Capítulo 31 de 35

La última llave

El cerrojo se movió debajo de la sala.

Mateo miró el suelo. Valeria también.

No parecía sorprendida.

Se agachó junto a la mesa y retiró una esquina de la alfombra. Debajo había una tapa cuadrada, de madera oscura, con un tirador hundido.

Mateo no la había visto antes.

Ella levantó la tapa.

Una escalera descendía hacia una habitación iluminada.

—Por aquí —dijo.

Mateo no se acercó.

Valeria se incorporó.

La fotografía del parque seguía en una de sus manos.

—No voy a arrastrarte.

Él miró la abertura.

Luego el control sujeto a su cintura.

—No necesitas hacerlo.

La frase la dejó quieta.

Mateo había visto cerrar puertas, cambiar corredores y apagarse habitaciones enteras. La fuerza de Valeria no estaba en sus brazos. Estaba en el espacio que había preparado alrededor de ellos.

Se acercó lo suficiente para mirar abajo.

Había una mesa.

Dos sillas.

Una puerta al fondo.

Y sobre la mesa, una llave.

Valeria había elegido a Mateo para contarle una noticia antes que a nadie.

Una revista quería publicar uno de sus cuentos. No una editorial grande.

No un contrato.

Era una revista pequeña que Valeria leía desde sus primeras clases. Había enviado cuentos allí durante años, casi siempre a cambio de un acuse de recibo. Aquella respuesta llevaba el nombre de una editora y hablaba de publicar.

Aquella mañana encontró el correo mientras desayunaba.

Leyó la primera línea.

Después volvió al principio.

Llamó a Mateo.

Él contestó todavía dormido.

—¿Pasó algo?

Valeria trató de hablar con calma.

No pudo.

Mateo la escuchó entre frases atropelladas y luego se incorporó en la cama.

—¿El cuento de la llave?

—Sí.

—Te dije que ese final funcionaba.

Ella se rio.

No le molestó que lo dijera.

En aquel momento quiso que la alegría los incluyera a ambos.

Mateo fue a verla por la tarde con una botella y dos vasos envueltos en papel.

Escribió la fecha en el corcho.

Valeria lo guardó en un cajón.

Después él la abrazó en la cocina.

—Ahora vas a tener que creerte un poco lo que haces.

Ella apoyó la cara contra su cuello.

No sabía que podía sentirse tan feliz sin dejar de tener miedo.

Esa noche leyó el correo en voz alta otra vez. Mateo la escuchó hasta el final.

Ahora él descendió tres escalones.

Se detuvo.

No había cámaras visibles en la habitación. Había un espejo grande en una pared lateral.

Mateo lo miró.

Recordó el salón donde Bruno había quedado atrapado.

El letrero que prometía intimidad.

—¿También vas a decir que aquí no hay cámaras?

Valeria seguía arriba.

—Aquí sí hay.

Señaló una esquina del techo.

Un pequeño objetivo estaba colocado dentro de una pieza blanca.

Mateo lo encontró.

No estaba especialmente oculto.

Bajó el resto de la escalera.

Quería ver la puerta.

Necesitaba saber si la llave pertenecía a algo.

Valeria descendió detrás, dejando la tapa abierta.

Al llegar, se sentó sin invitarlo a hacer lo mismo.

Colocó la fotografía sobre la mesa.

La llave estaba junto a un sobre.

Mateo la reconoció.

Una llave pequeña.

La que había devuelto en el apartamento de Valeria.

—¿La guardaste? —preguntó.

Ella miró el metal.

—Sí.

Mateo se acercó a la puerta del fondo.

Tenía una cerradura distinta.

La llave no serviría.

Probó la manija.

Estaba cerrada.

—Entonces esto no abre nada.

—Abrió mi casa durante mucho tiempo.

Mateo se volvió.

Valeria había apoyado las manos sobre la mesa.

No llevaba maquillaje en los ojos. Sin los lentes y la barba, el cansancio era más visible. Él había conocido aquel rostro en mañanas tranquilas.

Ahora no podía separarlo de la ventanilla donde la había visto observar la muerte de Nicolás.

Se acercó al espejo.

Se puso de lado.

Detrás del cristal había oscuridad.

Una cámara.

Tal vez un espacio de vigilancia.

Su reflejo parecía más cercano que la pared que suponía detrás.

—¿Qué quieres que haga con la llave?

Valeria tocó el sobre.

—Primero, que leas.

Mateo negó.

—Dímelo.

Ella levantó la vista.

La negativa no estaba preparada para desafiarla. Él sencillamente no quería seguir entregándole sus ojos a los objetos que había colocado.

Valeria retiró la mano del sobre.

—Iba a darte otra.

Mateo tardó en comprender.

Luego miró la llave antigua.

—¿Otra llave?

—De una casa distinta.

Habían visitado un apartamento una mañana de sábado.

Valeria encontró el anuncio.

Dos habitaciones, ventanas grandes y una mesa que podía colocarse junto a la luz.

No hablaron de mudarse de inmediato.

Dijeron que iban a mirar.

Mateo llegó con café.

La dueña les abrió y los dejó recorrer las habitaciones.

Valeria se detuvo en la más pequeña.

—Aquí podría escribir.

Mateo miró el espacio.

Había humedad en una esquina y el suelo necesitaba reparación.

No le importó.

Se imaginó una silla frente a la ventana.

Los libros de ella.

Un lugar donde dejar su abrigo sin que pareciera que estaba de visita. Se acercó.

—Y yo corregiría en la sala.

Valeria lo miró.

—¿Estamos imaginándolo en serio?

Mateo sonrió.

—Un poco.

Ella se abrazó a sí misma.

Después le tomó la mano.

Al salir hicieron cuentas sobre una servilleta.

La renta.

La mudanza.

Los gastos.

Mateo escribió su nombre junto al de ella.

Valeria guardó la servilleta antes de que él pudiera usarla para limpiar una gota de café.

Durante meses la conservó entre las páginas de un libro. Había creído que estaban empezando a hablar del futuro en plural.

—Nunca alquilamos ese apartamento —dijo Mateo.

—Lo sé.

—Pero tú ya…

—Había pedido que me avisaran si volvía a estar disponible.

Valeria abrió el sobre.

Sacó la servilleta.

La extendió con cuidado.

Los nombres seguían allí.

Los números. Una mancha redonda de café.

Mateo apartó la mirada.

La casa llevaba días mostrando daños, mentiras y palabras crueles.

Aquello era distinto.

No lo acusaba mediante una escena que pudiera discutir.

Le mostraba una esperanza concreta.

Una mesa.

Una ventana.

Dos salarios puestos en una cuenta.

—Yo también lo imaginé —dijo.

Valeria no respondió.

—No estoy diciendo que eso arregle lo que hice.

Ella levantó los ojos.

—¿Cuándo dejaste de imaginarlo?

Mateo miró la servilleta.

Podía encontrar una fecha.

La noche del beso con Clara.

El día en que empezó a cancelar los jueves.

Pero sabía que sería una precisión falsa.

—No hubo un solo día.

Valeria asintió apenas.

—Para mí tampoco hubo un solo día en que dejé de sentirlo.

Mateo no se sentó.

Se quedó junto a la mesa, con el peso apoyado en la pierna que menos le dolía.

Valeria lo notó. Miró su tobillo. Él cubrió la marca con la tela del pantalón.

—No me preguntes si estoy bien.

Ella retiró la mirada.

El silencio duró lo suficiente para que Mateo escuchara un zumbido detrás del espejo.

No estaba solo en una conversación.

La casa seguía trabajando.

—¿Esto es la última prueba? —preguntó.

Valeria miró la puerta del fondo.

—Es la habitación antes de la última.

Mateo sintió que el cansancio se convertía en rabia.

—Siempre hay otra.

Valeria recogió la llave.

La sostuvo por el aro.

—No después de esa.

Mateo se acercó a ella.

La distancia era corta.

Podía alcanzar el control de su cintura.

Lo había pensado desde que se quitó la sudadera.

No era una idea heroica.

Era la idea simple de alguien que quería seguir vivo.

Miró la puerta.

Calculó el espacio.

Valeria dejó la llave sobre la mesa.

—No está ahí —dijo.

Mateo se quedó quieto. Ella había seguido su mirada.

Él dejó de fingir.

Se lanzó hacia el control.

Valeria se apartó de la silla.

Mateo alcanzó la correa.

Tiró.

El pequeño aparato se soltó y cayó entre ambos.

Ella intentó recogerlo.

Mateo la empujó lejos de él.

Valeria chocó contra la mesa.

La fotografía cayó al suelo.

Durante un instante, los dos quedaron inmóviles.

No por la violencia del golpe.

Porque ya no estaban hablando del pasado.

Mateo recogió el control.

Valeria tenía una mano apoyada en el borde de la mesa.

—Quédate ahí —dijo él.

Ella miró el aparato.

Mateo pulsó el símbolo de una puerta.

La entrada de la escalera se cerró arriba.

El golpe resonó sobre sus cabezas. Él miró hacia el techo.

Después hacia la puerta del fondo.

No se había abierto.

Valeria respiró despacio.

—Te dije que no estaba ahí.

Mateo volvió a pulsar.

La luz de la cámara cambió de rojo a verde.

En el espejo apareció una pantalla que hasta entonces había permanecido apagada.

SESIÓN FINAL REGISTRADA.

Mateo dejó de tocarlo.

No le devolvió el control.

Lo sostuvo mientras probaba la puerta del fondo.

Seguía cerrada.

Valeria no intentó recuperarlo.

Se agachó para recoger la fotografía.

Al hacerlo, Mateo vio que tenía una marca en el brazo donde había golpeado la mesa.

Sintió culpa.

La emoción lo enfureció.

Incluso allí, incluso después de siete muertos, una parte de él reaccionaba al dolor de ella antes que al suyo.

Valeria se incorporó.

—Ya no puedes volver a la sala por esa escalera.

Mateo miró hacia arriba.

La tapa cerrada parecía un techo.

—Ábrela.

—Desde aquí no.

—No voy a creerte.

Ella dejó la fotografía junto a la servilleta.

—No hace falta que me creas. Puedes seguir probando.

Mateo se acercó al espejo. La pantalla ocupaba una parte del reflejo. Debajo de las palabras había dos siluetas.

Una junto a la mesa.

Otra frente al cristal.

Ellos.

En directo.

El sistema estaba registrando incluso aquello.

Su intento.

El empujón.

El momento en que comprendía que tampoco ese control lo sacaría.

Mateo golpeó el espejo con el aparato.

Una grieta cruzó el cristal.

La imagen siguió encendida.

Valeria se sentó otra vez.

La silla que Mateo había apartado quedó torcida junto a la mesa.

Él no se sentó.

Se quedó frente a la puerta, respirando con dificultad.

—No te voy a decir que quiero morir contigo —dijo.

Ella levantó la cabeza.

La frase no había aparecido en ninguna pantalla.

Mateo continuó:

—Ni que merezco esto. Ni que matarlos te demuestra cuánto sufriste.

Valeria miró la llave.

—No te lo he pedido.

—Entonces deja de preparar lugares donde solo puedo decir lo que quieres o quedarme encerrado. Ella apretó los dedos alrededor del aro.

La cicatriz blanca apareció junto al metal.

—Hubo un tiempo en que habría aceptado cualquier cosa que me dijeras.

Mateo negó.

—Ese tiempo terminó. Lo sé.

Valeria volvió a mirarlo.

Él sostuvo sus ojos.

—Pero no eres la única persona aquí que todavía tiene una vida.

La expresión de ella cambió.

No mucho.

Lo suficiente para que Mateo viera que la frase había llegado.

Por primera vez, no intentó aprovecharlo con otra.

La dejó allí.

La puerta del fondo hizo clic.

Mateo se volvió de inmediato.

La manija bajó bajo su mano.

Abrió.

Del otro lado había un corredor de cristal.

En las paredes se reflejaban luces blancas.

Al final se distinguía otra puerta, ancha, con una barra horizontal.

Encima brillaba un letrero.

SALIDA.

Mateo no cruzó.

Había aprendido cuánto podía mentir una palabra escrita.

Miró a Valeria. Ella se levantó.

Tomó la fotografía del parque y dejó la servilleta sobre la mesa.

La llave antigua permaneció junto al sobre abierto.

—Esta sí llega afuera —dijo.

Mateo miró el control en su mano.

No había pulsado nada cuando el cerrojo se movió.

En la pantalla del espejo apareció un nuevo mensaje.

DOS PERSONAS EN LA CASA.

Debajo:

UNA SALIDA DISPONIBLE.

La cámara giró hacia el corredor.

Mateo volvió a mirar a Valeria. Ella había dejado de observar el control.

Lo observaba a él.

—¿Qué hay entre aquí y esa puerta? —preguntó.

Valeria tardó en responder.

Al otro lado del cristal se encendieron ocho luces, una detrás de otra.

En cada panel apareció un nombre.

Los siete muertos.

Y el suyo.

Mateo sintió que el suelo parecía inclinarse aunque permaneciera inmóvil.

Valeria se colocó junto al umbral.

—Lo que todavía no hemos terminado.

Él apretó el control roto contra la palma.

Detrás, la escalera seguía cerrada.

Delante, la palabra SALIDA permanecía encendida. Y por primera vez desde que despertó en la casa, Valeria iba a entrar en el mismo corredor que él, sin una barba, sin una grabación y sin otro nombre detrás del cual ocultarse.

Escrito por la aclamada autora canadiense de ascendencia mexicana Silvia Moreno-García. Se trata de una novela negra con elementos de fantasía urbana y vampiros.

¡Excelente se los recomiendo!