Capítulo 8 de 15

La culpa de volver a sonreír

El sábado amaneció con olor a pan caliente.

Emilia lo percibió antes de abrir los ojos. Después escuchó a Teresa discutir con alguien en la puerta.

—Son demasiados.

—Mi hermana mandó la mitad.

—Pues dile a tu hermana que aquí viven dos personas, no un cuartel.

Emilia reconoció la voz de Mateo y sintió una alegría inmediata.

Se incorporó demasiado rápido.

Durante unos segundos se quedó sentada en la cama, avergonzada de aquella prisa que nadie había visto.

Sobre la cómoda estaba la libreta azul de Julián.

La miró y el entusiasmo se le convirtió en una presión en el pecho.

Se vistió con lentitud.

Mateo había llevado las seis tablas que faltaban y una bolsa de pan que Lucía compró de más.

Estaba de pie junto a la mesa, escuchando a Teresa explicar dónde podía apoyar las piezas sin rozar la fotografía.

Al ver a Emilia, sonrió.

—Buenos días.

—Buenos días.

Su abuela volvió la cabeza de uno a otro y luego se concentró en cerrar la bolsa.

—Voy a poner café.

Mateo acomodó las tablas.

—No necesitan estar listas hoy. Con que las tenga antes del martes…

—Puedo acabarlas mañana.

Él asintió.

Durante un momento ninguno encontró qué añadir.

Emilia recordó la piedra junto al lago y la calidez de su mano.

Mateo se miró el dedo vendado.

—Ya casi está bien —dijo, como si hubiera seguido el pensamiento de ella—. Tuve que rehacer la venda. Mi sobrina aseguró que parecía una momia mal hecha.

Emilia soltó una risa.

Él la miró con una alegría que intentó disimular al bajar la vista hacia las tablas.

Teresa apareció con las tazas.

Desayunaron en el patio.

Hablaron de Inés, de una puerta que Mateo debía entregar y de los preparativos de Carmen. Emilia se descubrió preguntándole cosas. Quiso saber cómo aprendió a reparar lanchas, si extrañaba la ciudad donde trabajó y por qué había elegido aquel local para el taller.

Él respondía mientras partía el pan.

No había ocurrido nada extraordinario. Sin embargo, cuando Mateo se levantó para marcharse, a Emilia le pareció que la mañana terminaba demasiado pronto.

Lo acompañó a la puerta.

—Gracias por ayer —dijo.

—Me gustó ir contigo.

Ella sostuvo su mirada.

Sintió que podía decir lo mismo.

—Nos vemos —respondió al final.

Mateo asintió, sin ocultar del todo una pequeña decepción.

Emilia cerró la puerta despacio.

Trabajó hasta mediodía.

Las letras exigían una atención distinta a la de corregir textos. Tenía que medir los espacios, esperar a que secara una capa, dejar que el pincel recorriera las vetas sin forzarlo.

Aun así, pensaba en Mateo.

En la forma en que se inclinaba para escuchar a Teresa.

En su risa cuando Inés lo contradecía.

En el silencio que había guardado junto al lago.

Dejó el pincel.

No sabía cuándo había empezado a observarlo de aquella manera.

Quizá desde que lo vio cuidar las plantas de su madre. Quizá al vendarle el dedo. No encontraba un instante que pudiera señalar para decidir si todavía estaba a tiempo de retroceder.

Sacó el teléfono.

Abrió la fotografía de las macetas que le había enviado el lunes.

Debajo estaba la respuesta de Mateo.

A la de abajo hay que darle tiempo.

Sonrió.

Entonces entró una llamada de Beatriz.

La sonrisa desapareció antes de que Emilia contestara.

—Hola.

—¿Cómo estás, hija?

—Bien.

La palabra le pareció una confesión.

Beatriz estaba ordenando unas cosas para la ofrenda. Quería preguntarle si recordaba dónde compraban el pan que le gustaba a Julián.

Emilia respondió y prometió enviarle la ubicación.

Después hablaron de la grabación.

—Anoche su papá se sentó conmigo —dijo Beatriz—. Se la puse. No dijo nada, pero me pidió que la volviera a poner.

Emilia apretó el teléfono.

En el patio había migas del desayuno.

La taza de Mateo seguía junto a su plato.

—Qué bueno que la encontramos —murmuró.

Cuando terminó la llamada, llevó ambas tazas a la cocina.

Lavó primero la suya.

La otra se le resbaló entre las manos y golpeó el fregadero sin romperse.

Emilia cerró la llave.

Se apoyó en el borde y empezó a llorar.

Teresa la encontró allí.

Acercó una silla y apartó con el pie la cubeta para que Emilia pudiera sentarse.

—¿Pasó algo con Beatriz?

Ella negó con la cabeza.

Tenía las manos mojadas sobre las rodillas.

—Estaba contenta antes de que llamara.

Su abuela se sentó enfrente.

—Te escuché reír.

Emilia se cubrió el rostro.

—Me gusta que venga.

Teresa guardó silencio.

—Mateo —aclaró, aunque no hacía falta.

Le costó pronunciarlo. Hasta ese momento había podido fingir que solamente disfrutaba de una conversación.

—No sé qué estoy haciendo.

Su abuela le acercó un trapo limpio para secarse las manos.

—Por ahora, desayunaste con él.

—No es solamente eso.

Emilia miró hacia el patio.

—Ayer quería que me siguiera tomando de la mano. Hoy me desperté y, cuando escuché su voz…

Se detuvo.

Teresa la observaba sin sorpresa.

Aquello le dolió.

—¿Tú también estabas esperando que me pasara?

—Yo estaba esperando que pudieras dormir y comer a gusto.

Emilia bajó la cabeza.

—Beatriz sigue poniendo sus cosas. Su papá escucha su voz. Y yo no sé cómo contarles que quiero conocer a otro hombre.

Teresa recogió la taza que había quedado junto al fregadero.

—A mí tampoco me saldría fácil.

—¿Y si dejan de querer verme?

Su abuela no respondió enseguida.

—Eso tendrías que preguntárselo a ellos.

Emilia torció el trapo hasta que una gota le cayó sobre la falda.

—No puedo llamar y decir: «Hola, ¿todavía voy a ser de la familia?».

—No. Así, no.

Teresa puso la taza sobre el escurridor y retiró una miga de pan.

—Pero tampoco puedes pasarte la vida diciéndoles que estás trabajando cuando quieras contarles otra cosa.

Emilia dejó el trapo extendido. Aquella conversación no le había quitado el miedo a perderlos. Al menos ahora podía nombrar qué era lo que temía.

Por la tarde intentó trabajar.

Arruinó una letra.

La limpió antes de que secara, pero quedó una sombra sobre la madera. Mateo tendría que lijarla otra vez.

Emilia apartó la pieza con una irritación que no tenía que ver con la pintura.

El teléfono vibró.

¿Todo bien con las tablas? Si necesitas que lije alguna, paso al cerrar.

Miró el mensaje.

Le pareció insoportable que él fuera atento precisamente cuando ella deseaba encontrar una razón para alejarse.

Escribió:

Mejor trabajo sola. Te aviso cuando estén.

Antes de enviarlo dudó.

Luego añadió:

Y prefiero que no volvamos a salir por ahora.

Presionó enviar.

Se quedó mirando la pantalla hasta que aparecieron las marcas de lectura.

Mateo tardó varios minutos en responder.

Está bien. Gracias por decírmelo.

Nada más.

Emilia dejó el teléfono sobre la mesa.

Había conseguido el espacio que necesitaba.

El patio se sintió más frío.

Buscó al colibrí toda la tarde.

Miró la salvia cada vez que escuchó un ruido. Se asomó al limonero y esperó junto a la ventana.

No apareció.

Al anochecer puso la grabación de Julián.

La escuchó una vez.

Después volvió al principio.

Me gusta mucho la vida contigo.

Emilia cerró los ojos.

Quiso preguntarle qué hacer ahora con aquella vida que todavía continuaba sin él.

El archivo terminó.

La habitación quedó en silencio.

—Podrías decirme algo —susurró.

Esperó, avergonzada y esperanzada al mismo tiempo.

No se movió la cortina. Ningún sonido llegó desde el patio.

Emilia apagó la pantalla.

Más tarde, Teresa pidió ayuda para alcanzar una caja de velas.

Emilia la bajó del armario. Al levantarla, el fondo se abrió y varias velas rodaron hasta el mantel.

—Te dije que había que cambiar de caja —protestó Teresa.

Recogieron las que habían caído.

—¿Tú crees que el colibrí es él? —preguntó de pronto.

Teresa supo a quién se refería.

—No lo sé, hija.

—A veces siento que sí. Como si viniera cuando necesito…

Le faltaron palabras.

Su abuela revisó una vela partida y la apartó de las demás.

—Puedes recibir con cariño que se acerque.

Emilia miró la ventana oscura.

—Hoy no vino.

Teresa se quitó los lentes.

—Mañana riega la salvia igual.

Emilia permaneció callada.

Se sentó junto a su abuela.

Durante un rato separaron las velas enteras de las que se habían quebrado.

Antes de acostarse, volvió al mensaje de Mateo.

Lo leyó varias veces.

Él había aceptado su decisión. No podía pedirle que adivinara todo lo que ella había sido incapaz de explicar.

Escribió con cuidado:

Te hablé de golpe. Estoy confundida y me asusté. Ayer me sentí acompañada. No hiciste nada malo.

Dejó el teléfono sobre la cama.

La respuesta llegó cuando estaba guardando las pinturas.

Gracias. Podemos ir despacio. Y si necesitas espacio, también.

Emilia se sentó.

No prometió verlo al día siguiente. Todavía necesitaba comprender lo que sentía.

Pero escribió:

Me gustaría hablar contigo cuando pueda hacerlo sin salir corriendo.

Mateo respondió:

Aquí estoy.

Ella apagó el teléfono y se acercó a la ventana.

En la maceta, el brote se inclinaba ligeramente hacia afuera. Emilia la giró apenas, recordando lo que Mateo le explicó sobre la luz.

Después miró la fotografía de Julián.

Le seguía doliendo.

También deseaba volver a conversar con otro hombre.

Aquellas dos verdades le ocuparon el pecho mientras se metía en la cama. No consiguió reconciliarlas esa noche, pero dejó de intentar arrancarse una de ellas.

Afuera, la salvia esperaba la mañana.