Capítulo 32 de 35
El nombre que faltaba
Mateo dejó el control sobre la mesa.
No porque se rindiera.
Porque necesitaba las manos libres.
Valeria observó el movimiento.
—No va a servirte dentro.
—Ya lo entendí.
Él se acercó al corredor de cristal y se inclinó sin cruzar.
Las ocho luces iluminaban los nombres sobre las paredes. Detrás de cada panel había una imagen detenida.
Un reloj.
Un libro.
Una fotografía.
Objetos que había visto durante los últimos días.
Al fondo, la puerta con la palabra SALIDA parecía esperar en una oscuridad distinta.
Mateo miró el suelo.
Había una línea negra atravesando el corredor a mitad de camino.
No sabía si era una juntura, una sombra o el límite de otro encierro.
Valeria pasó junto a él.
Entró primero.
El hecho no lo tranquilizó. Ella conocía dónde poner los pies. Mateo tenía ocho años cuando su padre le enseñó a caminar de noche por una carretera sin luz.
Volvían de visitar a un familiar. El coche había dejado de funcionar y tuvieron que recorrer a pie la distancia hasta un pequeño negocio.
Su padre iba delante.
Cada vez que escuchaban un motor, lo tomaba del hombro y lo apartaba hacia la tierra.
Mateo recordaba el miedo, pero también una certeza infantil: alguien sabía cómo llegar.
No pensó en aquella noche durante años.
Ahora volvió mientras observaba a Valeria avanzar entre las paredes de cristal. Ella también sabía cómo llegar.
Ese conocimiento estaba dirigido contra él.
Esperó unos segundos.
Después entró.
A su espalda, la puerta permaneció abierta.
Todavía podía volver a la habitación de la mesa.
No a la sala.
No al bosque.
La casa le dejaba pequeñas distancias para que el movimiento se pareciera a una decisión.
El primer panel mostraba la caja azul de Nicolás.
El reloj estaba junto a la tarjeta.
Para todas las horas que todavía nos faltan juntos.
Mateo se detuvo.
Había visto aquella caja caer cuando Nicolás dejó de responder.
La imagen no enseñaba su muerte.
No hacía falta.
Valeria permaneció unos pasos más adelante.
—No voy a obligarte a escuchar todo otra vez —dijo.
Mateo miró la cámara sobre ellos.
—Entonces apágalo.
Ella alzó la mano hacia un pequeño interruptor junto a la pared.
Las imágenes desaparecieron.
Los nombres siguieron encendidos.
El silencio que quedó era real.
Sin voces.
Sin música.
Sin respiraciones grabadas.
Mateo oyó sus pasos cuando volvió a caminar.
Al llegar al nombre de Samuel, se detuvo otra vez.
Recordó la voz pidiendo que no lo dejaran solo.
Miró a Valeria.
—Él quiso hacerlo distinto al final.
Ella no respondió.
Mateo continuó:
—Todos no fueron lo mismo.
Valeria miró el nombre iluminado.
—No los traté igual.
—Los mataste a todos.
La frase quedó entre el cristal y sus reflejos. Ella bajó la mano del interruptor.
Valeria llevaba una pequeña libreta cuando acudió a la primera lectura donde conoció a Mateo.
Anotaba títulos, frases, nombres de personas que le parecían interesantes. No escribió el suyo enseguida.
Esperó a volver a casa.
Sentada en la cama, abrió la libreta y puso:
Mateo. Preguntó por la llave.
Debajo escribió:
Escuchó el final.
Después se quedó mirando aquellas dos líneas.
Le dio vergüenza la importancia que les estaba dando.
Cerró la libreta.
La abrió otra vez.
Añadió una palabra.
Volver.
No era todavía una historia de amor.
Era la posibilidad de querer regresar a un lugar donde su voz no había estorbado.
Meses después, cuando ya dormían juntos, Mateo encontró la libreta sobre la mesa.
Valeria se la mostró por voluntad. Él leyó las tres anotaciones y sonrió.
—Así que me estabas evaluando.
Ella negó, riéndose.
—Me estaba recordando algo.
Mateo la besó.
No preguntó qué.
Ahora Valeria sabía la respuesta.
Se estaba recordando que todavía era capaz de ilusionarse.
Al llegar al panel de Bruno, Mateo apoyó una mano en el vidrio. Estaba frío.
Vio su reflejo superpuesto al nombre.
—Aquí me senté a esperar que se abrieran puertas —dijo—. Lo hice con ellos. Me viste.
Valeria se volvió.
—Sí.
—Viste cosas que no encajaban con lo que querías mostrar.
Ella sostuvo la fotografía del parque con ambas manos.
—Una persona puede ayudar a alguien aquí y haberme hecho daño antes.
—Lo sé.
Mateo respiró hondo.
—Pero eso también vale para ti.
Valeria no movió los ojos.
—Nos diste agua. Intentaste romper el cristal con nosotros. Me ayudaste a levantarme cuando pensé que Elías estaba en peligro.
La boca de ella se tensó.
Mateo señaló los nombres.
—Y estabas haciendo esto al mismo tiempo.
Valeria miró hacia la puerta final.
No discutió.
A Mateo le pareció que había encontrado, por fin, una conversación que no podía convertirse fácilmente en otro video.
Una donde ella también tendría que sostener dos cosas a la vez.
La línea negra del suelo quedaba a pocos pasos.
Valeria la cruzó.
Mateo se detuvo antes.
Una puerta lateral se iluminó junto al panel de Esteban. No tenía letrero.
El marco estaba oculto dentro del cristal.
Valeria se volvió al notar que él no avanzaba.
Mateo señaló la abertura.
—¿Adónde lleva?
—Al servicio.
—¿A la puerta posterior?
Ella tardó demasiado en responder.
Mateo se acercó.
La manija estaba tibia.
La bajó.
Abrió unos centímetros.
Al otro lado había una escalera estrecha.
Subía.
No vio el final.
Valeria dio un paso hacia él.
—Por ahí no.
Mateo puso un pie en el umbral.
—Tú conoces todo esto. Yo no.
Ella soltó la fotografía sobre una repisa del corredor.
—Mateo.
Él empujó la puerta hasta abrirla por completo. Había una luz encendida arriba.
No un letrero de salida.
Una luz.
Por una vez, no quería caminar hacia algo que ella había señalado. Entró.
Subió deprisa, ayudándose del pasamanos.
El tobillo le dolía al apoyar.
No se detuvo.
Escuchó a Valeria detrás.
No una grabación.
Sus pasos reales.
Eso le dio más urgencia.
Llegó a un pequeño descanso donde había dos puertas.
Una cerrada.
Otra entreabierta.
Empujó la segunda.
Encontró una habitación de mantenimiento.
Cajas.
Una silla plegable.
Una ventana estrecha, alta, cubierta por una lámina opaca.
Mateo se acercó.
Golpeó el borde con la mano.
El material vibró.
Del otro lado escuchó hojas.
Viento.
Valeria apareció en el umbral.
—No se abre desde aquí.
Mateo tomó la silla.
Ella retrocedió. Él golpeó la cubierta.
Una esquina se desprendió.
Por la abertura entró aire húmedo.
Mateo volvió a golpear.
La lámina cayó hacia fuera.
Detrás estaba la ventana.
Pequeña.
Con barrotes.
No era suficiente para atravesarla.
Mateo dejó la silla.
Apoyó la frente en la pared.
Valeria permaneció cerca de la puerta.
No dijo que se lo había advertido. Él agradeció que no lo dijera y sintió rabia por agradecerle algo allí.
Afuera el bosque tenía otro color.
Todavía era oscuro, pero la noche empezaba a perder densidad.
Mateo levantó la cara hacia la abertura.
No veía la casa entera.
Solo una franja de tierra y unos árboles próximos.
Podía pasar una mano entre los barrotes.
La extendió.
El aire le tocó los dedos.
Aquello fue peor que una puerta cerrada.
La vida estaba a centímetros.
Y no podía entrar en ella.
—¡Ayuda! —gritó.
Su voz salió al bosque.
Esperó.
Volvió a gritar.
Un sonido áspero respondió desde lejos.
Las hienas.
Mateo bajó la mano.
Valeria lo observaba desde el otro extremo de la habitación.
—No hay nadie cerca.
Él la miró.
—No tienes que estar satisfecha con eso.
La frase le produjo una expresión que no supo leer.
Mateo volvió a la ventana.
Gritó una tercera vez.
No porque creyera que alguien iba a escucharlo.
Porque negarse a hacerlo le habría parecido participar en el silencio.
Cuando Valeria pidió a Mateo que se marchara de su apartamento, él tardó demasiado en obedecer.
Se quedó junto a la puerta con la llave todavía en la mano.
Dijo que podían hablar al día siguiente.
Que ella no tenía que decidirlo todo de inmediato.
Valeria extendió la palma.
Él depositó el metal sobre ella.
Después preguntó:
—¿De verdad quieres terminar así?
Ella lo miró.
—No quería terminar así.
Mateo no supo qué responder.
Valeria abrió la puerta.
Él cruzó.
Antes de bajar la escalera, se volvió. Ella seguía sosteniendo la llave.
No lo estaba siguiendo.
No iba a pedirle que regresara.
Mateo sintió una mezcla de pérdida y alivio que nunca le confesó a nadie.
Se fue.
Durante las semanas siguientes pensó en llamarla.
A veces llegó a escribir.
Pero esperaba que, cuando se decidiera, Valeria todavía quisiera escucharlo. Había entendido su salida como una pausa que él podía terminar.
La puerta cerrada significaba otra cosa.
Mateo se apartó de la ventana.
Valeria no se movió del umbral.
La miró.
Era una sola persona.
No tenía la fuerza de toda la casa en las manos.
El control había quedado abajo.
No llevaba la sudadera.
No podía verlo todo desde allí.
Durante un segundo calculó si podría pasar junto a ella y encontrar la otra puerta del descanso.
Valeria siguió su mirada.
—La otra está cerrada.
Mateo avanzó.
Ella no se apartó.
Él tampoco se detuvo.
La obligó a retroceder hacia la escalera sin tocarla.
Cuando llegaron al descanso, probó la segunda manija.
Bloqueada.
Miró la cerradura.
Vacía.
Sin un ojo donde introducir una llave.
Valeria seguía a su lado.
—¿Por qué me sigues? —preguntó.
Ella miró la escalera.
Luego a él.
—Porque no voy a dejarte aquí solo.
Mateo sintió una náusea breve.
La frase habría significado cuidado en otra vida.
Allí significaba vigilancia.
—Ya sabes que puedes usar palabras buenas para hacer cosas horribles —dijo.
Valeria se quedó inmóvil.
Mateo bajó primero.
No porque ella hubiera conseguido convencerlo.
Porque aquel desvío había terminado en barrotes.
Regresaron al corredor.
La fotografía del parque continuaba sobre la repisa. Valeria la recogió.
Mateo miró la línea negra del suelo. Había una pequeña inscripción en el marco superior, casi invisible desde la entrada.
CIERRE FINAL.
Señaló las palabras.
—¿Qué se cierra?
Valeria levantó la cara.
—El corredor.
Mateo observó ambos extremos.
La habitación de la mesa quedaba atrás.
La salida, delante.
La puerta lateral por la que habían subido seguía abierta.
Todavía había rutas.
Limitadas.
Pero rutas.
—¿Cuándo?
Valeria no respondió enseguida.
Mateo dejó de mirar las puertas.
—¿Cuando yo cruce?
Ella asintió.
Él retrocedió un paso.
La casa había esperado a que sus pies llegaran a una línea.
No necesitaba una elección escrita.
No necesitaba que él pulsara nada.
La palabra SALIDA seguía encendida. Mateo advirtió que llevaba minutos confiando en ella sin haber visto abrirse la puerta exterior. Valeria volvió al lado de Mateo.
No lo tomó de la mano.
Se colocó junto a él, antes de la línea.
Los ocho nombres seguían encendidos.
Nicolás.
Gabriel.
Tomás.
Adrián.
Bruno.
Samuel.
Esteban.
Mateo.
Él miró las letras de su nombre.
—No sé qué quieres terminar ahí.
Valeria siguió su mirada.
—Una pregunta.
—Llevas días haciéndolas.
—Esta no era para todos.
Mateo miró la puerta con la barra horizontal.
Ya no podía evitar que la esperanza apareciera.
Incluso sabiendo.
Incluso después de los barrotes.
—¿Por qué me dejaste al final?
Valeria bajó los ojos hacia la fotografía.
La imagen mostraba sus manos juntas.
Un gesto que existió antes de que la casa fuera concebida.
—Porque contigo no solo imaginé que iba a estar bien.
Mateo esperó.
Ella levantó la cabeza.
—Llegué a creer que ya lo estaba.
Él cerró los ojos un instante.
No tenía una respuesta que pudiera quitarle eso.
Cuando volvió a mirarla, Valeria había acercado la fotografía a su pecho.
—Fuiste la persona con la que quise vivir —dijo.
La palabra SALIDA iluminaba parte de su cara.
Mateo sintió que aquella confesión podía abrirle una posibilidad o anunciar su muerte.
No sabía cuál.
Valeria miró los paneles.
Después, su nombre.
Con el índice rozó las letras iluminadas.
—No eres el único nombre que falta aquí.
Mateo recorrió las ocho placas.
Todas estaban completas.
Entonces miró a la mujer a su lado.
Valeria no estaba escrita en ninguna. Detrás de ellos, la puerta de la habitación de la mesa empezó a cerrarse lentamente.
Mateo se volvió.
Todavía podía alcanzarla.
Valeria permaneció junto a la línea, sin sujetarlo.
En aquella quietud, él comprendió que la última prueba iba a tener una participante que nunca había aparecido en la lista.