Capítulo 4 de 15
La palabra que faltaba
Canek tomó la tira de tela, pero no permitió que el mensajero se marchara.
—¿La llevaba uno de los hombres del puesto?
—La tenía atada al brazo.
—¿Lo viste tú?
—Sí.
Sac-Nicté sostuvo el recipiente contra su vientre. Necesitaba escuchar cada pregunta antes de ir en busca de su padre.
—¿Dijo quién le había dado las órdenes? —intervino.
El hombre vaciló.
—Dijo que los cargamentos debían responder por una deuda. Que nadie saldría hasta completar lo exigido.
—Eso no es lo mismo que nombrar a mi padre.
Canek la miró. Ella sintió vergüenza de la rapidez con que había buscado defenderlo.
—Necesitamos saberlo —añadió.
—Sí —respondió él—. Necesitamos saberlo.
Llamó a un servidor y pidió que reunieran, sin público, al gobernante de Mayapán, a su administrador y a su propio tío. Sac-Nicté se volvió hacia Yax.
—Lleva esto a mi habitación.
La mujer recibió el pequeño recipiente.
—¿Y tú?
—Voy a escuchar.
⁂
La reunión tuvo lugar en una estancia donde todavía había bandejas de comida de la celebración. Cuando Sac-Nicté entró detrás de Canek, su padre dejó de hablar. A su lado estaba el hombre cuyo signo había reconocido en la tela. Se llamaba Ahau Tun y llevaba años administrando los intercambios de Mayapán. De niña, ella había creído que sabía cuántos granos había en cada depósito. El tío de Canek llegó poco después. Miró a Sac-Nicté antes de sentarse.
—Quizá deberíamos tratar esto entre quienes conocen los acuerdos.
—Mi hija regresará a su alojamiento —dijo su padre.
Sac-Nicté sintió la mirada de Canek, pero él aguardó. Aquella espera le permitió responder por sí misma.
—Oí el testimonio. Quiero saber qué ocurrió.
—Después te lo explicaré.
—Como ibas a explicarme mi compromiso.
Su padre endureció el rostro. Sac-Nicté se arrepintió de haber mezclado ambas cosas. Había un hombre golpeado en una casa cercana y ella acababa de convertirlo en una disputa familiar. Bajó la voz.
—Perdóname. Quiero escuchar lo del camino.
Canek señaló un asiento lateral. Ella lo ocupó sin mirar a su padre. El mensajero repitió lo que había visto. Después dejó la tela sobre una bandeja vacía. Ahau Tun se inclinó para examinarla.
—Nuestros hombres acompañan cargamentos por esa ruta. Ese signo puede encontrarse en muchos lugares.
—Este hombre lo vio en el brazo de quien retenía a los viajeros —dijo Canek.
—¿Y dónde está ese guardia?
—Huyó con otros dos.
El administrador levantó las manos.
—Entonces tenemos una acusación y un trozo de tela.
El tío de Canek asintió.
—No sería prudente alterar un acuerdo por el testimonio de alguien que acaba de enfrentarse a nuestros propios hombres.
Canek se volvió hacia él.
—¿Nuestros?
Hubo un silencio breve.
—Los puestos están bajo protección compartida —respondió su tío.
—Ayer me dijiste que se trataba de un exceso cometido por un subordinado.
—Y podría seguir siéndolo.
Sac-Nicté observó a su padre. No parecía sorprendido. Eso le dolió más que cualquier confesión.
—¿Sabías que retenían personas? —preguntó.
Él tardó en responder.
—Se autorizó retener mercancías cuando no se cumplieran ciertas entregas.
—¿Personas?
—No di esa orden.
Canek apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces podemos ordenar que las liberen.
Ahau Tun miró al gobernante de Mayapán.
—Hay obligaciones pendientes. Si abrimos los puestos sin revisar las cargas…
—Las revisarán —dijo Canek—. Con testigos de las poblaciones que transitan por allí.
Su tío se irguió.
—Acabas de recibir tu autoridad.
—Y esta mañana envié a un hombre a cumplir una orden que casi no pudo cumplir.
El cansancio empezaba a notársele en la voz. El padre de Sac-Nicté recogió la tira de tela.
—Hablaré con mis hombres. Los viajeros retenidos por deudas de carga deberán quedar libres.
Ahau Tun abrió la boca, pero el gobernante lo detuvo con una mirada. Canek asintió.
—Enviaré una escolta con tu mensajero.
Nadie agradeció nada. Sac-Nicté comprendió que acababan de conseguir algo importante y que todos abandonarían aquella habitación sintiendo que habían perdido.
⁂
Su padre la esperó bajo el pórtico.
—Camina conmigo.
Ella lo siguió hasta un patio sin visitantes. Durante unos pasos solo escucharon sus propias sandalias.
—Me has obligado a corregir a un servidor delante de un muchacho que todavía no conoce el peso de su asiento.
Sac-Nicté miró el suelo.
—Ese servidor debió decirte lo que hacía.
—No sabes lo que me ha dicho.
Ella se detuvo. Su padre continuó dos pasos antes de volverse.
—¿Lo sabías?
Él se pasó una mano por la frente.
—Sabía que había disputas. Retenciones. Exigencias que habían crecido. No sabía que golpeaban a quienes no podían pagar.
—¿Lo preguntaste?
El hombre la miró con una fatiga desnuda.
—No.
Sac-Nicté había esperado una explicación más larga. La respuesta la dejó sin defensa.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que llegaran las cargas.
El murmullo de la celebración alcanzaba aquel patio como si perteneciera a otro día. Su padre se acercó.
—Puedes despreciar lo que hice. Pero recuerda que, cuando regresemos, las mujeres del depósito seguirán esperándome a mí.
Sac-Nicté levantó el rostro.
—Yo también volveré.
Él la observó, desconcertado.
—Lo sé.
—No estoy hablando de acompañarte en el viaje.
Por primera vez pareció entender que su hija deseaba algo más que oponerse. Sin embargo, la expresión cambió enseguida.
—Partiremos pasado mañana. Mañana permanecerás cerca de nuestro alojamiento.
Ella quiso discutir. Su padre le tocó el hombro.
—Por hoy, basta.
Canek llegó a casa de la hermana del hombre liberado cuando ya encendían el fuego para preparar la comida. Sac-Nicté estaba allí. La encontró sentada junto a Yax, sosteniendo un recipiente mientras una mujer humedecía una tela. Él se detuvo en la entrada.
—Tu padre me dijo que habías regresado.
—Regresé —respondió ella—. Después pedí a la madre de Balam que me trajera.
El hombre herido descansaba sobre una estera. Tenía el labio partido y un brazo sujeto contra el pecho. Canek se sentó a cierta distancia. Escuchó otra vez el relato, ahora contado con pausas dolorosas. Habían retenido primero los cestos; después, a los cargadores. Cada día añadían algo a la deuda.
—¿Cuántos quedaron allí? —preguntó.
—Cuando salí, cinco.
Canek buscó a su acompañante con la mirada. El guerrero asintió y se retiró para alcanzar a la escolta que estaba preparándose. Sac-Nicté dejó el recipiente en el suelo.
—No sé qué decirte —le confesó al herido.
Él la miró sin inclinar la cabeza.
—Que no vuelvan a hacerlo.
Ella asintió. No tenía autoridad para prometerlo. Tampoco quiso ofrecerle una frase que se deshiciera en cuanto cruzara la puerta.
—Voy a averiguar quiénes esperaban esas entregas —dijo—. Y quién decidió que ustedes tenían que responder por ellas.
El hombre cerró los ojos, agotado. Su hermana les indicó que necesitaba descansar. Salieron cuando la luz empezaba a bajar. Yax caminaba detrás, acompañada por la madre de Balam, que insistía en darles algo de comer antes de que regresaran. Sac-Nicté llevaba las manos vacías. Canek aminoró el paso para caminar junto a ella.
—Pudiste haberme dicho que ibas a venir.
—No sabía si debía.
—¿Por qué?
Sac-Nicté tardó en contestar.
—Quería verlo. Pero también quería que supiera que yo no había dado aquellas órdenes. Al llegar me pareció vergonzoso necesitar que un hombre herido pensara bien de mí.
Canek apartó una piedra del sendero con el pie.
—Yo deseaba que me agradeciera haber enviado a buscarlo.
Ella lo miró. Él hizo una mueca.
—Me avergonzó cuando lo entendí.
Sac-Nicté pudo hablar de nuevo sin preparar cada palabra. Siguieron caminando hasta un lugar donde el sendero se estrechaba entre dos muros. Ella perdió ligeramente el equilibrio al pisar una piedra suelta. Canek le ofreció la mano. Sac-Nicté la tomó. La herida de él ya estaba casi cerrada. El vendaje seguía allí, más por precaución que por necesidad. Al llegar al tramo llano, ninguno se soltó enseguida.
—Nos iremos pasado mañana —dijo ella.
Los dedos de Canek se movieron apenas entre los suyos.
—Lo sabía.
—Yo no quería que lo supieras por otros.
Él se detuvo. Desde atrás llegó la risa de Balam, que había salido corriendo de la casa para alcanzar a su madre. Sac-Nicté miró sus manos unidas.
—No sé qué está ocurriendo —murmuró.
Canek aguardó hasta que ella volvió a mirarlo.
—Yo pienso en ti cuando no estás.
Sac-Nicté sintió el impulso de acercarse. La franqueza de aquellas palabras le produjo una alegría casi dolorosa.
—Yo también.
Canek levantó la mano libre, pero se detuvo antes de tocarle el rostro. Ella acercó la mejilla a sus dedos. Fue un roce breve. Cuando Yax apareció al principio del sendero, Sac-Nicté ya se había apartado, aunque conservaba en la piel la tibieza de su mano.
⁂
Ulil los esperaba en el patio del alojamiento. Miró primero a Canek y después a ella.
—Tu padre te está buscando.
Sac-Nicté agradeció que la oscuridad disimulara el color de sus mejillas.
—Ya he regresado.
Canek se despidió con cortesía. Ulil respondió del mismo modo y esperó hasta que se alejara. Entonces bajó la voz.
—Esta mañana creí que necesitabas tiempo para conocerme.
Sac-Nicté sostuvo su mirada.
—Te pedí tiempo para decidir.
Ulil se apartó de la entrada, obligándola a detenerse antes de llegar a su habitación.
—Entonces tendré que preguntarte si ya has decidido.
Sac-Nicté sintió la presencia de Yax a su espalda y las voces de su padre al otro lado del patio. Aún no sabía cómo defender el porvenir que empezaba a desear. Pero aquella noche ya sabía con quién quería compartirlo.