Capítulo 9 de 15

El camino que eligieron

Sac-Nicté mantuvo la mano sobre el muro. La piedra conservaba el calor del día, pero los dedos se le habían enfriado.

—Yax viene conmigo —dijo.

Canek asintió.

—Y quienes nos han ayudado deben poder salir también.

Él miró hacia la entrada del recinto vecino. Ek aguardaba allí, atento a los ruidos del corredor.

—Hablaré con ellos.

Sac-Nicté bajó la voz.

—No quiero descubrir después que alguien recibió un castigo por abrirnos una puerta.

Canek apoyó el antebrazo sobre el borde del muro.

—No puedo prometer que nadie sufrirá por esto.

Ella sintió la aspereza de la piedra bajo la palma. Había deseado una seguridad imposible. Agradeció que él no se la ofreciera.

—Pero puedo preguntarles qué quieren hacer —continuó—. Y preparar un lugar para quienes decidan acompañarnos.

Sac-Nicté asintió despacio. Al otro lado del patio, Yax retiró una lámpara del banco. Era la señal de que les quedaba poco tiempo.

—¿Cuándo? —preguntó ella.

—Necesito saber quién vigila los caminos. No saldremos de una habitación para quedar atrapados a las puertas de Uxmal.

Sac-Nicté volvió la mirada hacia su alojamiento. Por primera vez desde el encierro, aquella espera tenía un propósito.

—Intentaré hablar una vez más con mi padre.

Canek no ocultó su preocupación.

—¿Vas a decirle que hemos hablado?

—Voy a pedirle que me deje ir. Necesito oír su respuesta sin todos los demás presentes.

Él extendió los dedos sobre el muro. Sac-Nicté alcanzó a rozarlos.

—Si acepta, iré a buscarte por la entrada —dijo ella.

Canek sonrió con una tristeza que le apretó el pecho.

—Allí te esperaré.

⁂

Su padre llegó por la mañana. Sac-Nicté había pedido verlo antes de que acudiera a reunirse con los señores de Uxmal. Lo recibió de pie, mientras Yax terminaba de recoger los recipientes del desayuno.

—Quiero regresar a Mayapán contigo.

El gobernante miró el pequeño atado preparado junto a la estera.

—Ya hablamos de eso.

—Quiero volver a mi casa. Ayudarte a revisar lo que falta. Escuchar las propuestas de otras ciudades.

Su padre se sentó con un movimiento cansado. Sac-Nicté se acercó.

—No voy a casarme con Ulil. Pero tampoco quiero marcharme creyendo que no intenté ayudarte.

Él la observó largamente.

—Hay hombres que consideran que ya he perdido autoridad sobre ti.

—Puedes decirles que me escuchaste.

El gobernante frotó una mancha seca de su muñeca.

—Tú puedes permitirte creer que eso bastará.

Sac-Nicté se arrodilló frente a él. La cercanía pareció sorprenderlo.

—Entonces vayámonos antes de que sigan decidiendo por los dos.

Durante unos segundos vio vacilar a su padre. Él levantó la mano y le apartó un mechón de la frente, con un gesto que ella recordaba de su infancia. Sac-Nicté contuvo el aliento.

—Las primeras cargas ya han salido hacia Mayapán —dijo él—. He autorizado nuevas entregas y Ulil ha comprometido hombres para acompañarlas.

La mano descendió.

—Dentro de seis días se hará la unión.

Ella se apartó lentamente.

—¿Después de lo que dije?

—Diremos que hubo una disputa entre nosotros. Que se ha resuelto.

Sac-Nicté se levantó. Su padre intentó tomarla del brazo, pero ella retrocedió. Él dejó caer la mano.

—¿Vas a obligarme a estar presente?

—Espero que comprendas antes.

La joven miró la puerta. Los guardianes seguían allí. Había encontrado la respuesta que necesitaba.

—Quiero que recuerdes esta conversación —dijo—. Cuando te pregunten qué ocurrió, recuerda que te pedí volver contigo.

Su padre permaneció sentado. Sac-Nicté esperó a que dijera su nombre. Él se levantó y salió sin hacerlo.

⁂

Canek pasó aquel día entre despedidas deliberadamente largas. Anunció que partiría al amanecer siguiente. Sus acompañantes prepararon los equipajes a la vista de los servidores de Uxmal. Su tío lo encontró revisando una carga.

—Has hecho lo correcto.

Canek continuó ajustando una cuerda.

—¿Eso crees?

—Volver a tu ciudad antes de empeorar la situación.

El joven se incorporó. Había pasado buena parte de la mañana intentando decidir cuánto debía decirle. Cada silencio entre ambos le recordaba las órdenes que otros habían dado sin consultarlo.

—Sac-Nicté está retenida —dijo—. Quiero que quede constancia de que he pedido su salida.

Su tío apartó la mirada hacia los cargadores.

—No volveré a discutir esto contigo.

—Entonces no hables en mi nombre cuando yo me haya marchado.

El hombre endureció el rostro.

—Cuidado con lo que estás dispuesto a romper.

Canek lo vio alejarse. Después llamó a su acompañante de confianza.

—Quiero que quienes viajan con nosotros sepan que puede haber una persecución. Nadie tiene obligación de quedarse.

El guerrero tardó en responder.

—Algunos tienen familia aquí.

—Que puedan despedirse. Y decidir.

Aquella tarde, tres hombres abandonaron el grupo. Canek los despidió personalmente. Sintió miedo al verlos marcharse. No solo por lo que pudieran contar, sino porque su decisión volvía más real el peligro que estaba pidiendo a otros compartir.

⁂

Ek llegó al alojamiento de Sac-Nicté con su hermana. La mujer llevaba una cesta de ropa limpia. Se llamaba Ixil y tenía una pequeña quemadura junto al pulgar. Yax la hizo pasar mientras Ek comprobaba la puerta que había reparado. Sac-Nicté dejó sobre la estera el collar de Ulil, las cuentas que había traído de Mayapán y los adornos preparados para la recepción. Ixil miró las joyas y después a ella.

—Mi hermano dice que podemos irnos con ustedes.

Sac-Nicté asintió.

—Si quieren.

—Tengo un hijo.

—Puede venir.

La mujer apretó el borde de la cesta.

—Y una madre que camina despacio.

Sac-Nicté miró a Yax. Hasta ese instante había imaginado personas capaces de seguir una marcha apresurada.

—Hay que decírselo a Canek —respondió—. Necesitará ayuda para el camino.

Ixil bajó la cabeza.

—No la dejaré.

—Lo entiendo.

Ek se acercó desde la puerta.

—Mi hermano mercader puede llevarla antes de que nos busquen. Conoce una casa donde esperar.

Hablaron en voz baja hasta acordar que Ixil saldría al terminar su trabajo. Su madre y el niño viajarían con el mercader. Ek permanecería para ayudarlos y después los alcanzaría. Cuando quedaron solas, Sac-Nicté miró las joyas abandonadas. Yax las envolvió.

—Esto se queda.

Luego señaló el semillero.

—Eso pesa menos. Aunque pienso recordarte cada paso que me hagas cargarlo.

Sac-Nicté la abrazó. Esta vez Yax no bromeó.

⁂

Al amanecer, Canek salió de Uxmal con su comitiva. Los guardianes vieron pasar los equipajes. Un servidor se adelantó para anunciar su partida a Ulil. Sac-Nicté recibió la noticia antes del mediodía. La muchacha que le llevó el agua la pronunció con una compasión involuntaria.

—El señor de Chichén Itzá ya se marchó.

Sac-Nicté cerró los ojos. Sabía que formaba parte de lo acordado. Aun así, escuchar aquellas palabras le produjo un vacío que tardó en dominar. Durante la tarde se sentó junto al patio y fingió reparar una prenda. Esperó. Una lámpara se apagó en el corredor. Después otra. Ek apareció al cambiar los recipientes de agua, acompañado por un cargador que dejó una vasija junto a la entrada. Cuando el hombre se retiró, Ek se inclinó como si revisara el suelo.

—Ya están fuera —susurró—. Mi hermana, mi madre y el niño.

Sac-Nicté dejó la costura. Yax tomó los dos atados. No llevaban más ropa que la necesaria, alimento, agua y el recipiente envuelto. Cruzaron hacia el muro del recinto contiguo. Canek estaba esperando. Había dejado la comitiva a suficiente distancia y regresado con unos pocos acompañantes. Sac-Nicté lo vio elevar los brazos. Por un instante, el miedo la dejó inmóvil. Entonces Yax le tocó la espalda.

—Primero tú.

Ek la ayudó a subir. Al otro lado, Canek sostuvo su peso y la bajó con cuidado. Apenas tocó el suelo, ella lo abrazó. Él apoyó la boca en su cabello. No tuvieron tiempo para más.

⁂

Yax descendió después. Ek les pasó los atados y cruzó el muro al final. Avanzaron hacia el corredor de los almacenes. A pocos pasos de la salida apareció un guardián con una lámpara. Sac-Nicté lo reconoció: uno de los hombres que había vigilado su habitación. El hombre alzó la luz. Vio a Canek. Su mano buscó el arma.

—Me voy con él por voluntad propia —dijo Sac-Nicté.

El guardián retrocedió y llamó a otro. Canek se colocó junto a ella, sin desenvainar.

—Déjanos pasar.

El hombre negó. Desde el patio llegó una voz.

—¿Quién está ahí?

Sac-Nicté se volvió. Ulil acababa de entrar, todavía ajustándose una prenda sobre el hombro. La lámpara iluminó su rostro. Miró los atados, a Yax, la mano de Canek junto a la de ella. Comprendió enseguida.

—Deténganlos.

Todo ocurrió con una rapidez confusa. El guardián avanzó. Uno de los acompañantes de Canek interpuso un escudo. La lámpara cayó y rodó sobre las losas. Ek abrió la puerta exterior. Yax tiró del brazo de Sac-Nicté. Al cruzar el umbral, la joven miró atrás una vez. Ulil seguía bajo el arco. Ahora estaba gritando su nombre.

⁂

Corrieron hasta alcanzar los árboles. Uno de los hombres de Canek llevaba un corte en el antebrazo. Sac-Nicté lo vio apretarse una tela contra la herida sin detenerse. La respiración le quemaba. Había deseado estar fuera durante días. Ahora cada ruido detrás de ellos parecía anunciar que aún podían obligarla a regresar. Canek le tomó la mano.

—Falta poco.

Sac-Nicté apretó sus dedos. Más adelante aguardaban dos hombres y una vasija de agua. Ek señaló el sendero por donde habían salido sus familiares. Canek miró hacia Uxmal. Ya se distinguían luces moviéndose entre los edificios. Sac-Nicté bebió apenas y pasó el recipiente a Yax. Después buscó la mano de Canek otra vez. Se adentraron juntos en la oscuridad. Detrás de ellos empezaban a sonar las primeras órdenes de persecución.