Capítulo 13 de 15
El agua entre nosotros
La lluvia los alcanzó al tercer día. Primero llegaron unas gotas grandes, separadas, que oscurecieron la tierra entre las raíces. Varias personas levantaron el rostro con alivio. Después el sendero empezó a desaparecer. Sac-Nicté sujetó el cesto contra su cuerpo mientras ayudaba a una mujer a bajar una pendiente. La hermana de aquella mujer avanzaba apoyada entre dos hombres; cada paso le provocaba un gesto de dolor.
—Aquí —dijo Sac-Nicté, señalando una piedra firme.
La mujer pisó donde le indicaba. Al alcanzar la parte baja, todas tenían las prendas pegadas a la piel. Canek venía detrás, ayudando a los cargadores a sostener un bulto que se había abierto. Sac-Nicté buscó su mirada entre la lluvia. Él levantó la mano para hacerle saber que estaba bien. Aquella señal la acompañó durante el tramo siguiente.
⁂
En Chichén Itzá, el padre de Sac-Nicté entró en un patio donde ya no había nadie esperando. Había imaginado a Canek rodeado de guerreros, a su hija detrás de una puerta, una conversación violenta que terminaría devolviéndola a su lado. Encontró recipientes vacíos y una tela olvidada sobre un banco. El tío de Canek salió de una habitación cercana. No llevaba armas. Ulil avanzó antes que el gobernante.
—¿Dónde están?
—Se han marchado.
El heredero miró las entradas del patio.
—¿Todos?
—No.
El hombre señaló las casas próximas.
—Aquí viven quienes decidieron quedarse. Hay ancianos, niños y familias que esperan que se les permita conservar lo suyo.
Uno de los guerreros de Uxmal dio un paso hacia un almacén. El padre de Sac-Nicté lo detuvo con una orden.
—Nadie tocará esas reservas.
Una mujer salió del almacén llevando a un niño de la mano. Se detuvo al ver los emblemas de Mayapán. El gobernante le indicó que se acercara.
—¿Te han quitado algo?
La mujer miró al tío de Canek.
—Todavía no.
Aquella palabra lo obligó a sostenerle la mirada. El tío mandó traer un registro. Entre sus pliegues guardaba el nombre de una población que el gobernante había visto dos noches antes en las cuentas enviadas por Sac-Nicté. La misma carga aparecía exigida en dos puestos.
—Ahau Tun dice que son deudas distintas —respondió el padre de la joven.
—Entonces tendrá que explicarlo ante quienes pagaron. Yo autoricé una de esas retenciones. No puedo fingir que solo fue culpa suya.
El gobernante volvió a mirar a la mujer. El niño se había escondido detrás de ella. Recordó las vasijas que su hija dejó una mañana en su habitación, el agua derramada y su propia preocupación por que los servidores no la oyeran contradecirlo. Había viajado exigiendo que le devolvieran a Sac-Nicté. Sus hombres estaban a punto de llevarse las provisiones de otras familias con la misma facilidad.
Llamó a su capitán. Ordenó retirar a los guerreros de los accesos a las casas y prohibió cobrar alimentos por el paso. Después le entregó una segunda instrucción: Ahau Tun conservaría alojamiento y comida, pero no daría nuevas órdenes hasta que los responsables de las cargas hubieran sido escuchados. Ulil protestó.
—Necesitamos esos hombres para seguir sus huellas.
—Mis hombres no van a cobrar esta búsqueda a quienes viven aquí.
Por primera vez, el gobernante aceptó que una de sus órdenes se discutiera delante de otros. Cuando terminó de escuchar las objeciones, la mantuvo. Ulil se volvió hacia él.
—¿Ahora vas a proteger lo que Canek dejó?
El gobernante caminó hasta el banco. Sobre la piedra había marcas recientes de tierra y un fragmento pequeño de barro. Lo levantó entre dos dedos. Recordó el recipiente que su hija había cargado durante el viaje.
—¿Ella estuvo aquí?
El tío de Canek asintió.
—Salió caminando con los últimos.
El hombre cerró la mano alrededor del fragmento. Ulil observó el gesto.
—Han tomado el sur. Todavía podemos alcanzarlos.
El gobernante miró las casas. Por primera vez desde Uxmal vio con claridad la forma que estaba tomando su búsqueda: hombres armados entrando en hogares donde su hija ya no estaba.
—Enviaré a alguien a hablar con ella.
Ulil soltó una risa seca.
—Ya lo hiciste.
Después salió al patio exterior para llamar a sus exploradores.
⁂
Ulil recibió al mensajero de su consejo en el patio exterior de Chichén Itzá. El hombre había recorrido el camino con dos cargadores y traía menos provisiones de las solicitadas.
—Las familias de Uxmal no entregarán otra carga para esta persecución —dijo—. Los guardianes de los caminos también piden regresar.
Ulil lo hizo apartarse de sus acompañantes.
—Mayapán ha recibido nuestras reservas. No podemos volver sin respuesta.
—El consejo quiere recuperarlas. No quiere perder más hombres persiguiendo a quienes las recibieron.
El heredero golpeó la piedra con el canto de la mano. Le dolió, pero no la retiró.
—¿Y qué dirán de nuestra casa?
—Que exigió que se cumplieran sus entregas. Si continúas, también tendrás que explicar por qué dejaste sin vigilancia los caminos mientras las lluvias cortan los pasos.
Ulil miró a los guerreros. Uno cosía una correa; otro intentaba secar una manta sobre el hombro. No había entre ellos nadie celebrando el honor que él pretendía defender. Pidió al mensajero que permaneciera con el ejército. Seguiría hacia el sur con un grupo pequeño. Aún quería oír a Sac-Nicté frente a su padre. Esa vez tendría que regresar con algo que pudiera explicar ante quienes sostenían su autoridad.
⁂
La corriente les cerró el paso al anochecer. No era un gran río. El hermano de Ek había cruzado aquel cauce otras veces con el agua por debajo de las rodillas. Ahora arrastraba ramas. Canek permaneció junto al borde mientras los hombres que conocían el lugar discutían la posibilidad de buscar otro paso. Sac-Nicté se acercó después de dejar a las mujeres bajo un refugio de hojas.
—¿Podemos cruzar?
—Esta noche no.
Ella miró el agua oscura. Detrás de ellos se oían niños llorando de frío.
—Entonces necesitamos un lugar donde encender fuego.
Canek asintió y dio instrucciones para que buscaran una parte más alta. Algunos cargadores protestaron. Llevaban horas esperando alcanzar el descanso previsto y todavía tenían que mover las cargas. Sac-Nicté se agachó para ayudar con un atado. Al levantarlo sintió una punzada en la espalda. Una mano se adelantó a la suya. Era la mujer que había hablado de su hermana.
—Ese está mojado —dijo—. Pesa más de lo que parece.
Entre las dos consiguieron arrastrarlo hasta el refugio. Cuando terminaron, la mujer se dejó caer a su lado.
—Me llamo Naal.
Sac-Nicté volvió el rostro. Habían trabajado juntas varios días sin que ella se atreviera a preguntárselo.
—Mi hermana es Itzel.
La mujer señaló hacia el otro extremo, donde Yax intentaba conseguir que la enferma bebiera algo caliente. Sac-Nicté apoyó la cabeza contra un poste.
—Mañana la ayudaré a cruzar.
Naal miró la corriente antes de responder.
—Mañana veremos cómo está el agua.
Canek no se acostó hasta muy tarde. Habían conseguido encender dos fuegos con madera que el mercader había protegido dentro de una carga. Las familias se turnaban para acercarse al calor. Sac-Nicté estaba sentada junto al cesto de la planta cuando él llegó. Tenía barro en las piernas y una pequeña cortadura en la barbilla. Ella le hizo espacio. Canek se sentó con dificultad. Durante un momento se limitaron a escuchar la lluvia sobre las hojas.
—Pensé que sabría hacer esto —dijo él.
Sac-Nicté le miró las manos. Tenía varias ampollas abiertas.
—Has pasado el día ayudando con las cargas.
—Y no he conseguido que crucemos.
Ella tomó una tira de tela seca.
—Dame la mano.
Canek la obedeció. Sac-Nicté limpió con cuidado la tierra de su palma.
—Cuando te conocí, creí que la herida del cesto iba a ser la única que tendría que vendarte.
Él sonrió apenas.
—Yo pensé que preguntar tu nombre era lo más difícil que iba a hacer aquel día.
Sac-Nicté levantó los ojos. El cansancio lo había vuelto más pálido. Quiso besarlo y acostarse junto a él hasta dejar de oír a quienes seguían llamándolo desde fuera. Canek le acarició la mejilla con la mano libre.
—¿Estás arrepentida?
Ella dejó de ajustar la tela. Miró las personas dormidas alrededor de los fuegos antes de responder.
—Estoy asustada. Extraño cosas que creí que no iba a extrañar.
Canek bajó la mano. Sac-Nicté la sostuvo.
—Quiero seguir contigo.
Él se inclinó hasta besarla. Después apoyó la frente sobre su hombro y, por primera vez desde la partida, se quedó dormido antes de terminar una conversación. Sac-Nicté permaneció despierta un rato más, cuidando que la tela cubriera sus manos.
⁂
Al amanecer, el agua había bajado lo suficiente para intentar el paso. Dos hombres cruzaron primero y buscaron terreno firme en la otra orilla. Después aseguraron una cuerda para ayudar a quienes tenían dificultades. Las cargas pasaron por grupos.
Canek permaneció dentro del cauce, sosteniendo a los viajeros en la parte donde la corriente empujaba con más fuerza. Sac-Nicté cruzó con Yax y regresó para ayudar a Ixil con su hijo. El niño iba tan aferrado a su madre que no quiso separarse. Tuvieron que avanzar los tres juntos. Cuando alcanzaron la orilla, Sac-Nicté tenía las piernas entumecidas. Yax la recibió con una tela seca.
—Si vuelves a entrar ahora, tendré que sacarte cargando.
Sac-Nicté miró hacia el otro lado. Faltaban varias personas, entre ellas Naal y su hermana. Se quedó. El grito llegó poco después. Uno de los apoyos que sostenían a Itzel cedió sobre una piedra resbaladiza. Naal cayó de rodillas y su hermana perdió el equilibrio. Canek se movió hacia ellas. Sac-Nicté vio cómo la corriente le golpeaba el costado. Durante un instante los tres desaparecieron detrás de una rama arrastrada. Ella soltó la tela.
Yax le sujetó el brazo con tanta fuerza que le hizo daño.
—Espera.
Dos hombres se metieron en el agua desde la orilla. Uno alcanzó la cuerda; el otro sostuvo a Itzel mientras Canek ayudaba a Naal a incorporarse. Todo duró menos de lo que Sac-Nicté recordaría después. Cuando llegaron a tierra, Itzel temblaba sin poder hablar. Canek tenía sangre en una rodilla. Sac-Nicté se arrodilló junto a él. Le puso ambas manos en el rostro para obligarse a verlo. Él la abrazó antes de que pudiera decir nada.
⁂
Todavía estaban reuniendo las últimas cargas cuando llegó el aviso de los exploradores. Habían visto hombres de Uxmal en el sendero. Eran pocos, pero venían siguiendo las huellas. Canek se puso de pie apoyándose sobre la pierna sana. Sac-Nicté lo sostuvo por el brazo.
—Todavía puedes caminar —dijo ella—. Pero no correr.
Él miró a quienes esperaban junto a los bultos. Ordenó que continuaran con las familias mientras un grupo pequeño permanecía para hablar con los que se acercaban. Sac-Nicté se quedó a su lado. No discutieron. Al otro extremo del cauce apareció primero un guerrero. Después otros tres. Ulil avanzó entre ellos con el cabello mojado y barro hasta las rodillas. Se detuvo al reconocerlos. El agua corría entre ambos grupos.
—Sac-Nicté —llamó.
Ella dio un paso al frente. Canek mantuvo la mano cerca de la suya, sin sujetarla. Ulil miró la herida de su pierna, las cargas que se alejaban y la cuerda tendida sobre la corriente. Luego volvió los ojos hacia ella.
—Tu padre viene detrás.
Sac-Nicté sintió que el frío del agua le regresaba al cuerpo. Respiró despacio antes de responder.
—Entonces esperaré a mi padre aquí.