Capítulo 7 de 15
Una luz junto al agua
El viernes, Emilia entregó el manuscrito corregido antes del mediodía.
Antes de sentarse a trabajar había descubierto una curva verde en la maceta. Se inclinó tanto que el cabello rozó la tierra: después de una semana, una de las semillas había germinado. No quiso tocarla.
Hizo una fotografía y se la envió a Beatriz. Luego comprobó que no estuviera demasiado cerca del borde y regresó al ordenador. El manuscrito tenía una fecha de entrega, aunque en el patio acabara de ocurrir algo que a ella le parecía extraordinario.
Leyó dos veces el correo, comprobó el archivo adjunto y presionó enviar. Después cerró la computadora.
El patio estaba silencioso.
Sobre la mesa se secaban las dos tablas que Mateo le había encargado. Había terminado los nombres la noche anterior y añadido, por petición de una familia, una pequeña rama de flores blancas.
Las observó bajo la luz.
Le gustaban.
Aquella satisfacción le produjo el impulso de buscar a Julián para mostrárselas.
Durante un segundo llegó a girarse hacia la puerta.
Después se quedó quieta, con una mano sobre la tapa de la computadora.
Desde la cocina, Teresa preguntó si quería acompañarla a escoger unas velas.
—Más tarde —respondió Emilia—. Primero voy a llevar esto al taller.
Envolvió las tablas con cuidado.
Al levantar la segunda, descubrió una flor diminuta que había pintado casi sin pensar: tres pétalos azules y una línea curva.
Era la misma que dibujaba en los márgenes de sus cuadernos cuando Julián empezó a cortejarla.
Pasó el dedo cerca, sin tocar la pintura.
Luego terminó de envolverla.
Mateo estaba cerrando el taller.
Emilia se detuvo en la banqueta.
—¿Llegué tarde?
—No. Tengo que entregar una pieza cerca del lago.
Abrió de nuevo la puerta para recibir las tablas.
Las puso sobre el banco y retiró el papel.
Emilia lo observó examinarlas. Él acercó una a la ventana, inclinó la otra para mirar los trazos.
—Quedaron muy bien.
Emilia se acercó para comprobar con él el borde de una letra.
Mateo sacó el resto del dinero acordado.
—La señora que pidió ésta quería algo sencillo. Le va a gustar.
Emilia guardó los billetes.
—Puedo hacer las demás mañana.
—Te las aparto.
Él volvió a envolver las tablas y las dejó en un estante.
Afuera, una camioneta esperaba con una pieza de madera sujeta en la caja.
—¿Qué vas a llevar? —preguntó Emilia.
—Un asiento para una lancha. El dueño se lastimó la espalda y me pidió que se lo instalara.
Mateo tomó las llaves.
—Voy y regreso. Si quieres venir, caminamos un rato por allá cuando termine.
Emilia miró hacia la calle que llevaba a casa.
Tenía la tarde libre. Teresa estaría acompañada aquella tarde; Carmen había dicho que iría a quedarse con ella.
—Voy a avisarle a mi abuela.
Mateo esperó mientras ella enviaba el mensaje.
La camioneta olía a aserrín y a un jabón de limón que colgaba del espejo.
Emilia colocó el bolso sobre sus piernas.
Al salir del pueblo, el paisaje se abrió poco a poco. Desde algunos tramos alcanzaba a verse el agua entre los árboles y los techos.
Mateo conducía sin llenar los silencios.
—¿Siempre quisiste dedicarte a los libros? —preguntó él después.
—Quería ilustrarlos.
Mateo volvió un instante la cabeza.
—¿Y qué pasó?
Emilia acarició la costura del bolso.
—Entré a trabajar corrigiendo. Luego hubo más trabajo de eso. Dejé de mandar dibujos.
No le contó que, después del accidente, también había dejado de abrir la caja donde guardaba sus acuarelas.
—¿Todavía te gustaría?
Emilia observó sus manos.
—Ayer me gustó pintar las tablas.
—Entonces mañana te doy las más difíciles.
Ella sonrió.
—No abuses.
En la radio empezó una canción que Emilia reconoció por la introducción. Estiró la mano para subir el volumen y Mateo la detuvo con una protesta.
—Ésa no. Tiene un acordeón que no termina nunca.
—Es buenísima.
—Dura como el camino a Morelia.
Emilia subió el volumen un punto, mirándolo de reojo. Él fingió resignación hasta que llegó el coro; entonces lo cantó, a destiempo y con todas las palabras equivocadas.
—Te la sabes —lo acusó ella.
—Por desgracia.
Acabaron discutiendo sobre quién escogería la música de regreso. Emilia defendió su derecho de pasajera y Mateo señaló que él había invitado. Ella propuso una canción de cada uno y le quitó el lápiz que llevaba en el bolsillo para anotar el acuerdo en el reverso de un recibo.
—Además corriges contratos —dijo él.
—Solamente cuando el otro es tan difícil.
Al doblar una curva, él redujo la velocidad. Emilia dejó el papel sobre el tablero y permaneció mirando la carretera con una sonrisa que no tenía que ocultarle.
Mateo también sonrió y volvió la vista al camino.
El dueño de la lancha los esperaba junto a una construcción pequeña donde guardaba herramientas.
Se llamaba Efraín. Saludó a Mateo con confianza y a Emilia con una inclinación de cabeza.
Mientras los hombres revisaban el asiento, ella permaneció cerca de la camioneta.
Había ido muchas veces al lago durante la infancia. Sin embargo, después de vivir años en Morelia, le sorprendía la amplitud del cielo sobre el agua.
El viento le movía el cabello.
Escuchó un golpe de madera, la voz de Mateo pidiendo una llave y el ruido breve de un motor más lejos.
Todo seguía sucediendo con una naturalidad que, algunos días, le parecía ofensiva. Otros, como aquella tarde, le permitía descansar.
Sacó el teléfono.
Tenía un mensaje de Beatriz.
Ya escuché otra vez el audio. Hoy pude reírme con lo del desarmador.
Emilia lo leyó despacio.
Escribió:
Yo también me reí.
No añadió que había llorado después. Beatriz lo comprendería sin necesidad de explicárselo.
Guardó el teléfono y se acercó al agua.
Mateo terminó cuando la luz empezaba a inclinarse.
Se lavó las manos en una llave junto al cobertizo y regresó sacudiéndolas.
—¿Caminamos?
Avanzaron por un sendero cercano a la orilla.
Emilia llevaba el suéter abierto. A cada paso, el aire le tocaba el cuello y le hacía recordar que tenía un cuerpo capaz de sentir algo más que cansancio.
—De niña pensaba que del otro lado todo era distinto —dijo.
Mateo miró el lago.
—¿Distinto cómo?
—No sé. Que las casas tendrían otro olor. Que la gente hablaría bajito.
Él soltó una risa.
—La gente habla igual de fuerte.
—Ya lo comprobé.
Caminaron unos metros más.
Una mujer recogía recipientes frente a su casa. Un perro los siguió durante un tramo y luego perdió el interés.
Emilia se detuvo junto a una piedra baja.
Desde allí, el reflejo del sol formaba una franja sobre el agua.
—Julián quería venir a pasar una noche aquí —dijo.
Mateo permaneció a su lado.
—¿Nunca vinieron?
—Sí. Pero siempre con prisa. O nos quedábamos en casa de mi abuela.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Él decía que un día íbamos a dejar los teléfonos apagados. Yo le contestaba que primero terminara de arreglar la llave del baño.
Mateo apoyó la espalda contra una piedra.
Emilia siguió mirando el agua.
—Ahora me acuerdo de esas cosas como si hubieran sido decisiones enormes.
—¿Lo de los teléfonos?
—Lo de aplazarlo.
La voz le cambió.
Se había prometido no llorar aquella tarde.
Mateo se sentó sobre la piedra, dejando espacio junto a él. Emilia tardó un momento en aceptar.
—La noche del accidente discutimos —dijo.
Las palabras salieron antes de que pudiera corregirlas.
Mateo volvió el rostro hacia ella.
Emilia mantuvo las manos enlazadas sobre las rodillas.
—Una tontería. Yo había tenido un mal día. Él llegó tarde. No avisó porque se quedó sin batería.
Hizo una pausa.
—Me enojé mucho.
El viento levantó una punta de su suéter.
—Después salimos a comprar algo para cenar. Yo seguía seria. Él intentó hacerme reír y le dije que no todo se arreglaba con un chiste.
Mateo la escuchaba sin moverse.
—Yo me bajé en la farmacia. Él iba a estacionarse adelante.
—Al salir de una calle lateral, una camioneta cruzó el alto y golpeó su coche del lado del conductor. Yo estaba pagando. Oí el choque desde adentro.
No llegó a verlo consciente otra vez. Cuando le entregaron las pertenencias de Julián, todavía llevaba en el bolso el recibo de la farmacia.
Emilia sintió de nuevo el mostrador bajo sus dedos, el dinero en la mano, una voz afuera.
Se detuvo.
No necesitaba volver a contar el golpe.
Durante meses había repetido aquella secuencia buscando el lugar exacto donde otra decisión habría cambiado el final.
Si no se hubiera enojado.
Si hubieran pedido comida.
Si ella no necesitara pasar a la farmacia.
—Lo último que le dije fue que me esperara —susurró—. Pero antes le había hablado horrible.
Mateo bajó la vista hacia sus propias manos.
Dejó pasar unos segundos.
—No sé qué decirte que alcance para eso.
Emilia respiró temblando.
—Todos me dicen que no fue mi culpa.
—¿Y tú qué piensas?
Ella miró el agua.
—Que lo sé. Y luego vuelvo a empezar.
Mateo asintió lentamente.
El sol se acercaba al borde de los cerros.
En una casa, detrás de ellos, alguien encendió una lámpara. La claridad amarilla apareció en una ventana antes de que el paisaje estuviera oscuro.
Emilia se secó las mejillas.
—No te había contado esto para ponerte incómodo.
—No estoy incómodo.
Él buscó un pañuelo de papel en el bolsillo y se lo ofreció.
Ella lo tomó.
—Me da miedo que ése haya sido su último recuerdo de mí.
Mateo tardó en responder.
—Me dijiste que estuviste casada tres años.
Emilia asintió.
—Y que se conocían desde antes.
—Mucho antes.
Él miró hacia el sendero.
—Cuando pienso en mi madre, no me acuerdo solamente del último día.
Emilia apretó el pañuelo.
Durante un momento vio la libreta azul, su nombre repetido entre listas y medidas. Escuchó la grabación del aniversario.
Había vivido dentro de la memoria de Julián durante años.
Aun así, una parte de ella seguía temiendo haber estropeado algo imposible de reparar.
Mateo dejó la mano sobre la piedra, cerca de la suya.
No la tomó.
Emilia miró aquellos dedos y, después de un rato, apoyó los suyos encima.
Él cerró la mano con suavidad.
Fue entonces cuando apareció el colibrí.
Llegó desde unas plantas junto al sendero y se detuvo sobre una rama baja, casi enfrente de ellos.
Emilia dejó de respirar un instante.
La luz le tocó el cuello. El azul apareció y desapareció con el giro de su cabeza.
Mateo también lo vio.
Ninguno habló.
El ave alzó el vuelo, quedó suspendida unos segundos y regresó a las flores.
Emilia sintió una calma extraña, tan súbita que le llenó los ojos otra vez.
No escuchó una voz ni recibió una explicación.
Solamente pudo aflojar la mano sobre sus rodillas.
Cuando el colibrí se perdió detrás de las plantas, el lago había empezado a oscurecerse.
Mateo soltó sus dedos despacio.
—Va a enfriar —dijo.
Emilia asintió, pero permaneció sentada un momento más.
En la ventana de la casa cercana, la lámpara seguía encendida.
Regresaron casi sin hablar.
Al llegar, Teresa estaba cenando con Carmen. Se escuchaban sus voces desde la calle.
Mateo apagó el motor.
—Gracias por venir.
Emilia se volvió hacia él.
—Gracias por escucharme.
Lo miró con una atención que le hizo notar el cansancio alrededor de sus ojos, la venda pequeña en el dedo, la forma en que esperaba sin acercarse más.
Por un instante quiso quedarse dentro de la camioneta.
Aquella certeza la asustó.
Abrió la puerta.
—Mañana paso por las tablas.
—Cuando quieras.
Emilia bajó y cerró con cuidado.
Antes de entrar en casa, miró hacia atrás.
Mateo seguía allí, esperando a verla cruzar la puerta.
Ella levantó una mano.
Él hizo lo mismo.
Dentro, la fotografía de Julián descansaba junto a la taza. Emilia se detuvo frente a ella, todavía con el calor de otros dedos en la palma.
Quiso contarle que había visto el lago.
Quiso pedirle perdón.
Al final solamente rozó el borde del marco.
—Hoy te extrañé mucho —dijo.
Desde la cocina, Teresa la llamó para cenar.
Emilia se quedó unos segundos más.
Después fue a sentarse con ellas.