Capítulo 12 de 15

La última noche de las casas

La grieta del recipiente se abrió mientras Sac-Nicté preparaba su carga. No se partió de golpe. Primero dejó caer un hilo de tierra sobre la tela; después, al intentar levantarlo, una porción de barro quedó entre sus dedos. Sac-Nicté se inmovilizó. Yax miró desde la entrada.

—No lo aprietes.

La joven aflojó las manos con cuidado. La planta se inclinó. Tenía ya varias hojas y unas raíces pequeñas que asomaban entre la tierra deshecha. Noh llegó con un cesto vacío. No preguntó qué había ocurrido. Se arrodilló junto a ella y sostuvo el terrón mientras Yax extendía una tela húmeda.

—Así podrá viajar un poco más —dijo.

Sac-Nicté observó los fragmentos en el suelo. Había protegido aquel recipiente por caminos, patios y noches de miedo. Le costaba aceptar que pudiera abandonarlo allí sin perder también algo de cuanto guardaba. Noh recogió una de las piezas.

—¿Quieres llevarte esto?

Sac-Nicté negó lentamente. Entre las tres acomodaron las raíces dentro del cesto. Después la joven recogió el barro roto. Al reconocer la marca que había dejado con la uña al plantar la semilla, cambió de idea. Separó aquella pieza del borde antes de entregar los restos para que los retiraran. La guardó en el pliegue de su ropa y salió a continuar las cuentas.

⁂

Los hombres enviados con las primeras familias regresaron antes del mediodía. Habían alcanzado el lugar de descanso y encontrado agua suficiente. La madre de Ek había soportado bien el trayecto, aunque necesitaba más pausas de las previstas. Chuc no había vuelto a sangrar. Sac-Nicté pidió que repitieran esa última noticia para poder contársela a Canek exactamente. También traían otra. Los exploradores del poniente habían visto avanzar a la primera parte del ejército. Ya no estaban reuniéndose.

Canek escuchó de pie, junto a los cargadores que esperaban sus órdenes.

—¿Han entrado en las poblaciones del camino?

—En dos. Piden alimentos y preguntan quién salió hacia el sur.

El responsable de las cargas dejó de apretar una cuerda. Canek miró el patio, lleno de bultos a medio cerrar.

—El siguiente grupo partirá al caer la tarde.

—Todavía faltan familias —dijo Sac-Nicté.

—Habrá otra salida mañana.

Ella señaló las vasijas alineadas.

—Entonces hay que dejarles agua y alimento separados. Si empezamos a entregar con prisa, alguien va a llevarse lo que necesitan.

Canek asintió y llamó a dos hombres para ayudarla. Por primera vez desde que había empezado a revisar cuentas, Sac-Nicté no tuvo que explicar por qué quería conocerlas.

⁂

Su tío lo esperó en la casa donde Canek había vivido con su padre. Había retirado los grandes adornos de su cargo. Vestía una prenda sencilla y llevaba un atado pequeño. Canek se detuvo al verlo.

—¿Vas a marcharte?

—Voy a quedarme.

El joven cerró despacio la puerta. Su tío apoyó el atado sobre una banca.

—Hay familias que no van a abandonar sus casas. Algunas no pueden. Otras no quieren seguirte.

—Lo sé.

—Alguien tendrá que hablar por ellas cuando lleguen los de Mayapán.

Canek dejó la mano sobre la puerta.

—Antes de confiarte sus reservas, necesito saber qué autorizaste en los puestos.

Su tío miró el atado. Durante unos instantes pareció buscar la explicación que tantas veces había empleado.

—Acepté que se cobrara una parte de las cargas para alimentar a los guardianes. Cuando las entregas disminuyeron, permití que conservaran mercancías hasta completar lo exigido.

—Y cuando retuvieron a los cargadores, me dijiste que era un caso aislado.

—Quise creer que lo era. Había oído quejas. No fui a comprobarlas.

Canek recordó la bolsa de cuentas y la figurilla de hueso entregadas para rescatar a un hijo.

—No voy a aceptar que lo llames solo descuido.

El hombre recibió el reproche sin apartarse.

—Temí que, si dejábamos de pagar a los guardianes, perdiéramos los caminos. Después temí reconocer lo que habíamos permitido para conservarlos.

—Cuando regresen quienes fueron retenidos, tendrás que escucharlos delante de testigos.

Su tío pasó una mano sobre la banca vacía.

—Que traigan sus cuentas. Yo traeré las mías.

Acordaron que Noh dejaría a dos responsables de cada almacén la relación de las reservas. Ninguna entrega saldría por orden de una sola persona. El tío conservaría autoridad para negociar el paso y organizar la defensa, pero no podría disponer en secreto de los alimentos de quienes se quedaban. Canek pidió que el acuerdo se repitiera ante las familias esa misma tarde. Su tío aceptó. No se habían perdonado; podían empezar por cumplir algo que otros también hubieran oído.

Canek miró el lugar donde su padre acostumbraba sentarse al anochecer. Había pasado los últimos días pensando en su tío como un obstáculo. Verlo dispuesto a quedarse le produjo un alivio incómodo, mezclado con desconfianza.

—He reservado alimentos para quienes permanezcan.

—Los he visto.

El hombre se acercó a una hornacina y sacó un envoltorio. Dentro había un objeto de piedra verde que había pertenecido al padre de Canek.

—Esto te corresponde.

Canek no lo tomó enseguida.

—¿Por qué no me lo diste antes?

Su tío sostuvo el objeto entre ambas manos.

—Porque esperaba que te parecieras más a él.

El joven dejó escapar el aire.

—Yo también.

Durante un momento, el hombre pareció a punto de sonreír. Después depositó la piedra sobre la banca.

—No puedo garantizar lo que hará Ulil.

—No te pido que respondas por él.

—Te pedirán que regreses. Hablarán de las casas que dejas, de tus muertos.

Canek miró el envoltorio.

—Mis muertos no van a caminar detrás de las familias.

Su tío bajó la cabeza. Cuando Canek recogió el objeto, el hombre le tocó el hombro. Fue un gesto torpe. Ninguno supo prolongarlo.

⁂

Sac-Nicté encontró a la mujer que la había responsabilizado de la llegada de los guerreros junto al almacén de alimentos secos. Estaba separando una porción.

—Es para mi hermana —dijo al verla.

Sac-Nicté se acercó.

—¿Regresó tu hijo?

La mujer asintió.

—La trajo esta mañana. Camina con dificultad, pero viene con nosotros.

Sac-Nicté buscó entre los recipientes uno que pudiera llevarse sin derramar. Se lo entregó. La mujer lo sostuvo un momento.

—Todavía estoy enojada contigo.

Sac-Nicté sintió el impulso de justificarse. Había explicaciones que llevaba días preparando: las negativas a Ulil, el encierro, las personas que habían intentado ayudarla. Ninguna devolvería a aquella mujer la seguridad de su casa.

—Lo entiendo —respondió.

La mujer acomodó el recipiente dentro del atado.

—Cuando paremos, necesitaré ayuda para levantar a mi hermana.

—Búscame.

Ella alzó los ojos hacia Sac-Nicté. Luego asintió una vez y regresó junto a su familia.

⁂

El mensajero de Mayapán llegó cuando empezaban a salir los primeros cargadores. Sac-Nicté lo reconoció: era uno de los servidores que solían esperar bajo el pórtico de su padre. Había viajado con una pequeña escolta, detenida fuera del recinto. Canek acudió a recibirlo. El hombre inclinó la cabeza y después se volvió hacia ella.

—Traigo palabras de tu padre.

Sac-Nicté sintió que el ruido del patio se alejaba. Canek le miró el rostro.

—Puedo dejarte escuchar.

Ella le tomó la mano.

—Quédate.

El mensajero aguardó hasta que estuvieron junto al corredor. El gobernante de Mayapán ofrecía retirar a sus propios hombres si Sac-Nicté regresaba antes de que alcanzaran Chichén Itzá. Garantizaba que no sería entregada inmediatamente a Ulil y que podría permanecer en una casa de su familia. Sac-Nicté escuchó sin moverse.

—¿Ha retirado el compromiso? —preguntó.

El hombre bajó los ojos.

—Dice que hablarán cuando vuelvas.

Canek soltó despacio su mano para dejarla responder. Sac-Nicté notó la ausencia de sus dedos y agradeció el esfuerzo que había detrás.

—¿Puede retirar también a los hombres de Uxmal?

—No trae una promesa sobre ellos.

La joven miró las familias que cruzaban el patio. Una niña intentaba cargar un atado casi tan grande como su cuerpo. Su madre se lo quitó y se lo puso sobre el suyo.

—Dile que estoy bien —respondió Sac-Nicté—. Que nadie me obliga a permanecer con Canek.

El mensajero asintió. Ella necesitó respirar antes de continuar.

—Dile que lo quiero. Y que no puedo regresar para tener otra conversación detrás de una puerta vigilada.

El hombre apretó los labios. Sac-Nicté advirtió entonces que él también estaba triste.

—¿Algo más? —preguntó.

Ella miró hacia el camino.

—Que deje pasar a las familias.

Antes de que el mensajero se retirara, Sac-Nicté lo condujo hasta una mesa baja. Había dispuesto allí la relación de las cocinas que logró copiar en Mayapán y las cuentas reunidas por Noh.

—Lleva esto también. Hay entregas que figuran dos veces: primero como recibidas en el puesto y después como deuda de la misma población. Quiero que las compare con quienes las trajeron.

El hombre se inclinó sobre las marcas.

—Me preguntará quién habló contigo.

Sac-Nicté sostuvo el extremo del papel antes de entregárselo.

—Dile mi nombre. Los demás declararán si él garantiza que sus familias estarán a salvo.

Canek llamó al responsable de los almacenes para que presenciara la entrega. El mensajero repitió el encargo completo. Sac-Nicté lo corrigió cuando omitió la protección de las familias.

—Eso también tiene que llegar a sus oídos —dijo.

El hombre volvió a empezar.

⁂

Esa noche, Canek y Sac-Nicté compartieron por última vez el banco del huerto. Alrededor habían quedado surcos abiertos, recipientes vacíos y plantas que nadie podría llevarse. Noh había elegido semillas durante toda la tarde. Antes de salir con Yax, les había encargado que no olvidaran el cesto de las raíces. Sac-Nicté sacó el fragmento del recipiente y lo dejó entre ambos sobre el banco.

—Creí que tenía que conservarlo todo —dijo.

Canek pasó un dedo por la marca del borde.

—Las raíces vienen con nosotros.

Ella asintió. Cuando se levantaran, dejaría allí aquel pedazo. Necesitaba las manos libres para sostener lo que todavía estaba vivo. Sac-Nicté apoyó los pies doloridos sobre la piedra. Canek le acomodó una tela bajo los talones.

—Siempre hablo de volver a verte aquí —dijo ella—. Incluso cuando pienso en el futuro.

Canek observó el árbol.

—Yo sigo contando cuánto tardaré en regresar desde los caminos que nos muestran.

Ella se volvió hacia él.

—¿Quieres quedarte?

Canek tardó en responder.

—Quiero que las personas que se han ido puedan comer dentro de diez días. Quiero saber dónde dormirán cuando empiecen las lluvias.

Se frotó el rostro.

—Y también quiero quedarme.

Sac-Nicté le tomó las manos. No conocía una manera de consolarlo que no empequeñeciera lo que perdía. Se acercó y lo besó. Canek la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro junto a su cuello. Permanecieron así hasta que los ruidos del patio se hicieron escasos.

—Mañana caminaré contigo —murmuró ella.

Él asintió contra su hombro.

⁂

Partieron antes del amanecer. El último grupo llevaba a los responsables de los almacenes, algunos guardianes, varias familias que habían tardado en decidir y los cargadores que regresaban de ayudar a los primeros. Canek recorrió las filas antes de ponerse en marcha.

Preguntó por los ausentes. Comprobó que habían dejado las reservas acordadas. Se despidió de su tío frente a la casa donde aún ardía una lámpara. Sac-Nicté esperó junto al camino con el cesto entre los brazos. Al verla, Canek extendió las manos.

—Puedo llevarlo.

Ella se lo entregó. Caminaron sin hablar mientras el cielo empezaba a aclararse. Detrás quedaron las casas cerradas, los patios y las personas que habían elegido permanecer. Sac-Nicté oyó el llanto de una mujer antes de verla apartarse de la fila para mirar por última vez. Canek se detuvo para esperarla. Nadie le pidió que dejara de llorar. Más adelante, un explorador aguardaba en la bifurcación. Había llegado corriendo.

—Los hombres de Uxmal cruzaron el último puesto —dijo—. Antes del anochecer pueden estar en la ciudad.

Canek miró hacia atrás. Después entregó el cesto a Sac-Nicté y se acercó al hombre para escuchar las noticias restantes. La joven sostuvo las raíces contra el pecho. Por primera vez, el camino hacia el sur era lo único que tenían delante.