Capítulo 34 de 35
La única superviviente
Valeria pulsó la luz roja.
El sonido fue pequeño.
Un clic que Mateo apenas oyó al otro lado del cristal.
Esperó que algo se cerrara.
Que apareciera una cuenta.
Que la casa le dijera cuánto tiempo le quedaba.
No ocurrió ninguna de esas cosas.
La luz de SALIDA se apagó.
Y, con ella, desapareció la última promesa.
Mateo miró la barra horizontal de la puerta exterior. La empujó otra vez, con todo el peso del cuerpo.
No cedió.
Se volvió hacia Valeria.
Ella seguía junto a la placa.
No había retirado el dedo.
—Ya está —dijo él.
Valeria levantó la vista.
Mateo señaló su mano.
—No necesitas seguir apretando. Ella la retiró despacio.
En algún lugar debajo del corredor empezó a funcionar un mecanismo.
El último mensaje que Valeria envió a Mateo antes de la casa no hablaba de amor.
Tampoco pedía una explicación.
Era una pregunta sobre unos documentos que habían quedado entre sus libros.
¿Los tienes tú?
Mateo los encontró en una carpeta y respondió que sí.
Valeria pidió que los dejara con Andrea.
Él aceptó.
Durante unos minutos permaneció mirando la conversación. Había tantos mensajes anteriores que no sabía dónde empezaba la distancia.
Fotografías de cenas.
Correcciones de textos.
Preguntas pequeñas.
¿Quieres que te lleve algo?
¿Ya comiste?
Avísame cuando llegues.
Mateo deslizó el dedo hasta encontrar una imagen del lago.
Valeria dormía bajo la manta. Él había tomado la fotografía después de preguntarle.
La guardó.
Luego volvió al último mensaje.
Escribió:
Espero que estés bien.
Valeria lo leyó. No respondió.
Mateo dejó el teléfono.
Pensó que algún día podrían hablar sin hacerse daño.
No imaginó que la siguiente conversación ocurriría detrás de un cristal preparado para impedirle salir.
Las luces del último tramo empezaron a apagarse.
Una junto a la puerta.
Otra sobre el suelo.
La claridad quedó concentrada en la ventanilla donde estaba Valeria.
Mateo se acercó a ella.
El aire seguía entrando por debajo de la salida, pero ya no lo sentía frío.
Había un olor leve.
Extraño.
Miró hacia el techo.
Una franja de sombra avanzaba sobre la pared.
El mecanismo seguía trabajando.
No pudo entender qué estaba cambiando.
Tampoco encontró dónde detenerlo.
Valeria observó cómo recorría el espacio con los ojos.
—Fuiste el amor de mi vida —dijo.
Mateo apoyó una mano en el cristal.
—Ya me lo dijiste.
Ella tragó saliva.
—Quería que lo supieras antes…
No terminó.
Mateo miró hacia la puerta. Después volvió a mirarla.
—Lo que acabas de hacer no necesita esa frase.
Valeria bajó los ojos.
Él se quedó junto al cristal.
Ya no iba a gastar lo que le quedaba preguntando por el mecanismo. Ella era la persona que podía detenerlo.
La miró otra vez.
—Todavía puedes abrir.
Valeria no se movió hacia la luz verde.
Cuando Mateo conoció a Valeria, ella no era una suma de hombres.
Tenía amigos.
Un trabajo.
Textos que no hablaban de ninguna relación.
Disfrutaba caminar entre puestos de libros y se enfadaba cuando alguien doblaba una página para marcarla.
Podía pasar una tarde entera intentando recordar una palabra.
Le gustaban los duraznos fríos.
Cantaba mal y lo sabía.
Una vez discutieron durante veinte minutos sobre cómo preparar arroz. Al final se les quemó y salieron a comprar comida.
Se rio tanto que tuvo que sentarse en el suelo de la cocina.
Mateo recordó aquella risa dentro del corredor.
No para pedirle que volviera a ser la mujer de antes.
Porque había existido.
Porque la casa no podía contener toda su vida, aunque ella hubiera empezado a contarla únicamente desde las heridas. Él apoyó la frente en el vidrio.
—Había muchas cosas tuyas que no eran nosotros.
Valeria levantó la cabeza.
Mateo respiró por la boca.
Le costaba completar las frases.
—Tus cuentos. Andrea. Tu madre. Las cosas que querías hacer.
Ella cerró los ojos.
Él continuó:
—No tenías que traerlas también aquí.
Valeria se acercó al cristal.
Al otro lado, Mateo levantó la cara. Ella puso la palma a la altura de la suya.
No podían tocarse.
Ese había sido el propósito de la separación.
Durante un instante, Valeria recordó la fiebre junto al lago.
El libro sobre las piernas de Mateo.
La lluvia.
La facilidad con que él había decidido quedarse.
Sintió un impulso de ir hacia la luz verde.
Lo sintió con claridad.
No era demasiado tarde para intentar detener el mecanismo.
Se volvió hacia la placa.
Mateo siguió su mirada.
La esperanza apareció en su rostro antes de que ella hiciera nada.
Valeria la vio.
Vio cómo enderezaba el cuerpo. Cómo respiraba más deprisa.
Cómo todavía esperaba una decisión suya.
Se quedó inmóvil.
El impulso pasó.
La luz verde siguió encendida.
No la tocó.
Mateo dejó caer la mano.
Comprendió.
No hubo una revelación nueva.
Solo el final de una espera.
Se apartó del cristal y fue hacia la puerta exterior.
La barra estaba fría.
Se apoyó en ella.
Del otro lado escuchó un sonido leve.
Una rama rozando el muro.
El bosque seguía allí.
Pensó en la ventana por la que había gritado.
En alguien que quizá caminara por un sendero lejano.
En el aire que salía de su boca sin llegar a ninguna persona que pudiera ayudarlo.
Volvió a empujar.
Una vez.
Después se sentó en el suelo, con la espalda contra la puerta.
Valeria tuvo que inclinarse para verlo.
—Mateo.
Él levantó los ojos. No respondió enseguida.
La miró como había mirado los paneles del corredor: buscando algo verdadero entre todo lo que estaba preparado.
—No lo llames amor —dijo.
La voz salió apenas por encima del ruido.
Valeria apoyó una mano en el marco.
Mateo volvió la cabeza hacia la puerta.
Y dejó de mirarla.
La casa no anunció el momento exacto.
El mecanismo se detuvo.
La luz bajo el suelo dejó de parpadear.
Mateo permaneció sentado.
Valeria dijo su nombre.
Esperó.
Lo repitió.
Había preparado muchas frases para el final.
No encontró ninguna cuando él no respondió.
Se quedó junto al cristal hasta que la pantalla sobre la puerta cambió.
MATEO.
Debajo:
ELIMINADO.
La palabra ocupó el mismo lugar que los nombres de los otros.
No lo hizo más sencillo.
Valeria retiró la mano del marco.
En la placa lateral, la luz verde se apagó.
La roja también. Una puerta se abrió a su espalda.
La casa ya no necesitaba que eligiera.
Volvió a la sala por un corredor que ninguno de los hombres había recorrido completo.
Pasó junto a la habitación gris.
Los monitores seguían mostrando espacios vacíos.
El salón de las pantallas.
La cocina.
La terraza.
En uno apareció la grabación de la primera noche.
Nueve personas alrededor de la mesa.
Elías con la cabeza baja.
Gabriel hablando demasiado rápido.
Esteban mirando las ventanas.
Nicolás levantándose del asiento.
Samuel intentando entender.
Bruno haciendo una broma.
Tomás corrigiendo una palabra.
Adrián observando el reloj.
Mateo en silencio.
Valeria se detuvo.
Por un instante, la mesa volvió a estar llena.
Después el video empezó otra vez. La misma mano de Nicolás. La misma sonrisa de Bruno. El mismo movimiento de su propia cabeza bajo la gorra. Valeria apagó el monitor.
En el comedor había nueve sillas.
No retiró ninguna.
Sobre la mesa seguían los objetos que habían conseguido conservar.
La libreta amarilla.
El espejo quebrado.
El plano de Adrián.
La nota de Valeria que Esteban había guardado en el bolso. Había también un vaso con un poco de agua.
Mateo lo había dejado entre los pies mientras vigilaba la pared.
Ahora estaba junto al aparador.
Valeria lo levantó.
Bebió.
El agua estaba tibia.
El agua tibia le humedeció la garganta. No sintió la satisfacción que había imaginado.
Durante mucho tiempo había imaginado que el final iba a parecerse a una puerta que se cerraba en su cabeza.
El silencio llegó.
La puerta no.
La pantalla del comedor se encendió.
PARTICIPANTES CON VIDA: 1.
Debajo apareció su nombre.
VALERIA.
Lo miró.
Había esperado verlo allí. Había construido cada etapa para llegar hasta ese momento.
Aun así, tuvo que leerlo dos veces.
Se lavó la cara en el baño.
El agua corrió sobre las marcas de la barba, la piel irritada y la línea que la malla había dejado en la frente.
En el espejo encontró su rostro.
Ninguna cámara lo reemplazó.
No había un video que pudiera escoger otro gesto.
Valeria se quitó la camiseta oscura.
En un armario del corredor guardaba ropa limpia.
Un vestido sencillo.
Una chaqueta.
Botas.
Se vistió despacio.
El disfraz quedó en una bolsa junto a la puerta de servicio.
No necesitaba llevarlo.
Elías no iba a salir de la casa.
Nunca había entrado realmente.
Valeria sí.
Antes de regresar al comedor, se recogió el cabello.
Al intentar sujetarlo, le temblaron las manos.
Esperó a que dejaran de hacerlo.
Después terminó.
La cámara fría tenía ocho placas completas.
La última llevaba el nombre de Mateo. Los cuerpos estaban allí.
Las plataformas del antiguo taller llegaban hasta la cámara fría por los corredores de servicio. Durante las órdenes de descanso, cuando los hombres quedaban encerrados en sus habitaciones, Valeria había utilizado ese recorrido para trasladar a los muertos. Los registros que dejaba en los monitores cubrían sus ausencias; las ruedas y las guías soportaban el peso. Con Mateo ya no necesitó ocultar el movimiento. La fila completa había exigido trabajo, tiempo y sus propias manos.
Valeria recorrió la fila sin abrir los compartimentos.
En la mesa lateral habían quedado las pertenencias.
La cartera de Gabriel.
El libro de Tomás.
El teléfono de Samuel.
Las llaves de Esteban.
El reloj de Nicolás.
Junto al lugar de Mateo había una fotografía doblada.
La del parque.
Valeria la había perdido en el corredor.
Ahora una esquina ocultaba el rostro de él.
La tomó.
La alisó sobre la mesa.
Durante un momento vio otra vez la manta, el árbol y sus manos juntas.
Guardó la fotografía en el bolsillo de la chaqueta.
No porque pudiera salvar aquella tarde.
Porque todavía no conseguía dejarla allí.
En un cuarto contiguo había una canasta de mimbre.
La había llevado antes de que llegaran los hombres.
No era grande.
Tenía un asa curva y una tela oscura doblada en el fondo.
Valeria la recogió.
La canasta había pertenecido a otra época de su vida. Una mañana de mercado.
Fruta.
Pan.
Una conversación con su madre sobre el peso que podían soportar las asas antes de romperse.
La sostuvo vacía durante unos segundos.
Después volvió hacia los compartimentos.
La casa permaneció en silencio.
Lo que hizo a continuación no apareció en las pantallas del comedor.
No hubo otra prueba.
Ni palabras que transformaran aquello en una respuesta.
Mucho más tarde, cuando salió del cuarto, la tela cubría el contenido de la canasta.
Debajo llevaba ocho corazones.
Los de los ocho hombres que había encerrado.
Ya no eran una metáfora.
La tarde había terminado cuando Valeria regresó a la entrada. Había pasado el día dentro de la casa, moviéndose entre habitaciones que ahora podía atravesar sin pedir nada.
Las luces exteriores mostraban el bosque oscureciéndose.
La puerta principal seguía bloqueada.
No iba a utilizar la terraza.
Caminó hacia la salida posterior.
La que Nicolás y Mateo habían visto en un monitor.
La del sendero.
Esta vez la hoja de cristal se abrió.
Después la verja. Sin preguntas.
Sin una cuenta regresiva.
Valeria dejó la canasta sobre el suelo mientras cerraba la puerta de la casa.
El sonido del cerrojo fue distinto desde afuera.
Pequeño.
Casi inofensivo.
Alzó la vista hacia el edificio.
Las ventanas permanecían oscuras detrás de sus cubiertas.
Desde el bosque nadie habría sabido lo que había ocurrido allí.
No se oía una voz.
Ni un golpe.
Ni la respiración de alguien esperando que le abrieran.
A un costado del sendero había un recinto cercado.
El recinto también venía de antes. Joaquín había mantenido allí a tres hienas procedentes de un parque de fauna que cerró, lejos de los espacios donde ensayaba la compañía. Valeria las conocía desde sus visitas al taller. Después de la herencia había asumido su cuidado y dejado de pagar al encargado cuando cerró la propiedad. Durante el año de preparación, la comida y las rondas por la verja habían sido otra parte de sus días.
Reconocían su olor, la canasta y el camino. Eso no las convertía en animales mansos. Valeria las observó unos segundos antes de tocar el cierre. Si se acercaban demasiado, ya no quedaba una pantalla que la separara de ellas.
Valeria se acercó a la puerta.
Del otro lado se movieron varias sombras bajas.
Una hiena llegó hasta la malla.
Olió el aire.
Después miró la canasta.
Valeria levantó el cierre.
La puerta quedó abierta.
Retrocedió.
El primer animal salió con cautela.
Otro lo siguió.
No corrieron hacia ella.
La rodearon a cierta distancia, reconociendo el olor que venía bajo la tela. Valeria volvió al sendero.
Recogió la canasta.
Pesaba más de lo que había imaginado antes de llenar la casa.
La sostuvo con ambas manos hasta acomodar el asa sobre el antebrazo.
Luego empezó a caminar.
A su espalda, las patas pisaron las hojas.
Una.
Otra.
Varias.
La casa quedó entre los árboles.
Delante, el sendero se internaba en un bosque que ya no tenía luz suficiente para distinguir su final.
Valeria no aceleró.
Las hienas tampoco.
Y bajo la tela oscura, los ocho corazones permanecieron inmóviles mientras ella daba el primer paso hacia la noche.
