Capítulo 1 de 25
La candidata perfecta
A las siete de la mañana, María Inés Salgado guardó una peluca de cabello negro en el cajón donde otras mujeres habrían puesto sus joyas.
La acomodó cuidadosamente sobre una base de tela, junto a una peluca cobriza, dos labiales oscuros y una hilera de pestañas postizas. Después cerró el cajón y buscó sus lentes. Sobre la cama todavía descansaba el vestido de la noche anterior: negro, ceñido y con una abertura que, bajo las luces del bar, había llamado la atención de un hombre cuyo apellido no había preguntado.
María Inés lo recogió y lo dejó en el cesto de ropa. Tenía veintiocho años, una licenciatura en Administración y una facilidad extraordinaria para encontrar errores en documentos que nadie más quería revisar. También tenía una renta que pagar, tres meses sin empleo fijo y una entrevista a las nueve. Lo último era lo que importaba aquella mañana.
Su madre vivía en Morelia y le había ofrecido volver a casa cuando perdió el empleo. María Inés se lo agradeció sin aceptar. La quería, pero no deseaba regresar a una habitación donde cada vestido provocara una pregunta y cada salida tuviera que justificarse. Su padre había muerto cuando ella estudiaba la preparatoria; desde entonces, su madre confundía a veces la preocupación con la necesidad de tenerla cerca.
La noche anterior habían hablado por teléfono. María Inés le contó lo de la entrevista y omitió lo del bar. Le resultaba más fácil esconder una parte de su vida que discutir sobre ella. Empezaba a cansarse de esa facilidad.
Se puso una blusa beige, una falda oscura por debajo de las rodillas y un saco que le quedaba demasiado ancho de los hombros. Recogió su cabello castaño en un moño tirante. Frente al espejo, se colocó los lentes de armazón grueso. La graduación era real. El tamaño, una elección. Detrás de aquellos cristales sentía que podía observar sin que la observaran demasiado.
Revisó su carpeta por tercera vez. Título. Referencias. Constancias. Currículum. Entonces sonó su teléfono.
—Dime que ya estás despierta —pidió Julia.
—Ya estoy vestida.
—Eso no responde lo que quiero saber. ¿Te pusiste el traje gris que te presté?
María Inés miró el conjunto que llevaba.
—Me queda apretado.
—Te queda a tu medida. Es distinto.
—Voy a una entrevista.
—Precisamente.
María Inés sostuvo el teléfono con el hombro mientras buscaba sus zapatos bajos. Julia era la única persona que conocía las dos mitades de su vida. Habían compartido departamento durante la universidad y conservaban una amistad basada en una regla sencilla: podían discutir de todo sin dejar de cuidarse.
—¿Cómo se llamaba el de anoche? —preguntó Julia.
—Andrés.
—El del viernes también se llamaba Andrés.
—No puedo responsabilizarme de la falta de imaginación de sus padres.
Julia soltó una carcajada.
—Ahí estás. Esa mujer sí sabe hablar. Llévala contigo a la entrevista.
María Inés dejó de sonreír.
—Es diferente.
—Ya sé.
Y Julia lo sabía de verdad. En un bar, María Inés podía aceptar una conversación o terminarla. Podía marcharse antes de que alguien le preguntara por su familia, su pasado o sus planes. Nadie tenía autoridad sobre ella. En una oficina necesitaba quedarse. Necesitaba un sueldo. Una recomendación. Un contrato que no terminara porque se había negado a salir con alguien.
—Llámame cuando salgas —dijo Julia, más suave.
—Te llamo.
Antes de abandonar el departamento, María Inés volvió al espejo. Se limpió con el pulgar un resto de labial junto a la comisura. Ahora sí. El edificio de Grupo Mendiola Automotriz tenía tantos cristales que parecía construido para reflejar una ciudad más próspera que la que lo rodeaba. María Inés llegó veinte minutos antes.
Desde la recepción observó una camioneta exhibida sobre una plataforma giratoria, una pantalla con imágenes de plantas de ensamblaje y un letrero que anunciaba cuarenta años de operaciones. Conocía las cifras de la empresa. Había pasado buena parte del domingo estudiando sus informes públicos: autopartes, distribución, servicios de ingeniería y una nueva división de movilidad eléctrica cuya expansión parecía demasiado rápida.
También había leído sobre el regreso del hijo del fundador. Ricardo Mendiola. Treinta y dos años. Ingeniero automotriz. Estudios en Alemania y una maestría en dirección empresarial en Londres. Las notas sociales ofrecían más información sobre sus acompañantes que sobre su trabajo. María Inés había cerrado esas páginas en cuanto encontró lo que buscaba. No iba a solicitar empleo como admiradora.
—¿Señorita Salgado?
Se levantó. La mujer de Recursos Humanos la condujo hasta una sala donde esperaban dos personas: un ejecutivo de cabello canoso y un hombre mayor que no necesitó presentarse para ser reconocido. Arturo Mendiola estaba sentado a la cabecera.
—Buenos días —dijo ella.
—Siéntese.
María Inés obedeció, acomodando la carpeta sobre sus rodillas. La entrevista comenzó con preguntas previsibles. Experiencia, manejo de agenda, idiomas, disponibilidad. Ella respondió con precisión y voz baja. Después Arturo deslizó una hoja sobre la mesa.
—Suponga que mi hijo tiene una reunión con un proveedor a las diez, una videollamada con Alemania a las diez y media y una visita de planta a las once. ¿Cómo lo organiza?
María Inés examinó el documento.
—Primero confirmaría cuál de las tres citas está mal registrada.
El ejecutivo canoso levantó la mirada.
—¿Por qué supone que alguna está mal?
—Porque la planta está a cincuenta minutos de aquí. Y porque la videollamada aparece agendada a las diez y media de México, pero la confirmación del proveedor alemán corresponde a otro horario.
Arturo se inclinó hacia ella.
—Continúe.
—La visita de planta podría moverse. La reunión con el proveedor necesita más de treinta minutos si van a renegociar las penalizaciones señaladas en el anexo.
—No le dimos ningún anexo.
María Inés giró la hoja.
—Está impreso al reverso.
Arturo sonrió. Le entregaron otra carpeta. Durante los siguientes veinte minutos, María Inés encontró una factura duplicada, una diferencia entre dos órdenes de compra y una cláusula que permitía aumentar precios sin un límite claramente establecido. Cuando terminó, tenía las manos heladas. Había hablado mucho más de lo que acostumbraba frente a desconocidos. Arturo cerró la carpeta.
—¿Por qué dejó su último empleo?
Ella enderezó la espalda.
—El puesto cambió.
—Todos los puestos cambian.
María Inés bajó brevemente los ojos hacia sus documentos. Luego volvió a mirarlo.
—Mi supervisor empezó a considerar que acompañarlo a cenar formaba parte de mis obligaciones.
La sala quedó en silencio.
—Entiendo —dijo Arturo.
Ella no supo si era verdad. La responsable de Recursos Humanos retomó la conversación y le explicó las condiciones. El sueldo era mejor de lo que esperaba. Habría prestaciones, capacitación y un periodo inicial de evaluación.
—Necesitamos discreción absoluta —añadió Arturo—. Mi hijo estará al frente de una transición delicada.
—Sé manejar información confidencial.
—Y carácter.
María Inés apretó ligeramente los dedos.
—También sé decir que no, señor Mendiola.
Él la observó unos segundos.
—Espero que sea cierto.
Cuando María Inés salió, Arturo esperó a escuchar el cierre de la puerta.
—Es ella —dijo.
El director de Recursos Humanos revisó sus notas.
—Tiene resultados excelentes. Aunque podríamos entrevistar a las otras dos candidatas…
—No hace falta.
Arturo se quitó los lentes. Había despedido a demasiadas asistentes por conflictos que su hijo provocaba y otros terminaban resolviendo. No pensaba permitir que Ricardo convirtiera la dirección general en una prolongación de sus vacaciones. La joven era competente, reservada y vestía sin intención de impresionar. A su juicio, perfecta.
—Mi hijo necesita una secretaria que le ordene la vida —añadió—. No otra distracción.
La responsable de Recursos Humanos no respondió.
En su hoja, junto al nombre de María Inés, escribió: Contratación autorizada.
Ricardo llegó al edificio poco después de las doce. Entregó las llaves de un deportivo azul al encargado del estacionamiento y entró hablando por teléfono.
—No dije que iría contigo a la playa. Dije que quizá estaría en Acapulco.
Escuchó la respuesta con una expresión cansada.
—Valeria, estoy entrando a una reunión.
Colgó antes de llegar al elevador. Su padre lo esperaba de pie, junto a la ventana.
—Es mediodía.
—La reunión era a las doce.
—La reunión era a las once.
Ricardo revisó el teléfono. Después guardó el aparato sin admitir el error.
—Tuve que ver un asunto.
Arturo señaló una silla.
—Siéntate.
Ricardo se sentó y aflojó el botón del saco. En el escritorio había dos carpetas. Una llevaba el emblema de la empresa. La otra, el logotipo de Corporación Alcázar.
—Rebeca llega el jueves de la próxima semana —dijo Arturo.
—Ya me avisó.
—Su padre quiere cenar con nosotros.
—Su padre siempre quiere cenar con nosotros cuando necesita algo.
Arturo lo miró con severidad.
—La alianza con Alcázar puede asegurarnos acceso a tres mercados.
—Entonces hablemos de contratos.
—También hablaremos de tu futuro.
Ricardo apoyó la espalda en la silla. Conocía a Rebeca desde hacía años. Era elegante, atractiva y capaz de discutir durante una hora sobre márgenes de utilidad sin consultar una sola nota. Habían salido varias veces y habían permitido que sus familias imaginaran el resto. Era cómodo no contradecirlas. Hasta que la comodidad empezaba a parecerse a una obligación.
—Voy a retirarme —continuó Arturo—. No puedo dejar esto en manos de alguien que cambia de automóvil porque se aburre y no recuerda la hora de una reunión.
La mandíbula de Ricardo se tensó.
—Estudié para dirigir esta empresa.
—Entonces compórtate como alguien preparado para hacerlo.
Por un instante desapareció de su rostro aquella indiferencia habitual.
—Dame la dirección y lo verás.
Arturo deslizó hacia él la carpeta de la empresa.
—El lunes empiezas a demostrarlo.
A María Inés le confirmaron la contratación esa misma tarde. Leyó el correo dos veces, sentada en el borde de su cama. Después llamó a Julia. Gritaron juntas. María Inés se rio hasta que le dolió el estómago y, cuando terminaron de hablar, permaneció unos momentos mirando el contrato. Por primera vez en meses podría pagar la renta sin calcular cuánto quedaría para comer.
Abrió la ventana. Afuera comenzaban a encenderse las luces. Entonces se levantó. Del armario sacó un vestido color vino y lo extendió sobre la cama. Preparó sus lentes de contacto, dejó unos pendientes junto al espejo y abrió el cajón de las pelucas. Aquella noche eligió la cobriza.
Mientras se maquillaba, recordó una frase de Julia: Llévala contigo.
Observó su reflejo a medio transformar. Un ojo delineado. El otro todavía desnudo. Era ella en ambos. Pero solo cuando se arreglaba así se permitía desear sin sentirse observada por alguien a quien debía una explicación.
Terminó de arreglarse, se puso los zapatos de tacón y tomó un bolso pequeño. Antes de salir envió a Julia la ubicación del bar y comprobó que llevaba dinero suficiente para regresar por su cuenta. A las once, entró en un local donde la música hacía vibrar el suelo. Un hombre se volvió para mirarla. María Inés sostuvo su mirada y sonrió.
Muy lejos de allí, Ricardo Mendiola abrió en su teléfono el expediente de su nueva secretaria. Vio una fotografía de una joven con moño tirante y enormes lentes oscuros. Leyó sus calificaciones. Después bloqueó la pantalla sin dedicarle un segundo pensamiento. El lunes la tendría sentada frente a su oficina.
Aquella noche, ninguno de los dos podía imaginar cuánto llegarían a mentirse.