Capítulo 14 de 15

La orilla de su nombre

Ulil miró hacia el sendero por donde se alejaban las familias. Había más personas de las que esperaba. Vio a un anciano sostenido entre dos muchachos, a una mujer cargando recipientes vacíos, a varios niños que avanzaban sin volver la cabeza. Después miró a Canek.

—Has sacado a tu gente de sus casas.

Canek mantuvo el peso sobre la pierna sana.

—Algunas familias decidieron venir. Otras se quedaron.

—Y tú elegiste marcharte.

—Sí.

Ulil se agachó junto al agua para lavarse el barro de una mano. Al incorporarse, observó la cuerda tendida entre las orillas. Sac-Nicté dio otro paso.

—Mis decisiones puedes preguntármelas a mí.

El hombre la miró largamente. Desde Uxmal había imaginado aquel encuentro de muchas maneras. En algunas, ella lloraba al verlo. En otras, Canek se negaba a dejarla hablar. Ahora la tenía enfrente con el vestido manchado, un arañazo en la mejilla y los pies hundidos en el barro. Le costó reconocer a la joven que había recibido en sus jardines.

—Tu padre ha pasado días sin dormir —dijo.

Sac-Nicté apretó las manos contra los costados.

—Yo también.

⁂

El gobernante de Mayapán llegó antes del mediodía. Venía con una escolta pequeña y el mensajero del consejo de Uxmal, que había salido del campamento para alcanzarlos. Más atrás, entre los árboles, se distinguían otros hombres que se habían detenido al recibir la señal. Cuando vio a su hija al otro lado del cauce, aceleró el paso.

Sac-Nicté sintió un dolor súbito en la garganta. No había dejado de imaginarlo como lo vio la última mañana en Uxmal: cansado, sentado frente a ella, incapaz de retirar una orden. Ahora parecía haber envejecido durante el camino. Su padre se detuvo junto a Ulil. Miró el agua, la cuerda y los hombres que aguardaban cerca de Canek.

—Ven a hablar conmigo.

Sac-Nicté negó lentamente. Él miró hacia Canek.

—¿No la dejarás cruzar?

La joven sintió que el miedo se convertía en enojo.

—Estoy aquí porque yo he decidido esperar.

Su padre volvió hacia ella. Esta vez no pudo evitar escucharla.

—No cruzaré para que vuelvas a retenerme —continuó—. Si quieres acercarte, puedes hacerlo sin tus guardianes.

Ulil se movió a su lado.

—No conviene.

El gobernante lo apartó con un gesto. Durante unos segundos observó la corriente. Después dejó su arma en manos de uno de sus acompañantes. Sac-Nicté hizo lo mismo con la pequeña hoja de obsidiana que llevaba al cinturón para cortar cuerdas. Su padre entró en el agua.

⁂

Canek quiso ayudarlo en el tramo más difícil. Sac-Nicté le tocó el brazo antes de que avanzara. La rodilla se le había inflamado. Ek entró en su lugar y sostuvo al hombre hasta que alcanzó la orilla. El gobernante recuperó el equilibrio. Luego vio a Yax, sentada junto a los atados. Ella inclinó la cabeza, pero no se levantó.

—Te dije que responderías por sus salidas.

Yax lo miró con los ojos cansados.

—La he acompañado.

El hombre cerró los labios. Sac-Nicté se acercó. Por un instante ninguno supo cómo recibir al otro. Él alzó una mano hacia su rostro. Ella permitió que le rozara el arañazo de la mejilla.

—¿Quién te hizo esto?

—Una rama.

Su padre bajó la mano. Detrás de ellos, Naal ayudaba a su hermana a beber. Canek había pedido que continuaran, pero Itzel aún no podía mantenerse de pie. El gobernante observó sus prendas mojadas.

—No pueden seguir así.

Sac-Nicté miró a las dos mujeres.

—Necesitan descansar. Y comida seca. Hemos perdido parte de una carga.

Su padre se volvió hacia Canek.

—Llevaste a estas personas por caminos que no podían recorrer.

Canek recibió el reproche sin moverse.

—Algunas necesitaban más ayuda de la que calculamos.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Sac-Nicté intervino.

—Padre, míralo.

Canek tenía barro hasta los muslos, una venda húmeda alrededor de la mano y sangre seca bajo la rodilla. Su padre lo vio de verdad por primera vez. La joven continuó:

—Ha pasado la mañana dentro del agua. Podemos hablar de sus errores. Pero primero necesitamos que esas personas puedan llegar al próximo refugio.

⁂

Se sentaron sobre unas piedras apartadas. Canek permaneció cerca del cauce con sus acompañantes. Les había dado espacio sin alejarse tanto que Sac-Nicté no pudiera llamarlo. Su padre observó la distancia entre ambos.

—Lo quieres.

No fue una pregunta. Ella asintió. El hombre inclinó la cabeza. Durante un rato se limitó a frotarse las manos, aún frías por el agua.

—Yo también quería a tu madre.

Sac-Nicté sintió el impulso de levantarse.

—No uses su recuerdo para pedirme que vuelva.

Su padre alzó los ojos. La dureza de su expresión cedió.

—No iba a hacerlo.

Ella permaneció sentada. El hombre miró la corriente.

—Cuando enfermó, seguí recibiendo a los administradores todas las mañanas. Creía que, si atendía cada asunto a tiempo, podría pasar las tardes con ella.

Sac-Nicté recordaba aquellas tardes. Su madre preguntando si él había terminado. Los servidores trayendo explicaciones. Yax acomodando la lámpara cuando ya oscurecía.

—Siempre surgía algo más —dijo él.

Sac-Nicté se apretó una mano con la otra. No sabía qué hacer con una confesión que había esperado durante años.

—Cuando te pedí regresar contigo, todavía quería que me ayudaras.

Su padre cerró los ojos.

—Lo recuerdo.

—Me dijiste que la unión se haría en seis días.

Él asintió una vez. La joven respiró despacio.

—No voy a volver como prometida de Ulil.

Su padre se quedó mirando el suelo.

—He dado mi palabra.

—Y yo nunca di la mía.

El hombre levantó el rostro. Sac-Nicté sintió que esta vez las palabras habían llegado completas.

⁂

Ulil cruzó poco después. No llevaba armas, pero uno de sus hombres permaneció junto a la cuerda. Al ver al padre y a la hija sentados, redujo el paso. El gobernante se levantó.

—No habrá unión.

Ulil se detuvo. Durante unos instantes pareció no comprender.

—Has recibido las primeras cargas.

—Responderé por ellas.

El gobernante pidió que se acercaran el mensajero del consejo de Uxmal y dos hombres que conocían las entregas. No quiso que lo acordado dependiera de lo que cada uno recordara después.

—Las cargas que permanecen enteras en Mayapán se devolverán cuando los caminos permitan llevarlas. Lo consumido se contará ante las dos casas y se cubrirá con las próximas entregas de mantas y alimento que podamos sostener. Ninguna familia pagará otra vez una carga ya recibida.

Ulil cruzó los brazos.

—Las próximas entregas pueden tardar.

—Por eso no te pido que aceptes mi palabra a solas. Los responsables de los depósitos mostrarán lo que queda. Tus enviados podrán presenciar la devolución. No habrá hombres retenidos para obligar a pagar.

El mensajero de Uxmal pidió que se aclarara quién acompañaría las cargas y dónde se reunirían las casas. Tardaron en convenir un lugar al que pudieran llegar ambas comitivas. Si la lluvia impedía el paso, los mensajeros comunicarían una nueva fecha antes de exigir lo pendiente. Sac-Nicté escuchó a su padre repetir lo acordado. Nadie había mencionado su matrimonio como garantía.

Ulil se volvió hacia ella. La posibilidad de obtener una reparación estaba allí, delante de los testigos. Continuar persiguiéndola significaba desobedecer a su propio consejo y arriesgar la devolución que acababan de ofrecerle.

—Has aceptado hombres para proteger tus caminos.

—También responderé por eso.

Ulil miró a Sac-Nicté. La joven sostuvo su mirada. El heredero se pasó la lengua por los labios agrietados.

—¿Y mi casa? —preguntó—. ¿Qué les digo a quienes esperaban ese acuerdo?

El padre de Sac-Nicté tardó en contestar.

—Que lo prometí sin contar con su consentimiento.

Ulil dejó escapar una risa breve, incrédula. Se alejó unos pasos y miró hacia el sendero. Los últimos cargadores aguardaban bajo los árboles. Nadie parecía una amenaza. Canek estaba ayudando a acomodar el apoyo donde Itzel descansaría durante el siguiente tramo. Ulil regresó hacia Sac-Nicté.

—Podrías haberme amado.

Ella sintió pena por el hombre que había entrevisto en el jardín de Chichén Itzá, dispuesto a aprender qué le gustaba. También recordó a los guardianes en la puerta.

—Nunca lo sabremos.

Ulil bajó los ojos.

—Me negaste antes de que intentara retenerte.

—Sí.

Él recibió la respuesta como si todavía le doliera más que todas las demás. Después se volvió hacia el gobernante.

—Retiraré a mis hombres de este paso. Las entregas se discutirán ante ambas casas.

—Así será.

El mensajero pidió repetir las condiciones. Ulil lo escuchó con el rostro tenso y aclaró cuáles reservas debían devolverse primero. Después ordenó que no se requisaran provisiones durante el regreso. Sac-Nicté no confundió aquella retirada con un perdón. Ulil había encontrado una salida que podía defender ante su casa. Le bastó saber que ya no pretendía llevarla consigo. Ulil miró una vez más a Sac-Nicté. No se despidió. Cruzó el cauce y llamó a sus acompañantes.

⁂

El padre de Sac-Nicté envió por alimentos. Los hombres de Mayapán acercaron dos cargas y varias mantas protegidas de la lluvia. Canek recibió la ayuda sin convertirla en una ceremonia. Acordaron un paso seguro hasta el siguiente lugar de descanso. Más allá, el gobernante no conocía los caminos ni podía prometer cómo responderían otras poblaciones.

—No enviaré hombres detrás de ustedes —dijo.

Canek inclinó la cabeza.

—Lo recordaré.

Sac-Nicté estaba junto a Yax cuando su padre volvió a buscarla. Traía algo dentro de la mano. Era un fragmento de barro. Ella lo reconoció por el borde oscuro.

—Lo encontré en el huerto —explicó él.

Sac-Nicté recibió la pieza. Después lo condujo hasta el cesto donde viajaban las raíces. Su padre miró la planta, envuelta entre telas húmedas. Tocó una hoja con la punta del dedo.

—Vas a llevarla todavía más lejos.

—Eso espero.

El hombre asintió. Parecía tener muchas cosas que decir y ninguna que pudiera pronunciar fácilmente. Sac-Nicté se acercó y lo abrazó. Su padre la rodeó con los brazos de inmediato. Ella sintió el temblor en su espalda. No le pidió que dejara de llorar.

⁂

Partieron cuando el sol ya estaba bajo. Itzel pudo continuar con el apoyo de dos hombres. Naal llevaba las mantas recibidas. Ek caminaba junto a la cuerda enrollada que aún necesitaban secar. Sac-Nicté se volvió antes de entrar entre los árboles. Su padre permanecía en la orilla. Levantó una mano. Ella respondió. Canek la esperó unos pasos adelante. Tenía el rostro contraído cada vez que apoyaba la pierna. Sac-Nicté pasó el brazo de él sobre sus hombros.

—Ahora te toca aceptar ayuda.

Canek apoyó la frente contra su sien.

—Estás temblando.

—Todavía.

Caminaron despacio hasta alcanzar a los demás. A sus espaldas, el agua siguió corriendo entre dos orillas que ya no necesitaban defender.