Capítulo 35 de 35

Lo que es bosque se llevó

La primera hiena caminaba a tres pasos de ella.

Valeria no se volvió para mirarla.

La escuchaba.

El roce de las patas entre las hojas, la respiración breve, el sonido húmedo de un hocico buscando un olor que no pertenecía al bosque.

La canasta golpeaba suavemente contra su pierna. Había dejado la casa detrás, pero todavía distinguía una parte del techo entre los troncos. Una línea recta, demasiado oscura incluso para aquella noche.

Siguió caminando. El sendero descendía y después giraba junto a un árbol partido.

Lo conocía.

Había recorrido aquel camino muchas veces antes de que llegaran los hombres. Había subido con cajas, con la libreta de inventario o con las manos vacías después de dejar comida en el recinto.

Ahora llevaba otra cosa.

La hiena se acercó.

Valeria levantó una esquina de la tela.

Nicolás le había enseñado a mirar la luz de una ventana.

Durante un tiempo, ella calculaba las visitas para llegar cuando el sol tocaba el alféizar. Le gustaba encontrarlo allí, con un libro abierto que casi nunca estaba leyendo. Él levantaba la cabeza al escuchar sus pasos.

Sonreía.

Valeria recordaba aquella sonrisa antes de recordar la escalera.

Era una crueldad de la memoria: no había dejado que todo se volviera malo.

Todavía conservaba la librería, el café, la planta.

El beso junto a la pared gris del edificio de enfrente.

Después llegaba la noche del cumpleaños.

La comida derramada.

La puerta.

El silencio.

Valeria sacó el primer corazón de la canasta.

No sabía si era el de Nicolás.

Al colocarlos dentro había perdido el orden. Durante días había separado sus nombres, sus frases y sus habitaciones. Allí, bajo la tela, ya no encontraba la diferencia con la misma facilidad.

Lo arrojó hacia un lado del sendero.

La hiena dejó de seguirla.

Otra pasó junto a ella y se internó entre las hojas.

Valeria continuó.

Detrás, el bosque se llenó de un movimiento breve.

Luego volvió el sonido de las patas.

El asa le lastimaba el antebrazo.

Cambió la canasta de lado.

La tela se desplazó y dejó visible parte del contenido. La acomodó sin detenerse.

El aire estaba más frío que cuando salió.

No había luces delante.

Ningún coche.

Ninguna casa al otro extremo de los árboles.

Solo un sendero que ella sabía seguir aunque a veces no pudiera verlo.

Gabriel había dicho que necesitaba un poco de ayuda.

Valeria recordó la primera vez.

Una conversación larga.

Una mesa con papeles.

La vergüenza de él al pedir.

A ella le gustó que confiara lo suficiente para hacerlo.

Después vinieron otras peticiones.

Los ahorros.

Los pagos.

Las cosas que pospuso. Le había resultado más fácil renunciar a algo suyo que permitir que él se sintiera solo.

Una rama rozó su chaqueta.

Valeria la apartó.

Recordó el sobre donde guardaba el dinero para publicar.

Vacío.

La hiena más cercana emitió un sonido bajo.

Ella sacó otro corazón.

Lo lanzó por encima de un tronco caído.

Dos animales se apartaron del sendero.

Valeria no esperó a que regresaran.

En la casa, la última pantalla permanecía encendida.

PARTICIPANTES CON VIDA: 1.

La cámara del comedor seguía grabando nueve sillas.

Una taza.

Un espejo quebrado.

No había nadie frente a quien continuar.

Durante unos minutos, el sistema mantuvo la imagen de la puerta de servicio. Después cambió a la sala.

Los colchones seguían juntos en el suelo.

Una manta tenía la forma hundida del cuerpo que la había utilizado.

Las habitaciones conservaron sus luces programadas hasta que llegó la hora de apagarse.

Desde afuera, nada de aquello era visible.

El bosque no oyó el zumbido de la cámara fría.

No oyó un altavoz encenderse por última vez y reproducir, en una sala vacía:

—Bienvenidos. Valeria llegó al árbol partido.

Se detuvo para pasar la canasta por encima de una raíz.

El vestido se le enganchó en una astilla.

Tiró demasiado deprisa.

La tela se rasgó cerca del borde.

Miró el pequeño corte.

Por un instante, pensó en Tomás.

En una cena.

En la manera en que él le corregía la ropa antes de salir, como si ella fuera un borrador que necesitaba ajustar para presentarlo al mundo.

También recordó el libro que le compró.

La dedicatoria.

Una tarde en que él la escuchó hablar de una historia y le dijo que quería leerla primero.

Antes de las risas.

Antes de los amigos.

Antes de que aquella atención se convirtiera en un modo de medir cuánto podía avergonzarla.

Valeria dejó de tirar del vestido.

Lo soltó de la astilla con los dedos.

La prenda quedó dañada.

Nadie iba a mirarla al entrar en una fiesta.

Nadie iba a decirle que hubiera escogido otra.

Una hiena apareció sobre el sendero, más adelante.

Esperaba.

Valeria apartó la tela de la canasta.

Arrojó el tercer corazón entre los arbustos.

El animal saltó fuera del camino. Ella pasó. Había una piedra grande junto a una curva.

Valeria se sentó.

La canasta quedó entre sus botas.

Escuchó a los animales moverse a su alrededor. Uno permaneció cerca, con la cabeza baja. Los otros eran sonidos entre la oscuridad.

Se frotó el antebrazo.

La marca del asa estaba roja.

Después se tocó la mandíbula.

Todavía sentía el lugar donde había llevado la barba.

Elías había empezado a existir mucho antes de que los hombres despertaran.

En un espejo.

En una voz ensayada.

En ropa que cambiaba la forma de sus hombros. Había practicado la manera de caminar y de bajar los ojos. Al principio se sentía torpe. Después empezó a reconocer aquel cuerpo como una herramienta.

Adrián le habría dicho que estaba recordándolo mal.

Que alguien no podía dejar de parecerse a sí mismo solo porque se pusiera una gorra.

Pero ellos habían visto lo que esperaban ver.

Valeria miró sus manos.

El pulgar con la cicatriz. La misma piel que Nicolás había observado sin terminar de comprender.

Sacó el cuarto corazón.

Lo lanzó lejos de sus pies.

La hiena que esperaba se alejó tras él.

Valeria siguió sentada hasta que dejó de oírla. Samuel había permanecido en el teléfono con ella una vez.

Una sola noche que no formaba parte de la prueba.

Valeria estaba en cama, con una fiebre leve, y él le contó el argumento de una película que había visto de niño.

No lo recordaba bien.

Inventó partes.

Ella lo escuchó medio dormida.

Se rio cuando él admitió que quizá había mezclado dos películas distintas.

—Sigue —le pidió.

Samuel siguió.

No tenía que hacerlo.

Aquella noche quiso.

Valeria había conservado ese recuerdo junto a los otros, incluso después de descubrir los mensajes y las risas compartidas.

Ahora lo encontró sin buscarlo.

La voz de Samuel.

La oscuridad tranquila de su dormitorio.

La confianza de quedarse dormida sabiendo que alguien no había colgado.

Valeria se levantó de la piedra.

La canasta pesaba menos.

Eso no aligeró el recuerdo.

El quinto corazón cayó junto a un matorral.

Las hienas se movieron detrás.

Ella retomó el sendero.

La luna apareció entre dos ramas. Solo un fragmento.

Valeria la miró hasta que una nube volvió a cubrirla.

Esteban había comprado una bufanda para ella después de la tarde en la feria de libros.

Dijo que así no tendría que robarle la suya.

Valeria la usó durante meses.

Le gustaba enterrarle la cara y recordar el abrazo junto al coche.

Después empezó a recibir llamadas cada vez que salía.

Fotografías que tenía que enviar.

Preguntas que ya no eran preguntas. La misma persona que había querido protegerla del frío la dejó esperando fuera de una puerta.

Valeria se detuvo.

Escuchó una rama quebrarse a la derecha.

Una hiena cruzó detrás de ella.

Otra se acercó tanto que su hocico rozó el borde de la canasta.

Valeria la apartó hacia el otro lado del cuerpo.

No acarició al animal.

Sacó el sexto corazón y lo arrojó hacia la pendiente.

Las sombras lo siguieron.

Por unos segundos se quedó sola sobre el camino.

Bruno había sido el primero que consiguió hacerla reír cuando ella llevaba una semana entera sin ganas de hablar.

La lavandería.

Las camisetas rosadas.

El calcetín levantado como un trofeo.

Valeria casi sonrió al recordarlo. El gesto se detuvo antes de llegar a su boca.

Pensó en la fotografía del sofá.

No en la que había encontrado en la conversación.

En el momento anterior.

Ella dormida.

La cabeza sobre su pecho.

Bruno todavía podía haber dejado el teléfono donde estaba.

Podía haber mirado la cara de alguien que confiaba en él y continuar abrazándola.

Valeria recordó cuánto había querido que esa hubiera sido la historia.

Una noche sin imagen.

Sin un grupo riéndose.

Sin la necesidad de pedir que borraran algo que nunca debió convertirse en una broma.

Lanzó el séptimo corazón hacia la oscuridad.

Una hiena pasó junto a ella para alcanzarlo.

La tela se hundió sobre lo que quedaba en la canasta.

Solo uno.

El sendero llegaba a un pequeño claro.

Allí los árboles se separaban lo suficiente para dejar entrar un poco de luz.

Valeria se detuvo.

Apoyó la canasta en el suelo.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la fotografía del parque.

La había doblado al guardarla.

Una línea atravesaba la manta.

Mateo seguía mirándola en la imagen. Ella tenía los ojos cerrados. La mano de él sostenía la suya.

Valeria pasó el pulgar por el borde.

Recordó el lago.

El cuento leído junto a la cama.

El estante vacío en el armario.

La servilleta con los gastos del apartamento. Había querido una vida entera.

No un último mensaje.

No una explicación suficiente.

Una vida donde pudiera entrar en una habitación sin revisar primero qué parte de sí misma debía dejar fuera.

El bosque permaneció quieto.

Desde algún lugar detrás llegó el sonido de una hiena.

Valeria levantó los ojos.

Por un momento, en aquella oscuridad, vio a Mateo sentado contra la puerta final.

No era una aparición.

Era un recuerdo demasiado reciente.

No lo llames amor.

La frase regresó con su voz.

Valeria bajó la fotografía.

No sabía cuál era el último corazón.

Podía ser el de Mateo.

Podía no serlo.

Ya no había un nombre que se lo dijera.

Se agachó junto a la canasta y retiró la tela.

Las hienas se acercaron hasta el borde del claro. Una se detuvo delante. Tenía el hocico húmedo y los ojos fijos en sus manos.

Valeria tomó el último corazón.

Lo sostuvo apenas un instante.

Durante días había esperado que cada muerte quitara algo de su dolor. Había visto apagarse los nombres.

Había cerrado compartimentos.

Había salido por una puerta que obedecía solo cuando ella la tocaba.

Ahora quedaba aquella última cosa en su mano.

La fotografía en la otra.

Y dentro de su pecho, un latido que seguía sin parecerse a la paz.

Arrojó el corazón más allá del claro.

La hiena corrió tras él.

Las otras desaparecieron entre los árboles.

Valeria escuchó el movimiento sin mirar.

Después dobló la fotografía.

La guardó de nuevo.

Levantó la canasta vacía.

La tela oscura quedó arrugada en el fondo.

Por primera vez desde que salió de la casa podía sostenerla con una sola mano sin que el asa le cortara la piel.

Se volvió hacia el sendero.

No alcanzaba a ver el edificio.

Los árboles lo habían ocultado por completo.

Allí permanecían los ocho cuerpos.

Las cámaras. Las sillas.

Los juegos que ya no tenían a quién esperar.

Valeria recordó la primera frase que había preparado para la bienvenida.

Una mujer que ya no cree en las segundas oportunidades.

La había dicho frente a una cámara hasta encontrar el tono que quería.

Ahora no había un objetivo delante.

No necesitaba pronunciarla.

Dio un paso.

Después otro.

Las hienas regresaron al sendero. Una se adelantó hasta olfatear la canasta vacía; Valeria la apartó de su pierna con el movimiento del asa y siguió andando. Las otras quedaron detrás, al paso tranquilo que habían mantenido desde la casa.

Valeria no se volvió.

El aire entraba frío por la rasgadura del vestido. Una rama rozó la canasta vacía y produjo un sonido leve.

Siguió avanzando hasta que la última franja de luna desapareció.

Nadie la vio salir del claro.

Nadie escuchó su nombre.

La casa había quedado atrás, cerrada y silenciosa.

Valeria se internó en el bosque con las hienas a su espalda. Dentro de su pecho quedaba el único corazón que no había arrojado.

Y continuaba golpeando.

FIN


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