Capítulo 12 de 15

Donde nos esperan las flores

El primero de noviembre, la casa amaneció oliendo a canela.

Teresa había puesto agua al fuego antes de que Emilia saliera del dormitorio. Desde su silla vigilaba la olla como si alguien pudiera llevarse el hervor en un descuido.

—Hoy no vas a estar entrando y saliendo de la cocina —le advirtió su nieta.

—Por eso estoy sentada.

Emilia miró la cuchara que sostenía.

—Sentada y trabajando.

—También puedo trabajar acostada, pero se derrama todo.

Emilia se rio y le quitó la cuchara con suavidad.

Tenían varias horas antes de que llegaran las visitas.

Lavó fruta, despejó el comedor y puso sábanas limpias en el cuarto que usarían Beatriz y su esposo. Su madre dormiría con Carmen, a pocas calles de allí.

Mientras estiraba la colcha, sintió una inquietud antigua: la de querer que todo quedara perfecto para evitar algo que no sabía nombrar.

Se detuvo.

Alisó una arruga y dejó las demás.

Beatriz llegó cerca de las cuatro.

El padre de Julián bajó primero del coche, cargando una bolsa de pan y un marco envuelto en una toalla. Emilia lo abrazó antes de que pudiera ofrecerle las cosas.

Olía a loción y al interior tibio del automóvil.

—Qué gusto verte —dijo él.

Emilia sintió la mano pesada en su espalda y se le llenaron los ojos.

Luego apareció Beatriz al otro lado del coche.

Durante un instante se miraron sin acercarse.

Emilia pensó en la llamada del día anterior, en aquella frase que todavía le dolía: Necesito acostumbrarme a pensarlo.

Beatriz extendió los brazos.

Ella fue hacia ellos.

El abrazo duró más que otras veces. Emilia apoyó la cara junto a su cuello y sintió el temblor de la respiración de Beatriz.

—Gracias por venir —murmuró.

Beatriz le acarició la espalda.

—Gracias por invitarnos.

El padre de Julián se llamaba Ernesto.

Emilia llevaba años diciéndole don Ernesto, a pesar de que él aseguraba que eso lo hacía sentir encargado de una tienda.

Teresa lo recibió con una protesta por la cantidad de pan.

Él levantó la bolsa.

—Me dijeron que aquí hacía falta.

—¿Quién?

Todos miraron a Emilia.

Ella se encogió de hombros.

—Nunca está de más.

Beatriz sonrió.

La expresión le cambió al ver la mesa del corredor.

Se quedó junto a la puerta, con el bolso todavía colgado del hombro.

Emilia se acercó, sin apurarla.

La fotografía de Julián estaba junto a la taza de barro. Había flores detrás, un vaso de agua y una servilleta bordada debajo del plato que usarían para el pan.

Beatriz tocó el asa de la taza.

—Me contó cuando la compró.

Emilia asintió.

—Decía que aquí sabía mejor el chocolate.

—Le gustaba llevar la contraria desde chiquito.

Ernesto desenvolvió el marco.

En la fotografía, Julián tendría unos siete años. Estaba de pie con un balón bajo el brazo y las rodillas manchadas de tierra. Le faltaba un diente.

Emilia soltó una risa.

Nunca había visto aquella imagen.

—¿La ponemos aquí? —preguntó Ernesto.

Ella movió un poco su propio retrato para hacerle espacio.

La tarde transcurrió entre pequeños trabajos.

Su madre cortó fruta en la cocina. Carmen acomodó sillas. Ernesto ayudó a Teresa a revisar una extensión, aunque la anciana terminó explicándole cómo debía enrollarla.

Beatriz y Emilia se quedaron separando flores.

Al cortar un tallo, la tijera chirrió.

—Necesita afilarse —dijo Beatriz.

—Mi abuelo lo decía todos los años.

Trabajaron un rato sin hablar.

Emilia tenía las manos impregnadas de aquel olor verde y ligeramente amargo.

—Ayer me quedé pensando en lo que me contaste —dijo Beatriz.

Ella dejó la tijera sobre la mesa.

La mujer continuó escogiendo tallos.

—Primero sentí mucho coraje.

Emilia sostuvo la respiración.

—Después me di cuenta de que estaba enojada porque Julián no puede conocer a nadie. Ni venir, ni hacerse viejo, ni cambiar de opinión sobre nada.

Beatriz apretó los labios.

Emilia acercó una silla.

La mujer aceptó sentarse.

—Cuando me dijiste que estabas conociendo a alguien, lo pensé todo junto.

Emilia se acomodó frente a ella.

—Yo también lo pienso así a veces.

Beatriz miró hacia el retrato de su hijo.

—No quiero que tengas que esconderme tu vida.

Se secó una mejilla con el dorso de la mano.

—Pero habrá días en que me cueste escucharla.

—Por ahora prefiero que no me cuentes cómo fue el primer beso —añadió Beatriz, con una sonrisa que no le salió del todo.

Emilia recogió un tallo que había caído junto a la silla.

—No iba a contártelo.

—Ya sé. Estoy tratando de explicar algo que todavía no sé explicar.

La tijera quedó entre las dos. Emilia se la acercó por el mango y Beatriz volvió a cortar las flores.

Emilia asintió.

—Puedes decírmelo.

Beatriz levantó la vista.

Durante unos segundos se miraron con un cansancio que ninguna necesitaba explicar.

Después volvieron a las flores.

Cuando encendieron las primeras velas, el corredor cambió de aspecto.

La luz rozó el cristal de las fotografías y dejó pequeñas sombras detrás de la fruta. Teresa pidió mover una vela lejos de la servilleta. Ernesto la cambió de lugar y comprobó que quedara firme.

Emilia observaba desde el patio.

Había temido que aquel momento se sintiera como repetir el funeral. Sin embargo, allí estaban los objetos que Julián eligió mientras vivía, el pan que deseaba comer, una fotografía donde todavía le faltaban dientes.

Beatriz acomodó una pieza pequeña en el plato.

—Éste lo habría agarrado primero.

Ernesto negó.

—Se habría llevado el más grande.

—Y habría dicho que estaba compartiendo —añadió Emilia.

Los tres se rieron.

Después Beatriz empezó a llorar.

Emilia la abrazó sin dejar de sonreír del todo, y aquella mezcla le pareció extraña hasta que Ernesto acercó una mano a sus hombros.

Se quedaron juntos frente a la mesa.

Más tarde fueron al panteón.

Teresa había descansado durante la tarde y aceptó usar la silla de ruedas que Carmen consiguió prestada para evitar el recorrido largo. Protestó al principio; después empezó a indicar por dónde debían llevarla.

Las calles tenían más movimiento que en los días anteriores.

Al acercarse al cementerio, Emilia vio las luces entre las flores. Había familias sentadas junto a las sepulturas, personas acomodando ofrendas, conversaciones bajas y pasos que buscaban sitio sin interrumpir a los demás.

Caminó cerca de Beatriz.

Julián estaba enterrado en Morelia. Lo habían visitado esa mañana antes de viajar. Emilia no sentía que aquella distancia lo dejara fuera de lo que estaban viviendo, aunque le costaba explicar por qué.

Llevaba su nombre en la memoria.

También una fotografía pequeña dentro del bolso.

Llegaron a la sepultura de Salvador.

Carmen colocó las flores. Su madre ayudó a Teresa a acomodarse.

Ernesto se quedó junto a Emilia.

—Él me enseñó a preparar pescado una vez —dijo, mirando la lápida.

Ella volvió la cabeza.

—¿Mi abuelo?

—Sí. Nunca me quedó como a él.

Emilia no sabía que compartían aquel recuerdo.

Se sentaron a escucharlo.

Al otro lado de un sendero, Emilia vio a Inés.

La niña llevaba un suéter rojo y sostenía la mano de Lucía. Mateo estaba inclinado junto a ellas, acomodando una vela.

Emilia no se movió enseguida.

Ernesto siguió su mirada.

—¿Es él?

La pregunta la tomó por sorpresa.

Ella asintió despacio.

Su suegro miró al joven unos segundos.

—Tu mamá me contó que reparó la mesa.

Emilia sostuvo el bolso sobre las rodillas.

—Sí.

Ernesto volvió la vista hacia las flores.

—Quedó bien.

No añadió nada más.

Emilia sintió una gratitud difícil de sostener.

Un momento después, Inés la reconoció y levantó una mano.

Ella respondió.

Mateo se incorporó.

Sus miradas se encontraron entre las personas que pasaban.

Él levantó una mano y permaneció junto a su hermana.

Emilia comprendió que la había visto con Beatriz.

Fue Beatriz quien preguntó después:

—¿Quieres ir a saludarlo?

Emilia la miró.

La mujer estaba junto a Teresa, con las manos dentro de las mangas del suéter.

—Puedo quedarme aquí.

—Ya sé.

Beatriz acomodó el cuello de su abrigo.

—No tienes que ir. Te estoy preguntando.

Emilia miró hacia la otra sepultura.

—Un momento.

Cruzó el sendero despacio.

Lucía la abrazó. Inés quiso saber si su dibujo había quedado junto a las otras fotografías.

—Lo vi en el taller —respondió Emilia—. Te quedó muy bonito.

La niña miró hacia la fotografía de su abuela.

El marco hecho con la madera de la caja estaba allí. Bajo la fotografía de Aurelia y Esteban se leía la frase que había sobrevivido a la pintura.

Mateo se acercó.

—¿Cómo estás?

Emilia lo observó.

Parecía cansado.

—Bien por ratos. ¿Tú?

Él soltó el aire con una pequeña sonrisa.

—Igual.

Se quedaron uno frente al otro.

Emilia le tocó la manga.

—Voy a regresar con ellos.

—Claro.

—¿Después vienes a casa?

Mateo asintió.

—Te escribo.

Al apartarse, sus manos se encontraron brevemente.

Emilia volvió junto a su familia sin sentir que cruzaba de una vida a otra.

Permanecieron allí hasta que Teresa empezó a cansarse.

La madre de Emilia consultó la hora y le pidió a Carmen las llaves de la casa.

—Me adelanto a calentar la comida. Ustedes vayan despacio.

Besó a Teresa y salió por el sendero. Carmen se quedó detrás de la silla de ruedas mientras Emilia se acercaba una última vez a la sepultura.

Antes de irse, Emilia se acercó a la sepultura de su abuelo.

Le contó en voz baja que había vuelto a dibujar.

Que la ventana ya cerraba bien.

Que las semillas habían nacido.

No le pidió que cuidara de Julián. Durante mucho tiempo había imaginado a los muertos ocupándose de lo que ella ya no podía alcanzar. Aquella noche prefirió recordarlos juntos en el patio, discutiendo sobre una tabla demasiado corta.

Al incorporarse, encontró a Beatriz esperándola.

Caminaron despacio hacia la salida.

—Huele a la casa de mi abuela —dijo la mujer.

Emilia miró las flores que llevaban en las manos.

—¿También ponía cempasúchil?

—En todas partes. Hasta donde estorbaba.

Beatriz sonrió con los ojos húmedos.

Emilia le ofreció el brazo.

Al regresar, el corredor seguía iluminado.

La madre de Emilia había vuelto antes para cuidar las velas y calentar la comida. El olor del chocolate salió a recibirlos.

Teresa pidió sentarse cerca de la mesa.

Ernesto fue por agua.

Beatriz se detuvo frente a las dos fotografías de su hijo.

Emilia quedó a su lado.

Durante un rato no hablaron.

Después la mujer señaló el retrato de niño.

—Ese día estaba enojado porque no lo dejamos llevar el balón a la comida.

Emilia sonrió.

Miró al hombre que había amado y al niño que no alcanzó a conocer.

Había sitio para ambos.

Afuera sonaron unos golpes suaves en la puerta.

Emilia miró hacia el corredor.

Su madre fue a abrir mientras ella permanecía unos segundos más junto a Beatriz, rodeada por el olor de las flores.