Capítulo 6 de 15

Las manos que todavía sienten

El miércoles, cuando Emilia volvió a dibujar, no encontró dónde apoyar la mano.

Había puesto una hoja sobre la mesa del patio y sostenía un lápiz entre los dedos, pero todo le parecía incómodo: la altura de la silla, la luz, el roce del papel contra la madera.

Durante años había dibujado sin pensar en esas cosas.

Ahora llevaba diez minutos intentando trazar una hoja de salvia.

La borró por tercera vez.

—Le vas a sacar brillo al papel —comentó Teresa.

Su abuela estaba sentada bajo el limonero, separando unas servilletas bordadas.

—No me sale.

—Yo la veo igualita.

Emilia miró el dibujo.

—Parece una cuchara.

Teresa se puso los lentes.

—Una cuchara con su rayita en medio.

Emilia soltó una risa y dejó el lápiz. Había querido dibujar la salvia para enviársela a Beatriz. Le pareció un detalle más personal que otra fotografía. Sin embargo, al sentarse frente a la maceta descubrió que no sabía por dónde empezar.

Miró sus manos.

Reconocía en ellas el anillo que todavía usaba, la pequeña mancha de tinta junto al índice, la cicatriz de una quemadura antigua. Le resultaba extraño que pudieran seguir haciendo cosas conocidas después de tanto tiempo dedicadas a sostenerse una a la otra.

—Voy a comprar una goma nueva —dijo.

Teresa levantó la que estaba junto al cuaderno.

—¿Y ésta?

Emilia se puso de pie.

—También necesito caminar.

Carmen llegó cuando Emilia recogía el bolso. Traía el pastillero de Teresa y una bolsa de mandarinas.

—Ya te hacía falta salir —dijo—. Te vas a acabar los ojos aquí sentada.

—He salido todos los días, tía.

—Pues sal sin hacer un mandado. Y quítate tanto trabajo de encima.

Emilia estuvo a punto de explicarle que el trabajo también la ayudaba. Se limitó a guardar el teléfono.

—Voy a caminar un rato.

—Bueno. Yo me quedo hasta que vuelva tu abuela a necesitar que le alcance algo que tiene enfrente.

—Te estoy oyendo —protestó Teresa.

Carmen le acomodó el pastillero junto al vaso. Al pasar al lado de Emilia, le rozó el hombro.

—Si te enfadé, no era la intención.

—Ya sé. Pero no estoy aquí sentada todo el tiempo.

—Está bien, está bien. Tú dime cuándo quieres que cierre la boca.

Su abuela asintió y volvió a sus servilletas.

Encontró a Mateo fuera del taller, intentando sujetar una tabla mientras una niña dibujaba encima.

La pequeña tendría unos nueve años. Llevaba el cabello recogido con dos listones distintos y una seriedad que no admitía distracciones.

—No la muevas.

—No la estoy moviendo.

—Respiraste.

Mateo levantó la vista hacia Emilia.

—¿Tú sabes trabajar sin respirar?

—En la editorial creen que sí.

La niña la observó.

—¿Tú haces libros?

—Ayudo a corregirlos.

—Mi tío hace letras chuecas.

Mateo suspiró.

—Gracias, Inés.

La niña giró la tabla para mostrarla.

Había escrito Aurelia con lápiz y rodeado el nombre de flores.

Emilia sintió una punzada de ternura.

—Era mi abuela —explicó Inés—. Vamos a ponerlo con su foto porque el marco tapa las letras de atrás.

Mateo sostuvo la tabla mientras ella añadía otra flor.

—¿Está bien así? —preguntó la niña.

Emilia se inclinó.

—Sí. Aunque puedes separar un poco ésta para que no se junte con la A.

Inés lo examinó.

—Dibújamela.

Emilia recogió las manos contra el cuerpo.

—Hace mucho que no dibujo.

—Pero sabes.

La niña le ofreció el lápiz.

Mateo no intervino.

Emilia dejó la bolsa en el banco y tomó la tabla. Trazó una flor pequeña, sencilla, con el tallo curvado hacia un lado.

Inés se acercó más.

—Haz otra.

—Primero termina tú las que empezaste.

La niña aceptó el trato.

Cuando recuperó el lápiz, Emilia se quedó mirando sus propios dedos. Durante aquel momento había olvidado preguntarse si todavía podía hacerlo.

Mateo la invitó a pasar.

—Llegó mi hermana. Estamos preparando unas cosas de mi madre.

En el taller, Lucía acomodaba una caja de fotografías. Tenía el mismo gesto de su hermano al fruncir el ceño.

Se saludaron con una familiaridad incompleta: recordaban haberse visto de niñas, sin conseguir precisar dónde.

—Mi mamá guardaba todo —dijo Lucía, mostrando un sobre de recibos—. Ya encontré la garantía de una licuadora que dejó de existir antes de que naciera Inés.

La niña, instalada junto a la ventana, levantó la cabeza.

—A lo mejor la cambiaban.

—Eso pensaba tu abuela.

Emilia sonrió.

Sobre una mesa había una fotografía de Aurelia con Esteban. Frente a ella descansaba la placa que encontraron en el patio.

Mateo había limpiado el barro y reparado una pequeña fractura en una esquina.

Emilia la reconoció enseguida.

Él siguió su mirada.

—Mi hermana quería conservarla aquí estos días.

Lucía pasó los dedos junto al nombre de su madre.

—Todavía me cuesta verla en una fotografía para la ofrenda.

Emilia bajó los ojos.

—A mí también.

Lucía la miró con atención y asintió.

Inés terminó las flores, pero descubrió que no podía pintar los pétalos sin cubrir las líneas.

—Se me sale.

Emilia observó el pincel grueso que llevaba en la mano.

—Necesitas uno más pequeño.

Mateo abrió un cajón.

Había pinceles endurecidos, una cinta de medir y lápices cortos. Emilia eligió uno de punta fina y lo probó en un cartón.

Todavía servía.

—Mira. No lo cargues tanto.

Se sentó junto a la niña y pintó un pétalo.

Inés imitó el movimiento, sacando apenas la lengua.

Mateo se acercó con otro banco.

—Tengo un trabajo que quizá te interese.

Emilia levantó la vista.

Él sacó de una carpeta varios papeles. Eran nombres y fechas para unas pequeñas tablas que le habían encargado algunas familias.

—Quieren que pinte las letras. Yo puedo hacerlas, pero las tuyas van a quedar mejor.

Emilia tomó una hoja.

—¿Cuántas son?

—Ocho. Algunas llevan una flor. Otras, solamente el nombre.

—No sé si tenga tiempo.

Pensó en la corrección que debía entregar el viernes.

Mateo asintió.

—Te pago por cada una. Puedes llevarte dos y ver cuánto tardas.

Aquello la hizo mirarlo de nuevo.

—Puedo probar con dos —dijo.

Inés empujó su tabla hacia ella.

—Y con la mía.

—La tuya ya casi está —respondió Emilia.

La niña sonrió, satisfecha.

Trabajaron después de que Lucía se marchó con su hija.

Mateo preparaba las superficies en un extremo del banco y Emilia trazaba las letras en el otro. De vez en cuando él le acercaba una pieza terminada; ella la giraba hacia la luz y revisaba que la pintura no se acumulara en las vetas.

Al principio hablaron del precio y de las fechas de entrega.

Después Emilia le contó del teléfono.

—Encontré una grabación de Julián. Era para un aniversario. Nunca me la enseñó.

Mateo dejó de lijar para escucharla.

—¿Te hizo bien?

Emilia mantuvo el pincel suspendido.

—Sí. Y luego me dejó agotada.

—Me imagino.

—Anoche quise volver a oírla. La escuché dos veces. Después pensé que quizá iba a pasarme todas las noches haciendo eso.

Mateo buscó unas pinzas entre sus herramientas.

—Yo estuve viendo una foto de mi madre todos los días. Una donde ni siquiera sale bien.

Emilia lo miró.

—¿Todavía la ves?

—A veces.

Él sostuvo una tabla para revisar el borde.

—Ahora también me pasa que se me olvida buscarla.

Emilia apoyó el pincel.

Aquello le daba miedo: la posibilidad de pasar un día entero sin escuchar a Julián dentro de su cabeza.

Pero en el banco había una tabla esperando, y la pintura se secaría si seguía demorándose.

Volvió al nombre que estaba escribiendo.

El accidente fue pequeño.

Mateo estaba cortando un cordel cuando la navaja resbaló y le abrió la piel de un dedo.

—Caramba.

Emilia vio la sangre antes de que él cerrara la mano.

Se puso de pie tan rápido que el banco rozó el suelo con un chirrido.

Mateo la miró.

—Es poquito.

Ella ya estaba buscando con los ojos.

—¿Tienes agua?

Él señaló una puerta.

Emilia llevó un trapo limpio. Mateo se lavó la mano y, cuando volvió al banco, ella tenía abierto un pequeño botiquín.

—Siéntate.

Él obedeció.

La herida era superficial. Emilia lo comprobó mientras le acercaba una gasa.

Aun así, le temblaban los dedos.

Mateo esperó a que ella afirmara la mano antes de ayudarla a colocar la venda.

Quedaron muy cerca.

Emilia percibió el olor a jabón y a madera. Vio una pestaña caída en la mejilla de él y una mancha de pintura junto al cuello de la camisa.

Su respiración cambió.

Apartó los ojos hacia la venda.

—¿Muy apretada?

Mateo movió el dedo.

—Está bien.

Ella mantuvo un instante la mano debajo de la suya.

Después la retiró despacio.

—Nunca me había salido tan caro un cordel —dijo él.

Emilia soltó el aire y se rio.

El temblor empezó a ceder.

Volvió a casa cuando todavía había luz.

Llevaba dos tablas envueltas en papel, un pincel prestado y una pequeña cantidad de dinero que Mateo le dio por el trabajo que ya había terminado.

Teresa estaba en la cocina.

—¿Encontraste la goma?

Emilia se detuvo.

Había olvidado por completo comprarla.

Su abuela miró el paquete y sonrió.

—Por lo visto encontraste otra cosa.

Emilia dejó las tablas sobre la mesa y se lavó las manos.

Bajo el agua, vio una mancha de pintura azul junto al pulgar. Intentó quitarla, pero solamente consiguió volverla más pálida.

Recordó la mano de Mateo descansando sobre la suya.

Cerró la llave.

Permaneció unos segundos frente al fregadero, con los dedos húmedos.

En el patio, el colibrí se acercó a la salvia cuando Emilia estaba preparando sus materiales.

Levantó la cabeza.

El ave pasó frente a la fotografía de Julián y siguió hacia las macetas.

Emilia miró a su esposo.

La risa de la imagen le pareció, por un instante, demasiado lejana.

Sintió una punzada de culpa.

Todavía llevaba el anillo. Todavía había llorado al escucharlo la noche anterior. Y aquella tarde, frente a Mateo, había deseado prolongar unos segundos un contacto que ya no necesitaba.

Bajó la mirada hacia sus manos.

Teresa salió con una lámpara.

—Te va a faltar luz.

La colocó cerca de las tablas.

Emilia quiso contarle lo ocurrido, pero no encontró una manera de empezar que no lo hiciera parecer más grande o más pequeño de lo que había sido.

—Abuela.

—¿Sí?

Emilia miró la pintura azul en su piel.

—Hoy pasé varias horas sin estar triste.

Teresa tomó asiento junto a ella.

No respondió enseguida.

Desde el limonero cayó una hoja sobre las baldosas.

—¿Y ahora? —preguntó al fin.

Emilia tragó saliva.

—Ahora me siento mal por eso.

Su abuela le apartó con cuidado un mechón de cabello.

Emilia dejó que aquella mano permaneciera un momento junto a su rostro.

Después acercó la primera tabla a la luz.

Trazó una flor, luego otra.

Esta vez, al apoyar el pincel, sus dedos encontraron dónde quedarse.