Capítulo 5 de 15

La víspera de la distancia

Sac-Nicté no respondió enseguida. Ulil aguardaba frente a ella, inmóvil bajo la luz de las lámparas. Desde el interior llegaba la voz de su padre, dando instrucciones para el viaje.

—No quiero casarme contigo —dijo finalmente.

Decirlo le produjo un miedo distinto del que había imaginado. Las palabras habían salido serenas; ahora debía permanecer allí para recibir lo que trajeran consigo. Ulil bajó la mirada hacia sus manos vacías.

—¿Lo sabías cuando hablamos en el jardín?

—Sabía que no quería prometerte algo que no sentía.

—Y hoy estás segura.

Sac-Nicté asintió. Él miró hacia la entrada por donde Canek se había marchado.

—Has pasado unos pocos días aquí.

—Lo sé.

—Podrías estar confundiendo la emoción de que alguien te escuche con algo que dure.

Aquello la hirió porque también ella se lo había preguntado.

—Puede ser —admitió—. Pero casarme contigo no resolvería esa duda.

Ulil dejó escapar el aire lentamente. Durante un instante pareció dispuesto a decir algo cruel. En cambio, se acomodó el borde de la prenda sobre el hombro.

—No he venido a suplicarte.

—Tampoco quiero humillarte.

—Entonces habla con tu padre antes de que otros empiecen a hablar por nosotros.

Se apartó para dejarla pasar. Sac-Nicté avanzó hacia la habitación del gobernante. Al llegar a la puerta se volvió. Ulil seguía en el mismo lugar. Por primera vez le pareció un hombre solo, y no el heredero rodeado de servidores y certezas que había conocido. Sintió pena por él. La pena no la hizo cambiar de respuesta.

⁂

Su padre la escuchó sin interrumpirla. Eso fue lo peor. Sac-Nicté habría sabido defenderse de una orden pronunciada con ira. No sabía qué hacer con aquella quietud, con el recipiente que él sostenía sin beber.

—Ulil acaba de decírmelo —respondió cuando ella terminó.

La joven miró hacia la otra entrada. Había tomado el corredor más corto.

—Entonces ya lo sabes.

—Sé que te niegas a un matrimonio que podría aliviar una situación grave.

—También podemos negociar sin casarnos.

—¿Con qué ofrecerías garantías?

Sac-Nicté pensó en los depósitos, en los caminos y en los hombres que administraban ambos.

—Necesitaría conocer las cuentas.

Su padre soltó una risa sin alegría.

—¿Ahora quieres revisar las cuentas?

—Quiero saber si de verdad no hay otra salida.

Él dejó el recipiente.

—No vas a sentarte ante mis administradores a discutir decisiones que no comprendes.

Sac-Nicté sintió que la conversación retrocedía hasta el principio.

—Entonces explícame.

Su padre se levantó y caminó hacia la puerta. Afuera, un servidor esperaba con unas mantas dobladas. Lo despidió. Cuando volvieron a estar solos, habló en voz baja.

—Hay familias que adelantaron mercancías. Hay hombres que entregaron parte de sus reservas esperando recibir otras antes de las siguientes lluvias. Si no cumplimos, dejarán de entregar. Los que aún confían exigirán más.

—¿Y Ulil acepta eso a cambio de mí?

Su padre cerró los ojos un instante.

—Su casa acepta esperar si la nuestra queda unida a la suya.

Sac-Nicté se sentó porque las piernas empezaban a temblarle. Era más fácil oponerse cuando podía imaginar un capricho detrás de cada exigencia. Ahora veía el miedo de su padre y, debajo, decisiones que habían ido estrechando sus posibilidades.

—No voy a decir que sí —murmuró.

Él la miró largamente.

—Mañana permanecerás con Yax. Saldremos al amanecer del día siguiente.

—Padre…

—Esta noche no puedo seguir escuchándote.

Sac-Nicté se marchó con una respuesta que, por primera vez, no parecía una orden. Parecía agotamiento.

⁂

Canek encontró a su tío en la estancia donde guardaban los registros de las entregas. Había dos hombres sentados junto a él. Uno se levantó al verlo; el otro terminó de envolver un pequeño atado antes de inclinar la cabeza.

—Necesito hablar contigo —dijo Canek.

Su tío esperó a que se retiraran.

—Hoy has hablado con todo el mundo.

Canek permaneció de pie.

—Quiero enviar una propuesta a Mayapán. Intercambios que permitan cubrir las entregas pendientes sin retener a quienes llevan las cargas.

Su tío lo estudió.

—Eso habría sido útil antes de que ordenaras abrir los puestos.

—Fue necesario abrirlos.

—Y ahora descubrirás quién pagaba lo que allí se exigía.

Canek había empezado a comprenderlo durante la tarde. Los abusos se sostenían sobre necesidades reales, y aquellas necesidades servían para disculpar cualquier abuso. Deshacer una parte obligaba a revisar el resto.

—Por eso necesito las cuentas.

—Las tendrás.

Su tío apoyó una mano sobre el atado que habían dejado.

—También necesitarás reconocer tus motivos.

Canek no respondió.

—La hija del gobernante de Mayapán ha rechazado a Ulil.

La noticia le produjo una alegría tan repentina que tuvo que contenerla. Su tío la vio.

—Si ahora ofreces ayuda, ¿qué crees que van a entender?

Canek miró la puerta. Había querido hablar con el padre de Sac-Nicté. Pedir tiempo, quizás permiso para volver a verla. Hasta aquel instante había pensado que ambas conversaciones podían acompañarse. Ahora imaginó su oferta llegando después del rechazo a Ulil. Un hombre con una propuesta distinta y la misma condición alrededor de ella.

—Entonces enviaré las cuentas a revisión antes de hablar de Sac-Nicté —dijo.

Su tío retiró la mano del atado.

—Eso te costará más paciencia de la que parece que tienes.

⁂

A la mañana siguiente, Sac-Nicté plantó la semilla. Hizo un hueco pequeño con el dedo y la cubrió con tierra. Después agregó agua con tanto cuidado que Yax tuvo que indicarle que se detuviera.

—Si sigues, la vas a sacar nadando.

Sac-Nicté dejó el recipiente de agua. Había dormido poco.

—¿Alguna vez quisiste marcharte? —preguntó.

Yax continuó doblando una prenda.

—Muchas veces.

La joven levantó la mirada.

—Nunca me lo dijiste.

—La mayoría fueron días de cansancio. Se me pasaba después de comer.

Sac-Nicté sonrió apenas. Yax dejó la prenda sobre sus rodillas.

—Hubo una vez que quise quedarme en otro lugar.

—¿Con alguien?

La mujer asintió.

—¿Por qué volviste?

—Mi madre estaba enferma.

Sac-Nicté esperó.

—Cuando pude regresar, él había formado una familia.

Yax acomodó un doblez que ya estaba derecho.

—Lo sentí durante mucho tiempo. Después hubo otras cosas.

—¿Te arrepentiste?

—Algunos días. Otros me alegraba haber acompañado a mi madre.

Sac-Nicté miró la tierra húmeda. Esperaba una enseñanza que la ayudara a elegir. Yax le había ofrecido una vida donde elegir no libraba a nadie de perder algo.

⁂

Canek llegó al alojamiento a media tarde. Pidió ver al gobernante y aguardó en el patio hasta que lo recibieron. Sac-Nicté lo vio desde su puerta. No intentó llamarlo. Al cabo de un rato salió acompañado por su padre. Ambos hablaban con una cortesía que le permitió tranquilizarse apenas.

—Sac-Nicté —dijo el gobernante—. Canek desea despedirse. Yax permanecerá contigo.

Su padre se alejó hacia el corredor. La joven tardó en acercarse. Canek parecía haber preparado muchas palabras y olvidado casi todas.

—Me dijeron que viajas al amanecer.

—Sí.

—Pedí que me permitieran hablar contigo.

Sac-Nicté miró hacia el corredor vacío.

—¿Qué te respondió?

—Que sería una descortesía impedir una despedida de quien los ha recibido.

Ella sonrió con tristeza. Caminaron hasta el extremo del patio. Yax se sentó cerca de la entrada, ocupada en reparar una costura.

—He hablado con Ulil —dijo Sac-Nicté.

Canek asintió.

—Lo sé.

—Le dije que no quiero casarme con él.

Él la miró con una ternura que hizo más difícil la despedida.

—Necesitaba oírtelo decir.

Sac-Nicté se acercó un paso.

—¿Y tú qué quieres?

Canek dejó de mirar hacia Yax.

—Volver a verte cuando no haya una partida esperando detrás de cada conversación. Conocer cómo eres cuando te enfadas conmigo y cuando tienes un día feliz. Quiero que vengas por voluntad tuya.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—Eso quería escuchar.

Canek levantó una mano. Esta vez no se detuvo antes de rozarle la mejilla. Sac-Nicté apoyó los dedos en su muñeca.

—Puedo pedir visitarte —dijo él.

—Hazlo.

—Puede que tu padre se niegue.

—Entonces sabré que lo intentaste.

Él inclinó el rostro lentamente. Sac-Nicté acortó la distancia. El primer beso fue breve, torpe al principio. Ella rozó el hombro de Canek para afirmarse y él permaneció cerca, esperando. Sac-Nicté volvió a besarlo. Cuando se separaron, tenía los ojos húmedos. Canek apoyó la frente contra la suya un instante. Desde la entrada, Yax movió el asiento sobre la piedra. Ambos se apartaron. Sac-Nicté soltó una risa pequeña entre las lágrimas.

—Creo que debemos despedirnos.

Canek le besó los dedos antes de dejarlos. Sac-Nicté lo detuvo un momento más. La tela de la palma se había aflojado. Se la quitó y examinó la línea cerrada de la herida.

—Esto ya no te protege de nada.

Canek abrió y cerró la mano, aliviado. Ella retuvo la tira sin pensar y él la miró guardarla.

—Entonces tendrás que devolverme otra cosa cuando venga.

—Primero tendrás que venir.

Esa noche Sac-Nicté lavó la tela. Yax la encontró tendida junto a la entrada y no preguntó por qué la joven había querido ocuparse personalmente de una prenda tan pequeña.

⁂

Partieron cuando apenas clareaba. Sac-Nicté llevaba el pequeño recipiente protegido entre telas. Miró hacia atrás hasta que los edificios desaparecieron detrás de los árboles. Su padre caminó parte del trayecto cerca de ella, sin hablar. Fue al detenerse para beber cuando se acercó.

—Ulil ha ofrecido recibirnos en Uxmal dentro de veinte días.

Sac-Nicté dejó de desenvolver el alimento que Yax le había entregado.

—Le dije que no.

—Lo sé.

—¿Entonces para qué iríamos?

Su padre miró el camino antes de responder.

—Para anunciar el compromiso ante ambas casas.

Sac-Nicté apretó los dedos alrededor de la tela. A sus pies, entre el equipaje, la semilla seguía oculta bajo la tierra. Sac-Nicté comprobó que el recipiente no se inclinara cuando los cargadores se pusieron en marcha.