Capítulo 29 de 35

La costura del rostro

Elías mantuvo la mano sobre la mandíbula.

Mateo no miró la pantalla.

No miró su nombre debajo de la palabra FINALISTA.

Miró aquel borde oscuro que se había levantado junto a la oreja.

—Quítate los lentes.

Elías bajó la mano.

—Mateo…

—Los lentes.

La voz le salió ronca.

No había levantado el tono. Todavía no.

Elías dio un paso hacia el corredor.

Mateo se colocó entre él y la abertura.

Se quedaron frente a frente, separados por menos de un metro.

La barba parecía distinta desde allí.

No por el color. Por la forma en que se movía cuando Elías apretaba la boca.

Mateo pensó en un disfraz.

La palabra llegó antes de que pudiera decidir qué significaba.

—¿Quién eres?

Elías miró hacia la cámara del comedor.

Mateo levantó una mano.

—No mires allá. Estoy aquí.

Durante un instante, la expresión detrás de los lentes cambió.

Mateo la reconoció sin reconocerla.

Como una palabra escuchada a través de una pared.

Entonces sonó una alarma.

No era fuerte.

Tres notas breves.

Las mismas que habían acompañado la bienvenida, cuando todavía eran nueve alrededor de una mesa.

La pantalla mostró una imagen del corredor donde Nicolás había muerto.

La puerta de su habitación se estaba abriendo.

Mateo volvió la cabeza.

Vio el respaldo de la silla.

La caja azul en el suelo.

Nicolás inmóvil.

Elías aprovechó ese segundo.

Empujó la puerta del corredor lateral y entró.

Mateo reaccionó enseguida.

Lo siguió.

No llegó a tocarlo, pero metió el pie en el umbral antes de que el panel cerrara. La presión le golpeó el tobillo.

Gritó.

Empujó con ambas manos.

Del otro lado, Elías seguía caminando.

Mateo sacó el pie.

La puerta se cerró.

Se quedó apoyado contra ella, respirando por la boca.

El dolor le subía por la pierna.

En la pantalla del comedor, la imagen de Nicolás desapareció.

Había cumplido su función.

Mateo cerró los ojos.

Lo habían hecho mirar hacia otro lado una vez más.

La primera vez que Mateo vio llorar a Valeria, no intentó tocarla.

Estaban sentados en su coche, frente al edificio donde ella vivía.

Habían pasado una tarde tranquila. Compraron fruta, caminaron y discutieron sobre el final de una película.

Al llegar, Mateo hizo un comentario sobre la facilidad con que ella pedía disculpas.

No lo dijo para herirla.

Le sorprendió que se quedara tan quieta.

Valeria miró hacia la ventana.

Él esperó.

Cuando volvió a hablar, tenía lágrimas en los ojos.

—A veces no sé cómo detener una discusión sin decir que lo siento.

Mateo apoyó las manos sobre el volante.

No respondió enseguida.

Después preguntó:

—¿Quieres que me quede?

Ella asintió.

Él apagó el motor.

Se quedaron allí casi una hora.

Valeria le contó cosas que había ensayado muchas veces en su cabeza y nunca había dicho completas.

Mateo no tomó el teléfono.

No buscó una conclusión.

Cuando ella se secó la cara y pidió perdón, él negó con suavidad.

—No me has hecho nada.

Valeria sonrió apenas.

Mateo recordaría después aquella sonrisa con una vergüenza difícil de soportar.

La había visto confiar.

Había sabido exactamente qué estaba recibiendo.

En la sala, Mateo arrastró una silla hasta el panel por el que Elías acababa de irse.

La colocó frente a él.

No para bloquearlo.

Para vigilar.

Luego fue hasta la cocina y se sirvió agua.

Le temblaban las manos.

La jarra golpeó el borde del vaso.

Bebió de pie.

El cuerpo necesitaba cosas pequeñas incluso dentro del horror.

Agua.

Una superficie donde sentarse.

Un instante sin que nadie pronunciara su nombre desde un altavoz. Mateo regresó con el vaso.

Se sentó frente a la pared.

La cámara del corredor apuntaba hacia él.

Le sostuvo la mirada al pequeño círculo negro.

—No voy a entrar en ninguna habitación más.

Ninguna pantalla respondió.

Apoyó el vaso entre los pies.

—Si quieres hablar, sal.

El silencio continuó.

Mateo miró el espejo de Bruno sobre la mesa.

Seguía boca abajo.

Se levantó a recogerlo.

Al darle vuelta encontró una esquina quebrada.

Se vio en el cristal. Tenía una sombra oscura bajo los ojos y una pequeña herida junto al labio que no recordaba haberse hecho.

También vio el corredor detrás de él.

Vacío.

Colocó el espejo sobre una silla, inclinado de modo que pudiera vigilar la sala sin apartarse del panel.

Después volvió a sentarse.

Esta vez no iba a dejar de mirar.

Pasó media hora.

Tal vez más.

Mateo ya no confiaba en el reloj de la casa.

Una bandeja salió del aparador. Había comida.

No fue a recogerla.

La puerta de un dormitorio se abrió al fondo.

Tampoco se movió.

En la pantalla apareció una cama preparada.

Una almohada limpia.

Una lámpara encendida.

Debajo, un mensaje:

PUEDES DESCANSAR.

Mateo miró la imagen a través del espejo.

—Aquí.

La palabra le salió casi sin voz.

Apoyó la cabeza contra la pared del pasillo.

No durmió.

El tobillo le dolía más al enfriarse.

Al otro lado del panel escuchó agua.

Un grifo.

Después, el ruido breve de algo colocado sobre una superficie.

No eran pasos repetidos.

No seguían una secuencia.

Había alguien ahí.

Muy cerca.

Mateo se incorporó.

—Sé que me oyes.

El agua se detuvo. Valeria había confiado en Mateo lo suficiente para dejarle una llave.

No lo hizo después de una noche romántica.

Se la dio una mañana en que tenía que salir temprano y él seguía buscando sus zapatos.

La dejó junto a una taza.

—Por si algún día llegas antes que yo.

Mateo la recogió.

—¿Segura?

Ella asintió.

La pregunta la conmovió.

No porque fuera extraordinaria.

Porque otros habían aceptado entrar en su vida sin detenerse a mirar la puerta.

Durante meses, Mateo utilizó aquella llave con cuidado.

Avisaba cuando iba.

Dejaba las cosas como las encontraba.

Una tarde llegó antes y preparó comida.

Valeria entró cansada, dejó la bolsa en el suelo y se quedó mirando la mesa.

—Podría acostumbrarme a esto.

Mateo se acercó y la besó.

—Pues acostúmbrate.

Mucho después, cuando empezaron las discusiones, seguía teniendo la llave.

A veces llegaba sin avisar.

Otras veces no iba durante días.

Valeria nunca supo cuál de las dos cosas debía esperar. Él consideraba que tener acceso demostraba confianza. Ella empezó a entender que la confianza también necesitaba una forma de cuidado. En la pantalla apareció otra fotografía.

La cocina de Valeria.

Mateo junto al fregadero.

Ella detrás, abrazándolo por la cintura.

El mensaje que acompañaba la imagen era antiguo.

Me gusta que estés en mi casa.

Mateo la miró un momento.

Después volvió los ojos al panel.

—No necesito que me recuerdes que te quise.

La respuesta llegó por el altavoz.

—¿Y de qué te sirvió quererme?

Mateo se quedó quieto.

No sabía si era una grabación.

La pregunta podía haber sido preparada para cualquiera de sus defensas.

Podía estar siendo pronunciada a unos centímetros.

—A mí me sirvió de muchas cosas —dijo.

Se inclinó hacia delante.

—Ese fue el problema.

El silencio cambió.

No por un sonido.

Por su duración.

Mateo continuó:

—Me escuchabas. Me ayudabas a trabajar. Leías lo que yo escribía. Me acompañabas cuando estaba mal.

La fotografía seguía en la pantalla.

—Y yo empecé a tratar eso como si fuera algo que me correspondía.

La voz volvió.

—Tú decías que sabías cuidarme.

Mateo miró la cámara.

—Sí.

No añadió nada.

La casa había enseñado suficientes veces lo que él había dicho.

Todavía no había mostrado todo lo que hizo.

Una de las peores discusiones comenzó por un nombre en una pantalla.

Clara.

Valeria lo vio mientras Mateo estaba en la ducha.

No abrió el mensaje.

Le preguntó al salir.

Él dijo que era una compañera de trabajo.

Eso era cierto.

No dijo que llevaba semanas escribiéndole por las noches.

No dijo que habían tomado algo después de una reunión y se habían besado junto al coche de ella.

Valeria no sabía esas cosas.

Sabía que Mateo se llevaba el teléfono a todas partes.

Que contestaba mirando hacia abajo.

Que había empezado a sonreír ante mensajes que no compartía.

—¿Está pasando algo? —preguntó.

Mateo se secó el cabello con la toalla.

—Después de todo lo que me has contado, me duele que pienses eso de mí.

La frase la detuvo.

Él lo vio.

Vio cómo Valeria buscaba corregir la pregunta para no hacerle daño. Y dejó que lo hiciera.

Ella pidió disculpas.

Mateo la abrazó.

Sintió alivio al notar que el cuerpo de Valeria se aflojaba contra el suyo.

La mentira no terminó cuando él dejó de hablar.

Continuó en aquel abrazo.

El panel hizo un chasquido.

Mateo se puso de pie.

No se acercó de inmediato.

La abertura se ensanchó lentamente.

Elías apareció al otro lado.

Llevaba los lentes.

La gorra.

La barba nuevamente pegada a la mandíbula.

Sostenía un paño húmedo.

Mateo lo miró de arriba abajo.

—Te arreglaste la cara.

Elías dejó el paño en el bolsillo.

—Necesitaba lavarme.

Mateo avanzó un paso.

Elías no retrocedió.

—Quítate la gorra.

—No.

La respuesta llegó sin vacilación.

Mateo sintió que aquella negativa confirmaba más que cualquier explicación.

—Entonces ya no me pidas que crea que estás atrapado conmigo.

Elías miró la silla frente al panel.

El espejo colocado detrás.

El vaso de agua.

—¿Vas a quedarte aquí toda la noche?

Mateo lo estudió.

La pregunta estaba hecha con la misma voz áspera.

Pero había una cadencia en el final.

Un modo de bajar el tono.

Lo había escuchado antes.

No durante los juegos.

Antes de la casa.

Se le erizó la piel.

—Di mi nombre —pidió.

Elías no respondió.

—Como lo dijiste hace un momento.

La pantalla del comedor se encendió.

Mateo no miró.

Elías sí.

La voz de Valeria empezó a hablar desde los altavoces.

—Cuando descubrí lo de Clara…

Mateo cerró los ojos apenas un instante.

Elías permaneció frente a él.

La grabación continuó.

—No fue el beso lo primero que me rompió. Mateo abrió los ojos.

Miró la boca detrás de la barba.

No se movía.

Eso no demostraba nada.

Ya sabía cuántas grabaciones había.

—Fue recordar que te pedí perdón por haberlo sospechado.

En la pantalla aparecieron mensajes.

Clara preguntaba:

¿Se quedó tranquila?

Mateo había respondido:

Sí. Cree que es por lo que le pasó antes.

La vergüenza lo golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla.

Elías no apartó los ojos de él.

La voz terminó:

—Tú conocías el camino de vuelta a todas mis heridas.

Mateo respiró despacio.

Había pensado muchas veces en aquel mensaje.

No como algo que necesitara justificar.

Como una frase que mostraba, con una claridad espantosa, lo que había sido capaz de hacer.

Clara se lo enseñó a Valeria meses después.

Cuando entendió que Mateo tampoco había sido honesto con ella.

Valeria no lloró delante de él al saberlo.

Se quedó sentada.

Le pidió que devolviera la llave.

Mateo intentó hablar.

Ella extendió la mano. La mantuvo así hasta que él la dejó sobre su palma.

—Eso pasó —dijo Mateo.

La pantalla se quedó fija.

Elías seguía junto al panel.

—No voy a decir que no.

Mateo levantó la cabeza.

—Pero ahora quiero una respuesta tuya.

Señaló el borde de la barba.

—¿Por qué necesitas eso?

Elías se llevó una mano al cuello.

El gesto hizo que Mateo mirara sus dedos. Había una pequeña cicatriz blanca en el pulgar derecho.

La había visto antes.

En la cocina de Valeria.

Una noche se había cortado al abrir una lata. Mateo buscó una venda mientras ella intentaba detener la sangre con una servilleta.

No fue un recuerdo completo al principio.

Fue una impresión.

La forma del pulgar.

La línea clara.

Mateo avanzó.

Elías cerró la mano.

—Espera.

La palabra salió sin la aspereza habitual.

Breve.

Natural. Mateo se detuvo.

Elías también.

Ambos habían oído el cambio.

Nada se movió durante unos segundos. Mateo dejó de esperar la siguiente puerta y escuchó al hombre que tenía delante.

Las cámaras seguían encendidas.

El reloj seguía mostrando una hora.

Pero nada se movía.

Mateo escuchó su propia respiración.

Elías tenía la mano junto al cuello, exactamente donde Valeria solía tocarse cuando buscaba una palabra.

Mateo no dijo su nombre.

No todavía.

Parte de él se negaba a unir aquella postura con el hombre que había visto junto a los otros. El hombre al que habían intentado salvar. El hombre que había permanecido observando mientras Nicolás moría.

Si unía esas imágenes, todo cambiaba.

No solo lo que veía ahora.

Cada conversación dentro de la casa.

Cada roce.

Cada momento en que habían bajado la voz pensando que Valeria estaba lejos.

Elías dio un paso hacia atrás.

Mateo le sujetó la manga.

—No te vayas.

La tela se tensó entre ellos.

Elías miró su mano.

Después levantó los ojos. La voz volvió a salir áspera.

—Suéltame.

Mateo no lo hizo.

Con la otra mano alcanzó la gorra.

No llegó a retirarla.

Elías giró la cabeza y se apartó con una rapidez que lo hizo perder el equilibrio.

La gorra cayó.

Debajo había una malla oscura ajustada al cráneo.

Y, en la nuca, un mechón de cabello que se había soltado.

Mateo lo miró.

La pantalla del comedor se apagó.

Elías dejó de intentar cubrirse.

Muy despacio, se quitó los lentes.

Mateo retrocedió un paso.

Ahora podía ver los ojos sin el reflejo.

No eran los ojos de un desconocido.

La barba seguía en su sitio.

La ropa seguía cambiando la forma del cuerpo.

Pero los ojos estaban allí.

Los mismos que habían mirado un cuento en una pequeña sala de lectura.

Los mismos que él había visto cerrarse bajo un árbol, cuando prometió que con él sería diferente.

Mateo sintió que el nombre le llegaba a la boca antes que el aire.

—Valeria.