Capítulo 13 de 15

La noche en que pronunciaste mi nombre

Mateo estaba en la puerta con una bolsa de mandarinas.

Al verlo, Emilia pensó que había escogido algo para llevar solamente porque no sabía cómo entrar con las manos vacías.

Su madre se hizo a un lado.

—Pasa. Ya estamos calentando la comida.

Él se quitó la gorra antes de cruzar el umbral.

Emilia fue a recibirlo.

—Viniste.

—Te dije que iba a tratar.

Se miraron con una sonrisa pequeña.

Desde el corredor, Teresa levantó la voz.

—Si te vas a quedar parado ahí, por lo menos cierra. Se mete el frío.

Mateo obedeció.

La familiaridad de aquel regaño ayudó a Emilia a respirar.

Lo presentó junto a la mesa de la cocina.

Ernesto se levantó y le estrechó la mano.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Beatriz permaneció sentada unos segundos más. Después también se incorporó.

Emilia sintió que todos podían escucharle el corazón.

—Gracias por recibirnos —dijo Mateo.

—Estás en casa de Teresa —respondió Beatriz con suavidad.

La anciana alzó la barbilla.

—Y aquí a nadie le preguntamos dos veces si tiene hambre. Siéntate.

Mateo dejó las mandarinas donde Carmen le indicó y tomó una silla cerca de la puerta.

Emilia se sentó a su lado.

No buscaron tocarse.

Durante los primeros minutos hablaron de cosas sencillas: el camino desde Morelia, el cansancio del panteón, la pierna de Teresa.

Ernesto preguntó por el taller.

Mateo le contó que reparaba muebles y ayudaba con algunas lanchas.

—Entonces tú arreglaste la mesa.

—Sí.

Ernesto miró hacia el corredor.

—Quedó firme.

Mateo asintió.

Emilia alisó una arruga del mantel con el pulgar antes de volver a la comida.

La cena duró más de lo previsto.

Teresa recordó una ocasión en que Salvador intentó hacer una silla y terminó dejándola tan baja que solamente los niños podían usarla. Carmen aseguró que todavía estaba en su casa.

Ernesto contó que Julián desarmaba aparatos para averiguar cómo funcionaban.

—Volver a armarlos era otra historia —añadió Beatriz.

Emilia se rio.

Mateo la miró apenas, luego volvió a escuchar.

En algún momento Beatriz sacó el teléfono.

Mostró una fotografía de Julián adolescente con un corte de cabello espantoso.

Emilia soltó una carcajada.

—Me dijo que nunca había llevado el pelo así.

—Pues te mintió —respondió Ernesto.

Mateo sonrió al ver la imagen.

—Todos tenemos una foto que debería desaparecer.

—La tuya la tiene Lucía —le advirtió Teresa—. Y yo sé cuál es.

La risa recorrió la mesa.

Por unos segundos, Emilia pudo escucharla sin contar quién faltaba.

Después ayudaron a recoger.

Mateo llevó platos a la cocina. Ernesto secaba mientras Emilia lavaba. Beatriz guardó el pan que sobraba y preguntó dónde podía ponerlo para el desayuno.

Todo ocurrió con una normalidad frágil.

Al pasar junto a Mateo, Emilia sintió su mano rozarle el brazo.

Fue un contacto breve, casi una pregunta.

Ella lo miró y sonrió.

Beatriz estaba de espaldas, cerrando una bolsa.

Emilia no supo si los había visto. Tampoco retiró el brazo con prisa.

Más tarde, Mateo se despidió de todos.

Teresa le pidió que regresara por fruta al día siguiente.

—Si no, tu hermana me va a mandar más y voy a tener que poner un puesto.

Él prometió volver.

Emilia lo acompañó a la puerta.

La calle seguía despierta.

Se escuchaban pasos, conversaciones que avanzaban hacia otras casas y el motor de un coche buscando por dónde pasar.

Mateo se puso la gorra.

—¿Estás bien?

Emilia asintió.

—Gracias por quedarte.

Él miró un instante hacia el interior.

—Son buena gente.

—Sí.

Emilia se abrazó para protegerse del frío.

Mateo se acercó un poco, sin cerrar la distancia.

—Me habría gustado conocerlo —dijo.

Ella levantó la vista.

Por un momento no pudo hablar.

Después sonrió con los ojos húmedos.

—Se habría puesto a darte consejos sobre herramientas.

Mateo soltó una risa baja.

—Habríamos discutido.

—Seguro.

Emilia le tomó la mano.

Permanecieron así junto al umbral, bajo la lámpara que ella misma había arreglado.

Al despedirse lo besó en la mejilla, cerca de la comisura.

—Mañana te escribo.

—Descansa.

Lo vio alejarse hasta la esquina.

Cuando entró, Beatriz estaba recogiendo una servilleta del suelo.

Se miraron.

La mujer dobló la tela y la dejó sobre una silla.

—Voy a acostarme —dijo—. Ha sido un día largo.

Emilia asintió.

—Buenas noches.

Beatriz se acercó y la abrazó antes de irse.

Cerca de medianoche, la casa quedó en silencio.

Carmen y su madre se habían marchado. Ernesto dormía en el cuarto de visitas. Teresa pidió que Emilia la ayudara a revisar las velas antes de acostarse.

Juntas apagaron las que habían quedado demasiado consumidas. Dejaron algunas protegidas en sus recipientes, sobre una superficie despejada del corredor.

—No te quedes despierta por obligación —le dijo la abuela.

—Un rato nada más.

Teresa le acarició el hombro.

Emilia llevó una silla frente a la ofrenda.

La fotografía de Julián adulto estaba junto a la de niño. Entre ambas, la taza conservaba un poco de chocolate.

El olor de las flores parecía más intenso a esas horas.

Escuchó el reloj del comedor.

Durante mucho tiempo había evitado quedarse a solas con aquel silencio. Esa noche quiso habitarlo.

Sacó del bolso la libreta azul.

No la había abierto desde que encontró la lista de la semana del accidente.

Buscó la página marcada con un papel.

Allí estaban los pendientes.

Una compra.

Una llamada.

Una medida para las repisas.

Más abajo, Julián había anotado:

Comprar papel para Emi.

Emilia rozó la esquina de la página. Antes de salir de Morelia había guardado las acuarelas en el fondo de un armario. Al regresar tendría que sacarlas; había escogido ya los dibujos con los que quería empezar.

Pensó en uno que conservaba desde los primeros años de casados: la calle donde vivían, vista desde el balcón. Julián había querido colgarlo y ella dijo que estaba mal hecho.

Julián la guardó de todos modos.

Emilia pasó la mano sobre la página.

En la esquina de la página había una operación hecha y tachada dos veces. Julián había calculado mal hasta el precio de una compra pequeña.

Había seguido haciendo planes.

Ella cerró los ojos.

Durante dos años se había quedado mirando el último día como si toda su vida juntos necesitara ser explicada desde allí.

Aquella noche pudo recordar un martes cualquiera: Julián lavando un sartén, ella dibujando junto a la ventana, la radio encendida demasiado bajo para distinguir la canción.

Se le humedecieron las mejillas.

—Perdóname —susurró.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Miró el retrato.

—Todavía pienso que, si no me hubiera enojado…

No terminó.

La llama de una vela se inclinó cuando entró aire por el patio. Emilia apoyó los pies en el suelo y respiró despacio.

—Sé que no fue por eso.

Lo sabía como se saben ciertas cosas que el cuerpo tarda mucho más en aprender.

Se secó la cara.

Después habló de Mateo.

Lo hizo con torpeza, sintiéndose extraña.

Le contó que tenía una sobrina que dibujaba flores, que cuidaba las plantas de su madre y que se había cortado un dedo haciendo algo demasiado sencillo.

En medio del llanto, sonrió.

—Me gusta —admitió—. Y me da miedo.

Miró sus manos sobre la libreta.

—Voy a volver a Morelia. Quiero trabajar con mis dibujos y quiero verlo otra vez. No sé cómo voy a hacerlo los días en que te extrañe así.

Dejó la libreta sobre sus rodillas. El sábado había apartado a Mateo; ahora tendría que buscarlo y hablarle con claridad, sin encargarle a otro lo que solamente ella podía decidir.

El retrato permaneció quieto.

Emilia sostuvo la libreta contra el pecho.

—Te sigo queriendo.

Aquello fue más fácil de decir.

No supo en qué momento se quedó dormida.

Recordaba el frío leve en los tobillos, el olor del cempasúchil y una luz reflejada en el cristal.

Después estaba en el patio.

Las ventanas se veían encendidas, aunque el cielo tenía la claridad indecisa de antes del amanecer.

Había alguien junto a las repisas.

Julián.

Emilia lo reconoció por la postura antes de verle el rostro: una mano en la cintura, la cabeza inclinada mientras examinaba algo que no acababa de convencerlo.

—Te quedó chueca —dijo él.

Miraba una maceta.

Ella quiso reírse, pero no le salió la voz.

Julián se volvió.

No llevaba heridas. Tenía puesta una camisa que ella recordaba doblar y guardar.

—Emilia.

Su nombre sonó como había sonado tantas veces desde la otra habitación.

Ella dio un paso.

Luego otro.

Lo abrazó.

Sintió la tela bajo los dedos, el peso familiar de sus brazos. El alivio fue tan grande que empezó a llorar contra su pecho.

—Te dije que me esperaras —dijo—. No sabía que sería la última vez.

Julián apoyó la mejilla en su cabello.

Durante un rato no respondió.

Cuando Emilia pudo levantar el rostro, el patio parecía más claro.

—No alcancé a despedirme —murmuró.

Julián le secó una mejilla con el pulgar.

—Ya estoy aquí.

Ella quiso hacer todas las preguntas juntas.

Dónde estaba.

Si había tenido miedo.

Si podía escucharla cuando hablaba sola en el departamento.

Pero al mirarlo no encontró dolor.

Aquello le impidió pronunciar la primera.

—¿Estás bien? —preguntó al fin.

Él asintió.

Emilia respiró como si hubiera llevado años conteniendo el aire.

Desde el limonero llegó un zumbido.

Un colibrí se detuvo junto a ellos, luminoso bajo aquella claridad sin sol.

Ella lo siguió con los ojos.

—¿Eras tú?

Julián siguió el vuelo del ave. Emilia quiso verle la cara, pero la claridad cambió y por un instante no pudo distinguir su expresión.

El ave se acercó a las flores.

Emilia volvió a mirarlo.

—No quiero olvidarte.

Él bajó los ojos hacia sus manos, que todavía sujetaban la camisa.

—Mírame.

Emilia obedeció.

Lo tenía enfrente. Recordaba su rostro sin necesidad de una fotografía.

Aflojó los dedos.

Despertó al oír su nombre.

—Emilia.

Abrió los ojos.

Beatriz estaba junto a la silla, con una manta entre los brazos.

La luz de la madrugada entraba por el patio.

—Te vas a enfriar —dijo.

Emilia tardó unos segundos en reconocer la mesa, las flores, la libreta apoyada sobre sus piernas.

Tenía el rostro mojado.

—Lo soñé.

Beatriz se quedó quieta.

Emilia se llevó una mano al pecho.

Todavía sentía el abrazo.

No podía explicar cómo.

—Estaba bien —dijo, y la voz se le quebró—. Lo vi bien.

Beatriz dejó la manta sobre sus hombros.

Después acercó otra silla.

No le pidió detalles enseguida.

Se sentó a su lado y le tomó la mano.

Permanecieron juntas mientras amanecía.

Emilia contó lo que recordaba. La maceta chueca. La camisa. Su nombre en la voz de él.

Beatriz escuchó con los ojos cerrados.

Cuando Emilia terminó, las dos miraron hacia el patio.

El colibrí llegó a la salvia.

Bebió de una flor y avanzó hacia el corredor.

Esta vez fue Beatriz quien apretó primero la mano de Emilia.

El ave quedó suspendida frente a las fotografías.

La luz le encendió el cuello azul.

Ninguna intentó acercarse.

Durante unos segundos, Emilia sintió de nuevo la calma del sueño. Beatriz empezó a llorar sin hacer ruido.

El colibrí giró hacia ellas.

Después se elevó por encima del muro.

Emilia siguió su vuelo hasta perderlo.

Cuando volvió la cabeza, Beatriz sonreía entre las lágrimas.

Beatriz se secó las mejillas con el borde de la manga. Emilia le acercó el pañuelo que tenía en el bolsillo y esperaron juntas a que la casa despertara.