Capítulo 3 de 15
Bajo la sombra de los huertos
Su padre llegó antes de que retiraran la lámpara. Sac-Nicté lo supo por la manera en que Yax se apartó de la entrada. Nadie anunció al gobernante de Mayapán. Bastó el silencio que dejó a su paso. Traía el collar en una mano. Lo depositó sobre la estera con tanto cuidado que ella habría preferido verlo arrojarlo.
—¿Sabes quién recibió tu devolución?
Sac-Nicté permaneció sentada.
—El hombre que lo trajo.
—Y después Ulil, delante de dos de sus consejeros.
Ella miró las cuentas verdes.
—Pedí tiempo. No debió enviarlo.
Su padre apretó la mandíbula.
—Podías guardarlo sin usarlo.
—Habrían dicho que lo acepté.
Yax bajó los ojos. Afuera, alguien recogía recipientes; el leve choque del barro parecía demasiado fuerte.
—Mañana asistirás a la ceremonia —dijo su padre—. Te sentarás conmigo y recibirás a Ulil con cortesía.
—Nunca he dejado de tratarlo con cortesía.
—Entonces comprende la diferencia entre hablar conmigo y avergonzar a nuestra casa.
Sac-Nicté se levantó.
—No quise avergonzarte.
La sinceridad lo detuvo un instante. Ella avanzó hacia él.
—Quise que me escucharan.
Su padre miró el collar y después la puerta abierta.
—Ulil ha aceptado considerar que hubo un malentendido.
Sac-Nicté sintió que algo se cerraba.
—¿Eso le dijiste?
—Le dije que estabas cansada por el viaje.
La joven retrocedió un paso. Su padre pareció advertir el daño, pero continuó:
—No saldrás del recinto sin Yax. Y antes de partir volveremos a hablar del compromiso.
Cuando se marchó, Sac-Nicté tomó el collar y lo envolvió en la tela bordada. No volvió a enviarlo. Tampoco permitió que Yax lo guardara entre sus pertenencias. Lo dejó junto a la entrada, donde su padre podría verlo cada vez que fuese a visitarla.
⁂
La mañana siguiente encontró a Canek de pie mientras dos hombres ajustaban sus adornos. El peso sobre los hombros le impedía moverse con naturalidad. Uno de los servidores corrigió por tercera vez la caída de una pieza de tela. Su tío lo observaba desde el acceso.
—Hoy convendría que dejaras descansar tus preguntas.
Canek miró el vendaje de su mano.
—¿Regresó el hombre que envié al camino?
—Regresará cuando termine su encargo.
—Se suponía que volvería anoche.
Su tío se acercó y acomodó una cuenta sobre su pecho.
—Hay familias que llevan días viajando para verte. Señores que han venido a reconocer tu autoridad. Ocúpate de recibirlos.
Canek apartó suavemente la mano del hombre.
—Eso haré.
Al salir, el aire le llevó olor a copal y a comida recién preparada. Había imaginado aquella mañana muchas veces durante la enfermedad de su padre. En sus pensamientos siempre aparecía solo, avanzando hacia un lugar que no deseaba ocupar todavía. Ahora había cientos de rostros.
Entre ellos buscó uno. Sac-Nicté estaba junto a su padre, con Yax detrás. Llevaba el cabello recogido y un adorno discreto sobre la frente. Parecía serena hasta que él reparó en sus dedos, entrelazados con demasiada fuerza. Sus miradas se encontraron. Ella inclinó apenas la cabeza. Canek sintió que podía respirar mejor.
⁂
Sac-Nicté lo vio avanzar entre los asistentes y comprendió cuánto podía cambiar un hombre sin dejar de ser el mismo. Reconoció sus manos, la forma de detenerse para escuchar, la ligera inclinación del rostro. Pero otros se apartaban antes de que él llegara; los ancianos aguardaban su respuesta y los guerreros seguían sus movimientos.
Durante el acto, Canek recibió los objetos que señalaban su nueva responsabilidad. Escuchó las palabras de quienes habían servido a su padre y pronunció las suyas con una firmeza que no había mostrado en el patio. Sac-Nicté no alcanzó a oírlo todo. A su lado, Ulil se inclinó para comentarle algo sobre una de las delegaciones. Ella tuvo que pedirle que repitiera. Él siguió la dirección de su mirada.
—Tendrá mucho que aprender —dijo.
Sac-Nicté volvió hacia él.
—Todos tenemos.
Ulil la observó un momento y después asintió. Al terminar la ceremonia, los visitantes se agruparon bajo las sombras disponibles. Comenzaron los saludos, las conversaciones y las esperas que nadie llamaba esperas. Yax se acercó a Sac-Nicté.
—La mujer de los huertos ha venido por ti.
Su padre estaba hablando con dos emisarios. Sac-Nicté vaciló. Entonces recordó la orden exacta: no salir sin Yax.
—Vamos —dijo.
⁂
La mujer se llamaba Noh y tenía las uñas teñidas de tierra. Recibió a Sac-Nicté con una inclinación breve y enseguida señaló un sendero entre las plantas.
—Pisen donde ya está marcado. Si aplastan algo, luego me toca a mí explicarlo.
Yax disimuló una sonrisa. Sac-Nicté levantó un poco el borde de su vestido. Los huertos se extendían detrás de las dependencias donde se preparaban los alimentos. Había árboles, plantas de hojas anchas y pequeños espacios trabajados con cuidado. El ruido de la celebración llegaba amortiguado.
—Canek me dijo que llevas las cuentas de las cocinas.
—Llevo las cuentas de lo que les entregamos —corrigió Noh—. Una vez dentro, siempre parece haber menos.
Sac-Nicté se agachó junto a una planta.
—¿Y se lo dices?
—Cuando consigo encontrarlo.
—Hoy me encontraste pronto —dijo una voz detrás de ellas.
Canek había llegado sin los grandes adornos de la ceremonia. Conservaba algunas cuentas sobre el pecho y el cansancio alrededor de los ojos. Noh cruzó los brazos.
—Porque sabía dónde ibas a venir.
Sac-Nicté bajó el rostro para ocultar una sonrisa. Canek la vio de todos modos. Recorrieron juntos un tramo del sendero mientras Noh explicaba qué plantas necesitaban más agua y cuáles podían resistir con menos. Yax caminaba a unos pasos, preguntándole por una hoja que reconocía. Sac-Nicté se detuvo ante un semillero.
—Tengo una de estas.
Noh apartó una hoja estrecha para mostrarle el tallo.
—Chile. Ese ya lleva semanas de cuidado. Si el tuyo no asoma pronto, no escarbes para buscarlo. Espera y mantén la tierra húmeda, sin encharcarla.
Canek miró las hojas nuevas.
—¿Dónde?
—La recogí de mi vestido después de ayudarte con el cesto.
Él sonrió con una sorpresa que a ella le calentó las mejillas. Noh se aproximó.
—Si la tienes guardada entre telas, no vas a conseguir mucho.
Sac-Nicté soltó una risa.
—No sabía qué hacer con ella.
La mujer le entregó un pequeño recipiente de barro lleno de tierra.
—Ahora ya sabes.
⁂
Se sentaron bajo un árbol mientras Noh y Yax revisaban unas plantas cercanas. Por primera vez, Sac-Nicté no encontró algo que decir inmediatamente. Tenía el recipiente sobre las rodillas. Canek apoyaba los antebrazos en las piernas y miraba sus propias manos.
—Pensé que hoy no vendrías —dijo él.
—Yo también.
Canek volvió el rostro. Ella se pasó un dedo por el borde del barro.
—Mi padre está disgustado conmigo.
—¿Por el agua?
Sac-Nicté negó. Pudo haber cambiado de conversación. Le habría resultado sencillo preguntar por la ceremonia o por su mano.
—Ulil quiere casarse conmigo.
Canek permaneció inmóvil. Un insecto zumbó entre ambos y desapareció hacia las hojas.
—Lo había oído —respondió al fin—. No sabía si estaba acordado.
—Yo tampoco sé qué considera acordado mi padre.
—¿Y tú?
Sac-Nicté levantó los ojos.
—He pedido tiempo.
Canek asintió despacio. Ella deseó que dijera algo más, aunque no habría sabido explicar qué esperaba.
—¿Para conocerlo? —preguntó él.
Sac-Nicté pensó antes de responder.
—Para saber si existe una elección.
Canek extendió la mano hacia una hoja caída y la hizo girar entre los dedos.
—No sé qué podría decirte sin pensar primero en lo que yo deseo.
El corazón de Sac-Nicté comenzó a latir más deprisa. Él dejó la hoja en el suelo.
—Por eso prefiero escucharte.
Ella lo miró largamente. Nunca le habían ofrecido un silencio que resultara tan difícil abandonar.
—Quiero volver mañana —dijo.
Canek bajó los ojos al pequeño recipiente.
—Podrías plantar tu semilla.
—No estaba hablando de la semilla.
La sonrisa de él apareció lentamente. Sac-Nicté sintió vergüenza y alegría a la vez. Se levantó antes de que cualquiera de las dos la hiciera seguir hablando. Canek la acompañó. Al pasar junto a una rama baja, ella tuvo que inclinarse. Él la sostuvo para que pudiera cruzar y la soltó demasiado pronto; las hojas rozaron el cabello de la joven. Sac-Nicté rio. Canek retiró con cuidado una hoja prendida cerca de su sien.
Sus dedos apenas la tocaron. Ella dejó de reír. Durante un instante permanecieron tan cerca que Sac-Nicté pudo verle una pequeña cicatriz junto a la ceja. Canek bajó la mano. No intentó acercarse más. Desde el sendero llegó la voz de Noh, llamándolos para mostrarles algo. Sac-Nicté tardó un momento en responder.
⁂
Aún estaba con Yax cuando un hombre entró apresuradamente en los huertos. Canek salió a su encuentro. Sac-Nicté reconoció al acompañante de la familia de Balam. Tenía polvo hasta las rodillas y una mancha de sangre seca en la tela del hombro.
—Lo encontramos —dijo.
—¿Dónde está?
—En casa de su hermana. Puede caminar, pero lo golpearon.
Canek se acercó más. El hombre bajó la voz, aunque Sac-Nicté alcanzó a escucharlo.
—Había otros. Dicen que esperaban instrucciones de Mayapán.
Ella sintió el recipiente resbalar entre sus manos y lo sujetó contra el cuerpo. Canek se volvió. La expresión que encontró en su rostro no era acusadora. Eso le permitió acercarse.
—Mi padre está aquí —dijo—. Puedes preguntárselo.
El mensajero vaciló. Después sacó de su atado una tira de tela con un signo bordado. Sac-Nicté lo reconoció. Pertenecía al hombre que había acompañado a su padre durante todo el viaje. Canek miró la tela y luego a ella. Detrás de ambos, la tierra del pequeño recipiente seguía húmeda. Sac-Nicté pasó el pulgar sobre el barro para afirmarse antes de hablar.
—Yo también quiero oír su respuesta.