Capítulo 3 de 15

Una taza para quien no vuelve

La taza apareció el viernes, al tercer día de su llegada.

Emilia la encontró sobre la mesa recién reparada, envuelta en una servilleta. Era de barro, con una línea azul cerca del borde y una pequeña irregularidad en el asa.

La reconoció antes de desenvolverla por completo.

Julián la había comprado durante una de sus primeras visitas a Tzintzuntzan. Después de probar el chocolate, aseguró que sabía mejor allí que en cualquier recipiente de su departamento.

Teresa le había respondido que el secreto estaba en prepararlo bien.

Él sostuvo que ambas cosas podían ser ciertas.

Emilia pasó el pulgar por el asa.

—La encontré en la alacena de arriba —dijo su abuela.

Estaba junto al fregadero, lavando un puñado de guayabas.

—¿Para qué la sacaste?

—Para preguntarte si quieres que la guardemos o que la pongamos este año.

Emilia dejó la taza sobre la servilleta.

La mesa todavía olía un poco a madera lijada. Sobre ella habían empezado a reunirse las cosas de noviembre: velas, manteles, una canasta pequeña. Cada objeto parecía tener su lugar, aunque Teresa aún no acomodaba ninguno.

—Guárdala —dijo.

Su abuela se secó las manos.

—Está bien.

La envolvió sin discutir y la llevó a la cocina.

Emilia sintió alivio.

Luego vio el espacio vacío y deseó que no se la hubiera llevado tan pronto.

Tenía trabajo pendiente. Encendió la computadora en el comedor y abrió un manuscrito que debía devolver corregido el viernes.

Durante una hora logró concentrarse en tildes, diálogos y comas. Agradecía aquel oficio: siempre había una razón concreta para cambiar una palabra de lugar. Podía explicar por qué una frase no funcionaba.

Con su propia vida no tenía esa facilidad.

A media mañana recibió una llamada de su madre.

—¿Cómo está tu abuela?

—Mejor. Ya quiere salir otra vez.

—Eso significa que está mejor.

Hablaron de las medicinas, de la visita del médico y de una vecina que podía llevarle comida cuando Emilia regresara a Morelia.

Después hubo una pausa.

—Tu tía dice que estás más tranquila —comentó su madre.

Emilia dejó de mover el cursor.

—Llevo dos días aquí.

—Ya sé. Solamente me dio gusto.

—Estoy trabajando, mamá.

—Claro, hija. Te dejo.

Cuando terminó la llamada, Emilia se quedó mirando la pantalla.

Su madre había hablado con cariño. Lo sabía. Aun así, la palabra tranquila le pesaba. Temía que los demás confundieran cualquier descanso con el final del duelo y empezaran a esperar de ella una mujer que todavía no sabía ser.

Cerró el documento.

Desde la cocina llegó el sonido de una taza contra un plato.

Se levantó.

Teresa preparaba chocolate.

La taza de Julián estaba junto a la olla.

—Dijiste que ibas a guardarla.

Su abuela se volvió.

—Y la guardé. Pero Carmen pidió chocolate y faltaba una taza grande.

Emilia miró el barro oscuro.

—Ésa era de él.

Teresa apagó el fuego.

—Sí.

—No quiero que la use nadie.

Su abuela la observó unos segundos.

Después tomó otro recipiente del estante.

—Entonces apartamos ésta.

Emilia sintió que el enojo se le deshacía, dejándole algo mucho más incómodo.

—No sé por qué dije eso.

—Porque era su taza.

—Pero él ni siquiera vivía aquí.

Teresa acomodó la servilleta alrededor del asa.

—Ven. Siéntate un rato.

Carmen llegó con pan y una bolsa de fruta.

Besó a Emilia en la frente, preguntó por su trabajo y pasó a revisar el medicamento de Teresa. Había sido enfermera durante tantos años que todavía hablaba de los horarios de las pastillas como si fueran citas que debían respetarse.

Tomaron chocolate en la cocina.

La taza de Julián permaneció envuelta en un extremo de la mesa.

Carmen reparó en ella, pero no dijo nada.

—El sábado voy al panteón con tu abuela —comentó—. Hay que limpiar la sepultura de mi papá antes de que haya más gente.

Emilia partió un pedazo de pan.

Su abuelo llevaba muerto cuatro años; había alcanzado a conocer el primer año del matrimonio de Emilia. Julián estaba enterrado en Morelia, cerca de la casa de sus padres. A veces le parecía imposible que dos personas tan unidas a aquel patio descansaran tan lejos una de la otra.

—¿Tú vas seguido? —preguntó a su tía.

—Cuando puedo.

—¿Y qué haces?

Carmen dejó su taza.

—Limpio. Cambio las flores. A veces le cuento cosas.

—¿Aunque sepas que no te va a responder?

La pregunta salió más dura de lo que pretendía.

Su tía la recibió sin molestarse.

—Sí.

Emilia bajó la mirada.

Carmen tocó el borde de su plato.

—Al principio iba y me enojaba. Luego hubo días en que no quise volver. No siempre se siente igual.

Teresa escuchaba en silencio.

—Yo no he ido desde el aniversario —admitió Emilia.

—No tienes que explicármelo.

Comió otro pedazo de pan.

Por la tarde, Teresa le pidió que buscara unas servilletas en el aparador.

Emilia abrió el cajón inferior. Había manteles, carpetas tejidas y una bolsa con fotografías.

Apartó la bolsa para sacar lo que necesitaba.

Una imagen se deslizó hasta el suelo.

La recogió.

Julián aparecía sentado bajo el limonero, inclinado hacia ella. Emilia tenía una mano sobre su hombro y la cabeza echada hacia atrás, riéndose.

No recordaba quién tomó la fotografía.

Llevaba un vestido amarillo que todavía conservaba. Julián tenía una mancha de chocolate cerca del puño.

En la mesa, delante de él, estaba la taza.

Emilia se sentó en el piso.

Había evitado las fotografías durante meses. En el teléfono podía pasar de una imagen a otra con rapidez, cerrar la aplicación, apagar la pantalla. Aquella copia, en cambio, tenía un peso pequeño y real entre sus dedos.

Recordó lo que había dicho Julián.

Algo sobre pedirle al limonero que dejara de arrojarle hojas dentro de la bebida.

La risa volvió a ella junto con el dolor.

Teresa la encontró así.

—La tomó tu abuelo —dijo desde la puerta—. Acababas de enseñarle a usar el teléfono.

Emilia asintió.

Su abuela se apoyó en el marco.

—Hizo como veinte. Casi todas salieron con su dedo enfrente.

Ella soltó una risa húmeda.

Teresa sonrió.

—Ésa quiso imprimirla.

Emilia miró de nuevo a los dos jóvenes de la fotografía.

—Yo era feliz y no me daba cuenta de cuánto.

—Ese día sí te dabas cuenta. Se te veía.

La abuela dejó que siguiera mirándola.

Alguien llamó a la puerta poco antes de las cinco.

Era Mateo.

Traía dos tablas sujetas con una cuerda.

—Pasaba cerca —explicó—. Me sobraron del taller. Pensé que podían servir para las repisas.

Emilia se apartó para dejarlo entrar.

—Todavía no te he dicho que las quiero.

—Por eso no las corté.

Las apoyó contra la pared del patio.

Teresa salió a saludarlo y enseguida le pidió que revisara una bisagra. Él aceptó con una resignación que hizo sonreír a Emilia.

Mientras trabajaba, ella fue por las pinzas que había dejado el día anterior.

Al entregárselas, llevaba también la fotografía entre los dedos.

Mateo la vio.

—¿Es Julián?

Emilia asintió.

Él miró la imagen cuando ella se la acercó.

—Se ve que la estaban pasando bien.

—Fue aquí. Mi abuelo la tomó.

Mateo se la devolvió con cuidado.

—Mi madre tenía una de ésas —dijo Mateo, señalando la taza en la imagen—. Pesan más de lo que parece.

—Mi abuela sacó su taza —dijo después.

Mateo continuó ajustando el tornillo.

—¿Para la ofrenda?

—Primero. Después la iba a usar y me molesté.

Él alzó la vista.

—¿La rompió?

—No.

Emilia se cruzó de brazos.

—Me dio miedo verla en otras manos.

Mateo apoyó las herramientas en el suelo.

—Cuando vaciamos el ropero de mi madre, mi hermana quiso quedarse con un suéter. Yo le dije que no.

—¿Por qué?

—Porque todavía olía a ella.

Emilia permaneció quieta.

—¿Y se lo diste?

—Tardé una semana.

Él miró hacia la puerta de la cocina.

—Mi hermana también la extrañaba. Me costó acordarme de eso.

Emilia bajó los ojos hacia la fotografía.

Había pensado en Teresa guardando la taza. En lo que significaba para ella tocarla, lavarla, reconocer la pequeña falla del asa.

Su abuela también había querido a Julián.

Después de que Mateo se marchó, Emilia buscó dos macetas vacías en el patio.

Puso tierra nueva en una y abrió el sobre de semillas. El papel estaba amarillento en los dobleces. No sabía si, después de tanto tiempo, algo podría nacer de allí.

Sembró unas pocas y guardó el resto.

Teresa la observó desde su silla.

—Hay que ponerles una marca. Luego se te olvida qué sembraste.

Emilia encontró un palito y escribió con lápiz:

Flores de Julián.

Lo clavó en la tierra.

Al incorporarse, vio al colibrí junto a la salvia.

El ave retrocedió de una flor y se acercó a otra. El verde de su lomo se encendió bajo la luz de la tarde.

Emilia tuvo el impulso de llamar a su abuela, pero se contuvo.

Quería permanecer allí un momento.

El colibrí voló hacia la mesa. Se sostuvo en el aire sobre el mantel que Teresa había extendido para medirlo y luego se apartó.

En aquella esquina, por la mañana, había estado la taza.

Emilia sintió que se le erizaban los brazos.

Tal vez había algún insecto. Tal vez las flores del bordado lo habían atraído. No encontró una explicación que le pareciera suficiente ni sintió deseos de buscarla.

Entró en la cocina.

La taza seguía envuelta junto al fregadero.

La tomó y la llevó al patio.

—¿Aquí? —preguntó a Teresa.

Su abuela levantó la mirada.

Emilia señaló un extremo de la mesa.

—Todavía no sé si quiero poner su fotografía. Pero la taza puede quedarse.

Teresa asintió.

—Aquí está bien.

Emilia acomodó el asa hacia afuera, como él acostumbraba dejarla.

El colibrí ya se había ido.

Se sentó junto a su abuela y permanecieron mirando el patio mientras el aire empezaba a enfriarse.

Al cabo de un rato, Emilia habló:

—Le gustaba con poca azúcar.

Teresa volvió el rostro hacia ella.

—¿El chocolate?

Emilia asintió.

—Decía que así podía probarlo de verdad. Luego se comía tres panes.

Su abuela se rio.

Emilia también.

La taza permaneció entre ambas, vacía, mientras empezaban a contarse las cosas que recordaban de él.