Capítulo 2 de 15
Lo que cuesta una promesa
Sac-Nicté no durmió hasta que las voces desaparecieron del patio. Había permanecido cerca de la puerta, con los pies descalzos sobre la piedra, escuchando fragmentos de una conversación en la que su nombre aparecía entre cargamentos, caminos y compromisos. Al amanecer llamó a Yax.
—Necesito ver a mi padre.
La mujer levantó la vista de las prendas que acomodaba.
—Todavía está reunido.
—Entonces esperaré donde pueda verme.
Lo encontró bajo un pórtico, escuchando a dos hombres que llevaban cuentas de tributos. Sac-Nicté se detuvo a cierta distancia. Su padre continuó hablando, aunque ella advirtió el instante en que la había visto. Cuando por fin quedaron solos, él señaló el asiento de enfrente. Esta vez Sac-Nicté se sentó.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Su padre sostuvo su mirada.
—Después de la ceremonia.
—Ulil ya lo sabe.
—Ulil ha expresado una intención.
—Y tú has respondido que yo comprenderé.
Él miró hacia el patio antes de inclinarse ligeramente.
—Escuchar detrás de una puerta no te honra.
Sac-Nicté sintió arder las mejillas. Había imaginado aquella conversación durante horas, pero no había previsto que empezaría defendiéndose.
—Hablaban frente a mi habitación.
Su padre dejó pasar un momento.
—Uxmal necesita garantías para mantener abiertos ciertos caminos. Nosotros necesitamos sus cargamentos antes de que se agoten las reservas.
Sac-Nicté recordó a la mujer del depósito, al niño contra su pecho.
—¿Eso depende de que me case?
—Depende de que exista confianza.
—¿Y mi matrimonio la produce?
—Produce parentesco. Obligaciones. Razones para pensarlo dos veces antes de volverse contra nosotros.
Ella bajó los ojos hacia las manos de su padre. Tenía una uña partida y una mancha oscura junto al pulgar. Nunca reparaba en aquellas cosas cuando lo escuchaba dar órdenes.
—¿Mi madre estuvo de acuerdo cuando la eligieron para ti?
El hombre se quedó inmóvil. Desde su muerte, hablaban poco de ella.
—Tu madre entendía su lugar.
Sac-Nicté sintió una decepción tan profunda que casi la dejó sin palabras.
—Te pregunté si estuvo de acuerdo.
Su padre apartó la mirada. Aquel gesto le respondió más de lo que ella deseaba saber.
—No he anunciado el compromiso —dijo él finalmente—. Compórtate con prudencia durante estos días.
Sac-Nicté se levantó.
—Quiero hablar con Ulil antes de que anuncies nada.
Su padre asintió, aliviado por una disposición que confundió con obediencia.
⁂
Canek encontró al muchacho del cesto junto a los almacenes. Estaba acuclillado, separando semillas con una concentración excesiva. Cuando lo vio acercarse, se puso de pie tan rápido que golpeó el recipiente con la rodilla.
—No vengo a reclamarte nada —dijo Canek.
El muchacho miró el vendaje.
—Mi madre dice que debo pedir perdón.
—Dile que ya lo hiciste.
Canek se sentó sobre un bloque de piedra.
—¿Cómo te llamas?
—Balam.
—¿Y por qué llevabas tanto peso?
El muchacho vaciló.
—Faltaban dos cargadores.
—¿Estaban enfermos?
Balam empezó a frotarse las manos contra la ropa. Canek reconoció el miedo. Lo había visto la tarde anterior en el responsable del puesto de vigilancia, aunque aquel hombre lo disimulaba con explicaciones largas.
—No vas a meterte en dificultades por contestarme.
—Uno se fue a buscar a su hermano —dijo Balam—. Lo retuvieron en el camino.
Canek apoyó los codos en las rodillas. El responsable había jurado que solo existía un caso. Un exceso cometido por un subordinado. Un error reparado.
—¿Sabes dónde?
Balam señaló hacia el poniente.
—Mi madre sabe.
Canek pidió a un servidor que la buscara. Mientras esperaba, se desató el vendaje. La cortadura había dejado una línea roja en la palma. Recordó los dedos de Sac-Nicté. La había reconocido al escuchar su nombre, pero antes de eso ya había querido prolongar la conversación. Se preguntó si ella habría pensado en el encuentro. Después sintió vergüenza de estar pensando en una joven mientras esperaba noticias de otro hombre retenido. Volvió a cubrirse la herida.
⁂
Ulil la recibió en un jardín interior, donde una sombra estrecha protegía los bancos del sol. Había dispuesto papaya madura y una bebida de maíz, servida en jícaras. Sac-Nicté se sentó frente a él.
—Tu padre me dijo que deseabas conversar.
—Quería escucharte sin que él respondiera por mí.
Ulil tardó un instante en tomar su recipiente.
—Me parece razonable.
Ella había esperado incomodidad o soberbia. La serenidad del hombre la obligó a abandonar el discurso que llevaba preparado.
—¿Por qué quieres casarte conmigo?
Ulil dejó la bebida.
—Nuestras familias se conocen. Compartimos intereses. Tienes educación y sabes comportarte ante otros gobernantes.
Sac-Nicté lo miró en silencio. Él pareció advertir lo insuficiente de su respuesta.
—Y eres hermosa.
Una hoja cayó entre ambos.
—¿Qué sabes de mí? —preguntó ella.
Ulil frunció ligeramente el ceño.
—Sé lo que puede saberse antes de compartir una vida.
—No sabes qué me preocupa ni qué haría si pudiera decidir un día entero.
—Podría aprenderlo.
La respuesta la desconcertó. Por primera vez lo vio como un hombre intentando acercarse a ella, aunque lo hiciera por un camino que otros habían preparado.
—¿Y si descubres algo que no te agrada?
Ulil sonrió apenas.
—Seguramente tú también descubrirás cosas que no te agraden de mí.
Sac-Nicté tomó aire.
—No quiero que se anuncie el compromiso todavía.
La sonrisa desapareció.
—¿Necesitas tiempo?
—Sí.
Él observó el patio.
—El tiempo también significa algo para quienes esperan una respuesta de nuestras casas.
Sac-Nicté sintió regresar la conversación con su padre.
—Estoy hablando de mi vida.
—Y yo de las vidas que dependen de que lleguemos a un acuerdo.
Ulil lo dijo sin dureza. Precisamente por eso le costó tanto responder.
—¿Cerrarías los caminos si yo dijera que no?
Él volvió a mirarla.
—No tomaría una decisión así por despecho.
Sac-Nicté dejó escapar el aire. Entonces Ulil añadió:
—Pero mi consejo exigiría otras garantías. No puedo prometerte que resultaran más fáciles.
⁂
Al caer la tarde, Yax la acompañó hasta un patio apartado del alojamiento. Sac-Nicté necesitaba alejarse de los hombres que hablaban con tanta sensatez de su porvenir. Había pasado buena parte del día buscando una respuesta que no condenara a nadie. Encontró a Canek junto a una mesa baja.
Frente a él, una mujer mayor hablaba con los ojos enrojecidos. Balam permanecía a su lado. Sac-Nicté se detuvo. Canek alzó la cabeza y le hizo una leve inclinación, pero no interrumpió a la mujer.
—No tenemos más —decía ella—. Si quieren llevarse las mantas, que se las lleven. Pero que lo dejen regresar.
Sac-Nicté miró a Yax. Ambas esperaron bajo el pórtico. Cuando la mujer terminó, Canek llamó a uno de sus hombres.
—Acompañarás a esta familia. Quiero saber quién lo retiene y bajo qué autoridad.
—Tu tío ha pedido que…
—Después hablaré con él.
La mujer intentó arrodillarse. Canek se levantó para impedirlo y recibió entre las manos el bulto de telas que ella insistía en ofrecerle.
—Llévalas contigo —le dijo—. Las vas a necesitar.
Sac-Nicté lo vio devolverlas con torpeza, sin encontrar una forma de hacerlo que no pareciera un rechazo. Cuando quedaron solos, ella se acercó. Yax se sentó al otro lado del patio, a la vista de ambos.
—¿Siempre hay alguien esperando pedirte algo? —preguntó Sac-Nicté.
Canek soltó una breve risa cansada.
—Desde hace unos días, más que antes.
—Quizá antes tampoco tenían a quién preguntarle.
Él la observó.
—¿Eso crees?
—En Mayapán hay mujeres que esperan agua desde antes del amanecer. Mi padre recibe cuentas donde todas parecen haber bebido.
Canek señaló el banco. Ella se sentó. Hablaron de los depósitos, de los recorridos de los cargadores y de la facilidad con que una orden cambiaba al pasar de una boca a otra. Sac-Nicté le contó lo ocurrido con la madre del niño.
—Mentí para que pudiera llenar otra vasija.
—¿Funcionó?
—Hasta que me reconocieron.
—Entonces funcionó tu nombre.
Sac-Nicté retiró las manos del vendaje. Él pareció arrepentirse.
—No pretendía…
—Es verdad —lo interrumpió ella—. Eso fue lo que ocurrió.
Permanecieron callados un momento.
—Volví pensando que había hecho algo bueno —continuó—. Después comprendí que aquella mujer volvería al día siguiente y yo ya estaría aquí.
Canek giró entre los dedos el extremo de su vendaje.
—Esta mañana descubrí que un hombre me había mentido. Ayer lo dejé marcharse creyendo que había resuelto el problema.
Sac-Nicté miró la tela que aún cubría su mano.
—Necesitas cambiarla.
—Está limpia.
—Está mal atada.
Él le ofreció la mano con una docilidad que la hizo sonreír. Mientras ajustaba el nudo, Canek observó su rostro inclinado.
—¿Qué harías si pudieras decidir un día entero?
Sac-Nicté se quedó quieta. Era la pregunta que había deseado escuchar de Ulil.
—Iría a un lugar donde nadie preparara mis respuestas.
Canek tardó en contestar.
—Puedo pedir que te muestren los huertos. Hay una mujer que lleva las cuentas de lo que entra a las cocinas. Suele discutir conmigo.
Sac-Nicté levantó los ojos.
—¿Y la dejas?
—Procuro llevar algo que decirle.
Ella rio. La mano de Canek seguía entre las suyas. Lo advirtió al mismo tiempo que él. Sac-Nicté aflojó los dedos, pero él no se apartó de inmediato.
—Me gustaría que fueras —dijo.
A ella se le aceleró el pulso.
—Entonces iré.
⁂
De regreso en su habitación, encontró un collar dispuesto sobre la estera. Las cuentas verdes brillaban a la luz de una lámpara. Yax permaneció junto a la entrada.
—Lo trajo un servidor de Ulil.
Sac-Nicté no lo tocó. Debajo había una tela bordada con los signos de ambas casas. La petición de tiempo había recibido una respuesta que podía llevarse al cuello. Sac-Nicté buscó entre sus pertenencias hasta encontrar la semilla recogida la tarde anterior. La colocó junto al collar. Después llamó al servidor que esperaba afuera.
—Llévalo de vuelta.
El hombre miró las joyas, alarmado.
—¿Qué debo decir?
Sac-Nicté sintió miedo al pensar en su padre, en las reservas y en los caminos. Aun así, recogió el collar y lo puso en manos del hombre.
—Que todavía no he dado mi palabra.