Capítulo 10 de 15
El peso de llegar
El hombre herido empezó a quedarse atrás antes del amanecer. Al principio solo tropezaba. Después dejó de responder cuando le preguntaban si podía continuar. Sac-Nicté lo advirtió al sentir que la marcha perdía su ritmo. Canek se volvió, dio unos pasos hacia él y lo sostuvo antes de que cayera de rodillas.
—Necesitamos detenernos.
Uno de los acompañantes miró hacia el sendero.
—Todavía pueden alcanzarnos.
Canek levantó al herido por debajo del brazo.
—Entonces busquemos dónde atenderlo.
Ek señaló una abertura entre los árboles. Había pasado por allí con su hermano meses antes y recordaba un espacio de piedra donde los viajeros acostumbraban descansar. Yax ayudó a Sac-Nicté a cruzar unas raíces. Cuando llegaron, la joven tuvo que apoyarse contra un tronco. Le temblaban tanto las piernas que apenas podía desatar el recipiente de agua.
El hombre herido se llamaba Chuc. Hasta entonces ella solo había pensado en él como uno de los acompañantes de Canek. Oír su nombre le produjo una vergüenza inesperada. Se arrodilló a su lado. La tela del antebrazo estaba empapada.
—Traigan luz —pidió Yax.
Uno de los hombres resguardó una llama entre las manos. Canek desenvolvió la herida mientras Sac-Nicté sostenía el agua. El corte no parecía profundo, pero había sangrado durante horas. Chuc apartó el rostro cuando Yax limpió los bordes.
—Tengo una hermana en Chichén Itzá —murmuró.
Sac-Nicté levantó los ojos.
—Llegaremos a verla —dijo Canek.
El herido asintió sin mirarlo. Sac-Nicté rasgó una de sus prendas para entregar una tira limpia. Mientras Yax hacía el vendaje, ella sostuvo la mano de Chuc. No encontró palabras que pudiera ofrecerle sin sentirlas demasiado ligeras. Permaneció allí hasta que dejó de temblar.
⁂
Caminaron el resto del día por tramos cortos. Dos hombres se turnaban para ayudar a Chuc. Yax empezó a arrastrar un pie, aunque se negaba a sentarse cada vez que Sac-Nicté se lo pedía. Al mediodía alcanzaron a la madre de Ek, a Ixil y al niño.
Los habían esperado en una casa apartada del camino principal. La anciana estaba sentada junto a la entrada, con los tobillos hinchados sobre una tela. El niño dormía apoyado contra su madre. Ek se arrodilló frente a ella. Durante unos segundos no dijo nada. Sac-Nicté apartó la mirada para concederles aquel encuentro. El hermano mercader salió con un recipiente de alimento.
—No podemos quedarnos mucho —advirtió—. Ya preguntaron por gente de Chichén Itzá en el camino.
Canek se sentó junto a él para escuchar. Los demás comieron en silencio. Sac-Nicté recibió una pequeña porción y descubrió que apenas podía tragar. Tenía la boca seca y las manos llenas de arañazos. Entonces Yax puso sobre sus rodillas el semillero. El barro había resistido, pero una de las hojas estaba rota. Sac-Nicté la tocó con cuidado.
Sintió que iba a llorar por aquella cosa pequeña y se enfadó consigo misma. A unos pasos, Chuc esperaba que le aflojaran el vendaje. Dejó el recipiente a la sombra y fue a ayudarlo.
⁂
En Uxmal, el padre de Sac-Nicté escuchó el relato de la fuga sin sentarse. Habían dispuesto sobre una estera la prenda rasgada de un guardián y una lámpara quebrada. Ulil permanecía junto a la puerta.
—¿Mi hija estaba herida?
—No la vi herida —respondió el hombre que había intentado detenerlos.
—¿Pidió ayuda?
El guardián miró a Ulil. El gobernante dio un paso hacia él.
—Te he hecho una pregunta.
—Dijo que se iba por su voluntad.
La habitación quedó en silencio. Ahau Tun se adelantó.
—Pudo haberlo dicho bajo presión.
Ulil se volvió de golpe.
—Lo dijo mirándome.
El administrador cerró la boca. El padre de Sac-Nicté apoyó una mano en el borde de la mesa. Recordó a su hija arrodillada frente a él, pidiéndole volver a Mayapán. Se había marchado de aquella habitación convencido de que aún tenía tiempo para hacerla comprender. Ahora todos lo miraban esperando que diera una orden.
—Hay que traerla —dijo.
Ulil asintió.
—Mis hombres ya están buscando.
—La quiero viva. Sin heridas.
El heredero lo observó un instante.
—Canek no va a entregarla.
El gobernante levantó los ojos. La frase quedó entre ambos hasta que Ahau Tun empezó a hablar de escoltas, de rutas y de los hombres que todavía guardaban los puestos.
⁂
Llegaron a Chichén Itzá ocho días después de la fuga. Los exploradores habían regresado con noticias suficientes para evitar los caminos más vigilados, pero cada desvío había consumido agua y fuerzas. Sac-Nicté vio los primeros edificios entre los árboles y sintió que las rodillas se le aflojaban.
Había imaginado aquella llegada durante las horas más difíciles: entrar junto a Canek, estar por fin a salvo, poder dormir. A medida que avanzaban, salieron personas de las casas. Algunas saludaban a su gobernante. Otras miraban a la joven de Mayapán y después al herido. El rumor había llegado antes. Una mujer se abrió paso entre los presentes y corrió hacia Chuc. Al verlo incorporarse con ayuda, se llevó ambas manos a la boca.
Sac-Nicté se apartó. Canek dio instrucciones para que lo atendieran y pidió alojamiento para la familia de Ek. Cuando volvió hacia ella, tenía el rostro agotado.
—Noh ha preparado una habitación.
Sac-Nicté asintió. Él quiso tocarle la mejilla, pero se detuvo al advertir cuántas personas seguían observándolos. Sac-Nicté le tomó la mano antes de que la bajara. Atravesaron juntos el patio. Nadie los detuvo. Aun así, la joven comprendió que llegar no significaba haber terminado de huir.
⁂
Noh recibió a Yax como si llevaran años conociéndose.
—Primero siéntate —le dijo—. Después puedes explicarme por qué dejaste que esta muchacha volviera con menos ropa de la que se llevó.
Yax se dejó caer en el banco.
—Porque tuve que cargar su huerto.
Noh miró el pequeño recipiente.
—Lo riegas demasiado.
Sac-Nicté soltó una risa que se quebró a la mitad. La mujer se acercó sin decir nada y le puso una mano en la nuca. Sac-Nicté apoyó la frente contra su hombro. Lloró con una vergüenza que desapareció cuando Noh empezó a acariciarle lentamente el cabello. Después llegaron el agua tibia, las prendas limpias y un alimento que consiguió terminar. Se quedó dormida antes del anochecer.
Despertó cuando alguien pronunciaba su nombre. Canek estaba sentado junto a la entrada. No llevaba adornos. Sac-Nicté se incorporó de inmediato.
—¿Chuc?
—Está descansando. La herida tiene buen aspecto.
Ella cerró los ojos. Canek esperó a que terminara de despertar.
—¿Puedo quedarme?
Sac-Nicté extendió la mano. Él se acercó y se sentó en el borde de la estera. Durante un rato permanecieron abrazados. La joven escuchaba su respiración contra el cabello y el murmullo distante de las cocinas.
—Pensé que sentiría alegría todo el tiempo —confesó.
Canek apoyó la mejilla sobre su cabeza.
—Yo también he tenido miedo.
Ella se apartó lo suficiente para mirarlo.
—Cada vez que Chuc se detenía, pensaba que había hecho esto por mí.
—Él decidió acompañarnos.
—Eso no hace que me duela menos.
Canek asintió. No intentó quitarle aquella pena. Sac-Nicté le tocó el rostro. Tenía una sombra oscura bajo los ojos y una pequeña herida cerca de la oreja.
—No te pregunté si tú estabas bien.
Él sonrió apenas.
—Ahora sí.
Ella lo besó despacio. Esta vez no había un muro entre ambos ni una despedida aguardando al otro lado del patio. Canek la sostuvo por la cintura. Sac-Nicté dejó que el peso de su cuerpo descansara contra él. Cuando se separaron, permanecieron con las frentes juntas.
—Te amo —dijo ella.
La frase le salió baja, casi sorprendida de oírse. Canek cerró los ojos un instante. Después le besó las manos.
—Yo también te amo.
Sac-Nicté volvió a abrazarlo, y durante unos momentos consiguió creer que aquellas palabras podían bastarles para la noche.
⁂
Al día siguiente, Canek reunió a quienes debían escuchar lo ocurrido. Sac-Nicté pidió asistir. Él vaciló, pero terminó por acercarle un asiento. Su tío había regresado antes que ellos. Estaba junto a varios hombres que habían servido al padre de Canek.
—Uxmal ha suspendido el paso de nuestras cargas —dijo uno de los responsables de los almacenes—. Mayapán exige una explicación.
Canek apoyó las manos sobre las rodillas. Relató la negativa de Sac-Nicté, el encierro y la petición de salir. No ocultó el enfrentamiento con los guardianes. Cuando terminó, su tío miró a la joven.
—Tu padre puede afirmar algo distinto.
Sac-Nicté sostuvo aquella mirada.
—Puede decir que me fui con Canek. Eso será verdad.
—También puede pedir que regreses.
—Entonces responderé yo.
El hombre volvió hacia su sobrino.
—¿Y si no acepta tu respuesta? ¿Qué harás con quienes dependían de los caminos que acabas de perder?
Canek tardó en contestar. Sac-Nicté vio los rostros alrededor: hombres cansados, preocupados por reservas y familias que no habían participado en ninguna decisión. Se levantó.
—Quiero ayudar a revisar lo que puede llegar por otras rutas.
El responsable de los almacenes frunció el ceño.
—Llevaría tiempo.
—Empecemos hoy.
⁂
La reunión terminó cuando entró un explorador. Traía barro en las piernas y había perdido una de sus sandalias. Canek se adelantó. El hombre habló lo bastante alto para que todos oyeran. En el camino hacia Mayapán estaban reuniendo guerreros. Otros venían desde Uxmal. Sac-Nicté sintió que Canek buscaba su mano. Esta vez no la tomó para ayudarla a caminar ni para acercarla a un beso. La sostuvo mientras ambos escuchaban cuántos días podían faltar para que llegaran.