Capítulo 33 de 35

El amor de mi vida

Mateo corrió hacia la puerta que se cerraba.

El tobillo le falló en el segundo paso.

Aun así, llegó antes de que las dos hojas se juntaran. Introdujo la mano en el espacio y empujó.

La puerta se detuvo.

Detrás seguían la mesa, las sillas y la llave que había devuelto catorce meses atrás.

Mateo tiró del borde.

No consiguió abrir más.

Valeria permanecía junto a la línea negra.

Lo miraba sin acercarse.

—Ayúdame —dijo él.

Ella bajó los ojos.

Mateo volvió a tirar.

La puerta hizo un chasquido y empezó a moverse otra vez.

Sacó la mano.

Las hojas se juntaron delante de su cara.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después apoyó las palmas en el metal.

—Todavía podías.

Valeria no respondió.

Mateo se volvió lentamente.

Ella estaba de pie en el mismo lugar.

La fotografía del parque colgaba entre sus dedos.

Una vez, Valeria se enfermó durante un viaje con Mateo. Habían alquilado una habitación cerca de un lago. Ella se despertó con fiebre y quiso disculparse por arruinar el fin de semana.

Mateo bajó a comprar agua.

Regresó con sopa, una manta y un libro de cuentos que encontró en una pequeña tienda.

No encendió la televisión.

Se sentó junto a la cama y leyó.

Al principio Valeria intentó seguir las palabras.

Después se quedó dormida.

Cuando abrió los ojos, él continuaba allí. Había dejado el libro sobre las piernas y miraba la lluvia detrás de la ventana.

—Puedes ir a caminar —le dijo.

Mateo negó.

—Ya caminaré mañana.

Ella extendió la mano.

Él la tomó.

Fue una tarde pequeña.

Sin promesas.

Sin fotografías.

Valeria recordaría durante años la forma en que sus dedos encajaron entre los de él mientras le bajaba la fiebre.

En aquella habitación, amarlo había parecido fácil.

Mateo regresó hasta la línea negra.

No la cruzó.

Valeria estaba a su lado.

Al fondo, la palabra SALIDA seguía encendida.

—¿Qué pasa cuando la pise? —preguntó. Ella miró el suelo.

—Se cierra el último tramo.

—¿Y tú dónde quedas?

Valeria no contestó enseguida.

Mateo estudió las paredes.

A pocos metros, junto al panel que llevaba su nombre, había dos placas estrechas de vidrio. Entre ellas se veía una separación.

Una puerta que podía deslizarse.

La salida quedaba después.

Valeria conocía la distribución.

Conocía los tiempos.

Lo había acompañado hasta allí sabiendo exactamente dónde iba a quedarse cada uno.

Mateo retrocedió.

—No.

Ella levantó los ojos.

—Mateo…

—No voy a cruzar porque me lo pidas.

El silencio duró varios segundos.

Después la luz sobre su nombre cambió.

Del blanco al rojo.

Un sonido breve llegó desde el techo.

Valeria miró hacia arriba.

Él también.

La casa seguía contando aunque ningún reloj les enseñara los números.

—Fuiste el amor de mi vida —dijo Valeria.

Mateo dejó de mirar el techo. Ella seguía sosteniendo la fotografía.

No la había levantado para mostrársela.

Parecía necesitarla en la mano.

—Con Nicolás pensé que alguien por fin me había elegido. Con los otros intenté recuperar algo que cada uno iba quitándome.

Mateo permaneció inmóvil.

Valeria miró el papel.

—Contigo creí que ya no tenía que recuperarme de nadie.

La luz roja iluminaba parte de su cara.

—Te conté lo que me daba vergüenza. Las cosas que había permitido. Las veces que volví. Tú me escuchaste sin hacerme sentir pequeña.

Mateo respiró despacio.

Había esperado oír aquella confesión desde que ella dijo que no había decidido todo.

Una parte de él quería convertirla en una posibilidad.

Pero la salida seguía cerrada mientras ella hablaba de amor. Mateo miró el picaporte para no perder de vista lo que necesitaba.

—Y después te hice sentir pequeña yo —dijo.

Valeria asintió.

No lloró.

Eso no hizo menos cierta la herida.

Cuando Mateo empezó a hablar de vivir juntos, Valeria hizo espacio en el armario.

No se lo dijo.

Retiró ropa que ya no usaba, dobló unas sábanas y guardó una caja en la parte superior.

Dejó un estante vacío.

Durante semanas, cada vez que abría el armario, lo miraba.

No era únicamente para sus camisetas.

Era para una vida donde alguien no recogiera todas sus cosas al marcharse. Mateo llevó una chamarra.

Después unos zapatos.

Un libro.

Valeria no los acomodó enseguida.

Quiso que él lo hiciera.

Una mañana, mientras ella preparaba café, él abrió el armario y vio el espacio.

—¿Esto es para mí?

Valeria se volvió desde la cocina.

—Si quieres.

Mateo puso allí la chamarra.

Después fue a besarla.

Ella recordó aquel gesto el día que guardó sus cosas en una bolsa.

El estante quedó vacío de nuevo.

Esta vez no parecía esperar.

—No te voy a prometer que podemos volver —dijo Mateo.

Valeria levantó la cara.

Él continuó:

—No para que abras. No porque tenga miedo.

Le costó mantener la voz firme.

Tenía miedo.

Tanto que notaba el latido en los dientes.

—Te mentí cuando te dije que lo de Clara era algo que estabas imaginando. Te hice pedir perdón por una verdad que yo conocía.

Valeria cerró los dedos alrededor de la fotografía.

—Sí.

—Y utilicé lo que me habías contado para convencerte de que el problema eras tú. Mateo miró los nombres encendidos.

—Eso fue mío. Lo hice yo.

La respiración de ella cambió apenas.

Él no intentó tocarla.

—Pero ahora necesito que me escuches tú. No quiero morir.

Valeria sostuvo sus ojos.

Mateo sintió la vergüenza de tener que decirlo como una petición.

Lo dijo de nuevo.

—Quiero salir. Aunque no vuelvas a verme. Aunque tengas que contarle a todo el mundo lo que hice.

Ella apartó la mirada hacia la puerta final.

La esperanza volvió a aparecer.

Mateo la dejó estar sin confiar en ella.

Valeria pasó el pulgar sobre la fotografía.

Su mano tocaba la mano de Mateo en la imagen.

Durante mucho tiempo, aquel gesto había sido la respuesta a una pregunta que no sabía formular.

¿Dónde estoy a salvo?

En el parque pensó que podía estarlo junto a él.

Después del beso con Clara volvió a mirar la imagen.

No encontró señales.

No vio una advertencia escondida en su sonrisa.

La fotografía no podía decirle cuándo el hombre que sostenía su mano había empezado a mentir.

Tampoco podía explicarle por qué seguía queriendo acercarse a él después de saberlo.

Aquella contradicción la había acompañado hasta la casa.

Seguía allí. Valeria levantó la cabeza.

—Durante mucho tiempo pensé que elegirte era una forma de elegirme.

Mateo no respondió.

—Y cada vez que me lastimabas, intentaba salvar lo que había sentido contigo. Como si perderte significara perder también a la mujer que fui cuando estaba feliz.

La luz roja parpadeó.

Ella miró la línea del suelo.

—Después decidí que yo tenía que ser el amor de mi vida.

Mateo escuchó la frase sin moverse. Había algo en ella que podía haber pertenecido a una conversación distinta.

Una puerta abierta.

Una despedida.

Una mujer que dejaba de pedir permiso para salir de una relación.

Allí estaba rodeada de siete nombres muertos.

—Podías haberte elegido sin traernos —dijo.

Valeria apretó los labios.

Él dio un paso hacia ella.

—Todavía puedes hacerlo sin matarme.

Por un instante, ella pareció cansarse de sostener el rostro que había preparado para el final.

Bajó la fotografía.

La mano le temblaba.

Mateo vio el temblor.

No supo si significaba una duda.

No quería equivocarse otra vez.

—Abre —dijo. Valeria cerró los ojos.

Cuando los abrió, miró hacia el panel que llevaba el nombre de él.

—No.

La palabra fue baja.

Completa.

Mateo dejó de acercarse.

Entonces se movió.

No hacia la salida.

Hacia la puerta lateral por la que habían subido a la habitación de mantenimiento.

Si llegaba antes que ella, podía volver a la ventana.

Gritar.

Esperar una mañana.

Intentar algo que no perteneciera al final que Valeria había escrito.

Pasó junto al panel de Esteban y agarró la manija.

La puerta estaba cerrada.

Tiró con ambas manos.

El tobillo le ardió.

Valeria no corrió tras él.

Mateo miró la cámara encima del marco.

La pequeña luz permanecía verde.

Lo había visto.

El sistema lo había visto.

Volvió hacia ella.

—¿Todo estaba decidido?

Valeria seguía junto a la línea.

—El final, sí.

Mateo sintió que las palabras le llegaban desde muy lejos.

—Entonces nunca hubo un ganador.

Ella lo miró.

No contestó.

Detrás de él empezó a descender una división.

Separaba la puerta lateral del resto del corredor.

Mateo se apartó antes de que lo encerrara allí.

La división llegó al suelo con un golpe.

Ya no podía volver a la escalera.

La única dirección que quedaba era hacia la luz de SALIDA.

Caminaron sin tocarse.

Mateo iba delante.

No porque aceptara.

Porque la pared a su espalda acababa de quitarle el lugar donde podía permanecer.

Valeria lo seguía a unos pasos. Él se detuvo junto a la línea negra.

Miró los cristales deslizantes.

La puerta exterior estaba al fondo.

Entre la línea y la puerta había un tramo corto, iluminado desde abajo.

Por la rendija inferior entraba aire.

Olía a tierra húmeda.

Mateo se volvió.

Valeria estaba demasiado cerca.

La agarró de la muñeca. Ella se tensó.

—Vamos juntos —dijo él.

No intentó convencerla.

La sostuvo y cruzó la línea.

Un sonido agudo llenó el corredor.

Los cristales comenzaron a moverse.

Mateo tiró de ella.

Valeria perdió la fotografía.

La imagen del parque cayó boca arriba.

Durante un segundo quedaron los dos en el mismo tramo. Él vio la puerta final a tres pasos.

Corrió hacia ella sin soltarla.

La barra horizontal bajó bajo su mano.

No abrió.

Valeria intentó retirar la muñeca.

Mateo la sostuvo.

Detrás de ellos, el cristal terminó de cerrar.

Los nombres quedaron del otro lado.

Una pantalla se encendió sobre la puerta exterior.

DOS OCUPANTES.

Debajo apareció otra línea.

AUTORIZACIÓN DE SALIDA PENDIENTE.

Mateo miró a Valeria.

Ella respiraba con dificultad.

Por primera vez desde que se quitó el disfraz, estaba dentro de un espacio cuyo cierre él había provocado. Eso no significaba que hubiera perdido el control.

Pero ya no estaba observando desde afuera.

—Abre —dijo.

Valeria miró la barra.

Luego el cristal.

Mateo aflojó la mano lo suficiente para no hacerle daño.

No la soltó.

—No voy a dejar que te quedes al otro lado mirándome.

Ella sostuvo su mirada.

Había miedo en sus ojos.

También una decisión que no desaparecía.

—No quería verlo desde una cámara —respondió.

Mateo recordó su confesión en la sala.

La cercanía había sido parte de todo.

Hasta de eso.

En la pared lateral se abrió una tapa pequeña. Dentro había un pulsador blanco.

Valeria lo miró.

Mateo siguió sus ojos.

Se colocó delante.

—¿Eso abre?

Ella tardó en contestar.

—Mi puerta.

Mateo recorrió la pared.

Había una juntura casi invisible detrás de ella. Una salida que no llevaba la palabra SALIDA. Él soltó su muñeca y pulsó primero.

No ocurrió nada.

La pantalla mostró un mensaje.

IDENTIDAD NO AUTORIZADA.

Valeria apoyó la espalda en el vidrio.

Mateo miró su mano.

La cicatriz.

La piel enrojecida.

Se la tomó de nuevo y la acercó al pulsador.

Ella cerró los dedos.

—No.

Mateo la miró con una incredulidad que ya no podía convertirse en sorpresa.

—Puedes abrir una puerta. Estoy aquí contigo. Puedes sacarnos.

Valeria no movió la mano.

Del suelo llegó un golpe profundo.

Algo se había activado bajo el último tramo.

Mateo levantó la cabeza.

La luz de SALIDA cambió del blanco al rojo.

—Tú sabes cómo detenerlo —dijo.

Valeria miró el pulsador.

Mateo acercó la mano de ella otra vez.

La palma tocó la superficie.

Un cerrojo retrocedió.

La puerta lateral se abrió. Al otro lado había un espacio oscuro.

Mateo tiró de Valeria y se lanzó hacia el umbral.

La abertura era estrecha.

Ella cruzó primero, empujada por el movimiento.

Mateo llegó detrás.

Una segunda hoja transparente descendió delante de su cara.

Se detuvo al rozar el marco.

No pudo atravesarla.

Valeria quedó a centímetros.

Del otro lado.

Mateo apoyó las manos en el cristal.

La vio bajar los ojos hacia una placa colocada junto a su puerta.

Había dos luces.

Una verde.

Otra roja.

—Valeria.

Ella levantó la cabeza.

Mateo dejó de golpear.

No porque se hubiera rendido.

Porque entendió que todavía estaba esperando una mano. La misma que había sostenido junto a un lago. La misma que recibió una llave en un apartamento. La misma que ahora podía terminar aquello.

Valeria apoyó los dedos sobre la placa.

No pulsó enseguida.

Mateo sostuvo su mirada.

—Yo quiero seguir vivo —dijo.

Ella cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, retiró la mano de la luz verde.

Y la llevó hacia la roja.