Capítulo 15 de 15

Donde el amor funda su reino

El lago Petén Itzá apareció cinco semanas después de abandonar Chichén Itzá. Los mercaderes habían repetido su nombre durante el viaje; para Sac-Nicté había sido, hasta entonces, un lugar que otros conocían y ella necesitaba creer posible. Sac-Nicté no lo vio primero. Oyó las voces de quienes iban delante: una exclamación, pasos apresurados, alguien llamando a los niños.

Después los árboles se abrieron. El agua se extendía bajo el sol con una amplitud que la hizo detenerse. Al otro lado se levantaban laderas verdes; cerca de la orilla había humo, viviendas y pequeñas embarcaciones. Canek llegó junto a ella apoyándose todavía en un bastón. Había imaginado aquel lugar desde que los exploradores les hablaron de él. Ahora permanecía callado, como si necesitara comprobar que el agua no iba a desaparecer. Sac-Nicté dejó el cesto en el suelo.

—Tenemos que preguntar dónde podemos descansar —dijo.

Canek la miró y sonrió. La orilla ya tenía habitantes. Antes de pensar en levantar una casa, debían presentarse ante ellos.

⁂

Los recibieron con cautela. Los mensajeros enviados durante el viaje habían llegado días antes, pero ver aparecer a tantas familias era distinto de escuchar una petición. Tres representantes de la población aguardaban bajo una sombra. El mayor observó los cargadores, los niños dormidos y los bultos que apenas conservaban su forma.

Canek se acercó acompañado por el hermano de Ek, que conocía a algunos comerciantes del lugar. Sac-Nicté permaneció con las familias. Desde allí vio los gestos de la conversación: las manos que señalaban el agua, las miradas hacia las viviendas, una espera larga antes de cada respuesta.

Finalmente les permitieron ocupar un terreno apartado de las casas, junto a un acceso al lago. Podrían permanecer mientras se discutían las condiciones de una estancia más larga. Debían respetar las parcelas existentes, compartir ciertos trabajos y consultar dónde levantarían sus viviendas. Canek regresó para explicarlo. Un hombre preguntó cuánto tendrían que entregar. Otro quiso saber si habría tierra suficiente. Noh levantó su cesto.

—Primero voy a sentarme.

Varias personas rieron. Fue una risa cansada, pero Sac-Nicté la recordó mucho tiempo después.

⁂

Las primeras noches durmieron bajo refugios incompletos. Sac-Nicté despertaba cada vez que el viento levantaba las hojas del techo. A veces tardaba en recordar dónde estaba; buscaba el patio de Mayapán, la lámpara de Yax o el ruido de los recipientes en Chichén Itzá. Encontraba a Canek dormido a su lado. Tenía una mano extendida cerca de la suya. La joven se acercaba hasta tocarla y volvía a cerrar los ojos. Durante el día casi no estaban juntos.

Canek acudía a reuniones, acompañaba a quienes exploraban los terrenos y escuchaba disputas por materiales o lugares para dormir. Sac-Nicté ayudaba a organizar los alimentos y a identificar a quienes necesitaban atención antes de recibir una tarea. No siempre estaban de acuerdo. La primera discusión llegó por un almacén. Canek había aceptado levantarlo en una parte del terreno que durante una lluvia quedó inundada. Sac-Nicté llegó hasta él con la ropa mojada.

—Tenemos dos cargas húmedas.

—Me dijeron que el suelo resistía.

—Quienes viven aquí dijeron que esperáramos.

Canek dejó la cuerda que estaba anudando. Alrededor, varios trabajadores fingieron continuar sin escuchar. Él miró hacia el lago.

—Quería terminar algo antes de que volvieran las lluvias.

Sac-Nicté sintió que su enojo cedía apenas.

—También yo.

Canek regresó al almacén con ella. Esa tarde trasladaron las cargas entre los dos, junto a quienes habían ayudado a levantarlo.

⁂

La planta encontró su lugar varias semanas después. Noh eligió un espacio cerca de la vivienda que Canek y Sac-Nicté compartían. Había buena luz y suficiente distancia del paso para que nadie la aplastara. La joven se arrodilló con el cesto entre las piernas. Las raíces se habían enredado en la tela. Yax se sentó a su lado.

—Despacio. Después de tanto viaje, no la vayas a matar por impaciente.

Canek llegó con agua y se quedó observando. Sac-Nicté lo miró.

—Vas a tener que ayudar.

Él dejó el recipiente y se arrodilló frente a ella. Entre ambos desprendieron las raíces. Había partes dañadas, pero también otras nuevas, finas y claras. Noh había recortado los extremos lastimados y cambiado varias veces la tela durante el camino. Los chiles del huerto debían de estar floreciendo ya; aquel, después de tantos traslados, seguía pequeño.

—No le exijan que dé fruto enseguida —advirtió—. Primero tiene que agarrarse a esta tierra.

Sac-Nicté abrió la tierra. Mientras acomodaba la planta recordó el cesto roto, la palma herida de Canek y la vergüenza alegre que había sentido al mirarlo demasiado tiempo.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Ella negó, sonriendo. Canek terminó de cubrir las raíces. Después se miraron las manos llenas de tierra. Yax se levantó con esfuerzo.

—Ahora pueden besarse. Ya acabaron.

Sac-Nicté rio. Canek la atrajo hacia él y la besó mientras Noh se llevaba el cesto vacío.

⁂

Las noticias de Mayapán llegaron con una pequeña comitiva de comerciantes. Su padre había devuelto parte de las entregas y acordado nuevas condiciones para las restantes. La disputa con Uxmal seguía abierta, aunque los hombres armados habían abandonado los caminos utilizados para perseguirlos. Entre los viajeros venía la encargada de las cocinas de Mayapán. Sac-Nicté tardó en reconocerla sin la tela de trabajo sobre el hombro. La mujer colocó ante ella una relación pintada y un pequeño atado de cuentas.

—Esta vez me enviaron para decir lo que recibimos de verdad.

Sus hijas seguían trabajando en las cocinas. El gobernante había anunciado delante de los responsables de los depósitos que nadie perdería su lugar por declarar. Después las llamó para escucharlas sin Ahau Tun presente.

La revisión había durado varias jornadas. Aparecieron entregas desviadas para alimentar escoltas privadas y cantidades exigidas por segunda vez a las mismas poblaciones. Ahau Tun perdió el mando de los puestos y el acceso a los registros. Sus reservas retenidas quedaron apartadas para restituir parte de lo cobrado.

—No todo estaba en su casa —añadió la mujer—. Tu padre tuvo que reconocer lo que había autorizado él.

Sac-Nicté recorrió con el dedo los grupos de signos. La mujer le mostró cuáles correspondían a las cargas ya devueltas y cuáles seguían pendientes. Uno de los mercaderes vació el atado: eran las cuentas entregadas por una familia para liberar a un cargador. Los enviados habían buscado a sus dueños en Chichén Itzá, pero estos habían partido hacia el lago.

Sac-Nicté reconoció al hombre cuando lo trajeron. Lo había visto arrodillarse junto a un niño durante el viaje. Dejó las cuentas delante de él. El hombre las separó sin prisa. Faltaban dos.

—Voy a decirlo —respondió ella.

Él recogió las restantes y se las entregó a su mujer.

—Di también que llegaron estas.

Sac-Nicté pidió a la encargada que anotara la diferencia. Aquella devolución incompleta le pareció más real que cualquier anuncio de que todo estaba reparado. Sac-Nicté escuchó sin interrumpir. Aquello no reparaba todo cuanto había ocurrido. Pero podía imaginar a la encargada de las cocinas hablando por fin sin mirar hacia la puerta. El mensajero le entregó después un atado de prendas y una cinta para el cabello que había pertenecido a su madre. Sac-Nicté se sentó antes de desenvolverla.

Su padre pedía noticias de su salud. Quería saber si habían encontrado agua segura y si la planta seguía viva. Yax se apartó para dejarla llorar. Sac-Nicté la llamó de vuelta. Pidieron al mensajero que repitiera las palabras de su padre. Después prepararon juntas una respuesta para que él pudiera aprenderla y llevarla de regreso. Sac-Nicté habló de la planta, del agua del lago y de las cuentas que todavía faltaban. Quiso que su padre oyera las tres cosas.

⁂

De Chichén Itzá supieron por un viajero que había permanecido allí varias lunas. Algunas casas seguían habitadas. Otras habían sido saqueadas por grupos que llegaron después de la retirada de los ejércitos. El tío de Canek había conseguido conservar parte de las reservas y organizar ayuda entre quienes se quedaron. Preguntaba si podían volver los que habían cambiado de parecer.

El viajero traía además las cuentas revisadas ante las familias que permanecieron. El tío de Canek había reconocido la parte de los cobros que autorizó y entregado bienes de su casa para las primeras restituciones. Dos responsables de los almacenes vigilaban el reparto. Los afectados aún discutían lo que faltaba. Canek pidió que repitiera los nombres de los testigos. Conocía a uno de ellos: era el hombre que había ido a buscar al hermano retenido de un cargador.

Solo entonces dejó de sujetar con tanta fuerza el borde del asiento. Canek escuchó la petición con el rostro inmóvil. Al terminar, pidió al viajero que comiera antes de seguir hablando. Esa noche Sac-Nicté lo encontró junto al lago.

—¿Quieres regresar? —preguntó.

Él recogió una piedra y la sostuvo en la palma.

—Quiero ver mi casa.

Sac-Nicté se sentó a su lado. Canek tardó en continuar.

—Pero también quiero terminar la que estamos construyendo.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro. Al día siguiente organizaron provisiones para las familias que deseaban volver. Otras pidieron tiempo para decidir. Canek les ofreció acompañantes hasta el tramo de camino que conocían mejor. Cuando partieron, permaneció junto a Sac-Nicté viendo alejarse a un muchacho que llevaba envuelto un objeto de su padre. Había aceptado que lo dejara en la casa donde creció.

⁂

La unión se celebró al terminar una jornada de trabajo. No hubo una ciudad convocada para presenciar un acuerdo. Estaban Yax, Noh, Ek y su familia, Naal e Itzel, Chuc con su hermana, los amigos que habían hecho durante el viaje y algunos vecinos de la orilla.

Compartieron tamales, frijoles y pescado del lago sobre esteras y bancos prestados. Los vecinos habían enseñado a los recién llegados dónde conseguir hojas para envolver la masa y qué zonas de la orilla debían dejar libres para las embarcaciones. Sac-Nicté llevaba la cinta de su madre entre el cabello. Canek se acercó cuando Yax terminó de acomodarla. Durante unos segundos volvió a mirarla con la misma atención del primer patio.

—¿Estás nervioso? —preguntó ella.

—Mucho.

Sac-Nicté le tomó la mano. Frente a quienes los acompañaban, ambos dijeron que deseaban compartir su casa y su vida. Canek se volvió hacia ella antes de terminar.

—Te prometí que podrías venir por voluntad tuya.

La joven sintió humedad en los ojos.

—Y he venido.

Él sonrió. Sac-Nicté apretó sus dedos.

—Quiero quedarme contigo. Habrá días en que discuta, en que extrañe mi casa y en que no sepa qué hacer.

Canek le acarició el dorso de la mano.

—Te escucharé.

Yax carraspeó desde su asiento.

—Más te vale.

La risa recorrió a los presentes. Canek besó a Sac-Nicté y ella lo abrazó sin mirar quién podía estar observándolos.

⁂

Mucho tiempo después, algunos contarían que un rey había arrebatado a una princesa y que todo un pueblo lo había seguido por amor. Quienes recorrieron aquel camino recordarían más cosas. El peso de los alimentos mojados. La cuerda sobre el cauce. Los nombres de quienes habían regresado y de quienes encontraron una nueva familia junto al lago.

Sac-Nicté conservó esos nombres. Cuando alguien llegaba solicitando ayuda, procuraba escuchar antes de mirar las cuentas. Canek seguía aprendiendo a detenerse cuando otro hombre decía conocer mejor el terreno. A veces discutían. A veces se dormían tan cansados que apenas alcanzaban a tocarse las manos. También hubo mañanas tranquilas.

Una de ellas, Sac-Nicté salió de la casa y encontró a Canek agachado junto a la planta que habían llevado desde Chichén Itzá. La llamó sin levantar la voz. Entre las hojas había aparecido el primer brote de una nueva temporada. Sac-Nicté se sentó a su lado. Canek le acomodó detrás de la oreja un mechón que se había escapado de la cinta.

—¿Le falta agua? —preguntó.

Ella hundió un dedo en la tierra y sonrió.

—Todavía no.

Permanecieron allí hasta que el sol alcanzó la entrada de la casa. Luego oyeron a Yax llamarlos para comer. Sac-Nicté se levantó y ofreció la mano a Canek. Él la tomó.

Fin.