Capítulo 2 de 15
El hombre que reparaba las cosas
Emilia despertó con tres golpes de martillo.
Por un momento no supo dónde estaba. Buscó con la mano el borde de su cama en Morelia y encontró la pared fría del cuarto de su infancia. Después vio el sobre de semillas junto a la lámpara.
La tarjeta de Julián seguía debajo.
Se quedó mirándola hasta que sonó otro golpe.
—¡Así vas a despertar a todo el pueblo! —protestó Teresa desde el patio.
—Usted me dijo que viniera temprano.
—Temprano, muchacho. No antes que Dios.
Una risa masculina atravesó la ventana.
Emilia se incorporó. Había dormido casi siete horas seguidas, algo que no ocurría desde hacía meses. Aquella pequeña mejoría le produjo una incomodidad que no supo explicar.
Se vistió, se recogió el cabello y salió.
En el patio, un hombre sostenía la mesa de costado mientras su abuela señalaba la pata rota con el bastón.
—Te digo que poniéndole un clavo…
—Se vuelve a abrir la madera.
—Antes arreglábamos todo con clavos.
—Por eso me está dando tanto trabajo.
Teresa intentó disimular una sonrisa.
El hombre levantó la vista al escuchar los pasos de Emilia.
Tenía una rodilla apoyada sobre un costal y las mangas de la camisa dobladas hasta los codos. Había aserrín en su pantalón y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
Ella recordó aquella cicatriz antes que su nombre.
Un muchacho cayendo de una bicicleta. Su abuela saliendo con algodón. Ella, todavía niña, escondida detrás de la puerta porque le daba miedo la sangre.
—Mateo —dijo.
Él sonrió.
—Ahora ya freno antes de las bajadas.
Emilia sintió el impulso inesperado de reír.
—Me acuerdo de que lloraste.
—Me acuerdo de que tú te desmayaste.
—No me desmayé.
—Te acostaste en el suelo muy de repente.
Teresa soltó una carcajada.
Emilia bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Mateo se puso de pie y sacudió una mano contra el pantalón.
—Qué gusto verte.
Ella le estrechó la mano.
Tenía los dedos tibios y una aspereza leve en la palma. El contacto duró apenas un instante, pero Emilia se apartó con más rapidez de la necesaria.
Él no pareció ofenderse.
—Tu abuela me estaba explicando cómo hacer mi trabajo.
—Alguien tiene que enseñarte —replicó Teresa.
Mientras se preparaba café, Emilia lo observó por la puerta de la cocina.
Mateo retiraba con cuidado los clavos viejos de la mesa. Los dejaba en una lata vacía y revisaba la madera antes de volver a tocarla.
No trabajaba con la prisa ruidosa de quien desea terminar. Cada tanto se detenía, inclinaba la cabeza y probaba una unión con los dedos.
—¿Desde cuándo hace esto? —preguntó Emilia.
Teresa estaba sentada junto al fogón.
—Desde que regresó. Su abuelo le enseñó de niño.
—Pensé que trabajaba en una fábrica.
—Trabajaba.
La abuela partió una tortilla.
—Ahora arregla muebles, puertas, lo que le lleven. También ayuda con unas lanchas.
Emilia buscó una taza en el estante.
—¿Por qué volvió?
—Pregúntale.
—Nada más decía.
Teresa le acercó el azúcar.
—Pues yo nada más te contesto.
Emilia llevó dos tazas al patio.
Mateo alzó la vista.
—¿Ésa es para mí?
—Si tomas café.
—Con bastante fe.
Ella le entregó la taza y se quedó de pie, sin saber si debía volver a entrar.
Él bebió un sorbo.
—Tu abuela dice que estás trabajando con libros.
—Corrijo textos para una editorial pequeña.
—Eso explica lo de la bicicleta.
Emilia frunció el ceño.
—¿Qué?
—Siempre estabas leyendo. No viste que yo iba directo contra el árbol.
—Gritaste que sabías manejar.
—Y tú me creíste. Muy mal criterio para una correctora.
Esta vez Emilia se rio sin conseguir evitarlo.
La risa se apagó pronto, aunque ya había ocurrido.
Mateo volvió a apoyar la taza sobre el suelo.
—¿Me ayudas un momento?
Ella miró la mesa.
—No sé hacer esas cosas.
—Solamente necesito que sostengas este lado.
Emilia se agachó.
La madera estaba fría y tenía pequeñas marcas hundidas en el borde. Recordó haber hecho allí su tarea durante unas vacaciones.
Mateo acomodó una pieza debajo de la cubierta.
—¿Así? —preguntó ella.
—Un poquito más arriba… Ahí.
Trabajaron unos minutos sin hablar.
Desde la muerte de Julián, muchas conversaciones empezaban con preguntas que Emilia no sabía contestar. Mateo seguía ocupado en encajar la pieza de madera.
Mateo le indicó que podía soltar.
Ella retiró las manos y descubrió una astilla en el pulgar.
—Espera.
Él abrió una cajita de herramientas pequeñas.
—Tengo unas pinzas.
Emilia extendió la mano por reflejo.
Mateo se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo?
La palabra le atravesó el pecho.
¿Puedo?
Julián, en aquel mismo patio.
Emilia recogió la mano.
—Yo puedo hacerlo.
Mateo dejó las pinzas sobre la mesa.
—Claro.
Ella extrajo la astilla con dificultad. Sentía el rostro caliente.
—Perdón —murmuró.
—No pasó nada.
Y siguió trabajando.
Cerca del mediodía, Teresa salió con una bolsa de tela.
—Voy con Carmen a comprar unas cosas.
Emilia miró el bastón.
—El médico dijo reposo.
—Voy en su coche.
—También vas a caminar.
—De la puerta al coche. No voy a subir el cerro.
Discutieron lo suficiente para que Teresa aceptara que su hija entrara por ella hasta el patio.
Cuando se marcharon, la casa quedó extrañamente silenciosa.
Mateo ya había terminado la mesa y estaba revisando la ventana del corredor. Emilia se sentó cerca con su computadora, pero leyó tres veces el mismo párrafo sin corregir una palabra.
Al otro lado del patio apareció el colibrí.
Fue directo a la salvia.
Ella cerró despacio la computadora.
Mateo siguió la dirección de su mirada.
—Ya vino a desayunar tarde.
—Ayer también estuvo aquí.
—Tiene buen gusto. Esa planta les encanta.
El ave se apartó de las flores y quedó suspendida frente a la ventana del dormitorio.
Emilia sintió un pequeño vuelco.
—Mi abuela dice que traen recados.
Mateo apoyó el destornillador.
—Mi abuela paterna también lo decía. Vive con una tía, por el rumbo de Quiroga.
—¿Tú lo crees?
Él tardó unos segundos en responder.
—Cuando murió mi madre, uno empezó a acercarse al lavadero. Yo iba a lavar mis camisas y ahí estaba.
Emilia lo miró.
—No sabía lo de tu mamá.
—Fue hace seis meses.
Ella recordó vagamente haber recibido un mensaje de su tía. Quizá había enviado una condolencia. Quizá solamente pensó en hacerlo.
—Lo siento.
Mateo asintió.
—A ella le gustaban mucho las flores. Las tenía hasta en cubetas rotas.
Volvió la vista hacia el colibrí.
—No sé si era un recado. Pero los primeros días me ayudó encontrar algo esperando afuera.
Emilia observó el diminuto cuerpo verde.
—¿Y si uno empieza a imaginar cosas porque las necesita?
Mateo se encogió de hombros.
—Puede pasar.
Aquella respuesta la tranquilizó más de lo que habría conseguido una certeza.
El ave desapareció por encima del tejado.
Emilia dejó las manos sobre la computadora cerrada.
—Yo ayer le hablé.
Mateo no se movió.
Ella tragó saliva.
—A Julián. Hacía mucho que no decía su nombre.
Por primera vez, otra persona la escuchaba pronunciarlo sin que hubiera una fotografía entre ambos.
—¿Cómo te sentiste? —preguntó él.
Emilia miró la salvia.
—Como si me hubiera quedado algo atorado durante mucho tiempo.
Mateo recogió el destornillador, pero no reanudó el trabajo enseguida.
—A veces todavía marco el teléfono de mi madre —dijo—. Me doy cuenta cuando ya lo tengo en la mano.
Emilia lo miró con una atención distinta.
Antes de irse, Mateo pidió permiso para buscar un tornillo en la caja que estaba bajo el limonero.
—Esa caja era de mi abuelo —dijo Emilia.
—Sí. Tu abuela me presta algunas cosas cuando vengo.
Se arrodilló y abrió la tapa.
Dentro había herramientas envueltas en trapos, una cinta de medir y varios sobres de papel.
Emilia reconoció la letra de Teresa en uno.
Ventana del cuarto de Emilia.
Debajo había otro sobre, más pequeño, manchado de tierra.
Mateo lo apartó para alcanzar una bolsa de tornillos.
Entonces ella vio las letras.
Julián.
Su nombre escrito por él mismo.
—Espera.
Mateo retiró la mano.
Emilia tomó el sobre.
Contenía dos tornillos, una escuadra pequeña y un recibo de ferretería. En el reverso había un dibujo sencillo: tres repisas sujetas a una pared, con macetas encima.
Emilia dejó de respirar un instante.
El balcón.
Las flores que no llegaron a sembrar.
—¿Está todo bien? —preguntó Mateo.
Ella pasó un dedo sobre el dibujo.
—Mi esposo debió dejarlo aquí.
Recordó una visita de los primeros meses de su matrimonio, cuando Salvador todavía vivía. Julián y su abuelo habían buscado herramientas mientras ella preparaba la comida con Teresa. Los oyó discutir medidas y supuso que reparaban alguna cosa de la casa. Aquel dibujo era anterior a la última visita y a la compra de las semillas; el proyecto había ido quedándose para después.
En una esquina del papel había una anotación:
Preguntarle a Emilia cuáles quiere.
Las palabras se desdibujaron.
Mateo bajó la vista hacia sus herramientas, dándole tiempo.
Emilia sostuvo el papel con ambas manos.
Era una lista incompleta, hecha por un hombre que creía tener por delante muchos sábados. Emilia reconoció las prisas de Julián en las líneas que se salían del papel.
Aquello dolió de una manera nueva.
—Quería hacerme unas repisas —dijo.
Mateo miró el dibujo cuando ella se lo mostró.
—Se pueden hacer.
Emilia alzó la cabeza.
Él señaló las medidas.
—Si algún día las quieres.
No añadió nada.
Ella dobló el recibo con cuidado y volvió a guardarlo.
Cuando Teresa regresó, encontró a su nieta en el dormitorio, con la tarjeta de las semillas junto al dibujo.
Se quedó en la puerta.
—Tu abuelo y él hicieron un escándalo con esas tablas —dijo—. Fue el año en que ustedes se casaron.
Emilia levantó los ojos.
—¿Lo sabías?
—Que quería poner flores, sí. Iban a comprarlas después.
La abuela se sentó a su lado.
Emilia apoyó la cabeza en su hombro.
Lloró sin esconderse.
Teresa le sostuvo una mano hasta que la respiración se le calmó.
Más tarde, cuando la casa empezó a oler a comida, Emilia salió al patio. La mesa estaba firme. Sobre ella, Mateo había dejado las pinzas que le prestó, una pequeña lija y un papel con su número para avisarle si la ventana volvía a atorarse.
Emilia guardó el número.
Después regresó por el sobre de semillas.
No lo abrió todavía.
Lo sostuvo junto a la salvia mientras un zumbido diminuto se acercaba por detrás de su hombro.
El colibrí se detuvo frente a las flores.
Emilia permaneció quieta.
—Todavía no sé cuáles quiero —susurró.
El ave inclinó apenas la cabeza.
Por primera vez, recordar un proyecto de Julián no terminó en el instante de su muerte.
Emilia miró la pared vacía del patio.
Había sitio para tres repisas.