Capítulo 1 de 15

La ventana que seguía abierta

Cuando el colibrí se detuvo frente a Emilia, ella llevaba dos años sin pronunciar el nombre de su esposo en voz alta.

Lo pensaba al despertar. Lo reconocía en el olor del café y en las camisas que todavía conservaba dentro de una caja. A veces lo soñaba sentado al borde de la cama, buscando un calcetín, tan ocupado en aquella pequeña dificultad que la muerte parecía una equivocación de otra persona.

Pero no decía su nombre.

Pronunciarlo significaba esperar una respuesta.

Y Emilia había aprendido cuánto podía doler el silencio después de llamar a alguien.

Aquella tarde de miércoles, ya entrada la segunda mitad de octubre, regresó a Tzintzuntzan con una maleta, una bolsa de medicinas para su abuela y la intención de quedarse solamente una semana.

El taxi la dejó frente a la casa de adobe donde había pasado los veranos de su infancia. La fachada conservaba el mismo color crema, aunque la humedad había oscurecido la parte baja. Sobre la puerta seguía la teja rota que su abuelo prometió cambiar hasta el último año de su vida.

Emilia pagó, bajó la maleta y permaneció unos segundos mirando la ventana del cuarto del fondo.

Estaba abierta.

La cortina blanca se movía hacia afuera.

—Te dije que llegaras antes de que enfriara.

Su abuela apareció en el umbral, apoyada en un bastón que parecía molestarle más de lo que la ayudaba.

Emilia se acercó.

—Todavía hay sol.

—El sol no carga tus huesos.

La abrazó con cuidado. Debajo del suéter, Teresa seguía siendo pequeña y firme. Olía a jabón, a maíz tostado y al aceite que se ponía en las rodillas.

Durante un instante, Emilia quiso hundir la cara en su hombro y pedirle que la dejara volver a tener ocho años.

—¿Cómo sigue la pierna?

—Pegada donde debe.

—Abuela.

—El médico dijo reposo. No dijo que me volviera inútil.

Emilia sonrió apenas.

Teresa se apartó para observarla. No comentó su delgadez ni las ojeras ni aquel modo de sostener la bolsa contra el pecho.

—Hay sopa —dijo—. Entra.

Dentro, la casa tenía el sonido de los lugares donde alguien ha vivido mucho tiempo: el reloj del comedor, una llave que goteaba, el roce de las ramas contra las tejas.

Emilia dejó las medicinas sobre la mesa.

Junto al frutero había varias velas nuevas, dos servilletas bordadas y una libreta abierta con una lista de compras.

Reconoció la letra inclinada de su abuela.

Pan.

Flores.

Fruta.

Chocolate.

Debajo, con tinta más reciente: Arreglar la mesa del patio.

—¿Ya estás preparando todo? —preguntó.

—Falta poco.

Emilia miró las velas.

—Podría ayudarte mi tía.

—También va a ayudarme.

—Yo solamente puedo quedarme unos días.

Teresa levantó la vista.

—Todavía no te he pedido que te quedes más.

La frase no llevaba reproche, pero Emilia sintió el suyo propio.

Sacó el teléfono, revisó una notificación sin leerla y volvió a guardarlo.

—Voy a dejar la maleta.

—Te preparé el cuarto de siempre.

El cuarto de siempre.

Había esperado otro. Uno donde no conociera las grietas del techo.

Atravesó el pasillo despacio.

La puerta estaba entornada.

Adentro seguían el ropero de madera, la colcha tejida por su madre y el espejo con una mancha oscura en la esquina. Sobre la cabecera colgaba una acuarela del lago que ella había pintado a los diecisiete años.

Julián se había burlado cariñosamente de aquellas montañas violetas.

Parece que el paisaje se puso elegante para conocerte.

Emilia cerró los ojos.

No había sabido, al hacer la maleta en Morelia, que el recuerdo podía conservar una voz con tanta precisión.

Dejó su equipaje junto a la cama y se acercó a cerrar la ventana.

Entonces lo vio.

El colibrí flotaba frente a ella, a la altura de su rostro.

Era pequeño, de lomo verde. Cuando giró, una claridad azul le recorrió el cuello, tan breve que Emilia pensó haberla imaginado.

Se quedó inmóvil.

El ave avanzó un poco.

Ella pudo distinguir el pico fino, la oscuridad brillante del ojo y las alas que apenas parecían alas.

—Aquí no hay flores —murmuró.

El colibrí se apartó hacia una maceta del patio.

Emilia siguió su vuelo.

Debajo de la ventana crecía una salvia que no recordaba. Tenía varias espigas de flores y una rama seca amarrada a un palito.

—Esa sí te estaba esperando —dijo Teresa desde la puerta.

Emilia se volvió.

—¿La planta?

—¿Qué otra cosa?

Teresa miró la salvia.

—Me la dio Aurelia en marzo. Ella sacaba plantas hasta de una ramita que los demás ya habríamos tirado. La puse aquí porque le da el sol de la mañana.

Emilia volvió a observar las flores. No había conocido aquel pequeño cambio en la casa ni había preguntado por los anteriores.

Su abuela entró y dejó una toalla limpia sobre la cama.

Emilia miró otra vez hacia afuera. El ave había desaparecido.

—Había un colibrí.

—Vienen seguido.

—Se acercó mucho.

Teresa acomodó una esquina de la colcha.

—Tu abuelo decía que algunos traen recados.

Emilia sintió que algo se endurecía dentro de ella.

—Son aves, abuela.

—Ya sé.

—Buscan comida.

—También.

La facilidad de aquella respuesta le impidió discutir.

Teresa señaló la ventana.

—Déjala abierta un rato. Este cuarto se encierra mucho.

Cuando salió, Emilia permaneció junto al marco, con la mano en el pasador.

Al final no lo movió.

La sopa estaba caliente y sabía a los días en que todavía era posible llegar de la escuela y creer que alguien podía resolverlo todo.

Teresa hablaba de una vecina que había cambiado sus gallinas por una lavadora usada y ahora tenía ropa limpia, pero debía comprar los huevos.

Emilia escuchaba.

Por primera vez en varios días terminó un plato completo.

Después llevó los trastes a la cocina.

Desde ahí vio la mesa del patio: una tabla larga sostenida por patas desiguales. Una estaba partida cerca de la unión.

—Eso no va a aguantar nada.

—Por eso viene Mateo mañana.

—¿Cuál Mateo?

—El hijo de Aurelia.

Emilia buscó entre recuerdos de escuela, fiestas y tardes de plaza.

—¿El que se fue a trabajar fuera?

—Ese.

—¿Ya regresó?

—Hace meses.

Teresa sopló su cucharada de sopa.

—Va a arreglar la mesa y la ventana del corredor.

Emilia volvió a mirar la lista.

No preguntó para quién sería la ofrenda.

Había fotografías guardadas en el aparador. Sus abuelos, una hermana de Teresa, un tío al que apenas recordaba. La casa siempre había tenido muertos a quienes recibir.

Lo nuevo era que ahora uno de ellos había dormido abrazado a ella.

Al anochecer salió al patio.

Necesitaba llamar al trabajo y confirmar que podría revisar unos documentos desde allí. Hizo la llamada, respondió lo indispensable y terminó antes de que le preguntaran cómo estaba.

Había aprendido a reconocer el segundo exacto en que una conversación estaba por volverse compasiva.

En el centro del patio crecía un limonero. Debajo descansaban dos sillas de diferente tamaño.

Emilia se sentó en la más pequeña.

La otra estaba ocupada por una caja de herramientas.

Julián había usado una semejante para colgar los estantes de su primer departamento. Los puso torcidos. Ella guardó silencio hasta que un lápiz rodó de una punta a la otra.

Él lo atrapó y anunció:

Es un sistema de entrega.

Emilia dejó escapar una risa.

El sonido la sorprendió tanto que se llevó la mano a la boca.

Luego empezó a llorar.

Sin fuerza al principio. Apenas una respiración mal acomodada. Después tuvo que inclinarse, apoyar los codos en las rodillas y esperar.

Había pasado los últimos meses evitando ese momento. Si lloraba un poco, podía detenerse. Si recordaba solamente una escena, conseguía volver al trabajo.

Pero allí estaba el patio donde Julián había pedido permiso para besarla por primera vez, muchos años antes de que se casaran.

Había tenido veintidós años y una seriedad absurda.

¿Puedo?

Ella se había reído.

Ya me has besado.

Aquí no. Esta casa impone.

Emilia apretó los ojos.

—No tenías derecho —susurró.

La frase quedó entre las sillas.

No tenías derecho a morirte después de enseñarme cómo querías el café.

A dejar pendiente una visita al dentista.

A comprar semillas para una casa que ya no ibas a habitar.

Sintió vergüenza enseguida. Él tampoco había querido irse. Lo sabía. Lo había sabido incluso cuando tuvo que reconocer sus pertenencias dentro de una bolsa transparente.

Un zumbido la hizo levantar la cabeza.

El colibrí estaba junto a la salvia.

O quizá era otro.

Emilia se limpió las mejillas con las mangas.

El ave bebió de una flor, retrocedió y cambió a la siguiente.

Ella lo observó hasta que la respiración volvió a su sitio.

—¿Qué quieres? —preguntó.

El colibrí se posó en una ramita del limonero.

Nunca había visto uno quieto.

Parecía todavía más pequeño.

La puerta de la cocina se abrió.

Teresa salió con dos tazas.

No preguntó por los ojos hinchados. Apartó la caja de herramientas y tomó asiento.

Durante un rato bebieron en silencio.

—Mañana podemos ir al panteón —dijo después.

Emilia sostuvo la taza con ambas manos.

—Ve con mi tía.

—Puedo ir con ella.

La abuela esperó.

—Pensé que a lo mejor tú querías acompañarme.

—No.

Teresa asintió.

Aquella aceptación le dolió más que una insistencia.

—No puedo hacer como si viniera a cenar —dijo Emilia—. Ponerle un plato, cocinar lo que le gustaba… No puedo.

Su abuela mantuvo la mirada sobre el patio.

—Entonces no lo hagas mañana.

Emilia tragó saliva.

—¿Y si no puedo nunca?

Teresa tardó en responder.

—Te puedo guardar una silla mientras lo averiguas.

Emilia bajó la cabeza.

Su abuela acercó la mano y le acarició una vez el cabello, como cuando era niña y fingía dormir para que la cargaran hasta la cama.

Más tarde, al buscar un cargador, Emilia encontró en el cajón de la cómoda un sobre doblado.

Reconoció su propia letra en el frente.

Semillas. No tirar.

Lo abrió.

Dentro había un pequeño envoltorio de papel y una tarjeta escrita por Julián.

La recordó de inmediato.

Era de la última visita que habían hecho juntos. Él llevaba semanas hablando de llenar de flores el balcón de su departamento. Ella decía que primero debían aprender a mantener vivo el cilantro del refrigerador.

Habían comprado semillas en el camino.

Al regresar a Morelia, las olvidaron.

Emilia se sentó en la cama.

En la tarjeta, Julián había dibujado una maceta torcida.

Debajo decía:

Para que algún colibrí tenga un motivo para visitarnos.

La fecha era de cuatro meses antes del accidente.

Pasó el pulgar sobre la tinta.

Luego leyó el reverso.

Había otra frase, una que no recordaba haber visto.

Si salen mal, volvemos a sembrar.

Emilia dejó la tarjeta sobre sus piernas.

Afuera, la oscuridad había borrado los colores del patio. La ventana seguía abierta. Se levantó para cerrarla, pero antes tocó la tierra de la salvia.

Estaba seca.

Fue a la cocina, llenó un vaso y regresó.

Vertió el agua despacio, procurando no derramarla.

Después apoyó las manos en el marco.

—Julián.

El nombre le quebró la voz.

Esperó.

Se escuchó un perro a lo lejos y el golpeteo de un traste en la cocina. Ninguna respuesta llegó desde el jardín.

Emilia lloró un poco más.

Luego dejó el sobre de semillas junto a la lámpara, donde pudiera verlo al despertar.

Aquella noche cerró la ventana para protegerse del frío.

La cortina quedó atrapada entre las dos hojas.

Al notarlo, la soltó con cuidado.

Quería poder abrirla por la mañana.