Capítulo 6 de 15
Lo que guardan las manos
Sac-Nicté dejó el alimento sobre la tela.
—No voy a anunciar un compromiso que he rechazado.
Su padre permaneció de pie frente a ella. Los cargadores descansaban bajo los árboles; uno se había quitado la sandalia para revisar una ampolla.
—Hablaremos cuando lleguemos.
—Acabas de decirme para qué iremos a Uxmal.
El gobernante miró alrededor. Yax recogió discretamente el recipiente de agua y se apartó unos pasos.
—Hay cosas que no puedo resolver contigo en medio de un camino —dijo él.
Sac-Nicté se levantó.
—Entonces no decidas mi vida mientras los demás descansan.
Su padre bajó la voz.
—Te estás dejando llevar por alguien a quien apenas conoces.
Ella pensó en Canek, en la forma en que había esperado antes de besarla. Quiso defenderlo, pero comprendió que su padre deseaba precisamente eso: convertir toda su negativa en una consecuencia de aquel encuentro.
—Antes de conocerlo ya te había pedido que no me prometieras.
El hombre no respondió. Desde el extremo del claro llegó la orden de prepararse. Sac-Nicté envolvió el alimento sin comerlo.
—Si me llevas a Uxmal, diré delante de todos lo que te estoy diciendo aquí.
Su padre la miró con una tristeza que no alcanzó a desarmarla.
—No sabes cuánto daño puedes causar.
Ella recogió el pequeño recipiente de barro.
—Por eso quiero conocer las cuentas.
⁂
El viaje de regreso terminó entre polvo, cansancio y conversaciones aplazadas. Al entrar en Mayapán, Sac-Nicté buscó con la mirada el camino del depósito. Había menos personas que la mañana en que salió con Yax, aunque todavía quedaban vasijas alineadas bajo el sol. Quiso acercarse. Su padre ordenó continuar. Aquella noche colocó el semillero junto a la entrada de su habitación, donde recibiría luz al amanecer. Yax se sentó para desatarle el cabello.
—Vas a hacerte daño si sigues apretando los dientes.
Sac-Nicté relajó la mandíbula.
—No puedo quedarme aquí esperando que llegue el día.
—Entonces tendrás que conseguir algo que hacer.
La joven se volvió. Yax tenía una horquilla entre los dedos.
—Tu padre no quiere que discutas con sus administradores. Pero las cocinas también reciben entregas. Y las mujeres que cuentan las mantas saben cuándo faltan.
Sac-Nicté la observó con renovada atención.
—¿Me ayudarías?
—Llevo veinte años ayudándote a hacer cosas que luego debo explicar.
Aquella fue la primera vez que Sac-Nicté rio desde que salieron de Chichén Itzá.
⁂
Durante los cuatro días siguientes aprendió cuánto podía ocultar una palabra sencilla. Entregado, por ejemplo. La encargada de las cocinas le mostró las cantidades que había recibido. Después le enseñó lo que le habían pedido reconocer como recibido.
—¿Por qué aceptaste? —preguntó Sac-Nicté.
La mujer se secó las manos en la tela que llevaba al hombro.
—Porque me dijeron que lo restante llegaría después.
—¿Llegó?
—Una parte.
Sac-Nicté no siguió preguntando delante de los servidores. Regresó por la tarde con Yax. Esta vez escuchó nombres de poblaciones, fechas recordadas por celebraciones y entregas que habían cambiado de destino. Algunas diferencias tenían explicaciones razonables: una carga dañada, una necesidad urgente, un reparto hecho antes de llegar a los almacenes.
Otras solo llevaban a Ahau Tun. Sac-Nicté comenzó a disponer pequeñas piedras en grupos para recordar las cantidades mientras comparaba los testimonios. La mujer extendió una relación pintada sobre papel plegado. Los signos agrupaban las entregas por procedencia; junto a cada grupo se reconocían figuras de mantas, recipientes o cargas de alimento. Sac-Nicté pidió que le explicara las marcas antes de intentar compararlas.
Había aprendido a reconocer nombres y cuentas en los registros de su casa. No conocía el trabajo que mediaba entre una cifra y una cocina con las ollas vacías. La encargada la corrigió más de una vez.
—Esas fueron mantas, no cestos.
Sac-Nicté cambió la piedra de lugar. Se sintió torpe. También, por primera vez desde su regreso, útil. Al sexto día logró que la recibiera uno de los hombres que llevaba los registros. Él acudió convencido de que la hija del gobernante deseaba elegir telas para su futura casa. Cuando entendió las preguntas, dejó de sonreír.
—Eso debería responderlo Ahau Tun.
—Te estoy preguntando qué recibiste tú.
—No recuerdo cada carga.
Sac-Nicté acercó las piedras que había ordenado.
—Entonces empecemos por la última.
⁂
En Chichén Itzá, Canek tampoco conseguía respuestas con la rapidez que deseaba. Había enviado hombres a revisar los puestos y dispuesto que los viajeros liberados pudieran declarar sin presentarse ante quienes los habían retenido. Los relatos se parecían demasiado. También las excusas. Aquella tarde encontró a Noh repartiendo semillas entre dos trabajadores. La mujer lo miró de arriba abajo.
—Tienes peor cara que el día de la ceremonia.
Canek se sentó en el banco.
—He descubierto que todos saben quién dio una orden hasta que les pregunto.
Noh continuó separando semillas.
—¿Y esperabas que te lo dijeran porque llevas más cuentas al cuello?
Él sonrió con cansancio. Sobre una mesa había varios recipientes como el que Sac-Nicté se había llevado. Canek tocó uno.
—¿Cuánto tarda en brotar?
Noh lo observó.
—Depende de cómo lo cuiden.
—¿Y si tuvo que viajar?
—Entonces habrá que preguntarle a quien lo llevó.
Canek retiró la mano. La mujer dejó escapar una breve risa.
—Podrías enviarle algo más útil que otra pregunta.
Él pensó en las cuentas revisadas durante la mañana, en las entregas que sí podían ofrecer sin dejar desprotegidas a sus propias familias. Esa noche preparó dos mensajes. El primero estaba dirigido al gobernante de Mayapán: proponía una reunión para revisar intercambios y obligaciones pendientes. El segundo era para Sac-Nicté. Canek pidió a un hombre de confianza que aprendiera sus palabras y las repitiera exactamente cuando pudiera hablar con ella. No le encargó promesas.
Le pidió que le dijera cuánto deseaba volver a escucharla.
⁂
El mensajero llegó ocho días después del regreso de Sac-Nicté. Su padre lo recibió primero. Ella lo supo porque reconoció entre los presentes al hombre que había acompañado a Canek hasta la casa del herido. Se quedó esperando en el patio, con una labor abandonada sobre las rodillas. Cuando salió, el visitante la saludó.
—Canek me pidió preguntar si la semilla había resistido el camino.
Sac-Nicté sintió una alegría tan visible que bajó la mirada.
—Está creciendo.
Su padre apareció detrás del mensajero.
—Puedes mostrarle el huerto pequeño. Después necesita descansar.
Lo dijo como si concediera una atención sin importancia. Sac-Nicté se levantó antes de que cambiara de opinión. Yax los acompañó. Junto al recipiente, el mensajero esperó a que los servidores se alejaran.
—También me pidió decirte algo más.
Sac-Nicté permaneció inmóvil. El hombre repitió las palabras despacio:
—«Todavía me vuelvo cuando alguien entra en el patio. Espero verte y después recuerdo el camino que hay entre nosotros. He pedido visitar Mayapán. Hasta que me respondan, quería que supieras que sigo pensando en lo que me dijiste».
Sac-Nicté miró la tierra. Aquella mañana, ocho días después del regreso, había descubierto un arco verde que apenas empezaba a levantarla. Todavía no se atrevía a tocarlo. Había imaginado la voz de Canek tantas veces que escucharla en boca de otro le produjo una emoción extraña, casi dolorosa.
—Dile que yo también sigo pensando —respondió.
El hombre asintió.
—Y que estoy aprendiendo a contar lo que otros prefieren dar por perdido.
Vaciló antes de añadir:
—Repítele eso exactamente.
⁂
Su padre la llamó al anochecer. Ahau Tun estaba con él. Sobre una estera habían dispuesto varios registros y una tela con signos que Sac-Nicté reconoció como parte de las cuentas de las cocinas. Su primer impulso fue pensar en la mujer que se los había mostrado.
—Nadie ha hecho nada sin que yo lo pidiera —dijo antes de sentarse.
El administrador alzó las cejas.
—Solo intentamos comprender por qué interrogas a nuestros servidores.
Sac-Nicté miró a su padre.
—Me negaste conocer las cuentas. Busqué las que podía entender.
—Y has llegado a conclusiones equivocadas —intervino Ahau Tun.
Ella señaló una de las relaciones.
—Aquí figura una entrega completa. En las cocinas recibieron poco más de la mitad.
—Lo demás fue repartido.
—¿Dónde?
—Entre quienes sostienen los caminos.
Sac-Nicté recordó la tela atada al brazo de un guardia. El administrador se inclinó hacia ella.
—La protección debe mantenerse incluso cuando no llegan los tributos.
Su padre tenía los ojos sobre los registros. Sac-Nicté se dirigió únicamente a él.
—Se exige a las familias una entrega. Cuando la hacen, una parte se queda en el camino. Después se vuelve a cobrar porque aquí figura que falta.
Ahau Tun abrió las manos.
—Hay pérdidas.
—Entonces revisemos cuáles.
Su padre levantó por fin el rostro.
—Déjanos.
El administrador tardó un instante en obedecer. Sac-Nicté esperó hasta que sus pasos desaparecieron.
—La propuesta de Canek puede ayudarnos —dijo.
Su padre recogió uno de los registros.
—Ofrece intercambios que tardarán en organizarse. Ulil ofrece entregas inmediatas.
—¿Le has respondido a Canek?
—Le responderé mañana.
—También pidió visitarnos.
Su padre la observó con atención.
—Eso parece importarte más.
Sac-Nicté sintió la tentación de negarlo. No lo hizo.
—Me importa mucho. Y estas cuentas también.
El hombre dejó el registro. Por primera vez, ambas cosas permanecieron dichas entre ellos sin que ella retirara ninguna.
⁂
El mensajero partió a la mañana siguiente con una respuesta formal. La visita de Canek quedaba aplazada. La reunión para revisar los intercambios se celebraría después del encuentro previsto en Uxmal. Sac-Nicté escuchó la decisión desde la entrada. Luego se acercó al viajero y le entregó una tela pequeña, doblada varias veces. Dentro había colocado el vendaje limpio que Canek había dejado de usar antes de su despedida y que ella había guardado.
—Dile que puede venir cuando termine la reunión de Uxmal —pidió—. Yo intentaré que haya una respuesta distinta para entonces.
El mensajero guardó el atado. Sac-Nicté no sabía si lograría detener el anuncio. Pero aquella mañana había decidido que los días que faltaban no iban a encontrarlos esperándola inmóvil.