Capítulo 1 de 15
La cuenta del agua
La primera vez que Sac-Nicté desobedeció una orden de su padre, llevaba una vasija vacía. Había salido antes del amanecer por la entrada de los servidores, acompañada de una mujer que conocía demasiado bien sus silencios.
—Todavía puedes regresar —dijo Yax mientras ajustaba la tela sobre el hombro—. Diremos que querías mirar los huertos.
Sac-Nicté sostuvo la vasija contra la cadera. A sus veinte años conocía el peso de los collares de ceremonia y de las telas que escogían para ella. Nunca había cargado agua desde los depósitos hasta su propia habitación.
—¿Y para qué llevaríamos esto?
—Para que tu mentira resulte tan mala como tu prudencia.
La joven sonrió, pero apenas habían dejado atrás los últimos muros del recinto cuando perdió la sonrisa. Había mujeres esperando junto al depósito de agua. Algunas sostenían niños dormidos. Otras tenían los brazos cruzados sobre sus cántaros, como si temieran perder el lugar al menor descuido. Una anciana permanecía sentada en una piedra; sus tobillos parecían raíces bajo la piel.
Sac-Nicté había oído hablar de aquellas filas. En las habitaciones de su padre se hablaba de ellas como se hablaba de una grieta en un muro: algo inconveniente que otros debían reparar. Allí, frente a los rostros cansados, no encontró manera de pensar en una grieta.
—No mires tanto —murmuró Yax—. Van a reconocerte.
Sac-Nicté había recogido su cabello y vestía una prenda sencilla, sin las cuentas de piedra verde que acostumbraba llevar. Sin embargo, tenía las manos demasiado cuidadas y la espalda de alguien a quien nunca habían obligado a bajar la cabeza. Se colocaron al final de la fila. Una mujer joven se volvió hacia ellas.
—Si vienen del barrio del este, hoy tampoco les corresponde.
—¿Quién lo decidió? —preguntó Sac-Nicté.
La mujer soltó una risa breve.
—La sed no nos avisa quién manda.
El niño que llevaba sujeto al cuerpo comenzó a llorar. Ella lo acomodó sin dejar caer su cántaro. Sac-Nicté extendió los brazos.
—Puedo sostenerlo mientras avanzamos.
La desconocida la estudió antes de entregárselo. El pequeño pesaba menos de lo que esperaba. Tenía la mejilla caliente y un olor agrio a sueño.
—¿Cómo se llama?
—Todavía le decimos pequeño.
La respuesta le hizo levantar los ojos. La madre miró hacia el depósito.
—Los otros dos se me fueron antes de acostumbrarse a sus nombres.
Sac-Nicté estrechó al niño con cuidado. Cuando alcanzaron la entrada, el encargado les cerró el paso con una vara.
—Una vasija por casa.
La joven madre alzó la suya.
—Mi madre no puede caminar. La segunda es para ella.
—Una por casa.
—Somos seis.
El hombre golpeó el suelo. El niño se sobresaltó y empezó a llorar con una angustia que Sac-Nicté sintió contra el pecho.
—Su madre vive en otra casa —intervino.
El encargado la miró.
—¿La conoces?
Sac-Nicté vaciló un instante.
—Sí.
La mentira salió firme. El hombre extendió la mano hacia la vasija de la madre, pero Yax avanzó antes de que pudiera tocarla. El encargado había reconocido a Sac-Nicté. La vara descendió lentamente.
—Señora…
Varias mujeres se volvieron. Sac-Nicté sintió que la distancia regresaba a colocarla donde siempre: del otro lado de todo. Entregó el niño a su madre.
—Llena las dos —dijo al encargado.
El hombre inclinó la cabeza y obedeció. Después comenzaron las reverencias, los murmullos, el espacio que nadie se atrevía ya a ocupar junto a ella. Al regresar, Sac-Nicté llevaba su vasija llena. Le dolía el brazo. No permitió que Yax la ayudara.
⁂
Su padre la esperaba en una habitación abierta al patio. Había tres recipientes de agua junto a una bandeja de fruta. Sac-Nicté los vio antes de mirarlo a él.
—¿Quién te autorizó a salir?
Depositó su vasija en el suelo. Parte del agua cayó sobre las losas.
—Quería saber por qué se redujo la entrega a los barrios.
—Podías preguntármelo.
—Lo hice.
Su padre apoyó ambas manos en los brazos del asiento.
—Y recibiste una respuesta.
—Me dijiste que nadie pasaría sed.
En el patio, un servidor dejó de barrer. Otro le hizo una señal para que continuara.
—Estamos recibiendo delegaciones —dijo el gobernante—. Los depósitos deben administrarse.
—¿Las delegaciones necesitan más agua que los niños?
Su padre aguardó hasta que los servidores se alejaron.
—No vuelvas a hablarme de ese modo delante de otros.
Sac-Nicté bajó los ojos hacia la humedad del suelo. Había preparado muchas respuestas durante el camino. Allí le parecieron demasiado pequeñas.
—Una mujer perdió a dos hijos —dijo.
—En esta ciudad hay muchas desgracias.
—Hoy conocí una.
Su padre suspiró. Por un momento pareció más viejo que la noche anterior.
—Y por conocerla crees que puedes resolver lo que mis administradores llevan meses intentando sostener.
—Creo que deberíamos escucharlos.
—Yo escucho a mercaderes que amenazan con retirar sus cargamentos, a señores que exigen protección para los caminos y a emisarios que cuentan nuestras reservas como si ya les pertenecieran. También escucho a quienes me aconsejan mostrar debilidad.
Sac-Nicté levantó la mirada.
—¿Dar agua es mostrar debilidad?
—Entrar en un depósito y corregir a mis hombres delante del pueblo lo es.
No había alzado la voz. Eso la inquietó más. Su padre señaló un asiento. Ella permaneció de pie.
—Dentro de tres días partiremos hacia Chichén Itzá —continuó él—. Canek recibirá los emblemas de su autoridad. Mayapán debe estar presente.
Sac-Nicté conocía el nombre. Había oído que el joven heredero regresaba de recorrer poblaciones sometidas a tributo; unos celebraban que hubiera reducido ciertas cargas, otros lo llamaban imprudente.
—¿Iré contigo?
—Sí. Ulil también estará allí.
La pausa fue deliberada. Sac-Nicté sintió el agua fría en el borde de su vestido.
—¿Por qué me lo dices así?
—Porque el heredero de Uxmal desea hablar contigo.
—Ya ha hablado conmigo.
Recordaba a un hombre correcto que elegía sus palabras con el mismo cuidado con que sus acompañantes acomodaban sus adornos.
—Esta vez escucharás con más atención.
Su padre tomó una de las piezas de fruta, pero no la comió. Sac-Nicté entendió entonces por qué la habían llamado antes de que pudiera cambiarse. Su salida al depósito era una falta. Había algo más importante esperándola.
—¿Qué le prometiste? —preguntó.
Su padre dejó la fruta.
—Todavía nada que deba anunciarse.
⁂
En Chichén Itzá, Canek llevaba toda la mañana intentando conseguir una respuesta sencilla.
—¿Cuántos hombres?
Su tío deslizó un dedo sobre la tela extendida ante ellos.
—Los necesarios.
Representaba caminos, poblaciones y lugares de abastecimiento. En varios puntos habían colocado pequeñas piedras oscuras. Canek apartó una.
—Eso no es una cantidad.
—Te coronarán en tres días. Podrías dedicar esta mañana a prepararte.
—Lo estoy haciendo.
Su tío lo observó con una paciencia que nunca llegaba a los ojos.
—Los puestos de vigilancia protegen los caminos.
—Entonces quiero saber por qué un mercader pagó tres veces para recorrer el mismo trayecto.
—La protección cuesta.
Canek sacó de su cinturón una pequeña bolsa y la dejó sobre la tela. Dentro había cuentas, dos fragmentos de cobre y una figurilla de hueso.
—Esto entregó una mujer para recuperar a su hijo. Lo retuvieron porque no podía pagar.
Su tío no tocó la bolsa.
—Debió acudir ante el responsable.
—Acudió.
—Ante alguien con autoridad.
Canek sostuvo su mirada. El hombre entendió. Afuera empezaron a sonar los preparativos de la ceremonia: pasos, órdenes, el arrastre de una carga sobre la piedra.
—Tu padre sabía que gobernar exigía tolerar ciertas cosas —dijo su tío.
Canek cerró la bolsa. Desde la muerte de su padre, todos parecían conservar una enseñanza suya que deseaban ponerle en la boca. Tenía veinticuatro años. En los últimos meses había aprendido a reconocer las manos de quienes cultivaban las milpas y las de quienes recibían sus entregas. Todavía le costaba distinguir cuándo una explicación prudente encubría una amenaza.
—Trae al responsable del puesto —respondió—. Quiero escucharlo antes del anochecer.
⁂
Sac-Nicté llegó a Chichén Itzá al final de una tarde luminosa. El viaje le había dejado polvo en las pestañas y una dureza desconocida en los hombros. Mientras los servidores conducían los equipajes, su padre fue recibido por una comitiva. Yax le ofreció agua.
Sac-Nicté bebió despacio. Desde el patio de alojamiento podía verse una hilera de personas que avanzaba cargando cestos. Dos muchachos discutían junto a un bulto derramado. Más allá, un hombre se había agachado para ayudar a recoger el contenido. Sac-Nicté lo reconoció por los adornos que otros llevaban hacia él y que él parecía haber olvidado. Canek. Uno de los muchachos levantó un cesto demasiado lleno. El joven gobernante lo sostuvo por debajo.
Algo se abrió. Una lluvia de semillas de chile cayó entre ambos. Noh las había dejado secar para preparar nuevos semilleros junto a las cocinas. Sac-Nicté soltó una risa antes de poder contenerla. Canek volvió la cabeza. Se miraron por primera vez con un cesto roto entre los dos. Él bajó los ojos hacia el desastre.
—Parece que necesitábamos otro.
Sac-Nicté dejó su recipiente junto a Yax y se acercó.
—O menos prisa.
Se arrodilló para ayudar. Canek intentó detenerla.
—Vas a ensuciarte.
Ella tomó un puñado de semillas.
—Ya viajé desde Mayapán.
El muchacho del cesto miraba de uno a otro, aterrado.
—Ve por otro recipiente —le dijo Canek—. Este se rompió en mis manos.
Cuando se alejaron los servidores, Sac-Nicté advirtió una pequeña cortadura en la palma del heredero.
—Estás sangrando.
Canek se miró con sorpresa. Ella sacó una tira de tela del atado que llevaba al cinturón.
—Dame la mano.
Él obedeció. Sac-Nicté limpió la herida con el agua de su recipiente y envolvió la palma. Tenía las manos anchas, con asperezas que ella no esperaba encontrar.
—¿Siempre recibes así a tus invitados? —preguntó mientras anudaba la tela.
—Solo a los que llegan cuando rompo algo.
Sac-Nicté sonrió. Canek la observaba con una atención que empezó a volverla torpe. Aflojó el nudo y lo hizo de nuevo.
—Ahora podrás sostener el siguiente cesto.
—¿Cómo te llamas?
La pregunta la sorprendió. Antes de que respondiera, una voz sonó al otro extremo del patio.
—Sac-Nicté.
Su padre estaba bajo el acceso, acompañado de Ulil. Ella soltó la mano de Canek. El heredero de Uxmal avanzó con una sonrisa.
—Esperaba encontrarte descansando.
Su mirada pasó de las semillas al vendaje. Sac-Nicté se incorporó.
—Había algo que recoger.
Ulil ofreció su brazo. Ella tardó un instante en aceptarlo. Mientras cruzaban el patio, oyó que Canek pedía otro cesto. No se volvió hasta alcanzar la entrada. Él seguía allí. Tenía la mano vendada apoyada contra el pecho. Y la estaba mirando.
⁂
Esa noche, mientras Yax le deshacía las trenzas, Sac-Nicté encontró una semilla prendida en el borde de su vestido. La sostuvo en la palma.
—Te has quedado muy callada —dijo Yax.
—Estoy cansada.
La mujer recogió una horquilla.
—Entonces dormirás pronto.
Sac-Nicté cerró los dedos. Afuera oyó la voz de su padre, seguida por la de Ulil. Hablaban del día posterior a la ceremonia, de testigos y de regalos que debían presentarse juntos. Se acercó a la puerta.
—Mi hija comprenderá —dijo su padre.
Sac-Nicté miró la semilla que había dejado una pequeña marca en su mano. Hasta esa tarde solo había temido el matrimonio que otros estaban decidiendo. Ahora, al recordar el rostro de Canek mientras le preguntaba su nombre, comprendió que también podía desear una vida distinta. Y que su padre ya estaba negociando el modo de quitársela.