Capítulo 11 de 15
La víspera de los ausentes
El treinta y uno de octubre, Emilia despertó antes que Teresa.
Se puso un suéter sobre la pijama y salió al patio. Todavía quedaba humedad en las baldosas; durante la noche había caído una llovizna breve.
Las macetas estaban bien.
Se inclinó ante el brote de Julián. Ya tenía hojas nuevas, aunque seguía siendo demasiado pequeño para saber qué flor daría.
Rozó la etiqueta con la punta de un dedo.
Flores de Julián.
En el sobre había encontrado el nombre: salvia roja. Tendría que buscarle un lugar definitivo cuando creciera.
La idea no le dolió como esperaba.
Desde la calle llegó el ruido de un vehículo que descargaba algo. Más lejos se oyeron voces, una puerta levantándose, el primer movimiento de los puestos.
Emilia entró a poner agua.
Sobre la mesa de la cocina había una lista que Teresa corrigió tantas veces que algunas palabras parecían pequeños nudos de tinta.
Faltaban flores.
También chocolate, aunque su abuela había comprado suficiente para alimentar a media familia.
Emilia añadió un paquete al final.
En el mercado, el olor del cempasúchil le recordó las manos de su abuelo.
Salvador regresaba todos los años con los tallos abrazados contra el pecho. Luego se sentaba a separarlos mientras Teresa protestaba por la tierra que dejaba en el corredor.
Aquella mañana, Emilia hizo lo mismo: sostuvo dos manojos y acabó con una franja de polen sobre el suéter.
La mujer del puesto le ofreció papel para envolverlos.
—Así no se te maltratan.
Emilia esperó mientras acomodaba los tallos.
Junto a ella, una niña preguntó por qué algunas flores tenían el centro más oscuro. Su madre respondió distraída, contando monedas.
Emilia miró las diferencias entre una cabeza y otra.
Hasta entonces había pensado en el cempasúchil como un solo color. De cerca tenía amarillos pálidos, pliegues anaranjados y sombras rojizas.
Quiso dibujarlo.
Pidió una flor más.
Mateo estaba a unos puestos de distancia, comprando fruta.
Llevaba una bolsa en cada mano y el gesto concentrado de quien intenta recordar un encargo.
La vio acercarse entre los manojos.
—Creo que conozco a alguien detrás de esas flores.
Emilia bajó un poco los brazos.
—Necesito ayuda.
Él dejó una bolsa en el suelo y recibió la mitad.
Caminaron juntos hacia la salida.
Hablaron de las compras, del trabajo terminado y de Inés, que quería pasar la noche despierta y había empezado a entrenarse quedándose dormida a las nueve.
Al llegar a la camioneta, Mateo acomodó las flores lejos de las herramientas.
Emilia permaneció junto a la puerta.
Desde el abrazo de la otra noche, no habían tenido un momento a solas. Ella había pensado en él mientras lavaba pinceles, mientras hablaba con su madre, al abrir la ventana por la mañana.
Mateo se limpió el polen de los dedos.
—Ayer Lucía me dijo que no necesitaba otro padre —contó él.
Emilia dejó de acomodarse el suéter.
—¿Por las bisagras?
—Por las bisagras, por la casa y por preguntarle cada rato si ya cerró bien la puerta. Me pidió que vaya el domingo a comer, sin llevar herramientas.
—¿Y vas a poder?
Mateo hizo una mueca.
—Ya veremos si me dejan entrar sin ellas.
—¿Mañana vienen los papás de Julián?
—Sí. Llegan después de comer.
Él asintió.
—Yo estaré con Lucía. Luego te escribo.
Emilia miró las flores dentro de la camioneta.
—Hay algo que todavía no les he contado.
Mateo esperó.
—Lo nuestro. No sé ni cómo llamarlo.
Él apoyó una mano sobre la puerta.
—Podemos hablarlo cuando pase todo esto.
Emilia levantó los ojos.
—No quiero que vengas y sientas que tienes que esconderte.
Mateo tardó un instante en responder.
—Yo tampoco quiero ponerte a explicar algo delante de todos.
Ella asintió.
Aquel cuidado no resolvía la dificultad, pero la hacía más pequeña.
Antes de subir, Emilia le tocó el brazo.
Mateo se volvió.
Ella tenía la boca seca.
—El otro día me quedé con ganas de hacer algo.
Una sonrisa leve apareció en el rostro de él.
—¿Qué cosa?
Emilia se acercó.
El beso fue breve. Apenas el contacto tibio de sus labios, una pausa en medio del ruido del mercado.
Cuando se apartó, Mateo no intentó retenerla.
La miró como si quisiera asegurarse de haber entendido.
Emilia soltó una risa nerviosa.
—Eso.
Él sonrió.
—Me alegra que te acordaras.
Ella bajó la cabeza, todavía cerca.
Al acomodarle un mechón detrás de la oreja, Mateo dejó los dedos un instante junto a su mejilla.
Emilia cerró los ojos.
Esta vez fue él quien se inclinó, despacio, y ella terminó de acercarse.
Volvió a casa con las flores y la sensación de llevar algo visible en el rostro.
Teresa la miró desde su silla.
—Te tardaste.
—Había gente.
Su abuela señaló el polen.
—Y te abrazaste con el puesto entero.
Emilia fue a buscar una cubeta.
Mientras llenaba el recipiente, se tocó los labios sin darse cuenta.
Después vio la fotografía de Julián desde la puerta de la cocina.
El recuerdo del beso le produjo una alegría que quiso conservar. Julián seguía en aquella fotografía, con una vida que ya nadie podía devolverle.
Emilia apartó la cubeta de la puerta. No sabía aún cómo hablaría con Beatriz, pero esa tarde iba a intentarlo. Después encendió la computadora y abrió la carpeta de sus dibujos. Escogió dos acuarelas para llevarlas de regreso a Morelia junto con sus materiales.
Por la tarde llegó un mensaje de Beatriz.
Tu mamá dice que mañana pasa por nosotros a las dos. ¿Quieres que lleve algo?
Emilia leyó las palabras varias veces.
Luego llamó.
Conversaron sobre comida y sobre el tráfico. Beatriz preguntó si Teresa necesitaba algún medicamento de Morelia.
Emilia negó, aunque la mujer no podía verla.
Cuando se quedaron sin pendientes, sostuvo el teléfono con ambas manos.
—Quería contarte algo antes de mañana.
Al otro lado se hizo silencio.
—Estoy conociendo a alguien.
Se le cerró la garganta al terminar.
Beatriz no respondió enseguida.
Emilia escuchó un ruido leve, quizá una taza apoyándose sobre una mesa.
—Lo conozco desde niña —añadió—. Vive aquí. No sé todavía qué va a pasar.
La respiración de Beatriz cambió.
—Gracias por decírmelo.
Emilia cerró los ojos.
Emilia esperó una pregunta, pero Beatriz no la hizo.
—No quería que lo supieras por otra persona.
—Hiciste bien.
Hubo otra pausa.
—Necesito acostumbrarme a pensarlo, hija.
Emilia miró las flores amontonadas.
—Lo entiendo.
Al otro lado, Beatriz respiró junto al teléfono. Emilia no supo si debía despedirse o seguir hablando.
Terminaron la llamada unos minutos después.
Emilia se quedó sentada junto al limonero, con el teléfono en el regazo.
Había temido perder a Beatriz por decir la verdad.
Ahora le dolía haberla lastimado, aunque no creyera haber hecho algo malo.
Teresa salió con un mantel doblado.
Se detuvo al verla.
—¿Hablaste con ella?
Emilia asintió.
Su abuela dejó el mantel sobre la mesa.
—¿Le contaste?
—Sí.
Teresa se sentó cerca.
—Dice que necesita acostumbrarse.
—Pues dale tiempo.
Emilia miró el suelo.
—A veces siento que todo lo que hago le quita algo a alguien.
La abuela buscó una hoja caída sobre la silla y la apartó.
—Hoy me ayudaste con las flores. A Mateo lo vi contento cuando te dejó. Beatriz va a venir mañana.
Emilia alzó los ojos.
Teresa extendió el mantel entre las dos.
—Ayúdame a ponerlo derecho. Este lado se me va chueco.
Emilia tomó la otra esquina.
Agradeció tener algo sencillo que sostener.
Al caer la tarde, la casa empezó a ordenarse alrededor de la ofrenda.
Carmen llevó fruta y ayudó a mover la mesa hacia el corredor, donde estaría protegida del sereno. Teresa escogió las servilletas. Emilia limpió los marcos.
El de Adela tenía una mancha en el cristal.
El de Salvador necesitaba ajustar el soporte.
La fotografía de Julián estaba bien.
La sostuvo un momento antes de colocarla.
Ya no le parecía extraño que hubiera un lugar para él junto a los otros. Le dolía, pero podía mirarlo allí.
Acomodó la taza cerca.
Después tomó una hoja y dibujó la flor que había comprado en el mercado.
Las primeras líneas salieron inseguras. Al llegar a los pétalos, la mano encontró un ritmo.
Carmen pasó detrás de ella.
—Hacía mucho que no te veía así.
Emilia levantó la cabeza.
Su tía señaló el lápiz.
—Con la nariz casi pegada al papel.
Ella sonrió y volvió al dibujo.
El colibrí apareció cuando la luz empezaba a retirarse del patio.
Emilia lo vio detenerse frente a la salvia y luego acercarse a las flores rojas.
Dejó el lápiz.
Habían pasado días desde que necesitó pedirle una respuesta. Aun así, verlo le produjo aquel estremecimiento íntimo, como cuando alguien querido entra en casa sin anunciarse.
El ave avanzó hacia el corredor.
Quedó suspendida frente a la mesa, cerca de la fotografía de Julián.
Emilia sintió que se le erizaban los brazos.
—Abuela —llamó muy bajo.
Teresa volvió la cabeza desde la cocina.
Las dos lo miraron.
Durante unos segundos, el colibrí permaneció frente al retrato. Luego giró y pasó junto a Emilia, tan cerca que ella cerró los ojos.
Cuando los abrió, había desaparecido sobre el muro.
Su abuela seguía en la puerta.
—¿Lo viste? —preguntó Emilia.
—Sí.
No dijeron nada más.
Esa noche llegó otro mensaje de Beatriz.
Voy a llevar el pan que me dijiste. Su papá quiere llevar la foto donde está jugando de niño.
Emilia se sentó en la cama.
Leyó el mensaje y sintió que podía respirar más hondo.
Aquí les hacemos lugar, respondió.
Después abrió la conversación de Mateo.
Él había enviado una fotografía de Inés dormida sobre un cojín, con una cartulina a medio recortar en las piernas.
Va muy bien el entrenamiento.
Emilia se rio.
Le contestó y dejó el teléfono junto a la lámpara.
Afuera, Teresa comprobaba que no hubiera nada en el paso del corredor.
—Mañana vamos a andar de un lado a otro —decía para sí.
Emilia salió a ayudarla.
Revisaron las sillas, guardaron los materiales y dejaron las velas sin encender, listas para la noche siguiente.
Antes de acostarse, Emilia se detuvo ante la fotografía de Julián.
—Ya casi está todo —susurró.
Por primera vez, preparar su llegada no le exigió fingir que él seguía vivo.
Le bastó con desear recordarlo acompañada.