Capítulo 7 de 15
Ante los ojos de Uxmal
La encargada de las cocinas dejó de recibirla tres días antes de la partida. Sac-Nicté la encontró entre dos grandes recipientes, con las manos hundidas en agua. Cuando la mujer la vio, se secó apresuradamente.
—Hoy no puedo mostrarte nada.
Sac-Nicté miró los atados ordenados contra el muro.
—Puedo regresar por la tarde.
—Tampoco.
Yax permaneció junto a la entrada. La mujer bajó la voz.
—Me han pedido que atienda mi trabajo.
Sac-Nicté comprendió demasiado tarde que sus preguntas también tenían consecuencias para quienes respondían.
—¿Te amenazaron?
—Tengo dos hijas trabajando aquí.
No necesitó decir más. Sac-Nicté dio un paso atrás.
—No volveré a buscarte en las cocinas.
La mujer asintió sin alivio. Al salir, la joven tuvo que detenerse bajo el pórtico. Había deseado reunir pruebas suficientes para que su padre la escuchara; ahora imaginaba a aquella mujer explicando por qué había hablado.
—Debí preverlo —murmuró.
Yax le tocó el brazo.
—Ahora lo sabes.
—Eso no la protege.
—No. Pero puedes dejar de pedirle que arriesgue más.
Sac-Nicté miró hacia la habitación donde Ahau Tun recibía a los responsables de los almacenes. Había conseguido algunas respuestas. Con ellas apenas empezaba a entender cuánto dependía el silencio de una persona del miedo de otra. Canek recibió el vendaje al final de una reunión. Esperó hasta quedarse solo para desplegar la tela. Reconoció el borde desigual, el pequeño nudo que Sac-Nicté había rehecho en el patio. Lo sostuvo entre los dedos mientras su mensajero repetía las palabras de ella.
—¿Parecía preocupada? —preguntó.
—Parecía decidida.
Canek sonrió apenas. Después escuchó la respuesta formal de Mayapán. La visita se aplazaba. Las negociaciones también. Uxmal quedaba entre ambas cosas. Esa misma noche llegó otra noticia: su tío había aceptado asistir al encuentro como representante de Chichén Itzá. Canek lo hizo llamar.
—¿Quién te autorizó a responder?
El hombre se acomodó frente a él.
—Recibí una invitación dirigida a nuestra casa.
—Dirigida a mí.
—No podías acudir sin provocar comentarios.
Canek dejó el vendaje bajo una tela doblada.
—Puedo decidir a qué invitaciones respondo.
Su tío lo observó con paciencia.
—Si apareces después de que la joven haya rechazado a Ulil, todos entenderán por qué has ido.
Canek pensó en Sac-Nicté sola ante su padre, ante los hombres que llevaban cuentas y preparaban acuerdos.
—¿Se anunciará un compromiso? —preguntó.
—Eso esperan.
—¿Y saben que ella se ha negado?
Su tío apartó la mirada lo suficiente para responder. Canek se levantó.
—Entonces no representarás a Chichén Itzá dando tu aprobación.
—Hay relaciones que tu padre sostuvo durante años.
—Quiero conservarlas. Por eso asistiré.
Su tío también se puso de pie.
—Vas a convertir una celebración en una disputa.
Canek recordó a Sac-Nicté pidiendo tiempo y recibiendo regalos que pretendían dar por resuelta su respuesta.
—Dependerá de lo que intenten celebrar.
⁂
Sac-Nicté llevó el semillero a Uxmal. Yax lo protegió entre las prendas después de discutir durante buena parte de la mañana sobre si una planta pequeña necesitaba conocer tantas ciudades.
—No puedo dejarla con los servidores —dijo Sac-Nicté.
—Podrías dejar instrucciones.
—Las daría mal.
Yax terminó por envolver el barro con una tela gruesa. El viaje fue más silencioso que el anterior. Su padre procuró tratarla con una atención que la entristecía: preguntaba si necesitaba descansar, hacía traer agua, ordenaba detenerse antes de que el cansancio se volviera evidente.
Sac-Nicté reconocía en aquellos cuidados al hombre que la había llevado de niña sobre los hombros. También veía al gobernante que esperaba conducirla hasta un anuncio que ella seguía rechazando. No encontraba manera de querer a uno sin tener que enfrentarse al otro. Al llegar a Uxmal, Ulil los recibió junto a varios miembros de su casa. Saludó primero a su padre. Después se volvió hacia ella.
—Espero que el camino haya sido amable contigo.
—Gracias.
No intentó tocarla. Sac-Nicté agradeció aquel límite, aunque advirtió la rigidez en su sonrisa. Las condujeron hasta unas habitaciones abiertas a un patio donde crecían árboles y plantas de flores pequeñas. Cuando quedaron solas, Yax desenvolvió el recipiente. Una de las hojas se había doblado durante el viaje. Sac-Nicté la sostuvo con un dedo hasta que recuperó su posición.
—Esa planta empieza a parecerse a nosotras —dijo Yax.
La joven se quedó mirándola. Luego ambas rieron con un cansancio que estuvo cerca del llanto.
⁂
Ulil fue a verla antes del anochecer. Pidió que Yax permaneciera. Aquella consideración hizo que Sac-Nicté lo escuchara sin la defensa que había preparado.
—Mañana habrá una recepción —dijo—. Vendrán señores que esperan escuchar a nuestras casas.
—Sabes que no he aceptado la unión. ¿Qué esperas de mí mañana?
Ulil tardó en contestar.
—Que escuches lo que aún puedo ofrecerte.
El heredero se acercó al borde del patio. Durante un momento observó las plantas.
—He pensado en lo que me dijiste.
Sac-Nicté aguardó.
—Podrías disponer de tu propia casa aquí. Llevar contigo a las mujeres que te acompañan. Participar en las entregas que te preocupan.
Ella sintió un dolor inesperado. Ulil estaba ofreciéndole cosas que creía valiosas. Había escuchado parte de lo que deseaba y lo había acomodado dentro de un futuro que él seguía considerando posible.
—¿Podría seguir viendo a Canek? —preguntó.
El hombre se volvió de inmediato. Sac-Nicté sostuvo su mirada. No quería herirlo. Necesitaba que comprendiera.
—No te estoy pidiendo permiso —añadió—. Te estoy diciendo que lo quiero.
Ulil tardó en respirar. Después miró hacia Yax, avergonzado de tener una testigo.
—Apenas lo conoces.
—Lo suficiente para querer volver a verlo.
—No sabes cómo será cuando tenga preocupaciones que no quiera compartir contigo.
Sac-Nicté recordó el rostro cansado de Canek al hablar de los viajeros retenidos.
—Tendré que conocerlo.
Ulil se pasó una mano por el cabello.
—¿Y todo lo que yo te ofrezco?
Ella sintió que cualquier respuesta podía sonar cruel.
—No puedo aceptarlo mientras deseo estar con él.
El heredero permaneció callado. Cuando habló de nuevo, su voz había perdido la suavidad.
—Mañana tendré que explicar por qué dos casas reunieron a sus invitados para nada.
Sac-Nicté se acercó un paso.
—Puedes decir la verdad.
Ulil dejó escapar una risa amarga.
—Tú todavía crees que todos van a escuchar lo que dices.
⁂
Canek llegó al día siguiente, poco antes de la recepción. La noticia recorrió el alojamiento de Mayapán antes de que Sac-Nicté pudiera verlo. Su padre entró en su habitación mientras Yax terminaba de acomodarle el cabello.
—No hablarás con él a solas.
Sac-Nicté se levantó.
—No he pedido hacerlo.
El gobernante miró las prendas preparadas y el collar que seguía envuelto sobre una bandeja.
—Usarás eso.
Ella negó. Su padre dio un paso hacia la bandeja, pero se detuvo. Durante unos segundos parecieron dos personas esperando que la otra hiciera un movimiento del que ambas se arrepentirían.
—Me estás dejando sin salida —dijo él.
Sac-Nicté notó que tenía los ojos enrojecidos.
—Ven conmigo y diles que no habrá compromiso.
Su padre cerró la mano junto al cuerpo. Después salió. Yax terminó de recogerle el cabello sin añadir ningún adorno.
⁂
Sac-Nicté vio a Canek al entrar en el patio de la recepción. Estaba conversando con uno de los señores de Uxmal. Al reconocerla, dejó de hablar por un instante. Ella sintió el impulso de correr hacia él.
Continuó caminando junto a su padre. Canek inclinó la cabeza. La serenidad de aquel saludo le permitió llegar hasta su asiento. Había alimentos dispuestos, recipientes para beber y servidores atentos a cada gesto. Sac-Nicté conocía muchas de aquellas caras. Nunca las había sentido tan lejanas.
Ulil se sentó frente a ellos. No la miró durante la primera conversación. Fue uno de los hombres mayores de su casa quien finalmente se levantó para hablar de caminos seguros, de obligaciones compartidas y del parentesco que daría firmeza a los acuerdos. Sac-Nicté dejó el recipiente sobre la mesa. Su padre mantuvo los ojos al frente. El hombre continuó. Al pronunciar el nombre de Ulil junto al suyo, ella se puso de pie. La conversación murió por partes.
—No he aceptado ese compromiso.
Alguien dejó caer un utensilio. Sac-Nicté sintió que las piernas amenazaban con cederle. Apoyó una mano sobre el borde del asiento. El hombre mayor miró a su padre.
—Quizá la joven…
—Me he negado antes de llegar aquí —continuó ella—. Ulil lo sabe. Mi padre también.
Ulil levantó por fin el rostro. Sac-Nicté vio su humillación y tuvo que obligarse a seguir respirando. Su padre se levantó despacio.
—Mi hija está cansada.
—Padre.
La palabra salió como una súplica. Él la miró. Por un instante, Sac-Nicté creyó que iba a escucharla. Entonces Canek se puso de pie al otro extremo.
—Podemos suspender el anuncio —dijo—. Los acuerdos pendientes pueden tratarse sin él.
El hombre mayor se volvió hacia Canek.
—Nadie te ha pedido intervenir en asuntos de nuestra casa.
Canek permaneció junto a su asiento.
—Se ha invitado a la mía a presenciarlos.
Ulil se levantó.
—Basta.
Su voz detuvo incluso a los servidores. Miró a Sac-Nicté y después a Canek.
—La recepción ha terminado.
⁂
Yax la condujo hasta sus habitaciones. Sac-Nicté apenas recordaba el camino. Al llegar, buscó el recipiente de barro y apoyó las manos a ambos lados, intentando detener su temblor. Afuera se oían pasos y voces contenidas. Había dicho la verdad. Todavía no sabía qué habían escuchado. Su padre entró cuando ya habían encendido las lámparas. No gritó. Ordenó a Yax preparar las pertenencias.
—¿Regresamos? —preguntó Sac-Nicté.
—Yax regresará a Mayapán con parte de la comitiva.
La mujer dejó inmóvil la prenda que sostenía. Sac-Nicté miró a su padre.
—¿Y yo?
Él tardó en responder.
—Permanecerás aquí hasta que resolvamos lo ocurrido.
En la entrada esperaban dos guardianes de Uxmal. Sac-Nicté comprendió entonces que haber detenido el anuncio no le había devuelto la libertad.