Capítulo 9 de 15
El nombre debajo de la pintura
El domingo, Emilia terminó la última tabla antes de que Teresa sirviera la comida.
Había trabajado despacio, apoyando la muñeca sobre un trapo doblado para mantener firme el pincel. En cuanto se secara el nombre, podría llevar todas las piezas al taller.
La que había arruinado seguía apartada.
Una sombra gris atravesaba la madera donde intentó borrar la letra. Emilia la levantó para examinarla cerca de la ventana.
Por debajo de la mancha se distinguía otra línea.
Pasó el dedo.
No era una veta.
Alguien había escrito allí antes.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Teresa.
—Esta tabla tenía algo pintado.
Su abuela se acercó con los lentes en la mano.
—Mateo aprovecha madera de muebles viejos. A lo mejor era una caja.
Emilia inclinó la pieza. Bajo la capa clara aparecía una curva oscura, seguida de dos trazos cortos.
Parecía parte de un nombre.
Dejó de raspar.
La madera no era suya.
Llevó las tablas al taller después de comer.
Mateo estaba barriendo. Al verla, apoyó la escoba contra la pared.
—Hola.
—Hola.
El saludo tuvo una cautela que antes no existía.
Emilia acomodó el paquete sobre el banco. Él retiró el papel de las piezas terminadas y las revisó una por una.
—Quedaron muy bonitas.
—Ésta hay que lijarla otra vez.
Le mostró la tabla manchada.
Mateo se inclinó.
Emilia señaló los trazos.
—También encontré esto. No seguí quitando pintura por si era algo que querías conservar.
Él sostuvo la madera frente a la luz.
Reconoció los agujeros del canto y apoyó la pieza otra vez sobre el banco.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
Mateo pasó el pulgar por una esquina.
—Creo que era de una caja de mi madre.
Miró el canto, donde quedaban dos pequeños agujeros de clavo.
—Sí. Debí apartarla cuando desarmé los cajones.
Emilia retrocedió un poco.
—Lo siento.
—No hiciste nada. Yo la preparé para el trabajo.
Él dejó la tabla sobre un trapo.
—Había varias en el cobertizo. Algunas tenían humedad. Revisé cuáles servían y las fui separando.
Sacó una lija fina.
Emilia permaneció a su lado mientras él retiraba la pintura con movimientos breves. Apareció primero una letra redonda, después otra.
Aurelia.
Mateo dejó de lijar.
Debajo del nombre se adivinaba una segunda línea.
Tardaron casi media hora en descubrirla.
La pintura nueva había entrado en los surcos, y Mateo tuvo que limpiar algunos con un palillo. Emilia sostuvo una lámpara sobre el banco.
Al final pudieron leer:
Aurelia. Para la casa que todavía no tenemos.
Ninguno habló durante unos segundos.
La letra era irregular. Algunas palabras se apretaban al final, como si quien las escribió hubiera calculado mal el espacio.
—Es de mi padre —dijo Mateo.
Emilia miró las marcas.
Recordó la placa de barro, el nombre de Esteban más grande que el de su esposa.
Había en ambas cosas la misma torpeza cuidadosa.
Mateo se sentó.
—Mi madre guardaba hilos y retazos ahí. Yo pensaba que la caja la había comprado.
Emilia dejó la lámpara sobre el banco.
Él recorrió la frase sin tocarla.
—Debió hacerla antes de que se casaran.
En la calle pasó una motocicleta. Desde el local vecino llegó el sonido de una radio.
Mateo permaneció mirando aquellas palabras como si necesitaran un silencio que el pueblo no podía ofrecerle.
Emilia acercó un banco y se sentó.
Fue él quien llamó a Lucía.
Puso el teléfono en altavoz y le leyó la frase.
Su hermana tardó en responder.
—La caja de las telas —dijo al fin—. Tenía flores pintadas por dentro de la tapa.
Mateo cerró los ojos un momento.
—Sí.
—Mamá me contó que él se la regaló cuando ella empezó a guardar cosas para casarse.
Emilia miró hacia otro lado para darles un poco de intimidad.
Lucía siguió hablando.
—Se fueron a vivir con mis abuelos. La casa vino después.
Mateo bajó la vista hacia la tabla.
—No me acordaba.
—Tú siempre usabas la caja de escalón para alcanzar los duraznos.
Él soltó una risa breve.
—Con razón se abrió una esquina.
Lucía pidió que no hiciera nada más hasta que ella pudiera verla.
Cuando terminaron la llamada, Mateo dejó el teléfono boca abajo.
—Estuve a punto de pintar el nombre de un desconocido encima.
Emilia observó la madera.
—Todavía puedes guardarla.
Él asintió, aunque parecía estar pensando en otra cosa.
—Nunca le pregunté cómo se hicieron de esta casa. Siempre había algo más urgente que preguntar.
Emilia recordó la grabación de Julián.
Emilia se preguntó cuántas veces habría pasado frente a aquella caja sin verla. La foto y el recibo de su esposo estaban guardados; a Mateo le había faltado poco para perder esas letras bajo un nombre ajeno.
Mateo fue al pequeño almacén del fondo.
Regresó con otras piezas de madera y empezó a revisarlas. Emilia lo ayudó a apartar las que tenían rastros de pintura.
Encontraron una flor amarilla casi borrada y un pedazo de tabla con la marca de una bisagra.
—Podría armar un marco con esto —dijo él.
Emilia colocó la pieza del nombre en el centro.
—Si dejas esta parte sin cubrir…
Movió las otras alrededor.
Mateo se inclinó junto a ella.
Sus hombros se rozaron.
Emilia lo sintió y permaneció donde estaba.
Él tampoco se apartó, pero dejó espacio cuando necesitó alcanzar una regla.
Trabajaron sobre el banco, probando medidas.
La tabla no tendría que volver a ser una caja. Podían conservar la frase y las pequeñas heridas de la madera.
Mateo marcó una línea con lápiz.
—Gracias por no seguir raspando.
—Quería preguntarte.
Él levantó la vista.
Por primera vez desde que ella llegó, sonrió sin cautela.
Cuando terminaron de separar las piezas, Emilia recogió el papel que había usado para envolver sus trabajos.
Podía marcharse.
Mateo volvió a la escoba, aunque el suelo ya estaba bastante limpio.
Ella dobló el papel una vez más.
—Quería hablar contigo.
Él apoyó de nuevo la escoba.
—Te escucho.
Emilia se sentó.
Desde allí veía sus tablas terminadas, una junto a otra sobre el estante.
—Lo que te escribí ayer fue verdad. Me asusté.
Mateo acercó un banco, pero no se sentó demasiado cerca.
—Entendí.
—No sé si entendiste todo.
Ella se miró el anillo.
—Yo tampoco.
Él esperó.
Emilia respiró hondo.
—Me gusta estar contigo. Te busco aunque no necesite llevarte nada. Ayer me desperté contenta porque estabas en casa.
La voz le tembló al final.
Mateo bajó brevemente la mirada.
—A mí también me pasa.
Emilia sintió calor en el rostro.
Escucharlo hacía que aquello dejara de ser una suposición que podía esconder.
—Pero puedo estar bien y, de pronto, recordar algo de Julián. Y ya no sé dónde poner lo que estaba sintiendo.
Mateo apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Puedes decírmelo.
—Tal vez me pase mucho.
—Lo sé.
Ella negó despacio.
—Todavía no sabes cómo soy cuando me encierro.
Mateo miró hacia la puerta abierta.
—Tampoco tú sabes cómo me pongo cuando tengo miedo.
Emilia levantó la cabeza.
Él se frotó las manos.
—Cuando mi madre enfermó, yo seguía trabajando fuera. Mi hermana me decía que viniera más y yo encontraba cómo aplazarlo.
Hizo una pausa.
—Mandaba dinero. Llamaba. Pensaba que, mientras pudiera hacer esas cosas, estaba ayudando.
Emilia escuchó el roce de una lija en el local vecino.
—Cuando por fin regresé, alcancé a estar con ella varias semanas.
Mateo miró la tabla con el nombre.
—Desde entonces me cuesta irme de cualquier lugar donde alguien pueda necesitarme.
El teléfono vibró sobre el banco. Era Lucía; Mateo contestó y empezó a disculparse antes de que su hermana terminara la primera frase.
Había prometido llevar unas bisagras a la casa. El hombre que ayudaba con la barda estaba esperando desde hacía una hora.
—Voy saliendo —dijo.
Miró las piezas del marco que acababan de separar. Luego buscó las bisagras en dos cajones y en una bolsa, cada vez más deprisa.
—¿Quieres que te acompañe? —ofreció Emilia.
—No hace falta. Lo resuelvo.
El tono la hizo retirar la mano del banco.
—Solamente te pregunté.
Mateo encontró la bolsa detrás de la escoba. La sostuvo unos segundos sin abrirla.
—Perdón. Me comprometí con tres personas para la misma tarde y ahora me molesta que alguien se dé cuenta.
Emilia recogió su bolso.
—Ve con tu hermana. El marco puede esperar.
Él llamó otra vez a Lucía. Le dijo que llegaría en veinte minutos y que al día siguiente no podría quedarse toda la mañana. Su hermana habló un buen rato; Mateo escuchó con los ojos fijos en las bisagras.
—Sí. Debí avisarte desde ayer —admitió al final.
Cuando colgó, todavía parecía de mal humor. Emilia se sorprendió al comprobar que podía quedarse cerca sin tener que arreglárselo.
Ella pensó en las reparaciones de Teresa, en la casa de Aurelia, en las plantas que él intentaba cuidar sin llegar a todo.
Mateo soltó el aire.
—Estoy aprendiendo a preguntar antes de quedarme.
Emilia miró la bolsa de bisagras. Había cosas de Mateo que no había alcanzado a conocer durante las reparaciones en casa de Teresa.
—Gracias por darme espacio —dijo.
Él asintió.
Después se quedaron callados, con la puerta abierta hacia la tarde.
Mateo guardó las piezas del marco en una caja y dejó encima un papel con el nombre de Lucía. Emilia escribió al margen que ella haría las flores.
—Mañana puedo pasar temprano —dijo.
—A las diez. Antes tengo una entrega.
Ella anotó la hora. Él buscó las llaves de la camioneta y esta vez recordó recoger también las bisagras.
Antes de marcharse, Emilia le pidió una hoja.
Él arrancó una de su libreta de cuentas y se la acercó con un lápiz.
Ella hizo un dibujo rápido: la tabla con la inscripción, una rama a un lado y una flor pequeña en la esquina.
—Para el marco —explicó.
Mateo lo observó.
—Me gusta.
Emilia dejó el lápiz.
Esta vez no se levantó enseguida.
Extendió la mano sobre el banco, cerca de la suya.
Él la miró antes de tomarla.
Emilia dejó el pulgar junto a la venda de su dedo.
Emilia vio la venda en su dedo y la mancha de pintura azul que todavía quedaba en el suyo.
Se quedaron así hasta que Mateo miró el reloj. Emilia soltó su mano y se levantó con él.
Cuando soltaron las manos, Emilia no sintió deseos de salir corriendo.
Recogió su bolso.
—Mañana puedo ayudarte con el marco.
—Me gustaría.
Ella asintió.
Al cruzar la calle, miró una vez hacia el taller.
Mateo salió detrás de ella con las llaves y la bolsa. Se despidieron en la esquina; él tomó la calle de la casa de su madre y ella regresó con Teresa.