Capítulo 10 de 15
La casa de las ventanas encendidas
El lunes, treinta de octubre, Emilia encontró a su abuela llorando frente al aparador.
Tenía una fotografía entre las manos y el cajón de los manteles abierto sobre las rodillas.
Emilia dejó la bolsa del pan.
—¿Te duele la pierna?
Teresa negó sin levantar la cara.
Durante unos segundos, Emilia permaneció de pie, esperando una explicación.
Después vio el retrato.
Era de una mujer joven con el cabello recogido, sentada junto a una máquina de coser. En el reverso había un nombre escrito con lápiz: Adela.
La hermana de Teresa.
Emilia la recordaba apenas. Una voz dulce, unos dedos rápidos haciendo trenzas, el olor de unas galletas que llevaba envueltas en papel.
—Hoy me acordé de cómo se reía —dijo su abuela—. Me vino completito el sonido.
Emilia acercó una silla.
Había visto a Teresa ocuparse de todos durante tantos días que se le había olvidado preguntarle por sus propias ausencias.
—¿Te quedas conmigo? —pidió la anciana.
Emilia se sentó a su lado.
Adela había vivido durante una temporada en aquella casa.
Emilia conocía el dato, aunque nunca se había preguntado por qué.
Teresa acarició el borde de la fotografía.
—Cuando murió su marido, dejó de abrir las ventanas.
La luz de la mañana avanzaba por las baldosas del corredor.
—Decía que así conservaba el olor de la casa. Que si entraba el aire iba a llevárselo.
Emilia miró hacia su dormitorio.
La noche anterior había cerrado la ventana por el frío. Al despertar la abrió sin pensarlo.
—¿Cuánto tiempo estuvo así?
—Unos meses. Luego vino para acá.
Teresa acomodó el retrato sobre un paño.
—Tu abuelo iba por ella a su casa. La encontraba sentada a oscuras y se quedaba haciéndole plática. Hasta que un día aceptó venir a comer.
Emilia imaginó a Salvador esperando junto a una puerta cerrada.
—¿Después se quedó?
—Unas semanas. Al principio decía que ya se iba al día siguiente.
Su abuela la miró de reojo.
Emilia sonrió.
—No empieces.
Teresa se secó las mejillas con el pañuelo.
—Yo no he dicho nada.
Emilia recogió la bolsa del pan para que su abuela alcanzara el plato.
—Ayer Mateo se enfadó conmigo —dijo.
Teresa la miró por encima de los lentes.
—¿Qué pasó?
Le contó lo de las bisagras, sin omitir el modo en que ella había querido resolverlo todo ofreciendo ayuda.
—Tampoco tú tienes que adivinarle el humor —dijo Teresa—. Y ahora alcánzame el cuchillo. El pan no se parte con tanta plática.
Prepararon chocolate y sacaron más fotografías.
Adela aparecía en cumpleaños, junto a un pastel demasiado inclinado; en una boda, sujetándose el sombrero; en el patio, con una niña dormida sobre el regazo.
—Ésa eres tú —dijo Teresa.
Emilia acercó la imagen.
Reconoció un vestido blanco que su madre conservó durante años.
—No sabía que existía esta foto.
—Hay muchas cosas que no has visto.
Emilia pasó una imagen a otra.
Durante años había regresado a aquella casa buscando lo conocido. La misma cama, los mismos platos, la comida de su abuela. Rara vez preguntaba por lo que ocurrió antes de que ella naciera.
—¿Volvió a casarse? —preguntó.
Teresa negó.
—Tuvo un amigo. Jacinto. Venía a ayudarle con unas entregas de costura y siempre encontraba por qué quedarse a cenar.
Emilia levantó la vista.
—¿Y ella lo quería?
—Le guardaba el pan menos quemado.
La respuesta le provocó una risa.
Teresa sonrió también.
—No quiso volver a casarse. Él tampoco. Se acompañaron muchos años.
Emilia observó a la mujer de la fotografía.
De pronto, aquella tía que recordaba preparando galletas tuvo una vida más extensa que sus visitas de infancia.
A las diez, Emilia llevó sus pinceles al taller. Mateo había regresado de la entrega; prepararon el marco, pegaron las uniones y aseguraron las esquinas con pequeños clavos. Ella pintó las flores mientras él sostuvo la madera. Al mediodía llevaron el marco terminado a casa de Teresa.
Lucía se reunió con ellos en la puerta, cargando una maceta pequeña.
Teresa insistió en que pasaran.
El marco conservaba las marcas de la caja de Aurelia. En la parte inferior podía leerse la frase escrita por Esteban, y las flores que Emilia dibujó rodeaban la fotografía sin taparla.
Lucía lo sostuvo frente a la ventana.
—Mamá se habría quejado de que gastamos madera buena.
—Y luego se lo habría enseñado a todas las vecinas —respondió Mateo.
Teresa pidió verlo de cerca.
Pasó un dedo por la inscripción.
—Tu padre tenía buena mano.
Mateo bajó la cabeza con una sonrisa.
Lucía dejó la maceta junto a la silla.
—Traje ésta. Es de las que ya no caben en el patio. Mateo dijo que aquí tendría lugar.
Era una planta todavía pequeña, con dos flores rojas.
Emilia la recibió.
—Podemos ponerla en la repisa de arriba.
Mateo la acompañó al patio.
Mientras él revisaba el espacio, ella le contó lo de Adela.
—Nunca le había preguntado a mi abuela.
—Pasa mucho.
Mateo sostuvo la maceta mientras Emilia apartaba otra.
—Yo sabía qué canciones le gustaban a mi madre. Mi hermana sabía con quién las bailaba.
Emilia se rio.
—Hay que preguntar más.
—Antes de que Lucía empiece a inventarme una juventud interesante.
Carmen llegó poco después con fruta y una lista de pendientes.
La casa, que por la mañana había estado silenciosa, se llenó de conversaciones cruzadas.
Teresa daba instrucciones desde su silla. Lucía preguntaba dónde colocar un mantel. Carmen discutía con Mateo sobre una mesa que convenía mover al corredor.
Emilia fue de la cocina al patio llevando platos.
En un momento se detuvo.
El ruido no le molestaba.
Podía escuchar varias voces sin sentir que alguna intentaba ocupar el lugar de Julián.
Sobre la mesa, su fotografía seguía junto a la taza.
Emilia acomodó el marco para que no quedara detrás de una bolsa.
Lucía lo miró.
—Qué bonita foto.
—La tomó mi abuelo.
—Se ven felices.
Emilia asintió.
—Lo estábamos.
Mateo y Carmen tuvieron que girar la mesa para que pasara por la puerta. Emilia se acercó a sostenerla del otro extremo.
Más tarde, cuando las visitas se marcharon, Teresa pidió descansar.
Emilia la ayudó a llegar a su habitación.
—Te cansaste mucho.
—Me cansé a gusto.
Le acomodó una almohada detrás de la espalda.
Su abuela señaló el corredor.
—Hay que revisar las lámparas antes de noviembre. La de la entrada anda fallando.
Emilia tomó nota en el teléfono.
—Le digo a Mateo.
Teresa la miró por encima de los lentes.
—Primero revisa el foco.
—Ya sé cambiar un foco, abuela.
—Entonces no hagas trabajar al muchacho por todo.
Emilia sintió que se ruborizaba.
Teresa cerró los ojos, satisfecha.
La lámpara de la entrada tenía el foco flojo.
Emilia lo ajustó después de cortar la corriente y, cuando volvió a encenderla, la luz se mantuvo firme.
La del cuarto del fondo necesitaba uno nuevo.
Buscó en el armario y encontró una caja incompleta. En la tapa estaba escrita la letra de su abuelo.
La llevó al patio.
Al abrirla, apareció un recibo antiguo y dos focos envueltos en periódico.
Sonrió al recordar la caja de Beatriz, los focos que Julián dejó pendientes.
Su vida había estado llena de hombres convencidos de que algún día tendrían tiempo para arreglarlo todo.
Cambió el foco del dormitorio.
Cuando terminó, encendió la luz y se quedó en la puerta.
La cama, la acuarela del lago y la libreta azul se veían distintas bajo aquella claridad.
Por primera vez desde que llegó, pensó en llevar sus pinturas de Morelia.
Al caer la tarde llamó a Beatriz.
Le contó que había colocado la fotografía de Julián en la mesa.
La mujer pidió verla.
Emilia le envió una imagen y esperó mientras la abría.
—Ésa me gusta mucho —dijo Beatriz—. Tu abuelo sabía hacerlo reír.
Conversaron sobre la taza y el chocolate.
Después Emilia reunió valor.
—¿Te gustaría venir el día primero?
Al otro lado hubo silencio.
—Podría ir por ti mi mamá —añadió—. O podemos buscar otra manera. Hay espacio para que se queden tú y su papá.
Beatriz respiró despacio.
—Pensábamos ir al panteón en la mañana.
—Podrían venir después.
Emilia miró la fotografía.
—Me gustaría que estuviéramos juntos un rato.
Beatriz prometió hablar con su esposo.
Antes de terminar, dijo:
—Gracias por seguir llamando, hija.
Dos colibríes se disputaron las flores mientras Emilia estaba regando.
Uno persiguió al otro por encima de la salvia. Emilia se agachó para que no le pasaran junto a la cara y estuvo a punto de volcar la jarra.
—Hay para los dos —protestó.
Los pájaros siguieron el vuelo por encima del muro. Una hoja quedó moviéndose en la punta de la planta. Emilia comprobó la tierra de cada maceta y vació el agua restante en el limonero.
Mateo regresó al anochecer para recoger una herramienta.
Emilia lo recibió en la puerta.
—Ya arreglé las lámparas —anunció.
Él levantó las cejas.
—Me voy a quedar sin trabajo.
—Todavía tienes la gotera.
Caminaron hasta el patio.
La casa estaba encendida: la cocina, el corredor, el dormitorio del fondo. Desde la habitación de Teresa llegaba el murmullo de la radio.
Mateo recogió su herramienta y se quedó mirando la repisa.
—Le quedó bien el lugar.
Emilia siguió su mirada hacia la planta de Aurelia.
—Sí.
Después se volvió hacia él.
—Quería preguntarte algo.
Mateo esperó.
—El día primero voy a estar con mi familia. Tal vez vengan también los papás de Julián.
Lo vio asentir.
—Yo voy a acompañar a mi hermana —dijo él.
—Ya sé. Pero, si después tienes tiempo, podrías venir.
Mateo bajó la herramienta.
—¿Estás segura?
Emilia pensó antes de responder.
—Quiero que vengas. Lo demás todavía lo estoy entendiendo.
Él sonrió con una seriedad que la conmovió.
—Voy a tratar.
Al despedirse, Emilia se acercó y lo abrazó.
Mateo tardó apenas un instante en rodearla.
Ella apoyó la mejilla en su hombro. Sintió la tela tibia de la camisa y su respiración cerca del cabello.
No buscó una señal en el patio.
Permaneció allí el tiempo que quiso.
Cuando cerró la puerta, Teresa la llamó.
—¿Ya se fue?
—Sí.
—Deja prendida la del corredor. Voy a levantarme por agua.
Emilia llenó un vaso y se lo llevó.
Después regresó al patio para recoger los pinceles.
Desde allí vio las ventanas iluminadas. En una estaba la silueta de su abuela; en otra, la acuarela que había pintado de adolescente.
La fotografía de Julián recibía la luz de la cocina.
Emilia acomodó el paño debajo de la taza y comprobó que las macetas no gotearan sobre la mesa.
Antes de entrar, miró hacia el limonero.
Entre las ramas algo se movió, demasiado breve para distinguirlo.
Sonrió y dejó encendida la lámpara del corredor.