Capítulo 11 de 15

Las casas que dejamos

El explorador no sabía cuántos eran. Había visto grupos de guerreros reuniéndose junto al camino, cargadores con alimentos y hombres enviados a vigilar los desvíos. Todavía no marchaban todos juntos.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Canek.

—Si esperan a los de Uxmal, varios días. Si los primeros avanzan solos, menos.

Sac-Nicté sintió que la mano de Canek se aflojaba para dejarla libre. Él necesitaba acercarse al hombre, preguntar por los lugares donde había descansado y por las señales que había visto. Ella regresó a su asiento. Durante el resto de la reunión escuchó hablar de accesos, reservas y hombres capaces de sostener una defensa.

Nadie volvió a mencionar el amor. Cuando se levantaron, Canek pidió que dos mensajeros partieran cuanto antes. Uno buscaría al padre de Sac-Nicté; el otro llevaría a Uxmal una propuesta de reparación por los daños de la fuga y una solicitud de encuentro. Su tío lo observó desde la entrada.

—Ahora tendrás que ofrecer algo que quieran aceptar.

Canek recogió la tela donde habían marcado los caminos.

—Entonces necesitamos saber qué están pidiendo.

⁂

Sac-Nicté lo encontró horas después, todavía inclinado sobre las cuentas. Había rechazado la comida sin darse cuenta. Ella dejó una bandeja a su lado.

—Tienes que comer.

Canek levantó el rostro y tardó un instante en reconocer dónde estaba. Sac-Nicté se sentó frente a él.

—Quiero enviar mis propias palabras a mi padre.

—Puedes hablar con el mensajero antes de que salga.

Ella asintió. Después permaneció callada tanto tiempo que Canek dejó el alimento.

—¿Qué estás pensando?

Sac-Nicté entrelazó las manos.

—Que podría pedirle que venga por mí sin sus hombres.

Canek la miró.

—¿Para regresar?

—Para hablar.

—Puedes hablar aquí.

Ella sintió el cansancio convertir su voz en aspereza.

—También puedo decidir salir de aquí.

Canek bajó los ojos. Durante unos segundos solo se oyó el ruido de las cocinas.

—Tienes razón —dijo al fin—. No debí responder así.

Sac-Nicté se frotó la frente.

—No quiero dejarte.

Él se acercó.

—Yo tampoco quiero que te vayas. Pero necesito saber qué deseas sin intentar adivinar lo que me haría menos daño.

Ella apoyó la mano sobre la mesa.

—Quiero que mi padre me vea y me escuche. Quiero que entienda que no me robaste.

Canek cubrió sus dedos con los suyos.

—Entonces eso diremos.

Sac-Nicté acercó su asiento al de él. Afuera seguían preparando los equipajes; aún tenían que decidir qué dirían al mensajero.

⁂

Mientras los mensajeros viajaban, Chichén Itzá empezó a guardar sus días dentro de cestos. Al principio eran precauciones pequeñas: revisar techos, reunir agua, contar alimentos. Después llegaron familias de los asentamientos cercanos, preocupadas porque los caminos se llenaban de hombres armados. Sac-Nicté ayudó a Noh a disponer alimentos secos.

La mujer no le permitió limitarse a llevar cuentas. Le entregó un recipiente, le mostró cuánto debía contener y la puso a trabajar junto a las demás. Allí conoció a una mujer que había perdido tres mantas en un puesto de vigilancia; a otra cuyo hijo se había marchado meses antes hacia el sur; a un anciano que conocía varios tramos del camino, aunque sus piernas ya no le permitían recorrerlos. También escuchó reproches.

—Antes de que llegaras no había guerreros reuniéndose contra nosotros —dijo una mujer mientras ataba una carga.

Sac-Nicté dejó quietas las manos. Noh levantó la cabeza, pero ella negó apenas.

—Lo sé —respondió.

La mujer apretó el nudo.

—Mi hermana vive junto al camino por donde vendrán.

Sac-Nicté pensó en decirle que su padre no haría daño a una familia. No pudo.

—¿Han ido a buscarla?

—Mi hijo salió esta mañana.

Sac-Nicté acercó otro atado. Trabajaron juntas el resto de la tarde sin hablar.

⁂

Los enviados regresaron por separado. El primero traía la respuesta de Mayapán. El padre de Sac-Nicté aceptaba recibirla en un lugar acordado, siempre que fuese acompañada únicamente por Yax y dos servidores suyos. Canek debía permanecer en la ciudad. Sac-Nicté escuchó cada condición.

—¿Podría volver después? —preguntó.

El mensajero bajó la mirada.

—No lo ha prometido.

Ella asintió despacio. Había esperado una abertura. La propuesta tenía el mismo corredor de Uxmal al final. El enviado a Ulil regresó al amanecer siguiente. No había conseguido que lo recibieran a solas. Ante varios consejeros, el heredero había exigido que Canek devolviera a Sac-Nicté y respondiera personalmente por la entrada armada en su casa. Hasta entonces, continuarían reuniendo hombres.

—¿Dijiste que ella quería marcharse? —preguntó Canek.

—Lo dije.

—¿Y qué respondió?

El mensajero se humedeció los labios.

—Que no había venido a discutir sus deseos conmigo.

Sac-Nicté se levantó y salió al patio. Canek la alcanzó junto al árbol. Ella tenía los ojos secos.

—No voy a ir —dijo.

Él esperó.

—No a ese encuentro. No con esas condiciones.

Canek asintió. Sac-Nicté miró las ramas sobre sus cabezas. Le dolió descubrir que podía extrañar a su padre y temerlo al mismo tiempo.

⁂

La propuesta de salir hacia el sur no nació aquella noche. Cuando el hermano de Ek habló de los caminos que conocía, varios hombres mencionaron parientes que ya vivían lejos de los grandes centros. Algunos mercaderes llevaban años recorriendo tramos de esa ruta. Había lugares donde obtener agua, casas donde pedir noticias y poblaciones con las que podían intentar acuerdos. Nada garantizaba que los recibieran.

Tampoco podían trasladar una ciudad de una vez. Canek escuchó a quienes conocían el terreno y pidió que enviaran exploradores con mensajes y bienes para intercambiar. Después reunió a representantes de las familias. Sac-Nicté permaneció junto a Noh, lejos del asiento de Canek. Él habló sin adornos. Explicó lo que sabían de los guerreros, las reservas disponibles y el peligro de quedar cercados.

Luego dijo que prepararía una salida para quienes desearan marcharse. El murmullo creció hasta que un hombre se puso de pie.

—¿Vamos a abandonar las casas por lo que hiciste en Uxmal?

Canek no apartó la mirada.

—Lo que hice ha precipitado esto.

—Entonces vete tú.

Sac-Nicté sintió un golpe en el pecho. Canek permaneció en silencio un momento.

—Puedo irme —respondió—. Lo que no puedo prometer es que eso detenga a los hombres que ya vienen.

Su tío intervino desde el fondo.

—Si dejamos de respaldar tu decisión, podremos negociar.

Noh se levantó con dificultad.

—¿Qué vas a negociar?

El hombre la miró con impaciencia.

—La seguridad de quienes permanezcan.

—Yo quiero saber qué pedirán a cambio.

Nadie respondió enseguida. La reunión continuó hasta que las lámparas necesitaron más combustible. Al terminar, algunas familias habían decidido salir primero. Otras esperarían noticias. Varias anunciaron que se quedarían. Canek dispuso que los alimentos se repartieran también entre ellas.

⁂

Sac-Nicté lo encontró en el huerto. Estaba sentado en el banco donde habían hablado antes de su partida a Mayapán. Ella se acomodó a su lado. Durante un rato escucharon el roce de las hojas.

—Mi padre me llevó aquí cuando era niño —dijo Canek—. Yo pensaba que todas las plantas le pertenecían.

Sac-Nicté apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Cuándo dejaste de pensarlo?

Él miró la tierra trabajada.

—Noh me puso a cargar agua.

Ella sonrió apenas. Canek tenía las manos abiertas sobre las rodillas.

—No sé si estoy eligiendo bien.

Sac-Nicté le tomó una.

—Yo tampoco lo sé.

Él se volvió hacia ella. La joven le acarició la palma donde apenas quedaba la señal del corte.

—Puedo revisar las cargas. Escuchar a las familias. Decirte cuando crea que te equivocas.

Canek bajó la frente hasta tocar la suya.

—Eso último lo haces muy bien.

Sac-Nicté rio, y él la besó con una ternura que le hizo cerrar los ojos. Después permanecieron abrazados, sin intentar convertir aquella noche en una promesa sobre todo lo que vendría. Las primeras familias salieron dos días más tarde.

Llevaban cargadores, acompañantes y alimento distribuido para no depender de un solo grupo. Al llegar al primer lugar de descanso, algunos hombres regresarían con noticias. Sac-Nicté ayudó a la madre de Ek a acomodarse entre dos apoyos. Ixil comprobó por tercera vez el atado de su hijo. Yax caminaba junto a Noh, discutiendo sobre recipientes que ninguna deseaba dejar. Chuc apareció con el brazo ya descubierto. Su hermana iba con él. Antes de marcharse, se acercó a Sac-Nicté.

—Podré cargar poco al principio —dijo.

Ella sintió que se le cerraba la garganta.

—Ya has hecho suficiente.

Chuc se encogió de hombros.

—Mi hermana lleva más de lo que dice.

Sac-Nicté lo vio alcanzarla y tomarle un pequeño bulto. Cuando el grupo desapareció entre los árboles, regresó a su habitación. El semillero estaba junto a la entrada. Lo levantó con ambas manos y descubrió una grieta fina en el barro. Buscó una tela para envolverlo mejor. Afuera, Canek llamaba a los responsables de la siguiente salida. Sac-Nicté terminó el nudo, recogió sus cosas y fue a reunirse con ellos.