Capítulo 30 de 35
Siempre estuve aquí
Valeria no respondió a su nombre.
Lo dejó entre ambos.
Mateo todavía sostenía la manga de la sudadera. Al reconocer los ojos, sus dedos habían perdido fuerza, pero no la habían soltado. Ella bajó la mirada hacia aquella mano.
Luego levantó las suyas y empezó a retirar la barba.
Lo hizo despacio.
Una parte cedió junto a la oreja. Después la otra.
Mateo escuchó el pequeño sonido del material separándose de la piel y sintió que el cuerpo entero se le enfriaba.
No había otra persona detrás.
No había un cómplice esperando en una habitación. La mujer que había visto en las pantallas había comido con ellos. Había dormido a pocos metros. Había recibido sus sospechas, sus gritos y sus intentos de ayuda.
Valeria dejó la barba sobre la mesa.
Se quitó la malla del cabello.
Unos mechones quedaron pegados a la frente. El resto cayó sobre el cuello de la sudadera.
Mateo soltó la manga.
Retrocedió hasta chocar con una silla.
Valeria se tocó la mandíbula enrojecida.
—Sí —dijo con su voz—. Soy yo.
Mateo miró la gorra en el suelo.
Los lentes sobre la mesa.
La barba. Objetos pequeños.
Le pareció imposible que hubieran sostenido una mentira tan grande.
Entonces recordó otras cosas.
El pulgar.
La canción.
La manera de bajar la cabeza cuando alguien hablaba demasiado cerca.
No era que Valeria no hubiera estado allí.
Era que él había aceptado una explicación y después había mirado a través de ella.
Un hombre desconocido.
Una voz dañada.
Alguien que no pertenecía a la lista.
Elías.
El nombre había organizado lo que veía.
Ahora todo se deshacía.
—Desde el primer día.
No lo preguntó.
Valeria asintió.
Mateo miró los colchones de la sala.
Habían dormido allí una noche.
Nicolás se había quedado despierto hablando con ella, creyendo que hablaba con otro prisionero.
Bruno había defendido su lugar en la mesa.
Samuel le había ofrecido agua.
Esteban la había elegido para una prueba porque pensó que Valeria no permitiría que le pasara nada.
Mateo se cubrió la boca.
Valeria observaba cada recuerdo llegarle al rostro. La última noche que Mateo durmió en el apartamento de Valeria, ella se despertó antes que él.
No había descubierto todavía lo de Clara.
Pero llevaba semanas sintiendo que algo cambiaba de lugar cada vez que intentaba nombrarlo.
Se quedó acostada a su lado.
Mateo dormía de espaldas, con una mano fuera de la sábana.
Valeria miró aquella mano.
La conocía.
La había sujetado en el parque.
La había visto pasar páginas, servir café, recogerle el cabello para besarle la nuca.
Quiso creer que conocer una mano era conocer lo que podía hacer.
Cuando él abrió los ojos, ella le preguntó:
—¿Todavía quieres estar conmigo?
Mateo se incorporó sobre un codo.
—Claro.
Valeria sostuvo su mirada.
—¿Como antes?
Él le acarició la mejilla.
—No podemos estar demostrando lo mismo todos los días.
Ella bajó los ojos.
Mateo la atrajo hacia su pecho.
Le besó la frente.
Después se levantó y fue por el teléfono que había dejado cargando en la cocina.
Valeria escuchó el agua del grifo.
El sonido de una notificación. El silencio que vino después.
Se quedó en la cama, intentando aprender a no preguntar.
—Los viste morir —dijo Mateo.
Valeria no se movió.
—Estaba allí.
—No. No te estoy preguntando dónde estabas.
La voz le subió por primera vez.
Señaló la repisa.
—Gabriel. Tomás. Adrián. Samuel. Esteban. Bruno. Nicolás.
Pronunció cada nombre.
La obligó a escucharlos sin la palabra eliminado detrás.
Valeria miró las tarjetas.
—Sí.
Mateo sintió que aquella respuesta le quitaba cualquier posibilidad de estar equivocado.
Se acercó a ella.
Valeria retrocedió hasta el borde de la mesa.
—Pudiste abrir.
—Algunas puertas.
—Pudiste detenerlo.
Ella no contestó.
Mateo golpeó la mesa con la palma.
Los lentes saltaron.
—¡Pudiste detenerlo!
Valeria miró su mano.
La marca roja empezaba a aparecer en la piel. Después volvió a mirarle la cara.
—Sí.
Mateo tuvo que apartarse.
No sabía qué hacer con una respuesta que no intentaba defenderse. Había pasado días imaginando una conversación con Valeria.
Pensó que, al verla, podría razonar con ella.
Ahora la tenía enfrente.
Y ella ya sabía todo lo que él iba a decir.
—¿Quién más? —preguntó.
Valeria negó.
—Aquí, nadie.
Mateo miró el corredor oculto.
—Oímos pasos.
—Los oyeron.
—Eran sonidos —añadió Valeria—. Una pista que salía por los altavoces del corredor. Los mismos pasos, cada vez que se acercaban a esa rejilla.
Mateo recordó que nadie había visto una sombra. Habían discutido sobre quién corría detrás de una pared sin comprobar que hubiera una persona allí.
—Había alguien moviendo cosas mientras tú estabas con nosotros.
Ella señaló el aparador.
—Había cosas preparadas para moverse sin mí.
Mateo recordó la placa antigua que habían encontrado en el armario del taller.
—¿De quién era esto antes?
Valeria siguió su mirada.
—De mi tío Joaquín.
Mateo recordaba el nombre. Durante su relación ella había hablado de un hombre que trabajaba con decorados y le enseñó a coser los bordes de una máscara. Nunca había conocido aquel lugar.
—Murió hace quince meses —continuó Valeria—. La casa, el taller y el dinero de la venta de su empresa quedaron a mi nombre.
La propiedad llevaba años sirviendo como almacén y espacio de ensayo para una compañía de efectos escénicos. Tenía paneles móviles, corredores de servicio y una instalación frigorífica para los suministros de los rodajes. Valeria había pasado allí algunos veranos, inventariando utilería y ayudando a preparar escenas. Su tío le había enseñado a manejar los sistemas del taller; después de su muerte recibió también los archivos y manuales de la empresa.
—Tu libro —dijo Mateo.
Ella bajó los ojos. El dinero habría alcanzado para publicarlo, dejar de acumular clases y marcharse de una ciudad llena de recuerdos.
—Pudiste hacer cualquiera de esas cosas.
—Lo sé.
Había dedicado más de un año a la casa. Contrató reparaciones corrientes antes de cerrar la propiedad, dejó las clases y se quedó sola. Los trabajadores se marcharon sin conocer lo que iba a ocurrir allí. Ninguno de los sistemas respondía por ella: Valeria había elegido sus límites y preparado las escenas que aparecerían en las pantallas.
Mateo volvió a mirar los objetos de Elías. El relleno, la barba y la voz ensayada ya no parecían un truco surgido la víspera. Habían sido parte de ese año de preparación.
—No fue la falta de otra salida —dijo él.
Valeria no lo contradijo.
Mateo recordó la bandeja.
Las grabaciones que parecían responder.
Las puertas que se cerraban cuando alguien cruzaba.
El reloj que empezaba a contar sin una orden visible.
—Y otras las movías tú.
—Sí.
Valeria se quitó la sudadera. Debajo llevaba una camiseta oscura y parte de una estructura de relleno que ensanchaba los hombros. La dejó sobre una silla. Pareció más pequeña.
Eso no la hizo menos peligrosa.
—No todos los monitores enseñaban lo que estaba pasando —dijo.
Mateo miró la pantalla del comedor.
—Ya lo sabíamos.
—Saberlo no les decía cuándo.
—¿Y las respuestas?
—Había grabado las que podía prever. Ustedes seguían haciendo preguntas parecidas. Para lo demás estaban los altavoces.
Ella volvió hacia él el cuello de la sudadera. En el forro quedaba un micrófono pequeño, conectado al dispositivo que había llevado oculto. El sistema modificaba su voz antes de llevarla a las habitaciones.
Mateo recordó los cambios de imagen, la tos de Elías y las veces que se inclinaba sobre una taza mientras la voz llenaba el comedor. A algunas frases les había atribuido una boca que ni siquiera se movía en la pantalla.
—También te equivocaste —dijo—. Adrián lo vio.
—Sí.
La casa no lo había sabido todo. Ellos habían encontrado el archivo, tomado un control y roto un acceso. Valeria había respondido cerrando caminos que aún podía manejar. Su ventaja había sido conocerlos, no tener un edificio incapaz de fallar.
Él recordó a Nicolás mirando una imagen de Elías con una taza.
Adrián intentando advertirles que algo se repetía.
La silla con una chamarra, fingiendo un cuerpo.
La casa había utilizado sus ojos contra ellos.
—La prueba de Esteban —dijo Mateo.
Valeria se quedó quieta.
—La habitación se cerraba sobre ti.
Ella bajó los ojos a las manos.
—Sobre la parte que ustedes podían ver.
Mateo la miró.
Recordó su voz detrás de la puerta.
La dificultad para respirar.
El golpe de algo cayendo.
Después recordó que no habían visto el fondo del cuarto.
Solo una ventanilla.
Un abrigo atrapado.
Elías saliendo de rodillas.
Él mismo ayudándolo a levantarse.
Mateo cerró los ojos. La humillación de haber sido engañado llegó mezclada con otra cosa: habían querido salvarla.
No por saber quién era.
Porque la creyeron en peligro.
Cuando abrió los ojos, Valeria seguía observándolo.
—Te ayudamos.
Ella asintió.
—Lo sé.
—Y después dejaste que Esteban muriera.
Valeria no respondió.
Mateo sintió un impulso de sacudirla.
De obligarla a mostrar algo distinto de aquella atención inmóvil.
En vez de hacerlo, se apartó de la mesa.
Necesitaba distancia para seguir pensando.
Valeria se acercó al espejo de Bruno.
Lo levantó.
Una esquina quebrada le cortaba parte del reflejo.
Mateo vio su cara en el cristal.
Sin barba.
Sin lentes.
Parecía cansada.
La piel junto a las orejas estaba irritada y el cabello tenía la forma de haber permanecido apretado durante demasiado tiempo.
Esa realidad ordinaria lo aterrorizó.
No era una aparición.
No era la figura intacta de los videos. Era una mujer que había tenido calor dentro de una sudadera, hambre a determinadas horas y una cicatriz en el pulgar.
La misma que había aprendido a ocultarse entre los hombres a los que iba a matar.
—¿Por qué no te quedaste detrás de las pantallas? —preguntó.
Valeria sostuvo el espejo un momento más.
Luego lo dejó boca abajo.
—Porque ustedes hablaban de otra manera cuando creían que yo no estaba.
Mateo miró el noveno asiento.
—Querías escucharnos.
—También.
La palabra le hizo levantar la cabeza.
Valeria lo miró directamente.
—No quería conformarme con verlos en una cámara. Quería estar cerca cuando comprendieran dónde estaban.
Mateo retrocedió un paso.
Ella continuó, sin alzar la voz:
—Quería oírles la respiración. Ver qué hacían cuando ya no tenían una respuesta preparada. Estar allí cuando sus vidas empezaran a volverse miserables.
La sala pareció hacerse más pequeña.
Mateo miró las puertas.
Lo que tenía delante le produjo más miedo que cualquier mecanismo.
Cuando Valeria descubrió el beso con Clara, no fue a buscar a Mateo de inmediato.
Se quedó en casa.
Leyó los mensajes que Clara le había enviado.
Después los cerró.
Preparó agua para un té y olvidó poner la bolsa dentro.
Permaneció frente a la taza transparente, viendo el vapor. Recordó la conversación del coche.
La primera noche sin teléfonos junto a la cama.
La frase bajo el árbol.
Conmigo no vas a tener que convencerme de que algo te dolió.
Su dolor no cambió de naturaleza al comprender la traición.
Seguía siendo dolor.
Pero perdió el lugar donde había creído que podía llevarlo.
Eso fue lo que más tardó en soportar.
Que la persona que conocía la historia completa había utilizado ese conocimiento para mentir mejor.
Mateo fue a verla al día siguiente. Ella le pidió la llave.
Él intentó explicar.
Dijo que el beso había sido una equivocación.
Que las cosas entre ellos estaban complicadas.
Que no quería hacerle daño.
Valeria lo escuchó hasta que dejó la llave sobre su mano.
Cuando él se fue, cerró la puerta.
Aquella vez no se sentó a esperar que regresara.
Pero tampoco encontró paz.
Mateo señaló la puerta principal.
—Ábrela.
Valeria bajó la mirada hacia ella.
—No hemos terminado.
—Yo sí.
Dio un paso hacia la entrada. Ella no lo sujetó.
El cerrojo no se movió cuando él bajó la manija.
Mateo regresó hacia ella.
—No voy a sentarme a decirte que esto te ha servido de algo.
Valeria apretó los labios.
Era la primera señal de tensión que mostraba desde que se quitó los lentes.
—No te he pedido eso.
—Has construido una casa entera para obligarnos a responderte.
Mateo señaló las cámaras.
—Has elegido las preguntas, las imágenes y cuánto tiempo podíamos respirar. No estabas esperando descubrir quiénes éramos.
Valeria miró la repisa.
Él siguió:
—Ya habías decidido.
Durante unos segundos no se oyó nada.
Después ella levantó la cara.
—No había decidido todas las cosas.
Mateo sintió una punzada de esperanza.
La detestó enseguida.
La casa había vivido de esa punzada.
—Entonces decide abrir ahora.
Valeria no se movió.
La esperanza se apagó sin hacer ruido.
Mateo miró hacia el corredor de servicio.
Recordó las llaves en el suelo de la última prueba. Había dejado el manojo junto a la puerta de Nicolás. Valeria lo siguió con los ojos.
—No vas a llegar por allí.
Mateo volvió la cabeza.
—No sabes lo que voy a hacer.
Ella pareció estar a punto de responder.
Se detuvo.
Aquella pausa le resultó familiar.
Mateo la había visto antes, cuando Valeria buscaba palabras para evitar una discusión.
Ahora no sabía si estaba viendo un recuerdo o una decisión.
Fue hacia el corredor.
Valeria dio dos pasos detrás.
No lo alcanzó.
Mateo empujó el panel abierto.
Una puerta metálica lo esperaba a medio pasillo.
Cerrada.
No estaba allí cuando habían regresado.
Apoyó las manos sobre ella.
Escuchó.
Nada.
Detrás de él, Valeria se detuvo.
—La casa cambia cuando termina una etapa.
Mateo se volvió.
—La casa no cambia. Tú la cambias.
Ella sostuvo su mirada.
—Sí.
Otra vez aquella respuesta. Mateo entendió que no iba a poder refugiarse en la idea de que algo la había arrastrado sin que supiera lo que hacía.
Estaba agotada.
Había sido herida.
También estaba eligiendo.
Regresaron a la sala por separado.
Valeria recogió la gorra del suelo.
La colocó junto a los lentes y la barba.
Mateo miró aquellos objetos.
Elías había terminado.
La casa seguía.
La pantalla se encendió y mostró una grabación de Valeria dando la bienvenida. La mujer del video sonreía apenas. La mujer junto a la mesa no sonreía.
Ambas dijeron casi al mismo tiempo:
—Solo uno saldrá.
Valeria dejó de hablar antes de que terminara la grabación.
Mateo la miró.
Ahora podía distinguir la voz del altavoz de la voz real.
Una llenaba el espacio.
La otra venía de una garganta que él conocía.
—¿Y cuándo pensabas mostrarte? —preguntó.
Ella apagó la pantalla desde un control pequeño que llevaba sujeto a la cintura.
—Después de la última prueba.
Mateo bajó los ojos hacia el aparato. Había otro control. Siempre podía haber otro.
—Te adelantaste —añadió Valeria.
Él no respondió.
La repisa tenía siete nombres.
La pantalla, uno.
Sobre la mesa estaban los restos de un hombre que nunca había existido.
Valeria se acercó a la fotografía del parque.
La tomó y la miró unos segundos.
Mateo siguió el movimiento.
Ella tenía la cicatriz del pulgar junto al borde del papel.
La misma mano.
Ya no había nada que interpretar.
—Ahora vas a escucharme sin una pantalla —dijo.
Mateo miró la puerta cerrada.
Después, a ella.
—Te estoy escuchando.
Valeria levantó los ojos.
Él añadió:
—Eso no significa que vaya a quedarme por voluntad.
Por primera vez, ella apartó la mirada.
En algún lugar bajo la sala, un cerrojo empezó a moverse.

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