo, las dos entradas permanecían abiertas.

EL QUE SE VA.

EL QUE SE QUEDA.

La voz de Valeria sonó desde el techo.

—Tienen tres minutos para ocupar sus lugares.

Mateo golpeó la ventanilla con el aparato.

El cristal no se quebró.

El dispositivo sí.

Una línea blanca atravesó la pantalla diminuta. Después quedó negra.

Mateo lo dejó caer.

—No vamos a elegir.

Nicolás miró hacia el fondo del corredor.

Habían intentado no entrar.

Habían intentado entrar juntos.

Habían intentado rescatar a los otros desde fuera.

La casa había encontrado una forma de continuar cada vez.

Se apoyó en la pared.

El brazo lastimado le latía con fuerza.

—No quiere que elijamos quién sale —dijo—. Quiere que uno de nosotros crea que ha elegido quién muere. Valeria había comprado dos entradas para un concierto al que Nicolás llevaba meses diciendo que quería ir.

Las dejó sobre la mesa de su apartamento. Él las vio al llegar.

—¿Conseguiste?

Ella asintió.

Había esperado casi una hora frente al ordenador y llamado a una amiga para pedirle prestada la tarjeta cuando la suya no pasó.

Nicolás la levantó del suelo al abrazarla.

Durante aquella noche volvió a parecerse al hombre de la ventana.

Cantó junto a ella.

Le dio la mano entre la multitud.

Al salir, caminaron varias cuadras sin encontrar un taxi.

Valeria llevaba los zapatos en la mano.

Nicolás le ofreció cargársela sobre la espalda.

Ella se negó riéndose.

Terminaron sentados en una banqueta, compartiendo un paquete de galletas comprado en una tienda.

—Me gusta hacer cosas contigo —dijo él.

Valeria apoyó la cabeza en su hombro.

La frase se le quedó guardada.

Meses después, cuando Nicolás cancelaba planes o decía que estaba demasiado cansado, ella volvía a aquella banqueta.

No literalmente.

En su cabeza.

Buscaba una fecha que Nicolás no pudiera cancelar y un plan que le devolviera la atención de aquella noche. Cada arreglo le parecía más fácil que aceptar que él había cambiado. Nunca supo cuánto tiempo pasó intentando conseguir que un recuerdo volviera a comportarse como una promesa.

Elías se apartó de la ventanilla.

Mateo lo siguió con los ojos.

—¡No te vayas!

El hombre se detuvo un instante.

Luego desapareció.

Nicolás golpeó el metal con la palma sana.

No recibió respuesta.

La cuenta apareció sobre las puertas.

02:16.

Mateo recorrió la pared buscando una juntura.

Nicolás examinó el suelo.

No había salida visible.

La única puerta detrás de ellos era la división por la que habían cruzado.

Y Elías acababa de marcharse al otro lado.

—Dame las llaves —dijo Mateo.

Nicolás sacó el manojo.

Se lo entregó.

Mateo probó la cerradura de la división, una ranura estrecha junto a la ventanilla.

Ninguna llave llegó a girar.

—Siempre hay una que no tenemos —murmuró.

La voz de Valeria volvió.

—Si no eligen, ambos ocuparán el lugar del que se queda.

Nicolás miró las dos entradas.

No podía comprobar la amenaza. Tampoco podía ignorarla.

Mateo lanzó las llaves contra la pared.

El ruido metálico llenó el corredor.

Después se agachó a recogerlas.

No porque creyera que servirían.

Porque todavía no podía dejarlas allí.

Nicolás se colocó frente a la entrada derecha.

EL QUE SE QUEDA.

Mateo levantó la cabeza.

—No.

—Tú entra en la otra.

—No sabemos qué significan.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacer esto.

Nicolás miró la puerta de la izquierda. Había un espacio iluminado detrás. Una silla. Nada más.

A la derecha se veía una habitación parecida.

Podían ser iguales.

Podían no serlo.

—No estoy diciendo que te salves porque yo entre aquí —respondió—. Estoy diciendo que no voy a empujarte a hacerlo.

Mateo se puso de pie.

La cuenta marcaba un minuto.

—Podemos esperar.

Nicolás lo miró.

Durante unos segundos no dijo nada. Después señaló la ventanilla por la que Elías se había ido.

—Ya hemos esperado demasiado a que alguien decida abrir.

Cruzó el umbral.

Mateo lo siguió, pero antes de entrar en la misma habitación, una luz roja se encendió sobre la puerta.

UN PARTICIPANTE POR LUGAR.

La entrada izquierda empezó a cerrarse.

Mateo miró a Nicolás.

Él negó una sola vez.

Mateo corrió hacia la otra puerta.

Llegó antes de que terminara de bajar.

Las habitaciones estaban separadas por una pared de cristal.

Podían verse.

No tocarse.

Mateo encontró una silla y una mesa estrecha. Sobre ella había un botón negro.

En el cuarto de Nicolás, la silla estaba frente a una pantalla apagada. Bajo el asiento había una caja azul.

El reloj.

Nicolás se agachó con dificultad y la recogió.

La abrió.

Nunca había mirado el regalo con calma.

Era un reloj sencillo, con correa de cuero y una esfera clara.

Debajo había una tarjeta.

Para todas las horas que todavía nos faltan juntos.

Nicolás la sostuvo entre los dedos. La escritura era anterior a la noche de la escalera.

Anterior a la otra mujer.

O, al menos, anterior al momento en que Valeria lo supo.

Mateo golpeó el cristal.

Nicolás levantó la cabeza.

En ambas habitaciones se encendieron altavoces.

—¿Me oyes? —preguntó Mateo.

—Sí.

Mateo señaló el botón.

—Aquí hay uno.

Nicolás dejó la caja sobre la silla.

—No lo toques todavía.

La pantalla de su habitación se encendió.

Valeria estaba frente a la cámara.

—Cuando te marchabas, yo siempre encontraba una razón para quedarme.

Después de la ruptura, Valeria había llenado sus días de tareas pequeñas.

Lavar las sábanas.

Ordenar los libros.

Cambiar de lugar la planta. Había noches en que el teléfono permanecía al alcance de su mano, aunque se dijera que no esperaba nada.

Nicolás escribía de vez en cuando.

Una canción.

Una fotografía.

Una pregunta que no llevaba a una conversación. Ella respondía. Al principio, enseguida.

Después intentaba esperar para no parecer tan dispuesta.

Contaba minutos.

Se odiaba un poco por contarlos.

Una tarde recibió:

Extraño estar contigo.

Se quedó mirando la frase mientras la comida se enfriaba.

Quiso preguntar qué significaba.

Si quería verla.

Si había terminado con la otra mujer.

Si la extrañaba a ella o a la facilidad de su compañía.

Escribió todo eso.

Lo borró.

Respondió:

Yo también.

Nicolás vio el mensaje.

No escribió nada más.

Valeria dejó el teléfono sobre la mesa y terminó de comer.

Años después recordaría el sabor de aquella comida.

No porque fuera especial.

Porque hubo un momento en que lloró sin dejar de masticar.

En el cuarto de Mateo apareció una instrucción.

PULSA PARA SALIR.

Él miró el botón.

Luego a Nicolás.

—No voy a hacerlo.

La pantalla de Nicolás cambió.

CUANDO ÉL SALGA, TU PRUEBA COMENZARÁ.

No había ninguna indicación sobre lo que ocurriría si Mateo se quedaba.

Nicolás leyó la frase dos veces.

Mateo se acercó al cristal.

—Nos quiere separados.

—Ya estamos separados.

—Mientras esté aquí, todavía puedo verte.

Nicolás miró la cámara de su habitación.

Por encima del cristal había una pequeña rejilla. Detrás de ella, una luz roja.

—Escucha —dijo—. Cuando abras, busca el corredor posterior. Ya sabes dónde está.

—No me hables como si esto fuera una despedida.

Nicolás respiró hondo.

No sabía cómo hablar de otra manera.

Mateo pasó diez minutos sin tocar el botón.

La casa no mostró una cuenta.

Aquello convirtió la espera en algo peor.

No podían calcular cuánto quedaba.

En la habitación de Nicolás empezó a escucharse un zumbido.

Él levantó la vista.

Una de las paredes estaba cubierta de perforaciones pequeñas.

Se encendió una luz tras ellas.

El aire cambió. No por el olor.

Por la manera en que Nicolás tuvo que inhalar otra vez antes de terminar una frase.

Mateo lo vio.

—¿Qué pasa?

Nicolás negó con la cabeza.

Intentó acercarse al cristal.

Se mareó.

Apoyó una mano en la silla.

La pantalla de Mateo añadió una línea.

LA ESPERA TAMBIÉN TIENE CONSECUENCIAS.

Él se volvió hacia el botón.

Después volvió a mirar a Nicolás.

—Eso ya empezó.

Nicolás asintió.

—Pulsa.

Mateo golpeó el cristal.

—¡Abre las dos puertas!

Ninguna voz respondió.

Nicolás se sentó.

La caja azul quedó sobre sus rodillas.

El aire parecía entrar sin alcanzar nunca el lugar al que tenía que llegar.

—Mateo.

Él se acercó.

—Estoy aquí.

—Pulsa. La primera vez que Nicolás dijo que amaba a Valeria fue en una cocina.

Ella estaba lavando una taza. Él se había quedado mirándola.

No había música.

No había una ocasión que preparara la frase.

Solo el agua, la luz del techo y una cucharita dentro del fregadero.

—Te amo —dijo.

Valeria cerró el grifo.

Se volvió despacio.

Nicolás recordaba la sorpresa en sus ojos.

No desconfianza.

Todavía no.

Le preguntó si lo decía en serio.

Él sonrió.

—Sí.

Ella se acercó y lo abrazó con tanta fuerza que él dio un paso atrás para sostenerse.

Durante años pensó que aquella frase explicaba todo lo que había venido después.

Ahora, sentado con el regalo sobre las rodillas, comprendió que haberla dicho no lo absolvía de haber dejado de cuidarla.

El recuerdo seguía siendo suyo.

El daño también.

Mateo pulsó el botón.

La puerta a su espalda se abrió.

En la habitación de Nicolás se oyó un cerrojo.

La puerta no se movió.

Mateo corrió al corredor. Intentó llegar a la otra entrada.

Una división había descendido entre ambas.

Volvió a la ventanilla lateral.

Desde allí todavía podía ver una parte del cuarto.

Nicolás seguía sentado.

—Voy a abrir —dijo Mateo.

No sabía cómo.

Pero necesitaba decirlo.

Probó las llaves.

Golpeó el marco.

Metió el extremo de la madera en la juntura y tiró hasta que se astilló.

Nicolás escuchaba los golpes.

La pantalla frente a él mostró la escalera del cumpleaños.

Valeria sentada junto a la comida.

Después, la misma escalera vacía.

El video continuaba más allá del momento que le habían enseñado antes.

Vio a Valeria recoger la tapa.

Meter la comida derramada en una bolsa.

Limpiar los escalones con servilletas.

Antes de levantarse, se quedó quieta mirando la puerta de su apartamento.

Nicolás no estaba al otro lado.

Se había marchado por la salida de servicio para evitar otra conversación.

Ella no lo sabía.

Había seguido esperando frente a una casa vacía.

Mateo escuchó pasos detrás de él. Se volvió.

Elías estaba al fondo del corredor.

—Ábrela —dijo Mateo.

Elías se acercó.

No llevaba el dispositivo.

Mateo lo sujetó de la chamarra.

—¡Ábrela!

Elías miró a Nicolás por la ventanilla.

Se quedó demasiado quieto.

Mateo sintió una furia que casi le borró el miedo.

—Lo estás viendo morir.

Elías bajó los ojos.

No se apartó.

No llamó a nadie.

Mateo lo empujó contra la pared y regresó al cristal.

Nicolás levantó la cabeza.

—No pierdas tiempo conmigo.

Mateo negó.

—No.

—Con él —aclaró Nicolás.

Señaló apenas hacia Elías.

La mano le cayó sobre la caja.

Mateo volvió a mirar el corredor.

Elías seguía allí.

Observando. Nicolás abrió la tarjeta del reloj.

La frase ya no parecía prometerle nada.

La pasó con el pulgar, despacio.

Se preguntó si Valeria había ensayado entregársela.

Si había imaginado su sonrisa.

Si aquella mañana, mientras elegía el vestido verde, pensó que iba a terminar cenando con él junto a la ventana.

En la pantalla apareció su rostro.

La Valeria del presente.

—¿Todavía esperas que me quede?

Nicolás tardó en levantar la mirada.

Mateo golpeaba fuera.

Elías permanecía cerca.

Las cámaras seguían grabando.

Nicolás intentó responder.

Tuvo que respirar primero.

—No.

La imagen de Valeria no cambió. Él apoyó la tarjeta sobre la caja.

—No tenías que quedarte.

Esperó.

Una parte de él todavía esperaba que la frase correcta abriera una puerta.

Lo reconoció con vergüenza.

Entonces añadió, casi sin voz:

—Y yo no tengo que morir para que eso sea verdad.

La pantalla se apagó. Mateo consiguió romper la cubierta de la cerradura.

Debajo encontró metal.

Nada a lo que pudiera darle vuelta.

Nada que una llave pudiera mover.

Lanzó la madera al suelo.

Volvió a la ventanilla.

Nicolás tenía la cabeza apoyada contra el respaldo.

Los ojos entreabiertos.

—Nicolás.

Se inclinó cuanto pudo.

—Mírame.

Nicolás movió los ojos hacia él.

Mateo puso la palma contra el cristal.

No dijo que todo iba a salir bien.

Ya no podía.

—No estás solo —dijo.

Nicolás intentó levantar la mano.

No llegó a la pared.

La dejó sobre el reloj.

Mateo siguió hablando.

Le dijo su nombre.

Le contó que todavía estaba junto a la puerta.

Que no se había ido.

Que podía escucharlo.

Nicolás dejó de responder.

El zumbido se detuvo unos minutos después. La puerta siguió cerrada.

Elías permaneció detrás de Mateo hasta que la pantalla del corredor se encendió.

NICOLÁS.

ELIMINADO.

Mateo no miró el mensaje. Tenía la frente apoyada contra el cristal.

Dentro, la caja azul había caído al suelo.

El reloj seguía en las manos de Nicolás.

Pasó mucho tiempo antes de que Mateo se apartara.

Cuando lo hizo, Elías dio un paso hacia él.

Mateo levantó la mano.

—No me toques.

Elías se detuvo.

La casa abrió el corredor que llevaba a la sala.

No hubo felicitaciones.

No sonó la canción del parque.

Mateo caminó sin recoger las llaves.

Al llegar al comedor vio las siete tarjetas sobre la repisa.

La última ya estaba allí.

No preguntó cuándo la habían puesto.

En la pantalla apareció una sola palabra.

FINALISTA.

Debajo, su nombre.

Mateo miró el asiento de Elías.

El noveno lugar. Luego se volvió hacia él.

—Ya no tienes a nadie detrás de quien esconderte.

Elías permaneció bajo el marco del corredor.

Por primera vez, Mateo notó que tenía una esquina de la barba ligeramente separada de la piel.

No supo todavía qué estaba viendo.

Pero no apartó los ojos.

Y Elías, al darse cuenta, se llevó una mano al rostro.