Capítulo 14 de 15

Lo que el amor deja en nuestras manos

El dos de noviembre, Emilia durmió hasta que el ruido de una cuchara la despertó.

Había regresado a su cama después del amanecer. Beatriz le acomodó la manta sobre los hombros y la acompañó hasta la puerta del dormitorio, como si durante unos minutos hubiera vuelto a ser la muchacha que llegaba a su casa buscando a Julián.

Ahora la luz entraba de lleno.

Emilia se incorporó.

El sueño seguía ahí.

Recordaba la camisa, el abrazo y aquella voz pronunciando su nombre. Intentó recuperar cada detalle, pero algunos ya empezaban a escapársele. No conseguía precisar si Julián llevaba las mangas dobladas.

Se quedó quieta.

Por primera vez, perder una parte del recuerdo no le produjo pánico.

Lo había visto en paz.

Aquella certeza no dependía de cómo estuviera vestido.

En la cocina, Ernesto cortaba pan.

Beatriz estaba junto a Teresa, pelando una mandarina sobre un plato. Las dos hablaban de una receta y discutían si convenía agregarle más canela.

Al ver a Emilia, su abuela señaló una silla.

—Siéntate. Se te va a enfriar.

Había una taza esperándola.

Emilia tomó asiento frente a Ernesto.

Él le acercó el pan.

—Dormiste poco.

—Me volví a dormir hace rato.

Su suegro asintió.

No preguntó por el sueño. Beatriz tampoco lo mencionó.

Comió despacio.

Desde donde estaba alcanzaba a ver la mesa del corredor. Algunas velas se habían consumido; otras permanecían apagadas desde la madrugada. Las flores conservaban su color, aunque varios pétalos descansaban sobre el mantel.

La casa tenía el cansancio amable de después de una reunión.

Beatriz entró con ella al dormitorio antes de preparar la maleta.

Emilia estaba doblando la manta.

—Anoche te quedaste helada —dijo la mujer.

—No me di cuenta.

Beatriz acarició la tela y se sentó al borde de la cama.

Durante un momento pareció buscar algo dentro del bolso. Después sacó una fotografía pequeña.

Julián aparecía en una bicicleta, con los pies todavía apoyados en el suelo.

—Te la traje también, pero se me olvidó sacarla.

Emilia la recibió.

En la imagen tendría unos diez años.

—Mira esa cara.

—Estaba convencido de que podía bajar la calle sin tocar los frenos.

Emilia sonrió.

Recordó el afán de Julián por empezar antes de estar preparado. A veces la hacía reír y otras la había dejado esperando frente a un cine, con una entrada en cada mano. Beatriz observó la fotografía.

—Cuando dijiste que lo soñaste bien, me dio mucho alivio.

Emilia levantó los ojos.

La mujer tenía las manos juntas sobre el bolso.

—Yo siempre lo sueño apurado. Que tiene que irse y no encuentro algo para darle.

Se le humedecieron las pestañas.

—A veces ni siquiera lo alcanzo a ver.

Emilia dejó la manta y se sentó a su lado.

Permanecieron juntas, mirando al niño de la bicicleta.

—Ojalá puedas abrazarlo —dijo al fin.

Beatriz asintió.

Después se secó los ojos y preguntó:

—¿Cómo se llama?

Emilia tardó un instante en comprender.

—Mateo.

La mujer repitió el nombre en voz baja.

—Parece atento.

Emilia miró la fotografía entre sus dedos.

—Lo es.

Beatriz respiró hondo.

—Ve con calma, hija.

—Y si el miércoles no puedo hablar mucho, no pienses que estoy enojada contigo —añadió Beatriz—. Hay días que me levanto así.

—Te puedo llevar la comida yo.

—Mejor llama primero. A veces quiero salir.

Emilia guardó la fotografía dentro de la libreta, entre dos hojas limpias.

—Eso quiero.

Al despedirse de la habitación, Beatriz le apretó el hombro.

Ernesto quiso llevarse la taza de Julián para lavarla.

Emilia lo vio levantarla de la mesa.

Durante un segundo volvió a sentir el impulso de detenerlo.

Luego se acercó.

—Tiene una grieta pequeña junto al asa. Hay que agarrarla de abajo.

Él revisó el barro.

—Todavía aguanta.

—Sí.

Emilia lo acompañó a la cocina.

Mientras él la enjuagaba, ella sostuvo un trapo limpio. Ernesto se la entregó y los dos contemplaron el dibujo azul.

—Podrías usarla —dijo él.

Emilia secó el borde.

—A lo mejor un día.

Su suegro asintió, satisfecho con aquella posibilidad.

No insistió.

Cuando su madre llegó por ellos, Emilia ayudó a subir las bolsas al coche.

Beatriz llevaba flores envueltas en papel húmedo y una parte del pan que Teresa consiguió repartir a fuerza de protestas.

Ernesto guardó con cuidado la fotografía de Julián niño que había llevado para la ofrenda.

La de la bicicleta se quedó con Emilia.

—Ven a comer la próxima semana —le dijo Beatriz.

Emilia miró a su madre, que esperaba junto al volante.

—El miércoles podría.

—Te preparo algo.

—No hagas demasiado.

Beatriz sonrió.

—Eso no te lo puedo prometer.

Se abrazaron.

Emilia sintió la tristeza en el modo en que la mujer la sostuvo, pero también el deseo de volver a verla.

Cuando el coche se alejó, permaneció unos segundos en la banqueta.

Después regresó a casa.

Teresa dormía en su sillón.

Emilia recogió las tazas del desayuno y dejó la cocina ordenada. Más tarde se sentó frente a la ofrenda con una hoja de papel.

No sabía qué quería escribir.

Puso la fecha.

Debajo, el nombre de Julián.

Durante un rato solamente pudo mirarlo.

Después comenzó:

Me acuerdo de que nunca cerrabas bien los cajones.

Sonrió.

Siguió escribiendo sobre el lápiz que rodaba por los estantes torcidos, sobre la salsa que él probaba a escondidas y las llamadas que terminaban alargando porque ninguno quería despedirse primero.

Las palabras llegaron con pausas. Algunas la hicieron llorar.

Escribió también sobre la noche del accidente.

Se quedó mucho tiempo frente a una frase.

Yo estaba enojada y tú me querías.

La leyó varias veces.

Julián la había querido cuando estaba cansada, distraída o de mal humor. Habían discutido antes y se habían buscado después. La última conversación pertenecía a aquel amor completo, con todo lo que ya habían aprendido el uno del otro.

Emilia apoyó la frente sobre la mano.

Lloró hasta que pudo continuar.

Por la tarde fue al taller.

Mateo estaba guardando las últimas tablas que unas familias pasarían a recoger. Al verla dejó una sobre el banco.

—Hola.

Emilia se acercó y lo abrazó.

Él la rodeó enseguida.

Esta vez ella no tuvo que decidir cuánto tiempo podía quedarse.

Cuando se apartaron, Mateo le miró el rostro.

—¿Todo bien?

—Estoy cansada.

—¿Quieres sentarte?

Ella asintió.

Compartieron una mandarina en el banco de la entrada. Emilia le contó el sueño sin intentar darle una explicación.

Mateo escuchó mientras retiraba una semilla de un gajo.

—Me alegra que lo hayas visto así —dijo.

Emilia observó sus manos.

—A mí también.

Se quedaron un rato mirando la calle.

Después ella respiró hondo.

—Mañana tengo que volver a Morelia.

Mateo dejó la cáscara en una bolsa.

—Sí.

Emilia había esperado alguna pregunta, una propuesta para quedarse más días. Agradeció que no llegara, aunque una parte de ella la deseaba.

—Tengo trabajo y un departamento que llevo demasiado tiempo evitando.

Él asintió.

—¿Quieres que te lleve?

Emilia lo miró.

—Sí. Pero quiero hablar de algo antes.

El taller empezaba a oscurecer.

Mateo encendió una lámpara y regresó a su lado.

—No sé cómo va a ser esto —dijo Emilia—. No quiero prometerte que desde ahora voy a estar bien todos los días.

Él apoyó las manos sobre las rodillas.

—Yo tampoco puedo prometerte eso.

Emilia se acomodó en el banco, buscando cómo empezar.

—Quiero verte. También cuando no estemos tristes.

Mateo levantó el rostro.

Emilia sintió vergüenza, pero continuó:

—Quiero saber qué haces cuando tienes un domingo libre. Qué cosas te molestan. Si puedes pasar un día entero sin ofrecerte a arreglar algo.

—Hasta ahora, nunca.

Ella se rio.

—Eso habrá que practicarlo.

Mateo le tomó la mano.

—Podemos empezar por un café el sábado.

Emilia pensó en la semana por venir. Su escritorio, las acuarelas guardadas, la comida con Beatriz.

Había sitio para un café.

—El sábado —aceptó.

Mateo se inclinó y la besó.

Ella le sostuvo la mano todo el tiempo.

Volvió a casa antes de que anocheciera.

Teresa estaba acomodando una manta sobre sus rodillas.

—¿Ya hablaste con el muchacho?

Emilia se detuvo en la puerta.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevabas todo el día ensayando con las macetas.

Ella soltó una risa.

Fue a sentarse junto a su abuela.

—Me voy mañana.

Teresa asintió.

—Carmen va a quedarse por las noches unos días más.

—Puedo venir el próximo fin de semana.

—Puedes venir cuando puedas.

Emilia apoyó la cabeza en su hombro.

—Me hizo bien estar aquí.

Su abuela le acarició el cabello.

—A mí también.

Permanecieron juntas mientras el patio perdía la luz.

Más tarde, Emilia empezó la maleta.

Guardó la libreta azul, las fotografías y el sobre con las semillas que quedaban. Añadió el cuaderno donde había vuelto a dibujar.

El anillo se enganchó en un hilo del suéter.

Lo soltó con cuidado.

Después se quedó mirándolo.

No quiso quitárselo aquella noche. Todavía le gustaba sentirlo en la mano, y comprendió que podía dejar aquella decisión para cuando le naciera.

Cerró la maleta hasta la mitad.

Quedaban fuera la ropa del día siguiente y una maceta pequeña.

La del brote.

Emilia la llevó al cuarto para protegerla durante el viaje.

Regresó al patio por la toalla donde apoyaría la maceta. La salvia tenía varias flores secas; retiró dos con cuidado y dejó las demás para preguntarle a Teresa si convenía podarlas.

En la cocina, su abuela le pidió que probara el guiso. Emilia fue hasta ella con la toalla al hombro.

Después acomodó la maceta junto a la maleta y dejó el teléfono cargando. Había quedado con Mateo a las nueve.