Capítulo 4 de 15

El jardín de las promesas

El sábado, Emilia decidió acompañarlas al panteón.

Lo anunció mientras Teresa buscaba sus lentes, que llevaba colgados del cuello.

—Voy con ustedes.

Su abuela dejó de palparse los bolsillos.

—Ponte zapatos cómodos.

Eso fue todo.

Emilia había preparado explicaciones durante la noche. Pensaba aclarar que solamente ayudaría a limpiar la sepultura de su abuelo, que no estaba segura de querer quedarse demasiado tiempo. Teresa le ahorró el esfuerzo.

En el patio, la maceta recién sembrada parecía exactamente igual que el día anterior.

Emilia se inclinó para tocar la tierra.

—Todavía no —dijo su abuela desde la puerta.

—Ya sé.

—Tu abuelo desenterró una vez unas semillas para ver si estaban naciendo.

—¿Y?

—Pues dejaron de nacer.

Emilia sonrió y retiró los dedos.

Antes de salir, miró la taza de Julián. Seguía sobre la mesa, protegida bajo un paño limpio.

Carmen condujo despacio por las calles del pueblo. En la parte trasera llevaba una cubeta, cepillos, trapos y unas flores que había comprado temprano.

Teresa iba junto a ella, dando indicaciones que su hija conocía desde hacía treinta años.

Emilia miraba por la ventanilla.

Frente a algunas casas había manojos de cempasúchil. Una mujer sacudía un mantel en la puerta. Dos hombres descargaban sillas de una camioneta mientras discutían dónde ponerlas.

La cercanía de noviembre se notaba en los preparativos cotidianos, en el espacio que las familias comenzaban a hacer para sus muertos.

Al llegar, Carmen bajó primero las cosas. Emilia ayudó a su abuela a caminar por el sendero.

La sepultura de su abuelo estaba cerca de un árbol. Tenía hojas secas acumuladas en una esquina y una mancha oscura junto al nombre.

Emilia leyó las letras.

Salvador.

Durante la infancia lo había llamado abuelo Chava. Ver su nombre completo siempre le producía la impresión de que aquella piedra hablaba de un hombre que ella había conocido solamente en parte.

Teresa se sentó en el banco cercano.

—No vayas a tallar tan fuerte —le dijo a Carmen—. El año pasado casi borras la fecha.

—Mamá, la fecha está grabada.

—Pues por eso.

Emilia empezó a recoger las hojas.

Trabajaron un rato sin conversación. El agua se volvió gris dentro de la cubeta. Carmen cambió las flores y Teresa les indicó cómo acomodarlas.

Alrededor, otras personas hacían cosas parecidas. Alguien saludó a su abuela por el nombre. Una niña pidió permiso para llevarse una piedra lisa del suelo.

Emilia había temido sentirse observada. Descubrió que allí cada familia estaba ocupada con sus propias ausencias.

Cuando terminaron, Teresa apoyó una mano en la lápida.

—Ya vinimos, Salvador.

Emilia bajó los ojos.

Su abuela contó que la pierna iba mejor, aunque Carmen exageraba con los cuidados. Habló de una gotera, del precio de los limones y de la mesa que Mateo había reparado.

Después añadió:

—La muchacha está aquí unos días.

Emilia sintió que algo se aflojaba dentro de ella.

Se acercó y tocó la piedra.

Estaba tibia por el sol.

—Hola, abuelo.

La palabra salió baja, pero completa.

Al volver, Teresa estaba cansada. Carmen la ayudó a acostarse y se quedó preparando comida.

Emilia salió a comprar tortillas.

Necesitaba caminar sola después del panteón. Había llorado poco, menos de lo que esperaba, y aun así sentía el cuerpo agotado.

A la vuelta pasó frente al taller de Mateo.

La puerta estaba abierta. Dentro había una silla sin asiento, varios marcos y un banco cubierto de herramientas. Él lijaba una tabla junto a la entrada.

La vio antes de que pudiera decidir si saludarlo.

—¿Sobrevivió la ventana?

—Hasta ahora.

Mateo dejó la lija.

—Ya corté las repisas. Si todavía las quieres.

Emilia miró las tres tablas apoyadas contra una pared.

Había imaginado aquel proyecto tantas veces en su departamento que verlo reducido a madera y medidas le produjo una tristeza suave.

—Sí las quiero.

Él asintió.

—Puedo llevarlas mañana.

Emilia sostuvo la bolsa de tortillas contra el pecho.

—¿Cuánto te debo?

—Primero las termino y hacemos cuentas.

Ella observó el interior del taller. En una repisa alta había varias macetas vacías y un delantal de flores doblado.

Mateo siguió su mirada.

—Era de mi madre.

—¿Trabajaba aquí?

—Venía a decirme que barriera.

Emilia sonrió.

—Mi abuela también cree que es una ocupación de tiempo completo.

—Se conocían. Se daban ideas.

Mateo se limpió las manos con un trapo.

—Estoy sacando unas plantas de su casa. Mi hermana va a vivir ahí, pero necesitamos arreglar la barda del patio. Hay que mover varias macetas.

—¿Y qué vas a hacer con ellas?

—Repartir algunas. Llevar otras al taller.

Señaló la pared.

—Tu patio tiene buena luz.

Emilia miró las repisas.

—No sé cuidarlas.

—Te puedo decir cuáles aguantan más.

Ella pensó en las semillas antiguas.

—Tengo una maceta donde quizá no nazca nada.

—Entonces podemos poner otras al lado mientras averiguas.

Al día siguiente fueron a la casa de Aurelia.

Teresa insistió en que Emilia llevara una canasta para las macetas pequeñas y un trapo viejo para proteger el asiento del coche de Carmen, que les prestó las llaves.

Mateo condujo. La casa quedaba a pocas calles del taller, detrás de una puerta verde cuya pintura empezaba a levantarse.

Al entrar, Emilia encontró un patio más grande de lo que esperaba.

Había plantas sobre ladrillos, en ollas desportilladas y en recipientes de plástico. Algunas estaban cuidadas; otras tenían hojas secas. Una manguera cruzaba el suelo.

Mateo dejó las llaves en una repisa.

—No he podido venir todos los días.

Se agachó para enderezar una maceta.

Emilia reconoció el tono: la explicación ofrecida antes de que alguien pudiera hacer un reproche.

—Son muchas —dijo solamente.

Él soltó el aire.

Empezaron por retirar las que estorbaban junto a la barda. Mateo le mostró cómo sostenerlas desde la base. Emilia aprendió pronto a distinguir cuáles pesaban más de lo que aparentaban.

En una mesa pequeña había etiquetas escritas a mano.

Para Lucía.

Cambiar de maceta.

Esquejes para Teresa.

Emilia levantó esta última.

—Mira.

Mateo se acercó.

Leyó el nombre y se quedó callado.

La etiqueta estaba clavada junto a una planta de hojas carnosas.

—Mi madre siempre decía que iba a llevarle una —murmuró.

Emilia dejó el letrero en su sitio.

—Puedo llevársela yo.

Él asintió y pasó una mano por el borde de la mesa.

Durante un momento se quedaron rodeados por todo lo que Aurelia había empezado y todavía necesitaba cuidados.

Escogieron una salvia pequeña y dos macetas para las repisas.

Cuando Emilia volvió hacia la puerta, oyó el zumbido.

El colibrí apareció sobre una hilera de flores rojas, junto al muro del fondo.

Se detuvo.

Mateo, que iba detrás, casi chocó con ella.

—Ahí está —susurró Emilia.

El ave avanzó entre las flores. Su garganta mostró un destello azul al girar.

—Vienen varios —dijo él.

Emilia lo sabía. No podía asegurar que fuera el mismo de la casa de Teresa. Aun así, sintió aquella familiaridad difícil de explicar.

El colibrí se apartó de las flores y quedó suspendido frente a una maceta rota.

Luego se posó en el alambre de un tendedero.

Emilia dio un paso.

En la tierra, debajo, había una pequeña placa de barro cubierta de polvo. Se agachó y la levantó.

Tenía dos nombres escritos con pintura oscura:

Aurelia y Esteban.

Mateo dejó la maceta que cargaba.

—La hizo mi padre.

Tomó la placa y retiró la tierra con el pulgar.

—La tenían junto al limonero. Debió caerse cuando se quebró la maceta.

—¿Cuándo murió él?

—Hace nueve años.

Emilia miró el tendedero. El colibrí ya había vuelto a las flores.

Mateo levantó la placa para verla mejor.

—Mi madre se enojaba porque puso su nombre más grande.

Era cierto. Esteban ocupaba casi toda la segunda línea.

Emilia se rio.

Mateo también, aunque tuvo que apretar los labios al final.

Ella no encontró nada que decir. Se quedó a su lado mientras él sostenía la placa.

Después Mateo buscó un lugar seguro sobre la mesa y la dejó allí.

Regresaron con el coche lleno de tierra y hojas.

Teresa recibió la planta que Aurelia le había apartado. Leyó la etiqueta dos veces.

—Siempre se acordaba —dijo.

La sostuvo en el regazo mientras Mateo instalaba las repisas.

Emilia le ayudó a medir las distancias. Una vez terminadas, acomodaron las macetas sin llenar todos los espacios.

La sembrada con las semillas de Julián quedó abajo, al alcance de sus manos.

Mateo se apartó para mirar el conjunto.

—Mañana revisas que no se haya aflojado nada.

Emilia pasó los dedos por una de las tablas.

—Quedaron bonitas.

Él empezó a guardar las herramientas.

—Todavía puedes cambiarlas de lugar.

Ella negó con la cabeza.

Cuando se agachó para recoger la canasta, su mano rozó la de Mateo. Ninguno se apartó de golpe. Fue apenas un contacto breve, suficiente para que Emilia sintiera el calor de aquellos dedos.

Le agradeció las plantas y las repisas.

Mateo sacó una hoja con las cuentas. Había anotado la madera, las escuadras y las horas de trabajo; las plantas figuraban aparte, con la palabra regalo. Emilia revisó el total y fue por su bolso.

—¿También cobras cuando te obligan a tomar café? —preguntó.

—En esos casos hago descuento.

Ella le pagó. Él contó los billetes y escribió recibido al pie de la hoja antes de entregársela.

Esta vez pudo mirarlo al hacerlo.

Esa noche soñó con Julián.

Estaban en el balcón de Morelia. Él sujetaba una tabla y ella buscaba un lápiz entre las macetas.

No había accidente en el sueño. Tampoco hospital ni llamadas.

Julián levantó la vista.

—Aquí le pega demasiado el sol —dijo.

Emilia quiso preguntarle cuánto tiempo podía quedarse.

Pero él señaló algo detrás de ella.

Al volverse, vio una flor abierta.

Despertó antes del amanecer.

Permaneció acostada, escuchando su propia respiración. Luego se levantó, se puso un suéter y abrió la ventana.

El patio estaba oscuro todavía.

La maceta de las semillas seguía oscura y lisa. Emilia la alumbró con el teléfono, a pesar de que ya sabía que no había cambiado.

Fue a buscar agua. Antes de verterla, metió un dedo en la tierra y comprobó que aún estaba húmeda. Dejó el vaso sobre el lavadero.

Cuando volvió al cuarto, oyó a Teresa moverse en la cama. Le llevó sus medicinas y abrió las cortinas.