Capítulo 8 de 15

La puerta del patio

Yax dejó la prenda sobre la estera.

—No voy a irme sin ella.

El padre de Sac-Nicté se volvió lentamente. Durante veinte años, aquella mujer había sabido expresar sus desacuerdos mediante una pausa, una pregunta o un silencio oportuno. Nunca le había hablado de ese modo.

—Regresarás con la comitiva —repitió.

Yax se secó las manos contra el vestido, aunque las tenía limpias.

—Entonces tendrás que hacer que me lleven.

Sac-Nicté miró a los guardianes de la entrada. Uno apartó los ojos. Su padre pareció reparar por primera vez en ellos. Dio una orden breve y los hombres retrocedieron hasta quedar fuera de la habitación. Después se acercó a Yax.

—No hagas esto más difícil.

—La conozco desde que nació. Si quieres que duerma, que coma y que no enferme, déjame aquí.

El gobernante sostuvo su mirada. Sac-Nicté comprendió cuánto esfuerzo le costaba a Yax mantener la espalda recta.

—Puedes quedarte —dijo él finalmente—. Pero responderás por sus salidas.

—Yo responderé por mis propios pasos —intervino Sac-Nicté.

Su padre cerró los ojos un instante. Luego salió sin contestarle. Yax esperó a que desapareciera por el corredor. Solo entonces se sentó. Le temblaban las manos. Sac-Nicté se arrodilló frente a ella y las tomó entre las suyas.

—Perdóname.

La mujer negó.

—Tráeme agua. Se me ha secado la boca de tanto valor.

⁂

Canek supo del encierro cuando intentó despedirse. El servidor que lo recibió sonrió con una cortesía demasiado ensayada.

—Sac-Nicté está descansando.

—Esperaré.

—No recibirá visitas.

Canek miró hacia el corredor. Había dos hombres junto al acceso al patio. Durante la recepción habían estado lejos de allí.

—Quiero hablar con su padre.

Lo hicieron esperar hasta que casi no quedaba luz. El gobernante de Mayapán llegó acompañado por Ahau Tun. Canek se puso de pie.

—Me han dicho que Sac-Nicté permanecerá en Uxmal.

—Hasta que podamos regresar sin aumentar lo ocurrido.

—¿Ella quiere quedarse?

Ahau Tun intervino antes de que su señor respondiera.

—La joven necesita serenarse.

Canek lo miró.

—Le he preguntado a su padre.

El administrador apretó los labios. El gobernante dio un paso hacia Canek.

—No voy a discutir contigo la educación de mi hija.

—Quiero saber si puede salir de sus habitaciones.

El hombre lo observó con una frialdad que Canek no le había conocido.

—Tu presencia ya ha causado suficientes dificultades.

Canek sintió el impulso de contestar. Imaginó por un instante a Sac-Nicté oyendo voces al otro lado del muro, esperando que una disputa le abriera la puerta. También imaginó a los guardianes acercándose más a ella después. Bajó la voz.

—Pide que venga. Si desea que me marche, la escucharé.

—Mañana partirás con los demás invitados.

El gobernante se alejó. Ahau Tun permaneció un momento.

—Has recibido una ciudad hace muy poco —dijo—. Sería lamentable perder aliados antes de aprender a gobernarla.

Canek no respondió. Esperó hasta quedarse solo para descubrir que había cerrado los puños.

⁂

Por la mañana, Sac-Nicté probó la puerta del patio. Los guardianes la dejaron cruzar el umbral, pero se colocaron frente al corredor exterior.

—Quiero caminar.

—Puedes hacerlo aquí.

El patio tenía un árbol, un banco y una franja de sombra que se acortaba conforme subía el sol. Sac-Nicté miró el espacio. Podía recorrerlo en poco más de veinte pasos. Regresó a su habitación sin discutir. Yax estaba distribuyendo las prendas en dos atados.

—¿Qué haces?

—Prepararme por si nos dejan salir de pronto.

Sac-Nicté se sentó junto al semillero. Una hoja nueva empezaba a desplegarse. Había pensado en Canek durante toda la noche. Ahora lo imaginaba partiendo, obligado a regresar a sus obligaciones mientras ella permanecía allí. Le asustó descubrir cuánto deseaba que hiciera algo. Cualquier cosa. Después recordó al mensajero con sangre seca en el hombro, al hombre golpeado y a las mujeres que habían temido responder sus preguntas.

No quería otra persona herida por una decisión que ella desconociera. Cuando entró una muchacha con los alimentos, Sac-Nicté se levantó.

—¿Puedes decirme si Canek sigue en Uxmal?

La joven casi dejó caer la bandeja.

—No sé.

Sac-Nicté esperó. La muchacha acomodó los recipientes y salió deprisa. Yax la miró con tristeza.

—Tendremos que averiguarlo de otro modo.

⁂

Fue un hombre encargado de reparar la base de una puerta quien les dio la primera noticia. Llegó después del mediodía, acompañado por un servidor. Era de baja estatura, de cabello entrecano y manos anchas. Dejó sus herramientas en el suelo y examinó la madera deformada.

—Si siguen cerrándola así, se va a partir —dijo.

El servidor miró a Sac-Nicté antes de retirarse. El hombre se arrodilló junto a la base. Durante un rato solo se oyó el roce de sus herramientas. Sac-Nicté se acercó.

—¿Cómo te llamas?

—Ek.

Él levantó los ojos, curioso por la pregunta.

—Necesitaré que no pisen aquí hasta que termine.

Sac-Nicté retrocedió. Ek trabajó un poco más antes de hablar de nuevo.

—La gente de Chichén Itzá aún no sale.

Ella se quedó inmóvil. Yax dejó de doblar una tela. El hombre siguió mirando la puerta.

—Mi hermano vende junto al alojamiento donde están. Esta mañana los vio preparar cargas. Luego volvieron a guardarlas.

Sac-Nicté sintió un alivio que la obligó a sentarse. Ek se volvió apenas.

—¿Quieres que alguien sepa que sigues aquí?

Ella observó sus herramientas, las rodillas apoyadas sobre la piedra.

—¿Qué te ocurriría si llevaras un mensaje?

El hombre soltó una breve risa.

—Depende de quién me encuentre.

Sac-Nicté negó despacio.

—No voy a pedírtelo sin saber eso.

Ek la miró por primera vez con atención. Después señaló a Yax.

—Mi hermana trabaja en las cocinas de este recinto. Ella puede hablar con mi hermano al terminar el día. Nadie tendría que buscar un camino nuevo.

Yax se acercó.

—Yo hablaré con ella.

Ek volvió a su trabajo. Sac-Nicté tardó en decidir las palabras. Quería decirle a Canek cuánto lo extrañaba. Quería pedirle que no se fuera. Finalmente eligió algo que él pudiera cumplir sin adivinar sus deseos.

—Dile que quiero salir de aquí —murmuró—. Que me escuche antes de hacer cualquier cosa.

⁂

Ulil la visitó esa tarde. Yax permaneció cerca de la puerta, donde Ek ya había recogido sus herramientas. El heredero llevaba varios días sin dormir bien. Tenía la piel irritada junto a una mejilla y una marca en la muñeca donde solía usar un adorno. Sac-Nicté permaneció de pie.

—Quiero regresar a Mayapán.

Ulil miró el banco, pero no se sentó.

—Tu padre considera que debes esperar.

—Estoy preguntándotelo a ti. Esta es tu casa.

El hombre recorrió con la mirada las paredes, como si aquella afirmación le pesara.

—Aquí viven otras personas que también toman decisiones.

—¿Pueden tomar la de retenerme?

Ulil apretó la mandíbula.

—Después de lo que hiciste delante de todos…

Sac-Nicté sintió que el cansancio se convertía en ira.

—Te lo dije en privado. Lo repetí delante de mi padre. ¿Cuántas veces tenía que negarme para evitar aquella recepción?

Él bajó la mirada. Durante unos segundos no se defendió. Sac-Nicté creyó que había conseguido alcanzarlo.

—Déjame volver —pidió.

Ulil caminó hasta la entrada del patio.

—Hay cargamentos preparados para Mayapán. Mi casa ha comprometido reservas. Los hombres que autorizaron esas entregas quieren saber qué reciben a cambio.

—Entonces ve y explícales que no puedes darme.

Él se volvió. La herida en su rostro se endureció.

—Hablas como si todo dependiera de abrir una puerta.

Sac-Nicté sintió lágrimas en los ojos.

—Para mí, ahora mismo, depende de eso.

Ulil permaneció junto al umbral. Después llamó a un servidor. Por un instante, ella pensó que iba a ordenar que se retiraran los guardianes.

—Que no falte agua —dijo—. Y traigan otra lámpara.

Se marchó sin mirarla. Sac-Nicté esperó a que sus pasos se perdieran. Luego tomó el recipiente más cercano y lo dejó sobre la estera antes de que el temblor de sus manos lo arrojara al suelo.

⁂

El mensaje llegó a Canek cuando empezaban a encender los fuegos. Ek había acompañado a su hermano hasta el alojamiento. Mientras el mercader entregaba alimentos, él pidió hablar con el hombre que había llevado los mensajes a Mayapán. Canek los recibió en un patio pequeño. Escuchó las palabras de Sac-Nicté dos veces. Después se sentó.

—¿Está herida?

—No la vi herida —respondió Ek—. Su acompañante sigue con ella.

Canek se llevó una mano al rostro. El alivio duró poco.

—¿Por dónde se entra?

Ek lo observó. Canek retiró la mano y respiró despacio.

—Necesito saber cómo hablarle.

El hombre describió el patio, el corredor y la puerta reparada. Había un recinto contiguo utilizado para guardar esteras y recipientes. Ambos patios compartían un muro bajo en un extremo, aunque desde las habitaciones principales no podía verse.

—Mi hermana puede pedir a la acompañante que salga cuando cambien las lámparas —dijo.

Canek miró a su hombre de confianza.

—Nadie llevará armas a ese patio.

Ek asintió. Antes de retirarse, añadió:

—Si ella quiere salir, tendrás que pensar dónde podrá dormir después. Aquí todos saben quién es.

Canek miró los equipajes que había vuelto a guardar aquella mañana. Hasta entonces había pensado en llegar hasta Sac-Nicté. Ahora debía pensar en el camino que empezaría al otro lado.

⁂

Esa noche, Yax le acomodó el cabello como cuando era niña.

—Solo hablarán —le recordó.

Sac-Nicté asintió. Al cambiar las lámparas, salió al patio. Al principio no vio a nadie. Luego una voz pronunció su nombre desde el otro lado del muro. Sac-Nicté se acercó tan deprisa que rozó el barro del semillero con el pie. Canek apareció en la sombra del recinto vecino. No podía alcanzarla. Ella apoyó una mano sobre la piedra. Él puso la suya al otro lado, a la misma altura.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Quiero irme contigo —dijo Sac-Nicté al fin.

Canek cerró los ojos brevemente. Cuando volvió a mirarla, tenía el rostro húmedo.

—Entonces vamos a decidir cómo.