Capítulo 5 de 15

Lo que Julián no alcanzó a decir

El lunes por la mañana, Emilia llamó a la madre de Julián.

Había abierto su contacto varias veces desde que llegó a Tzintzuntzan. Siempre encontraba una razón para aplazarlo: era temprano, seguramente estaba ocupada, quizá escucharla solamente serviría para entristecerla.

Aquella vez dejó sonar el teléfono.

—¿Emilia?

La voz de Beatriz llegó acompañada por el ruido de una puerta.

—Hola. ¿Puedes hablar?

—Claro, hija.

Emilia miró la pequeña maceta junto a la ventana. La tierra no mostraba ningún cambio. Se había prometido dejar de revisarla cada vez que pasaba.

—Estoy con mi abuela.

—Me dijo tu mamá. ¿Cómo sigue?

Hablaron de Teresa, de las medicinas y del frío que empezaba a sentirse por las noches. Después se quedaron sin aquellas preguntas que permitían conversar alrededor de Julián sin nombrarlo.

Emilia sostuvo el teléfono con más fuerza.

—Encontré unas semillas que compramos la última vez que vinimos.

Al otro lado se escuchó una respiración.

—Le gustaba comprar cosas para después —dijo Beatriz.

—Sí.

—Tengo todavía una caja de focos que iba a cambiar.

Emilia cerró los ojos. Podía verlo subido a una silla, protestando porque alguien había puesto las lámparas demasiado altas.

—Sembré algunas —dijo—. No sé si todavía servirán.

Beatriz tardó en responder.

—Ojalá nazcan, hija.

Las dos guardaron silencio.

Por primera vez en mucho tiempo, Emilia no sintió la necesidad de llenarlo.

Cuando terminó la llamada, Teresa estaba desgranando unos elotes en la cocina.

—Hablé con Beatriz.

Su abuela levantó la vista.

—¿Cómo está?

—No sé. Creo que seguimos diciéndonos que estamos bien.

Emilia tomó otra mazorca y se sentó frente a ella.

Durante unos minutos trabajaron juntas.

—Va a poner su fotografía en casa —añadió—. Me preguntó si yo quería algo que tiene guardado.

—¿De Julián?

Emilia asintió.

—Una libreta que Beatriz guardó cuando me ayudaron a recoger sus cosas después del accidente. También tiene papeles de cuando él todavía vivía con ellos y un teléfono viejo.

Se le escapó un grano que rodó por la mesa.

—Le dije que sí.

Teresa lo recogió.

—¿Te lo va a mandar?

—Mi mamá viene mañana. Puede traerlo.

Su abuela continuó desgranando sin hacer preguntas.

Por la tarde llamó a la editorial.

Necesitaba volver a Morelia el jueves, según el permiso que había solicitado. Sin embargo, su abuela aún debía descansar y Carmen no podía quedarse todas las noches.

La editora escuchó su explicación.

—Mientras entregues las correcciones, puedes trabajar desde allá hasta después del dos de noviembre.

Emilia miró el calendario de la cocina.

—¿De verdad?

—Mándame el archivo el viernes. Y revisa que tengas buena conexión para la reunión.

Al colgar, sintió alivio. También un miedo que no había previsto.

Quedarse significaba ver cómo la casa terminaba de prepararse para sus muertos.

Entró al patio.

La taza de Julián seguía en la mesa. La fotografía permanecía guardada en el cajón de su cuarto.

Todavía podía decidir sobre ella más adelante.

Sacó el teléfono para escribirle a Mateo.

La ventana sigue bien. Las repisas también.

Leyó el mensaje antes de enviarlo y añadió:

Me voy a quedar unos días más. ¿Cuánto te debo?

La respuesta llegó poco después.

Hago la cuenta esta tarde. ¿Cómo van las plantas?

Emilia fotografió las macetas recién acomodadas.

Mateo contestó:

A la de abajo hay que darle tiempo.

Ella sonrió.

Luego dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, sorprendida por las ganas de que volviera a sonar.

Su madre llegó al día siguiente con una bolsa de ropa limpia, comida suficiente para varios días y una caja de cartón.

Emilia supo cuál era antes de que la bajara del coche.

—Beatriz te manda un abrazo —dijo su madre.

La caja estaba cerrada con cinta transparente. En un costado alguien había escrito el nombre de Julián.

Emilia la recibió y la llevó a su dormitorio.

Su madre la siguió hasta la puerta.

—No tienes que abrirla ahorita.

—Ya sé.

—Me quedo a comer.

Emilia asintió.

Esperó a que los pasos se alejaran por el corredor.

Después colocó la caja sobre la cama.

Había imaginado algo más grande. Le costó aceptar que aquella parte de la vida de Julián cupiera en un recipiente donde antes habían transportado vasos.

Cortó la cinta con unas tijeras.

Encontró una libreta azul, una carpeta con documentos, dos fotografías y un teléfono envuelto en un pañuelo.

Encima había una nota de Beatriz, escrita en el reverso de una lista del supermercado.

Guardé lo que pensé que podrías querer. Lo demás sigue aquí. Ven cuando gustes.

Emilia pasó la mano sobre el papel.

Debajo, doblado en cuatro, apareció un dibujo que ella le hizo a Julián cuando eran novios: él llevaba una corona ridícula y un letrero que decía Su Majestad el Impuntual.

Recordó habérselo entregado después de esperarlo cuarenta minutos frente al cine.

Él lo había guardado.

Emilia se sentó despacio.

Abrió primero la libreta.

Había cuentas, direcciones, listas del supermercado y una receta copiada con mala letra. En varias páginas aparecían ideas para arreglar el departamento.

Medir pared de cocina.

Comprar taquetes.

Preguntar a Emi si quiere escritorio junto a ventana.

Encontró su nombre tantas veces que tuvo que detenerse.

En una página aparecía una cuenta subrayada dos veces: dinero para el viaje. Debajo, Julián había escrito que no quería cambiarlo de fecha otra vez. Emilia recordaba aquella discusión. Ella aceptó un encargo extra y él dejó de hablarle durante la cena; después hicieron las paces, pero nunca realizaron el viaje.

La frase la irritó de nuevo. Había olvidado que Julián también podía encerrarse en su propio enojo. Pasó la hoja y volvió atrás para leerla una segunda vez. El hombre de la libreta tenía los mismos defectos que el que guardaba en su memoria, aunque en los últimos meses ella hubiera procurado no mirarlos.

Durante dos años había pensado en todo lo que la muerte le quitó. Ahora tenía delante las pequeñas decisiones en las que Julián la había incluido sin que ella lo supiera.

Más adelante apareció una lista encabezada por una fecha: la semana del accidente.

Emilia reconoció el mes y cerró la libreta.

La dejó sobre la cama.

El corazón le golpeaba demasiado fuerte.

Miró el teléfono.

Era el anterior al que Julián llevaba cuando murió. Recordaba que la batería fallaba y que él lo conservó porque tenía fotografías que nunca terminaba de copiar.

Buscó un cargador entre los cables que venían dentro de la caja.

Lo conectó.

La pantalla permaneció negra varios segundos antes de mostrar el símbolo de la batería.

Emilia se quedó esperando.

Comió poco.

Su madre no insistió. Habló con Teresa de una consulta pendiente y ayudó a Carmen a ordenar unas compras antes de marcharse.

Cuando quedaron solas, la abuela se acercó a Emilia.

—¿Quieres que me siente contigo?

Ella miró hacia el dormitorio.

—Un rato.

Se instalaron en la cama, con la caja entre las dos.

El teléfono ya había encendido.

Emilia introdujo la clave que Julián usaba entonces: el cumpleaños de ambos, uno detrás del otro. La pantalla se abrió con una fotografía borrosa del lago.

Había pocas aplicaciones.

Buscó la galería y encontró imágenes de herramientas, recibos, comidas que él intentó preparar. Un video mostraba a Teresa regañándolo por probar la salsa con la misma cuchara.

La abuela soltó una risa.

—Mira nada más.

Emilia sonrió, pero no reprodujo todavía el video.

En una carpeta de audios había varios archivos sin nombre.

Tocó uno.

Se escuchó ruido de tránsito y la voz de Julián:

—Comprar jabón, café, bolsas para…

Emilia detuvo la grabación.

El teléfono le temblaba en las manos.

Teresa apoyó la palma sobre la colcha, cerca de ella.

—Podemos dejarlo.

Emilia negó lentamente.

Volvió a reproducirlo.

La lista terminó con una tos y un comentario dirigido a sí mismo:

—Y no olvides el cargador otra vez, animal.

Emilia se rio mientras empezaba a llorar.

Su abuela le pasó un pañuelo.

Teresa salió cuando le llegó la hora de tomar su medicina.

Emilia permaneció en la cama, escuchando archivos breves. Algunos tenían música de fondo; otros, solamente ruido. Había una explicación para un compañero de trabajo y una idea para el cumpleaños de su padre.

El último duraba menos de un minuto.

Empezó con el sonido de una silla.

Luego Julián dijo:

—Prueba de sonido. Aniversario. No hablar tan cerca porque se oye…

Se oyó su risa.

Emilia reconoció la entonación que usaba cuando intentaba aprender algo a la fuerza.

—No, así no.

Un roce contra el micrófono. Su respiración.

—A ver. Quería hacerte un video para nuestro aniversario, pero me veo rarísimo hablando solo. Voy a decirlo primero aquí.

Emilia se llevó el teléfono más cerca.

Habían cumplido tres años de casados unas semanas antes de cambiar aquel aparato. Él le regaló un libro y preparó una cena. Nunca le mostró un video.

—Gracias por hacerme espacio —continuó Julián—. En tu casa, en tus días… hasta cuando dejo los zapatos donde te tropiezas.

La voz se volvió menos segura.

—A veces quiero arreglarte todo y nada más consigo que te enojes. Estoy aprendiendo a escucharte antes de sacar el desarmador.

Emilia lloró en silencio.

—Lo que quería decirte es que me gusta mucho la vida contigo. Hasta cuando no hacemos nada. Sobre todo entonces, creo.

Una puerta sonó al fondo.

—Ahorita vuelvo —dijo él, alejándose del teléfono.

La grabación terminó.

Emilia esperó, como si pudiera haber otra frase después.

Volvió a escucharla.

Luego una vez más.

Al levantar la cabeza vio al colibrí frente a la ventana abierta.

El ave avanzó hasta el marco y quedó suspendida allí, tan cerca que Emilia distinguió el movimiento de las plumas de su pecho.

No supo cuánto tiempo llevaba escuchándola.

Tenía el teléfono apoyado sobre las piernas.

—Yo también —susurró.

El colibrí giró hacia la salvia.

Emilia se acercó sin intentar tocarlo. Lo vio beber de una flor y apartarse hacia el limonero.

Después llamó a Beatriz.

Cuando la mujer respondió, Emilia tuvo que respirar antes de hablar.

—Encontré su voz.

Al otro lado nadie preguntó qué quería decir.

—¿La puedo escuchar? —pidió Beatriz.

—Sí. Voy a mandártela.

Emilia guardó una copia del archivo y otra de las fotografías. Esa noche, cuando Teresa fue a darle las buenas noches, encontró el retrato del patio colocado junto a la taza.

—¿Ahí lo dejamos? —preguntó su abuela.

Emilia acomodó un poco el marco.

—Sí.

Permaneció frente a él unos segundos.

En la fotografía, Julián seguía mirándola reír.

Ahora ella sabía algo que había permanecido guardado durante años en un teléfono viejo: en medio de aquella tarde ordinaria, él también había sabido cuánto amaba su vida.